Yo soy gay y tú Mujer

por José Martín Díaz

 

Era yo un muchachito de ocho años, cuando por primera vez puso mis ojos en una hembra, una niña llamada Niurka. ¡Oh, Niurka! Tres amigos la “amábamos” y hasta nos fajábamos por ella sin que la dama se enterara. Ya entonces me gustaban los hombres, pero no veía relación entre eso y enamorarse. Ni mis amigos ni yo estábamos muy empapados aún de lo que se hacía con las novias. Creo que Niurka nunca supo esto.

En sexto grado la cosa había cambiado, ya yo sabía la relación que existe entre sexo y pareja. Entonces me gustó una niña muy pizpireta que era la jefa de la escuela y especia de sex symbol de todos los varones. Muy “enamorado” me hice una historia de bodas: Imaginaba a aquella linda muchacha en traje de novia, dulce, enamorada, como en la más rosa de todas las películas rosa. Los hombres me gustaban más, pero vestidos de novia no tenían ninguna gracia, ellos mejor sin adornos, desnudos preferentemente. Por tanto con ellos me era muy difícil la fantasía de Príncipe y Cenicienta. Con incipiente galanteo y sin mucha conciencia del riesgo me lancé con esta muchacha, creo que en el fondo confiaba en no sería correspondido. Pero me equivoqué. Le caí bien a la niña. Frenazo y marcha atrás de mi parte ¡casi susto! Entonces ella, tal vez por ver que me alejaba, creyó que me deseaba y sucedió lo peor de todo. La sex symbol de la escuela “enamorada” de mí, y yo obligado a corresponderle porque si no: “que dirían de mí los demás”. De pronto mi linda Cenicienta se me convirtió en algo terrible, en un plato que no te gusta y que te tienes que comer a la fuerza. Yo con muy poca habilidad casi salgo huyendo y como era de esperar los varones se cuestionaron mi gusto por las hembras. ¡Si fuera yo! - decían. Hasta me tuve que fajar con uno que sorprendí diciendo que yo debía ser maricón.

La solución fue hacerme novio de otra. Porque a la jefa sí que no me la comía. La elegida como novia era una sátira a la que no creo que yo le gustara, pero eso de que uno que le gustaba a la sex symbol, se hiciera novio de ella, era un mérito que no iba a perderse. Además, yo era el sabihondito del aula y una y otra vez ella comentaba que  los novios estaban para ayudarse. Lo hacía con el propósito de que le soplara en los exámenes. En pago unos besitos. Y yo contentísimo de que no deseara pagar mejor. Mi venganza fue no decirle una sola respuesta en los exámenes. Por poco suspende y se peleó conmigo muy indignada.

“Acongojado con tan irreparable pérdida” me fui a la secundaria becado. Allí puse todo mi empeño en pasar inadvertido para las muchachas. Se suponía que yo era tan aplicado, tan estudioso, tan preocupado por cosas “importantes” que no estaba para novias. Me había “echado” al barbero de la escuela, pero ese no me hizo cambiar mi opinión acerca de que el sexo nada tiene que ver con el amor. La primera vez, saliendo del orgasmo me agarró por el cuello de la camisa y me dijo que si decía algo me mataba. De verdad que no sonó muy poético.

Con un gran anonimato y muy pocas sospechas acerca de mi persona,  llegué a casi el final de octavo grado. Después de la experiencia con aquella jefa de escuela, a las mujeres ni las miraba. Casi me alegraba si les caía mal.

Entonces una fea llamada Bertha, famosa por su lujuria y haberse tragado a media escuela en los campos, se antojó de pasarme la cuenta. Y no era sutil la fea, que echaba pestes de los maricones y se las daba de calentona.

Bertha empezó a decir que yo era maricón porque no me acostaba con ella. Me era repulsiva. Pienso que si la gente no le hacía mucho caso a su comentario era porque no había que ser necesariamente homosexual para que no te gustara Bertha.

Pero sucedió que en uno de sus comentarios, Bertha fue enfrentada por Magda, una muchachita muy callada que yo nunca había escuchado hablar en voz alta. Magda le dijo a la otra vulgar y no sé cuantas cosas, y que una mujer tan ordinaria no era para mí. Bertha ofendida se vengó de Magda gritando a voz en cuello un secreto que muy pocas conocían. El secreto era que Magda estaba enamorada de mí y que me hacía poemas que a nadie les enseñaba. La pobre muchacha descubierta le fue encima, y todos se asombraron de la fiereza de aquella niña que nunca hablaba. Se formó la bulla, de los demás albergues venían a saber cual era la bronca. Yo escuché y vi de lejos el alboroto sin sospechar que tenía que ver conmigo.

El cuento muy mal contado trascendió como dos muchachas fajadas por un novio. Y todas querían saber quien era el tan discutido muchacho. Me señalaban por los pasillos, comentaban. Y por supuesto, efecto de masas, muchas empezaron a fijarse en quien no se habían fijado. ¡Y faltaban como cuatro meses para terminar en aquella escuela! Ahora sí que iba a tener que comer de todas todas. Las hembras eran como lobos asechándome, y el cartelito de maricón cada vez lucía más nítido en mi frente.

Había una putica amiga mía: la China, tan ninfómana como Bertha pero bien codiciada, que me lavaba la ropa y le gustaba fugarse conmigo a comer mierda; creo que en el fondo sabía que yo era gay y no le importaba, o quizás justo por eso se sentía tan a gusto conmigo. Nos bañábamos en pocetas, hacíamos locuras. Muchos creían que yo me acostaba con la China y que lo ocultábamos por alguna razón. A veces, cuando mi mamá iba a visitarme ella la atendía como si fuese su suegra. Creo que mi mamá también pensó en algún momento que era mi novia oculta.

Tal vez la China era la única muchacha que miraba con verdadero agrado, no me exigía nada, era muy loca, medio frívola pero bien divertida. A veces nos íbamos para una cortina rompe viento a dormir o conversar, casi siempre se acostaba sirviéndome de almohada. Algunas veces nos vieron y los varones me manifestaban luego su envidia por poner su cabeza sobre el vientre o sobre las nalgas de la China. Ella, que no le importaba mucho la opinión ajena, a veces me invitaba a hacerlo delante de la brigada, como si no se diera cuenta de la importancia que para otros tenían tales posturas. Dicen que los maricones nos entendemos bien con las putas. No sé a qué se debe, pero me di cuenta que en el camino de los que burlan la moral encontraría mejores amigos. Mis amigos varones eran noblecitos, estudiosos, medio tontos y sobre todo muy correctos. Nunca se hicieron amigos de la China. A mí creo que me gustaban sus nalgas y su vientre aunque nunca se me parara mientras ponía la cabeza allí. Gracias a ella nadie se atrevió a asegurar que yo era maricón.

Nunca leí los poemas de Magda, ni tuve el menor acercamiento. Sentí lástima de que hubiera sido víctima de aquel escándalo por mi culpa, pero un acercamiento podía estimularla y ya la experiencia me había dicho los peligro que encerraba ese paso. Nunca me reprochó nada, ni siquiera con un ademán o una mirada. Era una muchacha muy poética, conmovía. Pero para mí entonces acercarme a ella era convertirla en fiera; que perdiera ese aire de inocencia y se me transformara en un gran bollo sediento, un vulgar bollo humillándome, haciéndome quedar en ridículo. Una vez la vi con un pichoncito, buscando a alguien que lo subiera al nido de donde se había caído. Enternecedora ella y aquel pichoncito piando en sus manos. Tal vez eran dos caminos posibles: ella y la China. Pero soy demasiado cobarde y la China era más segura. A Magda la sepulté, la borré de mi cerebro para no sentir ni culpa.

En noveno fui a otra escuela y allí conocí a Sandra, que, con otras características, también cumplía, aunque ese no fuese el motivo de mi afecto por ella, la misma función que la China en cuanto a la opinión de los demás. Sandra, suponían muchos, era mi novia oculta. La sentía muy desvalida y dependiente de mí, era como una novia, pero sin sexo. En cuanto al punto, desde mi experiencia con el barbero no había tenido ninguna otra.

Mi única novia más o menos cierta fue Ana Lidia. La conocí al llegar al PRE. Con ella sí se me paraba y de qué manera. Algunos comentaban en broma que éramos siameses pues nos pasábamos todo el tiempo abrazados. Lo que nunca nos tocábamos el sexo. Un día, me decidí hacer la prueba y pegármele excitado. Ella se asustó, casi sale corriendo. Nunca entendí muy bien eso, se peleo conmigo. Yo hasta sufrí mi poquito por ella, pero ahora me escapaba de la escuela para estar con muchachos y la había cogido tan en grande que no tenía tiempo para nostalgias. Para mí los hombres seguían siendo sólo sexo ¡Pero qué sexo! Como para olvidarse del espíritu.

En esa época yo estaba medio suicida. De pronto no sabía qué quería hacer con mi vida, y me enajené de sexo, en abundancia, a cualquier hora, con cualquiera que me gustara. Ya me empezaba a importar cada vez menos lo que dijeran o dejasen de decir sobre mí.

Por poco pierdo el PRE, me asombré al verme en la colina universitaria. Y allí, otra vez Sandra. Mi buena amiga Sandra que en todo este tiempo no me había perdido ni pie ni pisada. Y que tal vez por ansia de verme con más frecuencia empezó a creer que estaba enamorada de mí. Sandra llegó muy tarde, fue mi última novia y la primera estando ya yo montado el tren del sexo y a toda máquina. Para Sandra no tenía tiempo, la dejaba embarcada ¡Un desastre! Me hice novio de ella para complacerla, y quizás un poco para probar si todavía podía rescatar algo de aquel incipiente gusto por las mujeres. Pero no quedaba nada. La besaba por obligación, no es que me fuese repulsivo, la quería, pero no me excitaba, la acariciaba siguiendo un guión que lo hiciera creíble, rememoraba mis juegos con Ana Lidia y así adivinaba qué se suponía debía gustarme. Una tortura. Luego los reproches. Mi buena y entrañable amiga Sandra se convertía también en la fiera que en mi criterio se convertían todas las mujeres tan pronto te las hechas de novias. La dejé y me estuvo ofendiendo como media hora. Fue en el Parque Central, yo mientras tanto miraba a un muchacho liadísimo que se había sentado cerca. Me pareció que era gay y quería que Sandra terminara y se fuera para ver si lo capturaba.

Por suerte, el tiempo le aplacó los reproches a Sandra y volvió a ser la misma de antes.

La otra mujer importante de mi vida, la más importante, llegó unos cuantos años después, cuando ni por asomo quería una enamorada más en mi vida. Se me apareció como una revelación. ¡Mágica! Sentí que algo me traía. Como si viniera a rescatarme, como si fuese una ventana. Como si yo estuviese en un cuarto oscuro y además creyera que fuera de ese cuarto no existía nada. Y de pronto ella: Un paisaje inmenso. Para mí no tenías comparación con nada. Porque por supuesto, amor mío, hablo de ti. El gran suceso de mi vida fue encontrarte. Contigo nací de nuevo. Siento que te hice y que me hiciste. Sin ti yo no hubiera sido este. Lo mejor de mí es obra tuya.

Como haz de suponer por todo lo narrado, no deseaba en lo más mínimo que te enamoraras de mí, para ser más exacto, rogaba que eso nunca sucediera. Para serte sincero lo pensé alguna vez, sobre todo porque otros me lo decían, para algunos, incluso, era indiscutible. Claro que ellos no entendían lo que tú representabas para mí, ni tenían por qué entenderlo.

Si tenían razón era como si de golpe me cerraran la ventana, y además confirmara que había sido un espejismo, que efectivamente: el mundo era el cuarto oscuro. Si alguna vez se te ocurrió tal idea hiciste bien en callarla. A este que soy ahora puede resultarle gracioso el cuento, inclusive halagador. Pero aquel era demasiado asustadizo cuando de mujeres se trataba.

Que te hicieras amante de Rafael, apasionamiento incluido, no me dio celos sino alivio. Sobre todo al ver que a pesar de que lo amabas tanto seguías buscándome a toda hora.

Y salí de mi cuarto oscuro casi sin darme cuenta.

Ninguna mujer, ningún hombre, ha sido para mí lo que tú has sido. Tú para mí no perteneces a un sexo. No eres hembra ni macho. Tal vez las dos cosas.

Si un día te pierdo, seguiré contigo. Pondré alfombras por donde quiera que vayas, aunque nunca te enteres que fui yo quien las puse.

Fue una mujer quien se hizo ventana para mí hace muchos años, fuiste tú que me mostraste tanto paisaje femenino. ¡Tan hermosa vastedad! Todo eso que un hombre jamás podría crear. No lamento ser gay y bien lo sabes, pero me iré con la insatisfacción de penetrar ese mundo que reconozco hoy en lo femenino. El cuento de la costilla de Adán es definitivamente una mentira. Las mujeres vinieron del cielo y los hombres del barro. Hay hombres un poco cielo y mujeres un poco barro, pero el origen sigue contando. Ellos logran emanar luz, ellas la tienen aunque no se lo propongan, aunque no la usen, aunque muchas veces la malgasten. Pero la tienen. Lo malo es que si no fuese gay, tal vez no lograba darme cuenta de esto. Tal vez estaría con mujeres pero sin ver el paisaje, sucede tanto, me estaría perdiendo lo mejor que tienen. Claro que para percibir esa esencia femenina no basta ser homosexual, había que conocerte a ti. Soy el resultado de ambas cosas. Y después de todo, si yo hubiera sido hetero o bi, si hubiésemos tenido un romance espectacular (seguro iba a ser espectacular, contigo todos lo son) ¿Hubiera sido mejor? Rafael me cela a morirse, y creo que tiene toda la razón al celarme. Nuestro romance es más que eso, demasiado más que eso, es un amor de eternidad. Tal vez estaba previsto para el Paraíso y nos conocimos antes de tiempo.

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José Martín Díaz es un escritor latinoamericano con reconocido prestigio por su guiones para televisión y relatos breves de ficción de alta calidad, como el que nos ha aportado amablemente para la ISLA

martindiaz@infomed.sld.cu

 

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