Jugando a los escondidos (Monólogo teatral)

por José Martín Díaz

 

¿La soledad?...Chico, si en esta obra se habla de distintos tipos de soledades, hay una que me parece muy importante, pero no sé... ¿Aquí se puede hablar de maricones?...Vaya, tú dirás que yo tenía que salir con eso, pero cuando te lo explique te vas a dar cuenta.(TR) No vas a tener ningún problema, ahora el tema casi es snob, que el ICAIC hiciera una película sobre el asunto parece que fue el gran paso, casi se puede hablar de dos épocas, antes y después de Fresa y Chocolate.(TR) Por cierto, caballeros, eso de la fresa y el chocolate debe ser una metáfora de Senel Paz, a casi todos los pájaros que yo conozco le gusta el chocolate y supongo que haya quien no lo sea y le guste la fresa. Parece una tontería, pero no estaría de más aclararlo, porque no dudo que haya más de uno por ahí, privándose de su sabor preferido por complejo. Ya en el Coppelia es difícil verse en la disyuntiva realmente, pero los merolicos casi siempre tienen justo los dos sabores del enigma. Porque ese no es un enigma cualquiera, para los hombres cubanos, al menos, ese es el enigma. ¿Fulano será o no será? Y fulano tiene que demostrar su hombría porque eso sí que hay que dejarlo claro. Como me día antes mi papá: ¡Cualquier cosa antes que tu hombría quede en entredicho! ¡Imagínense ustedes! Si a cualquiera lo ponen en entredicho que no quedará para mí. Yo tuve mis noviecitas y eso, pero supongo que se notara la falta de entusiasmo. Una vez oí a Fina, una vieja chismosa que vivía detrás de mi casa preguntándole a mi novia— ¿Anita, y él responde? ¡Ay, discúlpame la indiscreción m'ijita! Pero es que a mi siempre me pareció que él tenía sus... problemitas de personalidad. — En primera, yo no sé quien  dijo que ser maricón es tener problemas de personalidad, pero además... ¿Qué le importaba a esa vieja si yo respondo o no respondo? ¡No, y menos mal que no me lo preguntó a mí!, Porque si no, para cumplir con lo orientado por mi papá me hubiese tenido que acostar con Fina. (TR) Hay quien te dice con tremendo orgullo: ¡A mí sí que no hay quien me haga un cuento, porque yo tengo un ojo para eso...!. Y uno me dijo una vez, que había una manera infalible de saber si un tipo era homosexual, y era por la manera de mirarse las uñas. Quien lo haga así (CON LA MANO CERRADA) Ese es macho, no tiene problemas, pero quien lo haga así (CON LA MANO ABIERTA) Es porque lleva en el alma la bayamesa. Ya les digo, sobre eso se podría hacer un tratado. ¡Sería bueno investigar por qué a la gente le pica tanto la curiosidad con este asunto!

A esta edad a mí qué ¿no? Ya a mí me da lo mismo que se lo pregunten como que se lo respondan. Pero eso no siempre fue así. Cuando era niño me asustaba. ¡Me asustaba mucho! Sentía que me estaban acechando por todas partes. Y les digo esto porque es ahí donde quiero caer, ese es el tipo de soledad de que quiero hablarles. Difícilmente haya alguien más solitario que un niño varón al que le gustan los hombres. O una niña a la que le gusten las hembras que es el mismo caso.

Eres... como un pequeño espía en terreno enemigo, o peor, porque todavía el espía pertenece a un bando, tiene una misión que le explicaron, tú no, tú no sabes lo que tienes que hacer, ni por qué tienes que esconderte. Tú sólo conoces a tus enemigos, aquí apareciste de pronto, y aquí tienes que vivir fingiendo sin saber el motivo, además no tienes a quien preguntarle nada, porque en nadie confías y una pregunta fuera de lugar puede traer sospechas. Para colmo nunca se habla de eso, es un tema prohibido. En todas partes sólo se habla de heterosexuales: En la familia, entre los amigos, en los libros, en la televisión, las novelas... en fin, el mundo es de los heterosexuales, tú eres como un infiltrado, una especie diferente.

Lo único que oyes sobre el tema son cosas terribles. Tu mamá dice que lo último que le puede pasar a una madre es que le salga un hijo pájaro, y  tu papá que debían fusilar a unos cuantos a ver si los otros escarmientan. Sientes que hasta las personas que más amor te tienen, te están queriendo nada más que por el momento, hasta que se enteren y dedicas todo tu esfuerzo a que ese momento se demore lo más posible.

Me pasé toda la infancia esperando la hecatombe, que además suponía inevitable, yo pensaba que todos los homosexuales terminaban como Pepe el Pato. No sé si te acuerdas de Pepe, seguro que sí porque era todo un personaje, todos los muchachos se burlaban de él. Mi papá me decía: Ten cuidado con Pepe el Pato no vaya a querer tocarte, que de los maricones se puede esperar cualquier cosa. Yo le huía, pero no era por eso, era que para mí ese hombre era una pesadilla, era como verme yo mismo cuando creciera. Porque como les digo, pensaba que todos los homosexuales terminábamos así, los que no eran así, yo no sabía que eran homosexuales.

Me decía: Mañana voy a ser como Pepe el Pato y se van a burlar de mí, esta misma gente que ahora me quiere se va a burlar de mí, y no voy a tener amigos, ¿Porque quién va a ser amigo de un pájaro? Me decía que por eso Pepe vivía solo, porque todo el mundo se aleja, hasta la familia.

Una vez, vi a Pepe llorando, yo iba con Jorgito, el de Petra, y Jorgito dijo: Mira, si hasta llora como las mujercitas. ¡¿Es que a nadie le conmovía lo que le pasaba a ese hombre?! La gente tiene miedo a solidarizarse y que lo tilden de lo mismo, hay que gritar: ¡Abajo los homosexuales! Para dejar bien claro que uno no lo es. Yo nunca condené a Pepe, pero bien que me callaba cuando otros lo hacían. Siempre tuve miedo de lo que pudiera decir, tenía miedo de mis palabras, de mis gestos, de mis ojos, de que me gustara un juguete y que fuera un juguete de niña.

Hasta le tenía miedo a los médicos, como decían que a los homosexuales había que llevarlos al médico, yo pensaba que ellos eran especialistas en detectarlos. Si me dolía algo pensaba, mejor no lo digo, porque a lo mejor va y a los que les duele ahí es a los homosexuales y por decirlo me descubren. ¡La de malestares y dolores que aguanté pensando eso! A veces entraba en tremendo dilema porque pensaba: a lo mejor por no decir esto me muero y nadie se entera. (PAUSA). ¡Oigan, siempre preferí morirme que ser descubierto! Mi papá decía que yo era todo un hombrecito porque nunca me quejaba y había que estar adivinándome las enfermedades. (IRÓNICO) Si él supiera... O bueno, tal vez haya que ser todo un hombrecito para ser maricón de niño. ¡Es demasiado el peso que hay que soportar sobre unos hombros demasiado pequeños!

El miedo a los médicos siguió después; todo el mundo hablaba de las pruebas del Servicio Militar. Talmente parecía que en esas pruebas, lo único que le importaba a la comisión médica, era saber si tú eras homosexual. Me acuerdo que cuando fui por primera vez, enseguida apareció el fantasma de la mariconería entre todos los muchachos que íbamos. Decían que había una clave secreta con la que los médicos advertían en tu planilla que tú eras posible homosexual, y todos estaban muy preocupados por saber en qué consistía tal clave, para saber si te la habían puesto. Y al otro día las niñas preguntaban en el aula: ¿Y cómo salieron en las pruebas del Servicio? Esta era una pregunta muy capciosa, porque según se decía había tres categorías: Apto, no apto, y dudoso, y esto era lo que querían saber las niñas: si tú eras dudoso.

Pero bueno, cuando esto ya era jovencito y estoy hablando de la infancia. Cuando niño estos cuentos sobre las pruebas del Servicio eran peores: Decían que te enseñaban fotos de hombres y mujeres en cueros a ver con quien se te paraba, y sino, la prueba infalible: meterte el dedo en el culo. ¡Que con esa sí que no había quimbe! Así que me dije, que aún en el caso de que lograra engañar a todos hasta esa fecha, llegado el momento me harían la prueba del Servicio y todo se sabría. Me imaginaba ahí, frente al dedo de la verdad. ¡Proclamado maricón delante de todo el mundo! Botado de la escuela, los vecinos, la cara de mi mamá y mi papá... (TR) O a lo mejor me llevaban preso. Eso era otra cosa que pensaba, y no era por gusto, sino por un cuento que oí cuando tenía como siete años. Es un cuento cómico, de esos que se hacen.

Son dos pájaros que están en una parada. Uno es machito pero el otro una damisela. Entonces ven venir a un policía. El más machito le dice al otro—Disimula que por ahí viene un guardia—y este trata de componerse. El guardia llega y le pregunta al menos plumífero. — ¿Usted que hace aquí?— Nada guardia, esperando la guagua—entonces el policía se vira para el otro y le pregunta— ¿Y usted, qué hace?—El más pájaro recoge todas las plumas y le responde—Nada guardia, aquí, con mi marido. ¡Y ha los dos se los llevan presos! (RIE). El cuento es cómico realmente, casi todos los cuentos de pájaros son cómicos... Pero cuando yo lo oí a esa edad ¡Me dio terror! Me dije que entonces, ser homosexual no era solamente condenable, sino algo por lo cual me podían meter preso... ¡A los siente años me creía todo un prófugo de la justicia!

Cuento estas cosas, porque la gente siempre olvida que el niño gay tiene muchas preguntas y como no tiene como averiguar lo deduce todo por sí mismo. Porque hay una gran paradoja en esto que decía que todo el mundo quiere saber, resulta que los padres del niño, que son a fin de cuentas los que debían averiguar para ayudarlo, esos nunca quieren enterarse de nada. ¡Hasta se ofenden! ¡Mi hijo! ¡Que va! ¡Que se atreva alguien a decirme que mi hijo!...

Los padres siempre se enteran al final, cuando ya todo está resuelto, cuando haz conseguido asumirte. Tienes que asumirte porque sino no puedes vivir. Unos lo logran de la mejor manera, otros de la peor, pero si no te asumes ya no puedes respirar.

Por eso no tengo nada en contra de las locas de esquina, tal vez no encontraron otra salida ¡sin poder preguntar y sin mapa, cualquiera se pierde! Si yo hice lo mejor que se podía, fue porque me puse de suerte, porque dio la casualidad que lo que se me ocurrió era oportuno... Fue duro para mí tomar determinaciones pero ya respiro con libertad. Con Mario hasta ahora me va bien. Y mi mamá y mi papá hasta se llevan de lo mejor con él. Mi papá siempre lo está buscando para que lo ayude con sus líos de la mecánica.

Mario también les hubiera podido contar cosas de su infancia. Una vez se tuvo que dejar manosear por vecino, aparentemente muy decente, que lo amenazó con decirle a sus padres que él era homosexual si no se dejaba.

Si yo fuera escritor haría un libro con estas cosas, a ver si por fin la gente entiende. Ya yo pasé lo peor, pero me duele saber que hay muchos niños ahora, pasando por lo mismo, sin que siquiera sus padres lo imaginen. Y yo, que ya sé como es, que podría decirles, no tengo manera de llegar a ellos y explicarles. Pienso que era bueno que hablar de esto en tu obra. Yo no creo que la gente sea mala, lo que pasa es que no sabe. Tal vez haya quien se moleste con lo que he dicho, pero habrá muchos que al menos en su corazón te van a aplaudir.

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NOTA: El término "Pájaro" se emplea como metáfora de "homosexual" y según el contexto puede ser coloquial o peyorativo


 

José Martín Díaz es un escritor latinoamericano con reconocido prestigio por su guiones para televisión y relatos breves de ficción de alta calidad, como el que nos ha aportado amablemente para la ISLA

martindiaz@infomed.sld.cu

 

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