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EL ROTO |
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cuando
elaboremos un sistema mediante el cual estos
últimos se alimenten de
la menstruación”. Martín
Hahn “Lo mágico de trabajar con chismes es que, cuando los cuentas, tienes
la oportunidad de revivir el momento”. Mirta
Silva Se
detiene, inclina su cabeza tres pulgadas hacia arriba y cierra los ojos.
Acto seguido, los músculos de su boca, tensos, dejan escapar una
sucesión de soplidos angustiosos, fuertes no por lo mucho, sino por lo
seguido, y tan tímidos que parecieran anunciar el advenimiento de un llanto
por horas contenido. Pero la
sonrisa que al cabo de 10 segundos se apodera de su rostro destruye
cualquier sospecha de que Fredi ha perdido la paciencia.
Al contrario, le está rindiendo homenaje al tiempo que tiene que
esperar para su encuentro con El roto. Vuelve
a abrir los ojos lentamente, mientras se muerde el labio de abajo con los
dientes de arriba. Lo mira, le pasa por el lado y siente que El roto le
coquetea. Pero todavía no
escucha nada. Una brisita fría
le pasa por la oreja y se eriza; le supo a murmullo, a secreto. De
un salto brinca al suelo y tropieza con los piecitos trincados que esconde
allí debajo, de puntitas, tiesos, siempre en forma de calzar tacos.
¿Les dolerá tenerlos así todo el tiempo? Era la misma
posición que asumía él para alcanzar El roto. Y le dolía, pero valía la
pena. Paciencia, aún no es
tiempo para la sesión con las barbies; primero va El roto.
No sé por qué me desespero pacientemente. Las
ondas que fruncen la sábana de su cama revelan que estuvo allí un buen
rato, como casi todos los sábados. Mami
no está y Fredi no tiene mucho que hacer mientras El roto siga silente.
Hoy no dan novelas. La
pollinita le cae sobre la frente, pegajosa de gel trasnochado sin baño...
Mucho que sudó anoche; por poco se cae de esa maldita ventana mal
construida, oye, en vez de hacer más grande el balconcito.
Total, no sirvió de nada. No
pudo sacar nada que le sirviera para volver a agarrar el celular o, más
importante, para hablar con Mami esta noche.
Por eso no puede aguantar la espera por El roto. Mami,
¿por qué estás en mi cuarto? Mira, ayer en la escuela me volvieron a
decir... ¿Qué cosa? Cállate. Olvídate...
y mira, Mami es que...qué contesto si me dicen... Shhh, cállate, que no
escucho. Qué mucho tú jodes. No,
Mami, es que... mira, ayer me volvieron a decir...Cállate.
¿Qué dice? ¿Tú la escuchas? Súbete,
dime, ¿qué dice, qué dice? ¿Tú
la escuchas? Mira, pero Mami, deja que te diga algo. ¿Qué cosa? Es que
tengo miedo porque... Shhh, cállate, no hagas ruido, no me interrumpas, no
me dejas escuchar. Me dices
horita. ¿Cuando estés en el cuarto callada? Sí, nene, sí... Mami,
mira, lo que pasa es que ayer, en la escuela...¿Qué? ¿Tú me estabas
diciendo algo? Ay, es que no te escuché.. No escucho. Tengo el oído
tapado. Después me dices. Nunca
le ha pasado por la mente que tal vez la razón por la que Mami se estaba
quedando sorda era por el vicio con El roto.
Es el calor del blower, o el olor de los químicos... Pero, Fredi,
los químicos se huelen, no se escuchan. ¿A qué saben? Se ven.
No hay tiempo ahora para esas confusiones. El
día en que ella misma lo trepó para que alcanzara El roto descubrió que
se sentía mejor escuchando por ella que escuchándola a ella.
Mami lo oiría a él si tenía algo interesante que decirle.
En este preciso momento, en cambio, le daría una galleta.
El
aburrimiento lo ha llevado al espejo del baño.
Cuando se mira la boca pintorreteada de lipstick deja de morderse el
labio inferior. Sus ojos
achinados se verían súper con un poquito de láiner, que también podría
robar ahora del cuarto de Mami... el estuchecito de maquillaje, cierto.
Lo urga todos los sábados, se lo sabe de memoria, como su lengua se
sabe el roto de la última muela de atrás, arriba en la boca, cerca del
cielo. Sabe rica esa carie, esa
putrefacción de galletas estancadas por la vagancia de no sacarlas.
Es gratificante sinestesiar el olor a malaliento. Lo prueba, lo
degusta y hasta lo escucha en ese sonido hueco que produce el frote con la
encía mancillada. Lo rinde
hasta sacar poco a poco gotitas de sangre que también se pudrirán, se
esconderán allí dentro para fermentarse, en espera de la puntita de su
lengua, juguetona, desesperada, musculosa de tanto ejercicio.
Saca
el espejito para verse ese roto que tanto lo intriga.
Cuando a los cinco años todavía no había ido al dentista, le
inquietaba saber cómo lograr acceso visual a las muelas de arriba.
No entendía si tocarlas con la lengua era lo mismo que mirarlas.
Además, comía demasiadas galletas Oreo y no sabía cuándo terminar
de lavarse la boca. Mami le
regaló el espejito junto con las instrucciones de cómo ver sus rotos más
escondidos y cómo darle mejor uso a su lengua.
Lo estima más por eso que porque sea una de las pocas cosas que le
ha regalado Mami. Creía que
escucharía por ahí, pero el espejito sólo sirve para ver.
Y ya no se lava la boca. Todos
los días lo redescubre. Calma,
Fredi, ya mismo es el encuentro con El roto. De
su garganta extrae un cúmulo de flema. Sube y baja esa penca gelatinosa,
toca la glotis, moja las amígdalas. Escucha el gluc de ese contacto y es
como si lo viera. Trata de olerlo. Por
fin lo escupe. Cae en el mismo
medio del roto de la tubería. .-
Hello. .-
Hola Nati cómo estás. .-
¿Tú
estás bien, Fredi? Estás
jadeando, te oyes como que fatigao. .-
Sí, nada, aquí estoy aburrido. .-
¿Y
qué cuentas? .-
Nada, todo está coquí. .-
¿Y
Lauri? .-
Esa cabrona... Ayer me mangó,
en la escuela, cogiendo el papelito que se estaba pasando con
Yeishklanymarie, ¿y tú sabes lo que me dijo? .-
Diache, tú estás bien descuidao. .-
Sí, sí, pero atiéndeme: ¿tú sabes lo que me dijo? .-
Qué cosa, Fredi. .-
Veneno. .-
¿Y
qué tú le contestaste? .-
Que veneno dulce. .-
¿No
podías ser un poquito más charro? .-
¿Y
qué le iba a contestar? Tú sabes que a mí nunca se me ocurre nada cuando
me dicen algo, y peor si me mangaron. Después,
al rato, pensé que le pude haber dicho par de cosas, pero ya pa qué. .-
Ya, ya, sin llorar. Bueno, es
verdad, si fueras a decir algo cada vez que te dicen maricón... .-
Nada, yo sé cómo vengarme. Pérate,
que parece que llegó. Te llamo
después. Yo te cuento esta noche. Bye. Callado,
celular. A preparar las barbies.
Llegó. Rápido, a El
roto, todas conmigo a El roto. El
pulso se le acelera. Suda, suda,
y el pelo se le pone más pegajoso. La
muela ya no sabe ni a galleta podrida ni a sangre ni a malaliento, porque
ahora todo eso lo escucha. Tiene
que concentrarse, sacarse rápido el cerumen, comérselo si es necesario.
Cuidado con no dañar el lipstick que tienes todavía en la mano. Todas
las barbies son casi iguales y parecen no tener edad: todas son jovencitas.
Así que cogió a la más vieja --cronológicamente, en términos de
su llegada a la casa--, y le pasó blówer muchas veces, todos los sábados,
sentado en la cama antes del encuentro con El roto y de la llegada de Mami.
Ya tiene el pelo malo, de vieja, de mujer mayor que se da alisado.
Mami-Barbie se llama ahora. Tiene
tres hijas; la mayor se llama Barbie-Hijamayor.
Los demás según dicte El roto. No
se escucha nada todavía, pero a mi cuarto de nuevo por si acaso.
Fredi camina descalzo para sentir el frío en la planta de los pies.
Si tuviera un roto en cada dedo, podría succionarlo como a un límber,
u olerlo como le hace la aspiradora. Por lo menos escucha el disimulado
silencio de los pasos sin zapatos. ¿De ahí es que viene la palabra
“husmear”? Está tenso
porque El roto hoy promete mucho y sabe que se lo tiene que gozar bien, sin
descuidarlo. Mami se va a quedar
patidifusa, como dice La Comay. Y además... lo otro. Se ríe de nuevo con
la mordida de sus dientes superiores sobre el labio chiquito.
Una risa de venganza, una risa de placer. ¿Qué
tú haces? Salte de ahí. No
oigas, cierra los oídos, no escuches. Eso
no es problema tuyo; eso no es problema de nosotros.
Mami, los oídos nunca se cierran, no tienen párpados ni labios. Ese
junte de rotos tiene que ser cuidadoso, lento, duradero: fecundo, el mejor
coito que a los 13 años Fredi ha experimentado.
La gestación dura unas cuantas horas, en lo que su oído izquierdo
calma la furia de su glotonería y el alimento pasa por el proceso de
digestión... Las barbies, Mami-Barbie
y sus hijas, aquí al lado. En
un rato cobrarán vida bajo la dirección de El roto, para decirle a Fredi
qué añadir, qué quitar, qué exagerar esta vez.
Si pudiera ver la escena con sus verdaderas protagonistas no sería
tan fascinante, no le subiría por los pies esa cosquillita que lo mortifica
y a la vez lo tranquiliza, ese sentirse oculto y poderoso, traidor y
solidario. Vengado, vencedor en
pasado y en futuro, en sonido y en sabor. Los
pasos cada vez están más cerca. Sólo
tiene segundos para quitar la fachada que cubre a El roto (un enchufe
simulado), trincar los pies, pegar la oreja, aunque duela, convertirla en
boca, --“en boca de todos”, le viene el refrán a la mente-- que chupe,
que chupe todo lo que pueda. Si hay que escupir gargajos después, mejor. .-
Hasta que llegas. .-
¿Qué
pasa, Mami? .-
Ven acá, no te encierres en el cuarto. No,
no, quédate en el cuarto, Lauri, quédate en el cuarto.
Que ella vaya a donde ti mejor. Está
muy lejos ahora. .-
Ay, Mami, ven acá tú, ¿qué es? .-
¿Qué
es? ¿Que qué es? Eso mismo te pregunto yo a ti. .-
¿Qué...?
¿Qué pasó? ¿Qué hice? .-
¿Qué
hiciste? ¿Que qué hiciste? ¿Qué
hiciste tú con el jodío puerco ese, ah? .-
Mami... ¿por qué tú me dices eso? .-
¿Qué
te dije yo a ti si venías preñá a esta casa? .-
Mami, ¿quién te dijo eso? ... ¿Quién
te lo dijo? Cálmate, mira, yo... ¿Cómo tú lo sabes? Chica, perdón...mira...yo
te lo iba a decir... Es que... Pero ¿quién te lo dijo? .-
¿Qué
te dije yo a ti, puñeta? .-
Que me iba... a tener... que ir de aquí... .-
Yo no te dije eso. ¿Qué yo te dije? .-
Mami, escucháme, por favor. ¿Por
qué tú nunca me escuchas? Cálmate,
déjame que te explique. .-
Cállate, te digo. ¿Qué yo te dije, ah? .-
Mami, espérate, ya, ya... .-
¿Que
qué yo te dije, carajo, jodía puta? .-
Mami, ya... Me duele, me duele... .-
¿Qué
yo te dije, ah, qué yo te dije? .-
Mami, deja, deja...¡Mami! ¡Mami, tengo sangre, tengo sangre!
¡Estoy sangrando! ¡Me vas a matar, Mami, me vas a matar! ¡Mira,
mira! ¡Tengo sangre, Mami! ¡Déjame,
déjame! Fredi
se apartó de El roto. Qué has
hecho. El gel derretido con
sudor le llega a la lengua por medio del diente que todavía está mordiendo
el labio de abajo. Lipstick
regado. Se detiene, inclina la
cabeza tres pulgadas hacia arriba y cierra los ojos.
Acto seguido, los músculos de su boca, tensos, dejan escapar una
sucesión de soplidos angustiosos, fuertes no por lo mucho, sino por lo
seguido, y tan tímidos que parecieran anunciar el advenimiento de un llanto
por horas contenido. Aprieta
a Mami-Barbie y a Barbie-Hijamayor y las tira en la cama.
Mira de lado a lado. El
taco en la garganta no lo deja sacarse el gargajo.
Corre, corre. Tienes que
hacer algo. No me esperaba esto.
Esto es demasiado. La
lengua roza inocente el roto de la muela prodida. Me duele, tengo sangre.
Sangre. No encuentro el cuarto de Mami, acabo de estar ahí.
¿Dónde está? Llega. ¿Estás
bien, Fredi, por qué jadeas? El
baño, el espejo, el espejito, el cuarto de Mami, el piso frío, la galleta
prodida en la muela, el lipstick, la cajita de maquillajes, el celular, el
teléfono. Sí, el teléfono, en
la mesita de noche. El teléfono. Ahí
está. Rápido, no hay tiempo.
El teléfono. Avanza.
Cálmate. Allí está...
la mesita de noche y el teléfono. Se muere, se muere, sangre. Avanza, no
hay tiempo, rápido. Se escucha,
viene del roto. Llanto, se
escucha el olor a sangre. Viene
de El roto. Sangre. Al teléfono.
Rápido. Resuelto.
Fredi camina hacia su alcoba y sus pies huelen el frío del piso.
Sonríe nuevamente con los dientes rojos de lipstick, mordedores
voraces. Ya tiene la sangre para
el aborto de Barbie-Hijamayor y la paliza de Mami-Barbie.
El lipstick es muy espeso. Mejor
el esmalte. No estaba en el
estuchecito. Mami siempre lo
deja al lado del teléfono.
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