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QUERU |
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Retrovisor
derecho Arriba
no cierra el de al lado ay duele un poquito de sangre pincha estrujado
afuera era el de arriba hacia el lado ¿por dónde? hacia arriba en el otro
no es abajo duele un poquito de sangre nervios derecho era hacia arriba cerró
no cerró hacia arriba fuerte con cuidado el tejido no es la fuerza un
guante hacia el frente no es hacia arriba desespera no es tarde es temprano
llegaron se queda está cerrado ay cierra no duele tanto no llega no llega
no llega ¿hacia abajo? hacia arriba en el lado quieto quieto déjame a mí
en el otro ahí exacto no lo veo ay no lo veo en tus narices ¿nariz? ¿dónde?
aquí cuál es la de arriba ¿la izquierda? no ¿en la nariz? hacia arriba déjame
a mí ¿al lado? déjame a mí no es tanto todavía duele no llega no llega
no llega... Diez
minutos perdidos, pero está temprano todavía.
El tajito del índice le indica que no debe osar usarlo para sacarse
del mismo medio de la ceja el buclecito ese molestoso.
Probablemente, se enrede más ahí que en el portoncito de párking
mecanizado que acaba de abandonar. Aun
así, juega con él un rato, en lo que se recupera de la pelea con el metal
oxidado. Sus rizos son homogéneos
y los puede tocar sin pensar mucho. Además,
ahora es divertido buscar esa protuberancia que tiene desde anoche en el
mismo medio de la cabeza. Anoche...
Si hubiera tenido la melena lambía, como Facundo, incluso hubiera sangrado.
Pero su cabeza despeinada lo protegió esta vez, no como cuando tenía cinco
años y Mami le contagió para siempre su puntería errada, su confundir
galletas con puños, mejillas con nucas, cerebro con pies. .-
Mira, tú, ey, nenito. ¿Necesitas
ayuda? .-
Ehhh no, ya, ya. .-
¿Tú eres periodista o vas a las clases de tango? .-
Yo soy reportero, lo que pasa es que no me gusta ponerme el carnet. Significaría
la inversión de 10 minutos más el rodear su cuello de la tarjeta colgante
que lo identificaba como redactor de El Reflejo.
Abel pone cara de etcétera cuando el guardia del hotel le dice que
se estacionó mal y tiene que volver a hacerlo.
Si hubieran estado allí Mami, Meche o Fredi, lo hubieran dejado
esconderse para que nadie lo viera mientras alguno de ellos se ocupaba del
artificio logístico. Pero está
solo. .-
Señor. ¿Usted me hace un
favor? ¿Por favor, la puede
poner de nuevo usted? Es que
tengo una entrevista ahora, y estoy un poquito tarde. .-
¿A
quién vas a entrevistar? .-
(Qué presentao). A Facundo
Valladares, el del show de anoche. .-
¿Tú
fuiste el que escribiste lo del tango? .-
Sí. .-
Muy bueno, muy bueno. Dele ahí,
entonces, no se preocupe. Déjeme la llave. .-
Gracias. De
nuevo había calculado mal el espacio.
La guagua estaba más cerca de la valla de lo que se supone.
Su mano urga en su bolsillo y al coger las llaves tropieza con el
celular vibrante. .-
Hello. .-
¿Llegaste
al hotel? .-
Sí, me estoy bajando de la guagua ahora.
¿Qué pasó, Vero? .-
Mira, cariño, ponle mucho empeño a eso, que lo de anoche quedó súper, y
eso que fue dictado. .-
¿Tú
crees? Bueno, para ahora no me
preparé mucho que digamos. Pero
yo le busco algún giro inesperado, no te preocupes, algo se me ocurrirá. .-
Me parece genial. Acuérdate
que esto tiene que quedar más cabrón.
Me llamas cuando termines con el argentino.
Lígatelo por mí. .-
Ok, así lo haré. .-
Muy bien, cariño. Chao. El
dictado. Cómo no le iba a
salir bien el dictado, acabando de acabarse el show, en las escaleras,
quieto, todavía embelesado con Facundo. Y él que sale literalmente volando
del escenario para seguir bailando en las escaleras y darle una patada justo
en el mismo medio de la cabeza al pobrecito de Abel, tan concentrado que
estaba. Cinco
pasos y ya está nervioso. Tendrá
que lidiar con varias puertas y ascensores antes de llegar al salón que
habilitan en el hotel para las clases de salsa cuando llegan los congresos.
Qué le pregunto, qué le pregunto. Ya lo dijo todo anoche en el
show, con esos brinquitos. Qué
más se puede sacar ahora en una entrevista.
Él no es tan famoso. Facundo
Valladares. Bueno, a lo mejor
después del show sí. ¿Me vio
anoche cuando me dio la patada en la cabeza?
Yo creo que no. Prosiguió
un poquito más calmado, a pesar del sudor y el buclecito cosquilleante
sobre la ceja. Algún giro le
buscaría a la entrevista. Ya
había traducido a palabras todos los de Facundo, esos movimientos rápidos
que ejecutaba con la misma cara de etcétera que puso Abel hace segundos.
Tan bien que se les da la indiferencia a los dos: uno moviéndose y
el otro quietecito. Quietecito
estaba Abel anoche, en el mismo medio del público frente a Facundo.
“Lígatelo por mí”. Esta
Vero... Las
clases de tango para los niños. Ah,
por ahí, por ahí se le puede sacar algo: la cuestión del tango y Puerto
Rico, y el contacto con el público, y mejor si es con niños.
Todos los manuales para periodistas coinciden en eso del llamado a lo
cercano al lector. Interés
humano: niños, ancianos, animales, pobreza.
Estas puertas de hotel son un poco más fáciles de abrir porque el
manguillo es largo. Le da
tiempo para identificar cuál es la izquierda y cuál la derecha, hacia dónde
girarle. Allí
estaba el bailarín haciendo calentamiento.
A Abel no le agrada mucho que no halla ese aire de “actitud de
entrevista”, como la “actitud de oración” que le pedían en el
colegio cuando chiquito a la hora de rezar.
.-
¡Hola!
¡Shegás temprano! .-
(¿Cuál es la efusividad? ¿Se
acordó de mí? ¿Me vio
anoche? Bueno, eso parece.
Ahhh, debe ser por la reseña, ok).
Hola. A
la mano extendida de Facundo Abel le reciproca la mano izquierda.
Un saludo torcido que el bailarín argentino arregló con el poder de
la flexibilidad, capaz de hacer girar sus extremidades abruptamente.
.-
Muy
bien. Cuando querés empezamos. .-
(¿Por qué se estira los brazos? No
me ha mandado a sentarme. Este
tipo es como que raro). Ehhh,
bueno, me gustaría que habláramos un poquito sobre esta iniciativa de dar
clases de tango a los niños puertorriqueños.
¿De quién fue la idea? ¿Por
qué lo haces? ¿Qué persigues
con esto? Un
dos tres cuatro, y Facundo queda justo detrás de la oreja izquierda de
Abel, cerquita también del chichón que no se le ve.
Su voz gruesa improvisa un tono agudo, como la nariz de ambos. .-
Vos
sí que sos ocurrente. ¿Ahora
querés jugar a periodista? Lo
siento, queru, disciplina. Acá
no hay tiempo para jugar. .-
(Qué
le pasa a este loco. Cómo llegó
ahí detrás tan rápido). Abel
quisiera coger el pañuelo verde que guarda en su bolsillo izquierdo y
secarse el sudor que le chorrea, pero sería demasiado trabajo para el
momento y llamaría más la atención de Facundo, quien se dispone a
contestar mientras da dos o tres pasitos más alrededor del salón. Cómo
quisiera poder monear meneándose como él se menea para devolverle la
patada de anoche, a ver si se le despeina el pelo ese que de seguro es
ricito como el mío. ¿Qué se
fumó este tipo? ¿Qué le voy
a decir a Vero? .-
¿Qué
esperás, queru? Te toca a ti. .-
(¿Queru? ¿Eso es de “querubín”?
Ay, qué tierno. Qué
hermoso, como en las novelas argentinas que me graba Fredi.
Pero yo quiero la entrevista, la entrevista.
Acaba y contéstame... ... ... Ay...
no... puede... ser...) Abel
y su cara de etcétera ya se dan cuenta de lo que ocurre.
Facundo jura que él es uno de los estudiantes que viene a las
clases. Los pasitos, como mueve
las piernas, los brinquitos, queru... Dos
o tres segundos más y aún la cara de etcétera.
Los pasitos, como mueve las piernas, los brinquitos, queru...Ya sé.
Vamos a seguirle el juego. Claro,
el reportaje de experiencia. En
El texto imaginativo, Martínez Albertos dice que el mejor reportaje
es aquel en el que el periodista puede dar testimonio.
Si yo me hago pasar por niño y veo cómo me trata y demás, el
reportaje va a quedar aún más cabrón.
Va a ser un palo. A Vero
le va a encantar. .-
¿Qué
pasó, queru?... ¿Por qué tan cashadito?
Sha... Perdón por el regañio. Está
bien, juguemos, pero con una condición.
Ahora sho soy el periodista. La
preguntas y enunciados de Facundo estuvieron acompañados por lo menos por
quinientas volteretas de sus pies. Abel
está extasiado, no puede hablar, no puede pensar.
Los pasitos, como mueve las piernas, los brinquitos, queru...
Ahora que los tiene cerca y vestidos de licra, le ha quedado espacio
mental para fijarse bien en las nalguitas, en el bultito, en los bíceps. .-
A
ver... Qué te pregunto. Qué
preguntas estúpidas me han hecho los periodistas por ahí...Ajá...Mmmm... .-
(Estúpido. No hay preguntas
estúpidas, sino estúpidos que no preguntan, dice Milagros Acevedo Cruz en El
otro manual). Un
paréntesis en el éxtasis de Abel. Los
músculos que sí puede coordinar, los de la mente, no dejan quietos los
manuales. Este reportaje es
bien importante. Vero espera
algo súper wow y estoy aquí perdiendo el tiempo. Los pasitos, como mueve
las piernas, los brinquitos, queru... Hay que poner a trabajar la
musculatura cerebral si quiere salir airoso de ésta.
La del corazón no le ayuda mucho que digamos; se limita a repetirle
retumtumbando: queru, queru,
queru... Abel
sigue callado. Casi siempre las
entradas de sus reportajes se le ocurren mientras hace las entrevistas.
Pero hasta ahora no ha habido tal cosa.
Los ojos de Facundo se parecen a los suyos.
Son negros como los de todo el mundo, pero se fijan en lo que nadie
se fija. ¿Por qué me mira el
pelo, los labios, la nariz, el cuerpo de arriba abajo?
Es maestro de baile, es natural.
¿El pelo? En
la naturaleza de Abel no cabe dejar una sonrisa sin contestación.
Facundo acaba de dibujarse una tan ágilmente como cruza sus piernas
en el mismo instante, y Abel se ríe con brillito en los ojos, cual bebé
observador seducido por las monerías de un papá culeco.
Los pasitos, como mueve las piernas, los brinquitos, queru... .-
Preparáte,
queru, que te tengo una boludísima. Queru,
queru, queru. Pasitos,
brinquitos, nalguitas, bultito. Melena
lambía. ¡Vero, te estoy
cumpliendo! Preguntame
lo que quieras, queru. .-
¿Cuál
es la parte del cuerpo que más fácil se te hace mover? Abel
deja de sonreír. Él nunca le
hubiera hecho esa pregunta a Facundo durante la entrevista.
Pero tengo que contestarla. Estoy
haciendo el reporataje testimonio. ¿Estoy
haciendo el reportaje testimonio? Los
pasitos, como mueve las piernas, los brinquitos, queru... Cuando
Mami le quitó las ganas de correr, teclear, y la posibilidad de bailar,
perdió muchos amigos. El
lenguaje corporal había muerto, así que lo que queda son las palabras.
Las palabras, las que escribe, las que piensa, las que habla...
Las que hablo, claro, la lengua, la lengua!!!
Ésa es la única parte del cuerpo que amaestra, que puede controlar,
mover rápido, lento, según sea necesario o conveniente. Ésa es su mejor
forma de bailar. Pero
antes de que Abel pudiera responderle a Facundo, la invitación que este último
le hizo a dar unos cuantos pasos de tango lo tiró al suelo.
Darle un jalón a la siniestra de Abel es matarlo.
El
arbusto rizado no sirvió para proteger el chichón que ahora crece y crece.
Claro, Facundo tiene su melena lambía porque nunca se cae, nunca se
tropieza, nunca le dan patadas en la cabeza.
Se puede dar el lujo de lamérsela. .-
¡Queru!
¿Estás bien? Ni me has
dicho cómo te shamás. ¡Ay,
si te pasó algo, no sé a quién shamar!
¡Estás palidísimo! ¡Queru,
queru! Inevitable
que Abel vuelva a sonreírse. Facundo
se ve verdaderamente gracioso como loquita desesperada.
La misma agilidad que Abel le envidia con toda su alma, el argentino
ese la emplea ahora en correr de lado a lado del salón, gimiendo, tocándose
la cara con las dos manos, desesperado, loquito, loquita. Después
de todo lo que había pasado, no importa tripiárselo un poco.
Sería lo que haría un niño alumno suyo.
Es parte del reportaje testimonio.
Y aún no me he vengado de la patada indiferente de anoche.
Así que Abel lo shamó y le dijo: .-
Estoy
bien, queru. Vení acá. .-
No, si sha veo que estás bien, ¿eh, pashasito?
Dejame que te ashude a levantarte para empezar las clases de una vez. Facundo
se acerca para revisarle la cabeza a Abel, visiblemente preocupado por lo
que le pasó a su alumnito. Ya
ha pasado tiempo considerable. En
cualquier momento llegan los demás. .-
Uuuuhhh,
tenés eso bien parado, queru. Dejame
que busque hielo. .-
La lengua. .-
¿Qué
decís, queru? .-
La lengua. Ésa es la parte del
cuerpo que más fácil se me hace mover. Como
ni el índice ni el chichón le duelen ya, Abel puede jugar con el buclecito
que le cae sobre la ceja mientras abre las puertas, espera los ascensores,
sube a la guagua antes de pasar al proceso de arrancar. Está bien
estacionada, gracias a Dios. Ésta
es la primera vez que comprende el revolú de cosas en movimiento que está
viendo por el retrovisor derecho. Los pasitos, como mueve las piernas, los
brinquitos, queru... Y ahora esa forma loca de menear las manos para decirle
“¡Chao, queru!”. Abel jamás
podrá menearlas así, pero ya no le importa, ya no lo envidia.
Basta con saber mover bien la lengua. .- Aló, Vero? Sha tengo el reportaje. Tremendo palo.
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