Entonces Gustavo Nogueira, dejando caer el periódico, se puso a
pensar, barriga al
aire, los brazos
abiertos, mirando fijamente
la vidriera
rosa de las
ventanas. Pasará una
buena parte
de la vida
así tumbado
en el diván de damasco
rosa, abotargado por
la calentura que
entorpecía toda
su virilidad, sin ideas
y sin trabajo.
A los 70
años, raquitizado, con
el cuerpo
deplorable de
viejo, los ojos
hundidos, las vértebras
hinchadas, sufría de
la desesperación
de haber
perdido la existencia,
de no
haber vivido.
Al cerebro le venía
la interrogación
constante de su
dolor, y él, como todos
los días,
llevaba a rememorar
la vida
para saber
que no
viviera, que no
hiciera absolutamente
nada. Y que fuera
siempre el
mismo infeliz
desde que
naciera, sin fuerza,
sin vitalidad
para obrar,
llorando para
comer y cuidando
los músculos
frágiles, para no
quebrarlos.
El
dolor de la evocación ya le
venía al
cerebro desocupado,
sistematizado, al comenzar
desde la indisposición
de niño
hasta la angustia
del hombre viejo, y el,
sin poder
apagarla, sufría doblemente
de la resurrección
de la vida
llena de
nada, y de
la tortura
de la idea
fija.
El
padre, a los
siete años
lo ingresó como interno pensionista
en un colegio
aristocrático, y ahora,
en el diván,
aun recordaba la última
noche que
pasara en casa, sufriendo la
perdida de
la madre
que lo
besara tanto,
y mordiendo
el pañuelo
para que no
lo oyesen y
no le
preguntasen por
que lloraba. -
Hacia tiempo, ya !
De
mañana, a la hora de
la partida, la
madre gritara,
agarrándolo, y el,
con el
deseo de
consolarla, se sintió
de repente débil,
sin coraje,
invadido de
un miedo, de
un terror
vago desconocido,
preso de la
pereza de
hacer. En aquel momento,
viendo a su
madre gritar, sintiera
como un
desaliento, una brusca
relajación de
nervios que lo
hiciera gozar
con el
placer de
los egoístas, los
trazos de
dolor y
las lágrimas
de aquella que
lloraba por
si.
Después,
en el colegio, un
caserón enorme,
de ventanas
gradadas y las
puertas bajas,
un hombre
muy alto lo
recibiera pomposamente,
gritando : “Gustavo Nogueira“ con
un aire de
comandante de
soldados. fuera la
primera vez
en la vida
que tuviera la noción
clara de su
yo.
Era
Gustavo Nogueira, y
durante 70
años no
fuera mas que
Gustavo Nogueira, un elemento, un
objeto que
se denomina
por la necesidad
de
diferenciar; Gustavo Nogueira
toda la
vida, porque no
la viera, no hiciera
absolutamente nada.
El
colegio, acordando de madrugada
con la
regularidad del
baño por turnos,
de calzón
de media y
minutos contados,
lo ensartaba la a
pereza como
el arpón
de un
carretero el
gancho de
un buey -
lo hacia hacer.
Vivía corriendo,
teniendo después
del baño
el aula
del ilustre
padre Osorio, que
llegaba atrasado
y ponía
el cronómetro
de oro a la
vista en la
mesa, para abalar
las 10
en punto, a
veces en
medio de
una introducción
magnífica, llena de
hipérboles violentas
y frescalidades
de capilla.
La evocación
del padre
Osorio se intensificó
en su
cerebro desocupado, donde los
profesores aparecían
ilustremente.
Se
giró, sintiendo la
columna vertebral
dolerle junto
al cóccix.
Era de
estar tanto
tiempo tendido.
Se
levantó penosamente, encajó los pies en unas
chinelas de
felpa, y atando
los cordones de la
bata, se puso a caminar por el salón tapizado en roda pálido,
con grandes
rosas rojas.
El
Padre Osorio le
gritaría en una ocasión, viéndole dormir durante una
sabia explicación
teológica. Era joven en
aquel tiempo; hoy,
a los 70
años, lo soportaba acostado, rumiándolo en su
no ser. Los
recuerdos del
colegio le
apresaron, y en
tropel las
imágenes continuaron pasando,
solo interrumpidas
por los intervalos
del refectorio,
donde vagamente
aparecían compañeros; toda
aquella gente
estaba muerta,
estaba irremediablemente
exhausta de
vitalidad.
El quedara.
Tremendo, abrió las
cortinas de hilo
de oro sobre
un fondo
de damasco
rosa seco.
Allá fuera
hacía calor.
O sol, ambulante
estaba no
éter, de donde
irradiaba firmamento
encima en un
imponderable polvillo
de escarlata.
Los árboles
inmóviles tenían
metalidades de
acero, y en
la arena
de los recovecos culebreaban
por instantes reflejos
cortos del
sol.
Se oía en el gran
espacio calmo
el estridente
sonido acre de las
cigarras. Se quedó allí.
un día, lo
fueran a buscar, y cuando
llegó à casa,
vestido de
negro, su padre,
de barba , frío
y correcto,
dijo, como
quien ordena
: “ su madre
murió, Gustavo. “
E como
el, sentido de
repente un
grande vacío
en torno,
preguntase a
llorar se
era mismo
verdad, el padre,
carrancudo, limpiando el
sudor de los
dedos finos,
limitose a
decir : “ Señor,
mi hijo, yo
no miento.
“ Fue todo.
Corriera al
cuarto de la
muerta, donde, alrededor
del cajón
abierto, las amigas
y criadas
lloraban pausadamente. La vacilación
de los cirios,
el olor
de cera
y flor
amasada, le hicieron
dar un grito,
y enseguida
el lloro
brotó con estruendo .
Se acordaba aun
de una
voz, diciendo entre
el murmullo general : - “ Es
ella que
hasta en la
muerte no
se olvidaba
de su
querido ángel !
“
De su
querido ángel! como
era de buena
la madre !
Quedara tendido en un
sofá, sin comprender la
muerte, cubriéndose
el rostro
con las
manos, sin poder
llorar.
Una agonía
le aferraba la garganta,
y sentía el
diafragma contraído.
No llorar
le parecía una
ingratitud incalificable
para con
aquella que
el amara
tanto, pero los
esfuerzos era
infructuosos, y el
se revolvía en todo, tensando los
músculos, en la cólera
del no
poder. no lloró...
Ni siquiera podía
llorar.
Entonces, enojado, Gustavo Nogueira
cerró las
cortinas, y como
el aire de fuera
viniese a desentorpecer
perfumes, desprendiase de
las telas, de las
paredes, de los vasos,
un olor
penetrante y
acre de rosas.
La cigarra cesara repentinamente, y
solo ahora,
en el gran silencio
de la tarde, una
campanita tañía.
No fuera
mas al colegio,
quedando en
casa para
prepararse para
la Academia
, y ahí, en la
vida doméstica
calmada y
libre, la carne
ascendiera en
la brutalidad del
deseo, con nostalgia
por las horas
de recreo, donde los
muchachos de
18 años
jugaban el
juego desabridamente, y
tenían delicadezas
especiales para
consigo, bromeando con
sus cabellos
crespos, y llamándole,
como hacía
Jerónimo, “ nuestro
Gustavo “. Pobre Jerónimo
! Siempre que
se permitía bromear
con el sobre su
lindo melena, salía incomodado, diciendo
que se
sentía mal.
Aquel recuerdo le postró, se tendió de bruces
en el diván, las sienes
latiendo, impotente para refrenar
el curso
de los mas
tortuosas recuerdos.
En casa, en otro
tiempo la idea le había quemado
en el deseo,
la carne
pulsándole: hoy le hacía mal, como
un pedazo
de cualquier
cosa enloquecida venciendo los hemisferios
frontales del
cerebro.
Otrora un
pedazo de
saya le
causaba nerviosismo,
el olor
de los criados
le aturdía, l diera hasta
para acicalarse, ajustando los pantalones, pintando
delicadamente los
cabellos, empolvándose
el rostro
de polvo
de arroz.
Paseaba por
las alamedas
de la chácara
à tarde, y
se apasionara repentinamente
por el jardinero
frote y
musculoso, pero el pobre
hombre respondía
las intimidades
y las
historietas libres
con sonrisas
y monosílabos
respetuosos.
En la cama,
atacado de
dispepsia nerviosa,
los ojos
fijos en la
oscuridad, y oyendo
en torno la sangre vibrar,
hacía proyectos
de llamar al
animal del
jardinero, para verle
surgir prometedor
en la indiferencia
de la desnudez, mas en
otro día,
fatalmente, infaliblemente, el
miedo le
acuciaba, trayéndole al
sueño gigantes
que le
robaban besos
con fuerza
y violencia.
Un día
le pasmó, al revistar
el cuerpo,
para unos
hilos de
barba que
nacían en
la parte
superior de
las tibias, se giró
y vio
en el costado otro
hilo aun
mas largo, y
como continuase,
investigó aterrado el
fondo de la
piel, los bulbos
anunciadores de
pelos futuros.
Por que se
aterró por
la sensación
animal, instintivamente
estremeciendo à
nova fase
de la vida ?
Descorazonada, se acostara, y pasara
el día
durmiendo, en la impotencia
del acto
realizado.
Le dio por andar
detrás de
las criadas, sumiso
y dedicado,
pero cuando surgió
una ocasión
para satisfacer
el deseo, un
terror vago
le forzó a
huir, el miedo
le envolvió. cuando
una vez
la lavandera
lo abrazó en
el tanque
pidiendo para
bañarse, sintiera la
negación moral
bramar tan
alto, que, a pesar de
estar físicamente agitado,
escapó gritando
negativas.
No tuviera
capacidad para
la cosa.
Se giró en el diván, con el vientre hacia arriba,
masticando la
frase: No tener
capacidad para la
cosa ! y nunca
tuviera, y nunca
amara, y nunca
sintiera en la cara
a succión fuerte de
los besos
de un
hombre, o la
avidez olorosa
de los labios
de una
mujer.
Era casto,
era virgen
a los 70
años, no es que se
propusiese esto sistemáticamente
con el
deseo de la
abstinencia física,
para la
superabundancia vital
del cerebro,
no que le impulsase
una moral
errónea - nunca
tuviera moral
! - mas pura y
simplemente por
la fatalidad
del su
temperamento, por el
estigma intenso
del su
no ser, de
la impotencia
que le
maniataba y
que le
torturaba.
Era la
desesperación reposada,
el odio
de todas
las cosas,
porque nadie
desconfiaba de
esa agonía
en que
pasara la
vida, nadie le
preguntaba, para por
lo menos tener
la satisfacción
de bramar
por que no
hacía.
Casto ! Tuvo un
risa de
amargura, un risa
de locura, y
dio, de repente,
con el
espejo al
fondo, que reflejaba
el salón
en una apoteosis
rosa, y donde
el aparecía
grotesco, de ropajes, pequeñito, rindo.
El espejo
retrató los dolorosos
pasos, y, pegado al
vidrio, el se
puso a
observar los
surcos y
los destrozos
que la
castidad dejara
en su persona
Los cabellos,
otrora rizados
y finos, agonizaban
en hilachas
raras y
duras ; la cara
saludablemente sonrosada,
veladamente delicada,
estaba flácida y
vaciada con
la flacidez
de las cosas
muy usadas,
y cubierta
de una
barba gruesa,
espesa, dura, intolerable, verdaderamente intolerable. Le vino
un desfallecimiento...
Se puso a
pasear por
el salón,
recordando el tiempo
de
la Academia
y
de los estudiantes
jóvenes y
fuertes que
discutían las
reformas en
las cervecerías,
con puñetazos que
hacían tintinear tilintear
los vasos.
Fuera Euzébio de
Mello su
gran amistad, con toda
su pujanza
intelectual, entusiasta
y gritador,
que arrastraba
consigo el grupo
revolucionario de
la escuela, y
por la noche,
pisando la calle conquistadoramente,
queriendo conquistar
sin saber
el qué,
acababa bebiendo en
tugurios dudosos. Presentados, Euzébio le dispensara
enseguida una gran protección, y
desde ahí
percibió su
impotencia mental,
que le
dejaba frío
delante de
las superioridades
intelectuales.
Cuando Euzébio,
enderezándose las
gafas doradas, mostraba
las contradicciones
filosóficas de
Newton, o se enardecía
defendiendo a Lamarck, permanecía
extasiado escuchándole.
El otro
de repente
se detenía, abría
los brazos
sin descanso,
levantaba el vaso, gritaba de nuevo, incesante
como una
cascada de
cristal , cimbalando
la sonoridad
de la caída
de una
chapa de
acero.
Se interrumpía, preguntaba : - “ no
entiendes, Gustavo ?” , y
él, absolutamente sin
entusiasmo, respondía : - “ Pues
no. “ Era imbécil, se reconocía
pequeño, y llegara
al tercer
año sin
saber porque,
sin abrir
un libro.
Cuando entrara
un día
en casa, le
dijeron que
el padre
muriera. Sosegadamente
fue a verle, besó el
cadáver, llegó el
entierro, y vestido
de negro
recibió los
pésames. Al volver
del cementerio,
durmió. Oh ! como
toda la vida
y ahora, allí
maldecía a aquel
viejo frío
y malo, que
nunca le
besara y que
le dejara rico ! Como sentía
que a
falta, a necesidad
seria a
salvación de
la vida, en la
agonía de
70 años
carcomidos, estragados de
no tener
hecho nada,
absolutamente nada.
Euzébio presentara en
otro día
sus planos
de vivir
elegante ; no se
opusiera, dejando vender
el caserón
y entregándose
a los diseñadores.
O otro
entendiera gravemente
que se
debía hacer
una casa
en forma de
templo griego,
con columnas
corintias de
mármol rosa, encimadas
de capiteles
irisados de
bacará rojo,
mas delante
de la despensa,
llamaran un
maestre de
obras, que les arreglara
aquella casa
de un
barroquismo chato.
En vista
de no
poder hacer
una casa
rosa. Euzébio inventó
una biblioteca,
y como
acreditaba que
la vida del
poeta es el
sueño y
la inmaterialidad, insistió
para que
fuese toda
rosa. El achara
idiota a
persistencia de
una solo
cor, mas à
idea de
que el
amigo el abandonase.
consintió en
hacer la
sepultura de
su dolor, el
túmulo de
su agonía,
enervadoramente rosa.
Del techo,
donde jugaban
pimpollos pintados,
lucía una explosión
de rosas con
lustre de
porcelana, desmayadamente
adornada en oro. Las
telas ricamente molduradas,
daban un
tono brillante
y vívido a
las altas
paredes, y las
estanterías gruesas
y los
bronces orientales
marcaban el
ambiente con
la seriedad
ponderada del
saber y
de la antigüedad.
Se había establecido allí, a los
26 años,
mozo, con vida, y
cuando se
estirara por
primera vez
en el diván,
fuera con
el arrebato
de voluptuosidad de
quien espera
a alguien, el amor
misterioso y
desconocido que
desearía toda
la vida.
Todo hombre
mozo y
rico, leyera en
las novelas, recibía en
gabinetes idénticos
a señoras casadas,
trémulas de
adulterio, que deseaban
escuchar palabras
de amor,
satisfaciendo la carne.
Nunca ! Nunca ! Vivió eternamente
con la
percepción clara
de que no
vivía. Quedó un
tiempo mirando
a estatua
de Frinéia,
desnuda, asegurando
los senos.
¿Cuanto tiempo
llevaría ese
pedazo de
mármol allí
? El espíritu perdió
momentáneamente la
noción del
tiempo y en reacción
de la voluntad,
un dolor
agudo le golpeó dentro
del frontal
derecho. Ahora solo,
con insistencia,
la evocación de la
juventud era
fuerte, en la monotonía
rosa de la biblioteca.
Cenas de
muchos años
pasados volvían
con la
nitidez de hecho del
día anterior,
la vida
para él había
sido sin
altibajos, y ahora
, casi muriendo,
podía ver
todo el
plano desolado
donde se
arrastraría el
verme del
su cuerpo.
Después de
viejo, en la ociosidad,
la idea
de la individualidad
le apuñalaba dolorosamente la
carne y
el espíritu.
O sueño, que
siempre fuera
calmante de
los sus
esfuerzos, de contentamiento
como de
tristeza, torno-se mas
un martirio.
La vida
subjetiva sucedía
a objetiva
sin interrupciones,
dejándole con
los mismas
dolores, los mismos
recuerdos. Otra persona le
hablaba en su cabeza como
tocando una harmónica
en los nervios
auditivos, tal era
el choque
que fuera,
fuera de
su oído,
había un
barullo fuerte
de platos.
Ese era su eterno
compañero, el único
que no
le abandonara,
incordiante por su
ignominia. Hablaba al
principio de
cosas banales.
“Hace mucho que
no comes
temprano. Los bordados
del diván
están destrozados
? “ En el sueño no se
podía impedir
la charla :
“ Entonces ? “ preguntaba, con
recelo de
negar o
de afirmar,
y rápidamente
el yo
interior se
desprendía, se concretizaba aparte
con formas
temidas de
escarnio o
justicia, inflexibles, picoteando, molestando, arrojándole
al rostro
toda la
negación. “ Tu no
vives ! “bramaba una
voz en un
cielo todo
rosa, moteado de
plata. Acordaba extenuado,
ir a beber
agua junto a
una ventana
y permanecía
mirando la luna recorrer los tejados de la
ciudad. Que se
otra cosa podía hacer
!
El sueño, que cuando niño fuera
su único
bienestar, ahora le agitaba,
golpeándole en las sienes. Y el caso
era que
en la ociosidad
la obsesión
de su
vida se tornaba agudísima,
y, acostumbrado, él ya tenía percepciones físicas
para percutirse
todas las
fases de su
extraordinaria molestia,
la molestia
de la nada.
Llegara incluso a preguntarle
a Euzébio
la forma para que la
gente pudiese borrar las
ideas fijas.
- una
bala cuando
la idea es
fuerte, paseos cuando
es joven, distracciones...
Imaginó grandes
paseos, cabalgatas, para
acabar con
las alucinaciones
a costa de
esfuerzos físicos,
pero en el momento
le venían desfallecimientos, no
tenía coraje
de abandonar
el diván.
Un día le vino la
idea de
que todo
su mal
era la
virginidad absoluta,
y calmadamente, en
la calidad de
hombre rico,
planificara un
gran dispendio
de liberación, en unas reglas
en que
toda gente
se libera
hace siglos, sabiendo de
antemano todo
cuanto hay de utopía y placer.
Para que
sus desfallecimientos
no se lo
impidiesen, comunicó a Euzebio mientras comía que
pretendía dar
una cena. Este,
interiormente satisfecho,
disparó su imaginación, habló de Grecia,
donde las
bacantes ebrias eran gozadas en piel de pantera, yendo de
Atenas a
Eulésia respirando
el olor
enervante de
las violetas
en flor.
Al final accedió
con la
condición de
no ser
en casa,
para no
escandalizar a
la vecindad, burgueses llenos
de apariencias.
Después, esparciendo
copos de
Chablis, llamó muy
serio a la
perversión del
hombre, los misterios
de Afrodita,
y acabó paradojando la
virginidad como
necesaria para
la fortaleza
mental.
Dio ejemplos
de grandes
filósofos. Entretanto
en nuestro
siglo eso
seria imposible
y ello
porque eran
pensadores.
Pensador ! Abrió
los brazos
perezosamente, haciendo
sonar las
articulaciones. Pensador ! Permaneció reflexionando. Euzébio
conocía a
Malhary, una vieja
de 50
años marcados por
los excesos, que
podía ofrecer la
cena, con la
condición estricta
de que le pagasen.
Se invitaría a unos antiguos
colegas, unas mujeres
bonitas que
la Malhary
escogiese, y ya
estaba hecho. El día
señalado, aun comía
cuando Euzébio
apareció de
chaqueta, muy nervioso,
diciendo que
el coche
esperaba.
Acabó de
comer sosegadamente,
mirando al otro
que casi
no podía
deglutir ; se vistió lentamente, pensando
en diferentes
cosas y
cuando, en el coche, el
poeta Mello
le confesó su
placer, le pasmó que
un hombre
pretendidamente superior
y erudito
se emocionase
con una vil
cena de meretrices.
En casa de
la Malhary
, las mujeres
descotadas, de gargantillas
de brillantes,
conversaban muy
gravemente sobre
el calor, y
un jovencito
las abanicaba, exclamando como
para contener
la emoción.
Malhary, pintada, les recibió a la puerta
del salón
y la
presentación fue
correctísima. Las señoras
inclinaran la
cabeza con
un gesto
muy elegante.
El, enseguida a voluntad, estaba
impasible, porque incapaz
de odio
o de amor, la indignidad
no le indignaba.
Tras el asunto del
calor denso,
aquellas señoras
fatalmente caerían
en las dificultades de
la vida, hablando
de la carestía.
Después se hizo
un silencio,
y como
Euzébio pretendiera
un ponche
con exclamaciones
inconvenientes, recibió una
reprimenda de
madame Malhary,
que no
quería escándalos
en su casa.
Entretanto, llegando la cena,
la alegría
se manifestó. Los criados
decían gravemente
el menú
en francés.
delante de
si, una porción
de copas, y cada
vez que un
plato era
servido, aparecía un
vino nuevo.
El estaba muy
a gusto,
riera incluso cuando a mademoiselle
Berthe, ya ebria,
le dio por hacer de
cachorrito goloso,
lamiendo los platos.
Riera como
toda la gente,
sintiendo el
su yo
digno incapaz
de energía,
y cuando
Malhary, muy amable,
se giró, dejándole la
mano en el
regazo para
seguir la broma, el
vio que
la dentadura
era postiza
y los senos
aumentados artificialmente.
Pero quería
"debutar", quería
perder a castidad de
sus 30
años y
por mas
que se
excitara, estaba imposible
de cuerpo
y de
alma. cuando el
clímax clásico
llegó al
auge, y toda
la gente
se mostraba excitada,
el permanecía calmo, incluso sin las
dispepsias nerviosas
que le atacaban
de niño, sintiendo que
debía ser
allí el forzar
el organismo.
pero sin
miedo de
perder la
cabeza, porque la
repulsión, como la
atracción genésica
en si, se
demostraba impotentemente flaca
y pasiva.
Se disculpara con Malhary,
diciendo estar
enfermo, pero enseguida
de haberlo dicho lo sintió, deseando
una violación.
Ah ! si
algún día
hubiese confesado a
alguien el
secreto que
le mataba ! Seria la
felicidad, porque ciertamente
le daría fuerzas, seria a
felicidad ! Aquello
fuera a los
30 años.
Cuantas veces,
desesperado, soñara acabar
con la vida,
cortando una
arteria ? Permanecía
largamente con
la navaja en el puño,
meditando. Era preciso
acabar ! Era preciso
acabar...
Escogía lugares,
tanteando la
carótida. Seria bonito
- un
manantial rojo y
la vida
acabada.
Pero el
coraje de
morir se
diluía y la
inteligencia regresaba
incesante a
rememorar la
infelicidad, la
tortura, porque en
todo instante, en
todo momento, intolerable y
necesaria como
el pulsar
del sangre,
la eterna idea
de su
nada le
golpeaba en el cráneo.
El viviera
70 años,
hipostenico finalmente, arrastrándose por
los sofás !
A veces abría un
estante, hojeaba libros,
leía, pero al
encontrar analogías, incluso vagas, con
su estado,
lo dejaba, se ponía
a pensar. Tenía hasta
pereza de
vestirse, y andaba
en calzones,
mirando el
cielo desde
la ventana del
gabinete. Euzébio había
veces en que quedaba
toda la noche,
tomando curaçao
y hablando
de
la Alemania
medieval. Estas
eran sus
horas algo felices, porque
se sentía menos inferior
viendo al
otro, ya viejo,
siempre lleno
de proyectos
y de
reformas, irse volviendo poco a poco un
infeliz vencido,
que eludía
con la
sonoridad de
las palabras
y de los
sollozos, el tremendo
dolor de
no haber
hecho nada. Euzébio
muriera, en
el invierno, de
neumonía doble,
y él, que
sintiera la
desaparición de
aquel barullo,
constató vagamente
que la
biblioteca, llena de
armonía, resumiendo versos,
desgastando ruinas
de todos
los cantos,
se iba callando.
Los versos
dejaban uno
a uno
el nido,
como golondrinas
emigrando de
la nieve. Aquella
comparación lo
hacía sonreír. Había sido
siempre un
tanto romántico
en la tenacidad
inclemente del
dolor. Y tenía
70 años !
Pensó en hacer cualquier
cosa ruin,
al llegar la noche,
degollar los
criados y después
pegar fuego a la casa,
ir esperar
la muerte en
la escalinata
de mármol,
con un
ramo de
violetas en
la mano. Los
criminales encuentran,
los criminales
hacen alguna
cosa además de
ser la
compensación real
del bien :
viven, alimentan los sentidos, sienten.
El, impotente por la
fatalidad de
su temperamento,
solo sentía
el dolor, el dolor
inenarrable de
no poder
sentir. Que sería
de él ? Que seria
de él ? Dio unos pasos, absorto.
Ser irresponsable
era mas
fácil, arrojar dinero
por las puertas,
iluminar la
casa con el fuego de
los derroches
establecidos, y después,
un día, sin
un centavo, tomar ácido
prúsico leyendo
el artículo
de las gacetas
que lo
elogiasen, sentir que
vivía, sentir que
hacía alguna
cosa !
Se encontró de nuevo delante
de la ventana.
Las cortinas
de hilos
de oro descendían sobre el fondo
de damasco
rosa, largas, hartas, quebradizas, como
el velo
de un
tabernáculo. Un amor
corría a
una esquina, bajo un
remolino de palomas, la cabellera
triunfalmente coronada
de rosas. ¿
Cuanto tiempo
viviría aun
?
¿
Cuanto tiempo
sentiría el
valor de la
vida debatiéndose
en el vacío con
gestos desacompasados
de agonizante,
él que
tenía todos
los instintos de
las sensaciones egoístas,
todas las
sensaciones altruistas
! cuanto tiempo
aun la
incomprensión lo
maniataba al momento
de la revelación,
pobre ser
sin vida,
que sentía
poder sentir
y no
sentía.
Cuanto tiempo
aun, todos los
días, a todos
los momentos,
rezaría como
un réquiem
la vida, que
era maquinal
en el, y transbordante
de ella en
los otros hombres,
en el mundo entero,
temiendo que le hiciese estallase el cerebro la
obsesión furiosa
que repicaba
en su pobre
cabeza de
virgen por
impotencia, ignorante
por impotencia,
sufridor por
impotencia, muerto por
impotencia! Sintió
en la garganta como
los tentáculos
de un
polvo, el diafragma
se le contrajo, y en
la suprema
angustia de
no poder
acabar, reapareciendo una punzada fuerte
en el cóccix,
tuvo por
primera vez
la noción
clara del
Mas Allá cubierto de tierra e hirviendo de gusanos.
Abrió las
cortinas, se apretó un
poco las
sienes. - “ Que dolor
! Que dolor ! “ Y
ansioso, sicótico, púsose a
mirar desde
el balcón de
mármol rosa
el cielo
muy azul,
infinitamente azul,
en el inconsolable azul
de lo insondable.
Una estrella
en lo alto
pulsaba como
un pedazo
de arteria.
(En
La ciudad
de Rio, 16/08/1900 - pags. 2 y 3)

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