Era
yo un muchachito de ocho años, cuando por primera vez puso mis
ojos en una hembra, una niña llamada Niurka. ¡Oh, Niurka! Tres
amigos la “amábamos” y hasta nos fajábamos por ella sin
que la dama se enterara. Ya entonces me gustaban los hombres,
pero no veía relación entre eso y enamorarse. Ni mis amigos ni
yo estábamos muy empapados aún de lo que se hacía con las
novias. Creo que Niurka nunca supo esto.
En
sexto grado la cosa había cambiado, ya yo sabía la relación
que existe entre sexo y pareja. Entonces me gustó una niña muy
pizpireta que era la jefa de la escuela y especia de sex
symbol
de todos los varones. Muy “enamorado” me hice una historia
de bodas: Imaginaba a aquella linda muchacha en traje de novia,
dulce, enamorada, como en la más rosa de todas las películas
rosa. Los hombres me gustaban más, pero vestidos de novia no
tenían ninguna gracia, ellos mejor sin adornos, desnudos
preferentemente. Por tanto con ellos me era muy difícil la
fantasía de Príncipe y Cenicienta. Con incipiente galanteo y
sin mucha conciencia del riesgo me lancé con esta muchacha,
creo que en el fondo confiaba en no sería correspondido. Pero
me equivoqué. Le caí bien a la niña. Frenazo y marcha atrás
de mi parte ¡casi susto! Entonces ella, tal vez por ver que me
alejaba, creyó que me deseaba y sucedió lo peor de todo. La sex
symbol
de la escuela “enamorada” de mí, y yo obligado a
corresponderle porque si no: “que dirían de mí los demás”.
De pronto mi linda Cenicienta se me convirtió en algo terrible,
en un plato que no te gusta y que te tienes que comer a la
fuerza. Yo con muy poca habilidad casi salgo huyendo y como era
de esperar los varones se cuestionaron mi gusto por las hembras.
¡Si fuera yo! - decían. Hasta me tuve que fajar con uno que
sorprendí diciendo que yo debía ser maricón.
La
solución fue hacerme novio de otra. Porque a la jefa sí que no
me la comía. La elegida como novia era una sátira a la que no
creo que yo le gustara, pero eso de que uno que le gustaba a la
sex symbol, se hiciera novio de ella, era un mérito que no iba
a perderse. Además, yo era el sabihondito del aula y una y otra
vez ella comentaba que los
novios estaban para ayudarse. Lo hacía con el propósito de que
le soplara en los exámenes. En pago unos besitos. Y yo contentísimo
de que no deseara pagar mejor. Mi venganza fue no decirle una
sola respuesta en los exámenes. Por poco suspende y se peleó
conmigo muy indignada.
“Acongojado
con tan irreparable pérdida” me fui a la secundaria becado.
Allí puse todo mi empeño en pasar inadvertido para las
muchachas. Se suponía que yo era tan aplicado, tan estudioso,
tan preocupado por cosas “importantes” que no estaba para
novias. Me había “echado” al barbero de la escuela, pero
ese no me hizo cambiar mi opinión acerca de que el sexo nada
tiene que ver con el amor. La primera vez, saliendo del orgasmo
me agarró por el cuello de la camisa y me dijo que si decía
algo me mataba. De verdad que no sonó muy poético.
Con
un gran anonimato y muy pocas sospechas acerca de mi persona, llegué
a casi el final de octavo grado. Después de la experiencia con
aquella jefa de escuela, a las mujeres ni las miraba. Casi me
alegraba si les caía mal.
Entonces
una fea llamada Bertha, famosa por su lujuria y haberse tragado
a media escuela en los campos, se antojó de pasarme la cuenta.
Y no era sutil la fea, que echaba pestes de los maricones y se
las daba de calentona.
Bertha
empezó a decir que yo era maricón porque no me acostaba con
ella. Me era repulsiva. Pienso que si la gente no le hacía
mucho caso a su comentario era porque no había que ser
necesariamente homosexual para que no te gustara Bertha.
Pero
sucedió que en uno de sus comentarios, Bertha fue enfrentada
por Magda, una muchachita muy callada que yo nunca había
escuchado hablar en voz alta. Magda le dijo a la otra vulgar y
no sé cuantas cosas, y que una mujer tan ordinaria no era para
mí. Bertha ofendida se vengó de Magda gritando a voz en cuello
un secreto que muy pocas conocían. El secreto era que Magda
estaba enamorada de mí y que me hacía poemas que a nadie les
enseñaba. La pobre muchacha descubierta le fue encima, y todos
se asombraron de la fiereza de aquella niña que nunca hablaba.
Se formó la bulla, de los demás albergues venían a saber cual
era la bronca. Yo escuché y vi de lejos el alboroto sin
sospechar que tenía que ver conmigo.
El
cuento muy mal contado trascendió como dos muchachas fajadas
por un novio. Y todas querían saber quien era el tan discutido
muchacho. Me señalaban por los pasillos, comentaban. Y por
supuesto, efecto de masas, muchas empezaron a fijarse en quien
no se habían fijado. ¡Y faltaban como cuatro meses para
terminar en aquella escuela! Ahora sí que iba a tener que comer
de todas todas. Las hembras eran como lobos asechándome, y el
cartelito de maricón cada vez lucía más nítido en mi frente.
Había
una putica amiga mía: la China, tan ninfómana como Bertha pero
bien codiciada, que me lavaba la ropa y le gustaba fugarse
conmigo a comer mierda; creo que en el fondo sabía que yo era
gay y no le importaba, o quizás justo por eso se sentía tan a
gusto conmigo. Nos bañábamos en pocetas, hacíamos locuras.
Muchos creían que yo me acostaba con la China y que lo ocultábamos
por alguna razón. A veces, cuando mi mamá iba a visitarme ella
la atendía como si fuese su suegra. Creo que mi mamá también
pensó en algún momento que era mi novia oculta.
Tal
vez la China era la única muchacha que miraba con verdadero
agrado, no me exigía nada, era muy loca, medio frívola pero
bien divertida. A veces nos íbamos para una cortina rompe
viento a dormir o conversar, casi siempre se acostaba sirviéndome
de almohada. Algunas veces nos vieron y los varones me
manifestaban luego su envidia por poner su cabeza sobre el
vientre o sobre las nalgas de la China. Ella, que no le
importaba mucho la opinión ajena, a veces me invitaba a hacerlo
delante de la brigada, como si no se diera cuenta de la
importancia que para otros tenían tales posturas. Dicen que los
maricones nos entendemos bien con las putas. No sé a qué se
debe, pero me di cuenta que en el camino de los que burlan la
moral encontraría mejores amigos. Mis amigos varones eran
noblecitos, estudiosos, medio tontos y sobre todo muy correctos.
Nunca se hicieron amigos de la China. A mí creo que me gustaban
sus nalgas y su vientre aunque nunca se me parara mientras ponía
la cabeza allí. Gracias a ella nadie se atrevió a asegurar que
yo era maricón.
Nunca
leí los poemas de Magda, ni tuve el menor acercamiento. Sentí
lástima de que hubiera sido víctima de aquel escándalo por mi
culpa, pero un acercamiento podía estimularla y ya la
experiencia me había dicho los peligro que encerraba ese paso.
Nunca me reprochó nada, ni siquiera con un ademán o una
mirada. Era una muchacha muy poética, conmovía. Pero para mí
entonces acercarme a ella era convertirla en fiera; que perdiera
ese aire de inocencia y se me transformara en un gran bollo
sediento, un vulgar bollo humillándome, haciéndome quedar en
ridículo. Una vez la vi con un pichoncito, buscando a alguien
que lo subiera al nido de donde se había caído. Enternecedora
ella y aquel pichoncito piando en sus manos. Tal vez eran dos
caminos posibles: ella y la China. Pero soy demasiado cobarde y
la China era más segura. A Magda la sepulté, la borré de mi
cerebro para no sentir ni culpa.
En
noveno fui a otra escuela y allí conocí a Sandra, que, con
otras características, también cumplía, aunque ese no fuese
el motivo de mi afecto por ella, la misma función que la China
en cuanto a la opinión de los demás. Sandra, suponían muchos,
era mi novia oculta. La sentía muy desvalida y dependiente de mí,
era como una novia, pero sin sexo. En cuanto al punto, desde mi
experiencia con el barbero no había tenido ninguna otra.
Mi
única novia más o menos cierta fue Ana Lidia. La conocí al
llegar al PRE. Con ella sí se me paraba y de qué manera.
Algunos comentaban en broma que éramos siameses pues nos pasábamos
todo el tiempo abrazados. Lo que nunca nos tocábamos el sexo.
Un día, me decidí hacer la prueba y pegármele excitado. Ella
se asustó, casi sale corriendo. Nunca entendí muy bien eso, se
peleo conmigo. Yo hasta sufrí mi poquito por ella, pero ahora
me escapaba de la escuela para estar con muchachos y la había
cogido tan en grande que no tenía tiempo para nostalgias. Para
mí los hombres seguían siendo sólo sexo ¡Pero qué sexo!
Como para olvidarse del espíritu.
En
esa época yo estaba medio suicida. De pronto no sabía qué
quería hacer con mi vida, y me enajené de sexo, en abundancia,
a cualquier hora, con cualquiera que me gustara. Ya me empezaba
a importar cada vez menos lo que dijeran o dejasen de decir
sobre mí.
Por
poco pierdo el PRE, me asombré al verme en la colina
universitaria. Y allí, otra vez Sandra. Mi buena amiga Sandra
que en todo este tiempo no me había perdido ni pie ni pisada. Y
que tal vez por ansia de verme con más frecuencia empezó a
creer que estaba enamorada de mí. Sandra llegó muy tarde, fue
mi última novia y la primera estando ya yo montado el tren del
sexo y a toda máquina. Para Sandra no tenía tiempo, la dejaba
embarcada ¡Un desastre! Me hice novio de ella para complacerla,
y quizás un poco para probar si todavía podía rescatar algo
de aquel incipiente gusto por las mujeres. Pero no quedaba nada.
La besaba por obligación, no es que me fuese repulsivo, la quería,
pero no me excitaba, la acariciaba siguiendo un guión que lo
hiciera creíble, rememoraba mis juegos con Ana Lidia y así
adivinaba qué se suponía debía gustarme. Una tortura. Luego
los reproches. Mi buena y entrañable amiga Sandra se convertía
también en la fiera que en mi criterio se convertían todas las
mujeres tan pronto te las hechas de novias. La dejé y me estuvo
ofendiendo como media hora. Fue en el Parque Central, yo
mientras tanto miraba a un muchacho liadísimo que se había
sentado cerca. Me pareció que era gay y quería que Sandra
terminara y se fuera para ver si lo capturaba.
Por
suerte, el tiempo le aplacó los reproches a Sandra y volvió a
ser la misma de antes.
La
otra mujer importante de mi vida, la más importante, llegó
unos cuantos años después, cuando ni por asomo quería una
enamorada más en mi vida. Se me apareció como una revelación.
¡Mágica! Sentí que algo me traía. Como si viniera a
rescatarme, como si fuese una ventana. Como si yo estuviese en
un cuarto oscuro y además creyera que fuera de ese cuarto no
existía nada. Y de pronto ella: Un paisaje inmenso. Para mí no
tenías comparación con nada. Porque por supuesto, amor mío,
hablo de ti. El gran suceso de mi vida fue encontrarte. Contigo
nací de nuevo. Siento que te hice y que me hiciste. Sin ti yo
no hubiera sido este. Lo mejor de mí es obra tuya.
Como
haz de suponer por todo lo narrado, no deseaba en lo más mínimo
que te enamoraras de mí, para ser más exacto, rogaba que eso
nunca sucediera. Para serte sincero lo pensé alguna vez, sobre
todo porque otros me lo decían, para algunos, incluso, era
indiscutible. Claro que ellos no entendían lo que tú
representabas para mí, ni tenían por qué entenderlo.
Si
tenían razón era como si de golpe me cerraran la ventana, y
además confirmara que había sido un espejismo, que
efectivamente: el mundo era el cuarto oscuro. Si alguna vez se
te ocurrió tal idea hiciste bien en callarla. A este que soy
ahora puede resultarle gracioso el cuento, inclusive halagador.
Pero aquel era demasiado asustadizo cuando de mujeres se
trataba.
Que
te hicieras amante de Rafael, apasionamiento incluido, no me dio
celos sino alivio. Sobre todo al ver que a pesar de que lo
amabas tanto seguías buscándome a toda hora.
Y
salí de mi cuarto oscuro casi sin darme cuenta.
Ninguna
mujer, ningún hombre, ha sido para mí lo que tú has sido. Tú
para mí no perteneces a un sexo. No eres hembra ni macho. Tal
vez las dos cosas.
Si
un día te pierdo, seguiré contigo. Pondré alfombras por donde
quiera que vayas, aunque nunca te enteres que fui yo quien las
puse.
Fue
una mujer quien se hizo ventana para mí hace muchos años,
fuiste tú que me mostraste tanto paisaje femenino. ¡Tan
hermosa vastedad! Todo eso que un hombre jamás podría crear.
No lamento ser gay y bien lo sabes, pero me iré con la
insatisfacción de penetrar ese mundo que reconozco hoy en lo
femenino. El cuento de la costilla de Adán es definitivamente
una mentira. Las mujeres vinieron del cielo y los hombres del
barro. Hay hombres un poco cielo y mujeres un poco barro, pero
el origen sigue contando. Ellos logran emanar luz, ellas la
tienen aunque no se lo propongan, aunque no la usen, aunque
muchas veces la malgasten. Pero la tienen. Lo malo es que si no
fuese gay, tal vez no lograba darme cuenta de esto. Tal vez
estaría con mujeres pero sin ver el paisaje, sucede tanto, me
estaría perdiendo lo mejor que tienen. Claro que para percibir
esa esencia femenina no basta ser homosexual, había que
conocerte a ti. Soy el resultado de ambas cosas. Y después de
todo, si yo hubiera sido hetero o bi, si hubiésemos tenido un
romance espectacular (seguro iba a ser espectacular, contigo
todos lo son) ¿Hubiera sido mejor? Rafael me cela a morirse, y
creo que tiene toda la razón al celarme. Nuestro romance es más
que eso, demasiado más que eso, es un amor de eternidad. Tal
vez estaba previsto para el Paraíso y nos conocimos antes de
tiempo.
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