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IMPOTENCIA

por Joao Do Río

 

 

Entonces Gustavo Nogueira, dejando caer el periódico, se puso a pensar, barriga al aire, los brazos abiertos, mirando fijamente la vidriera rosa de las ventanas. Pasará una buena parte de la vida así tumbado en el diván de damasco rosa, abotargado por la calentura   que entorpecía toda su virilidad, sin ideas y sin trabajo. A los 70 años, raquitizado, con el cuerpo deplorable de viejo, los ojos hundidos, las vértebras hinchadas, sufría de la desesperación de haber perdido la existencia, de no haber vivido. Al cerebro le venía la    interrogación constante de su dolor, y él, como todos los días, llevaba a rememorar la vida para saber que no viviera, que no hiciera absolutamente nada. Y que fuera siempre el mismo infeliz desde que naciera, sin fuerza, sin vitalidad para obrar, llorando para comer y cuidando los    músculos frágiles, para no quebrarlos.

El dolor de la evocación ya le venía al cerebro desocupado, sistematizado, al comenzar desde la indisposición de niño hasta la angustia del hombre viejo, y el, sin poder apagarla, sufría doblemente de la resurrección de la vida llena de nada, y de la tortura de la idea fija.

El padre, a los siete años lo ingresó como interno pensionista en un colegio aristocrático, y ahora, en el diván, aun recordaba la última noche que pasara en casa, sufriendo la perdida de la madre que lo besara tanto, y mordiendo el pañuelo para que no lo oyesen y no le preguntasen por que lloraba. - Hacia tiempo, ya !

De mañana, a la hora de la partida, la madre gritara, agarrándolo, y el, con el deseo de consolarla, se sintió de repente débil, sin coraje, invadido de un miedo, de un terror vago desconocido, preso de la pereza de hacer. En aquel momento, viendo a su madre gritar, sintiera como un desaliento, una brusca relajación de nervios que lo hiciera gozar con el placer de los egoístas, los trazos de dolor y las lágrimas de aquella que lloraba por si.

Después, en el colegio, un caserón enorme, de ventanas gradadas y las puertas bajas, un hombre muy alto lo recibiera pomposamente, gritando : “Gustavo Nogueira“ con un aire de comandante de soldados. fuera la primera vez en la vida que tuviera la noción clara de su yo.

Era Gustavo Nogueira, y durante 70 años no fuera mas que Gustavo Nogueira, un elemento, un objeto que se denomina por la necesidad de diferenciar; Gustavo Nogueira toda la vida, porque no la viera, no hiciera absolutamente nada.

El colegio, acordando de madrugada con la regularidad del baño por turnos, de calzón de media y minutos contados, lo ensartaba la a pereza como el arpón de un carretero el gancho de un buey - lo hacia hacer. Vivía corriendo, teniendo después del baño el aula del ilustre padre Osorio, que llegaba atrasado y ponía el cronómetro de oro a la vista en la mesa, para abalar las 10 en punto, a veces en medio de una introducción magnífica, llena de hipérboles violentas y frescalidades de capilla. La evocación del padre Osorio se intensificó en su cerebro desocupado, donde los profesores aparecían ilustremente.

Se giró, sintiendo la columna vertebral dolerle junto al cóccix. Era de estar tanto tiempo tendido.

Se levantó penosamente, encajó los pies en unas chinelas de felpa, y atando los cordones de la bata, se puso a caminar por el salón tapizado en roda pálido, con grandes rosas rojas.

El Padre Osorio le gritaría en una ocasión, viéndole dormir durante una sabia explicación teológica. Era joven en aquel tiempo; hoy, a los 70 años, lo soportaba acostado, rumiándolo en su no ser. Los recuerdos del colegio le apresaron, y en tropel las imágenes continuaron pasando, solo interrumpidas por los intervalos del refectorio, donde vagamente aparecían compañeros; toda aquella gente estaba muerta, estaba irremediablemente exhausta de vitalidad.

            El quedara.

            Tremendo, abrió las cortinas de hilo de oro sobre un fondo de damasco rosa seco. Allá fuera hacía calor. O sol, ambulante estaba no éter, de donde irradiaba firmamento encima en un imponderable polvillo de escarlata. Los árboles inmóviles tenían metalidades de acero, y en la arena de los recovecos culebreaban por instantes reflejos cortos del sol.

            Se oía en el gran espacio calmo el estridente sonido acre de las cigarras. Se quedó allí.

            un día, lo fueran a buscar, y cuando llegó à casa, vestido de negro, su padre, de barba , frío y correcto, dijo, como quien ordena : “ su madre murió, Gustavo. “

            E como el, sentido de repente un grande vacío en torno, preguntase a llorar se era mismo verdad, el padre, carrancudo, limpiando el sudor de los dedos finos, limitose a decir : “ Señor, mi hijo, yo no miento. “ Fue todo.

            Corriera al cuarto de la muerta, donde, alrededor del cajón abierto, las amigas y criadas lloraban pausadamente. La vacilación de los cirios, el olor de cera y flor amasada, le hicieron dar un grito, y enseguida el lloro brotó con estruendo .   Se acordaba aun de una voz, diciendo entre el murmullo general : - “ Es ella que hasta en la muerte no se olvidaba de su querido ángel ! “

            De su querido ángel! como era de buena la madre !

            Quedara tendido en un sofá, sin comprender la muerte, cubriéndose el rostro con las manos, sin poder llorar.

            Una agonía le aferraba la garganta, y sentía el diafragma contraído. No llorar le parecía una ingratitud incalificable para con aquella que el amara tanto, pero los esfuerzos era infructuosos, y el se revolvía en todo, tensando los músculos, en la cólera del no poder. no lloró... Ni siquiera podía llorar.

            Entonces, enojado, Gustavo Nogueira cerró las cortinas, y como el aire de fuera viniese a desentorpecer perfumes, desprendiase de las telas, de las paredes, de los vasos, un olor penetrante y acre de rosas.

            La cigarra cesara repentinamente, y solo ahora, en el gran silencio de la tarde, una campanita tañía.

            No fuera mas al colegio, quedando en casa para prepararse para la Academia , y ahí, en la vida doméstica calmada y libre, la carne ascendiera en la brutalidad del deseo, con nostalgia por las horas de recreo, donde los muchachos de 18 años jugaban el juego desabridamente, y tenían delicadezas especiales para consigo, bromeando con sus cabellos crespos, y llamándole, como hacía   Jerónimo, “ nuestro Gustavo “. Pobre Jerónimo ! Siempre que se permitía bromear con el sobre su lindo melena, salía incomodado, diciendo que se sentía mal.

            Aquel recuerdo le postró, se tendió de bruces en el diván, las sienes latiendo, impotente para refrenar el curso de los mas tortuosas recuerdos. En casa, en otro tiempo la idea le había quemado en el deseo, la carne pulsándole: hoy le hacía mal, como un pedazo de cualquier cosa enloquecida venciendo los hemisferios frontales del cerebro.

            Otrora un pedazo de saya le causaba nerviosismo, el olor de los criados le aturdía, l diera hasta para acicalarse, ajustando los pantalones, pintando delicadamente los cabellos, empolvándose el rostro de polvo de arroz.

            Paseaba por las alamedas de la chácara à tarde, y se apasionara repentinamente por el jardinero frote y musculoso, pero el pobre hombre respondía las intimidades y las historietas libres con sonrisas y monosílabos respetuosos.

            En la cama, atacado de dispepsia nerviosa, los ojos fijos en la oscuridad, y oyendo en torno la sangre vibrar, hacía proyectos de llamar al animal del jardinero, para verle surgir prometedor en la indiferencia de la desnudez, mas en otro día, fatalmente, infaliblemente, el miedo le acuciaba, trayéndole al sueño gigantes que le robaban besos con fuerza y violencia.

            Un día le pasmó, al revistar el cuerpo, para unos hilos de barba que nacían en la parte superior de las tibias, se giró y vio en el costado otro hilo aun mas largo, y como continuase, investigó aterrado el fondo de la piel, los bulbos anunciadores de pelos futuros.

            Por que se aterró por la sensación animal, instintivamente estremeciendo à nova fase de la vida ? Descorazonada, se acostara, y pasara el día durmiendo, en la impotencia del acto realizado.

            Le dio por andar detrás de las criadas, sumiso   y dedicado, pero cuando surgió una ocasión para satisfacer el deseo, un terror vago le forzó a huir, el miedo le envolvió. cuando una vez la lavandera lo abrazó en el tanque pidiendo para bañarse, sintiera la negación moral bramar tan alto, que, a pesar de estar físicamente agitado, escapó gritando negativas.

            No tuviera capacidad para la cosa.

            Se giró en el diván, con el vientre hacia arriba, masticando la frase: No tener capacidad para la   cosa ! y nunca tuviera, y nunca amara, y nunca sintiera en la cara a succión fuerte de los besos de un hombre, o la avidez olorosa de los labios de una mujer.

            Era casto, era virgen a los 70 años, no es que se propusiese esto sistemáticamente con el deseo de la abstinencia física, para la superabundancia vital del cerebro, no que le impulsase una moral errónea - nunca tuviera moral ! - mas pura y simplemente por la fatalidad del su temperamento, por el estigma intenso del su no ser, de la impotencia que le maniataba y que le torturaba.

            Era la desesperación reposada, el odio de todas las cosas, porque nadie desconfiaba de esa agonía en que pasara la vida, nadie le preguntaba, para por lo menos tener la satisfacción de bramar por que no hacía.

            Casto ! Tuvo un risa de amargura, un risa de locura, y dio, de repente, con el espejo al fondo, que reflejaba el salón en una apoteosis rosa, y donde el aparecía grotesco, de ropajes, pequeñito, rindo.

            El espejo retrató los dolorosos pasos, y, pegado al vidrio, el se puso a observar los surcos y los destrozos que la castidad dejara en su persona

            Los cabellos, otrora rizados y finos, agonizaban en hilachas raras y duras ; la cara saludablemente sonrosada, veladamente delicada, estaba flácida y vaciada con la flacidez de las cosas muy usadas, y cubierta de una barba gruesa, espesa, dura, intolerable, verdaderamente intolerable. Le vino un desfallecimiento...

            Se puso a pasear por el salón, recordando el tiempo de la Academia y de los estudiantes jóvenes y fuertes que discutían las reformas en las cervecerías, con puñetazos que hacían tintinear tilintear los vasos.

            Fuera Euzébio de Mello su gran amistad, con toda su pujanza intelectual, entusiasta y gritador, que arrastraba consigo el grupo revolucionario de la escuela, y por la noche, pisando la calle conquistadoramente, queriendo conquistar sin saber el qué, acababa bebiendo en tugurios dudosos. Presentados, Euzébio le dispensara enseguida una gran protección, y desde ahí percibió su impotencia mental, que le dejaba frío delante de las superioridades intelectuales.

            Cuando Euzébio, enderezándose las gafas doradas, mostraba las contradicciones filosóficas de Newton, o se enardecía defendiendo a Lamarck, permanecía extasiado escuchándole.

            El otro de repente se detenía, abría los brazos sin descanso, levantaba el vaso, gritaba de nuevo, incesante como una cascada de cristal , cimbalando la sonoridad de la caída de una chapa de acero.

            Se interrumpía, preguntaba : - “ no entiendes, Gustavo ?” , y él, absolutamente sin entusiasmo, respondía : - “ Pues no. “ Era imbécil, se reconocía pequeño, y llegara al tercer año sin saber porque, sin    abrir un libro. Cuando entrara un día en casa, le dijeron que el padre muriera. Sosegadamente fue a verle, besó el cadáver, llegó el entierro, y vestido de negro recibió los pésames. Al volver del cementerio, durmió. Oh ! como toda la vida y ahora, allí maldecía a   aquel viejo frío y malo, que nunca le besara y que le dejara rico ! Como sentía que a falta, a necesidad seria a salvación de la vida, en la agonía de 70 años carcomidos, estragados de no tener hecho nada, absolutamente nada. Euzébio presentara en otro día sus planos de vivir elegante ; no se opusiera, dejando vender el caserón y entregándose a los diseñadores. O otro entendiera gravemente que se debía hacer una casa en forma de templo griego, con columnas corintias de mármol rosa, encimadas de capiteles irisados de bacará rojo, mas delante de la despensa, llamaran un maestre de obras, que les arreglara aquella casa de un barroquismo chato. En vista de no poder hacer una casa rosa. Euzébio inventó una biblioteca, y como acreditaba que la vida del poeta es el sueño y la inmaterialidad, insistió para que fuese toda rosa. El achara idiota a persistencia de una solo cor, mas à idea de que el amigo el abandonase. consintió en hacer la sepultura de su dolor, el túmulo de su agonía, enervadoramente rosa.

            Del techo, donde jugaban pimpollos pintados, lucía una explosión de rosas con lustre de porcelana, desmayadamente adornada en oro. Las telas ricamente molduradas, daban un tono brillante y vívido a las altas paredes, y las estanterías gruesas y los bronces orientales marcaban el ambiente con la seriedad ponderada del saber y de la antigüedad.

            Se había establecido allí, a los 26 años, mozo, con vida, y cuando se estirara por primera vez en el diván, fuera con el arrebato de voluptuosidad de quien espera a alguien, el amor misterioso y desconocido que desearía toda la vida.

            Todo hombre mozo y rico, leyera en las novelas, recibía en gabinetes idénticos a señoras casadas, trémulas de adulterio, que deseaban escuchar palabras de amor, satisfaciendo la carne. Nunca ! Nunca ! Vivió eternamente con la percepción clara de que no vivía. Quedó un tiempo mirando a estatua de Frinéia, desnuda, asegurando los senos. ¿Cuanto tiempo llevaría ese pedazo de mármol allí ? El espíritu perdió momentáneamente la noción del tiempo y en reacción de la voluntad, un dolor agudo le golpeó dentro del frontal derecho. Ahora solo, con insistencia, la evocación de la juventud era fuerte, en la monotonía rosa de la biblioteca. Cenas de muchos años pasados volvían con la nitidez de hecho del día anterior, la vida para él había sido sin altibajos, y ahora , casi muriendo, podía ver todo el plano desolado donde se arrastraría el verme del su cuerpo.

            Después de viejo, en la ociosidad, la idea de la individualidad le apuñalaba dolorosamente la carne y el espíritu. O sueño, que siempre fuera calmante de los sus esfuerzos, de contentamiento como de tristeza, torno-se mas un martirio. La vida subjetiva sucedía a objetiva sin interrupciones, dejándole con los mismas dolores, los mismos recuerdos. Otra persona le hablaba en su cabeza como tocando una harmónica en los nervios auditivos, tal era el choque que fuera, fuera de su oído, había un barullo fuerte de platos. Ese era su eterno compañero, el único que no le abandonara, incordiante por su ignominia. Hablaba al principio de cosas banales. “Hace mucho que no comes temprano. Los bordados del   diván están destrozados ? “ En el sueño no se podía impedir la charla : “ Entonces ? “ preguntaba, con recelo de negar o de afirmar, y rápidamente el yo interior se desprendía, se concretizaba aparte con formas temidas de escarnio o justicia, inflexibles, picoteando, molestando, arrojándole al rostro toda la negación. “ Tu no vives ! “bramaba una voz en un cielo todo rosa, moteado de plata. Acordaba extenuado, ir a beber agua junto a una ventana y permanecía mirando la luna recorrer los tejados de la ciudad. Que se otra cosa podía hacer !

            El sueño, que cuando niño fuera su único bienestar, ahora le agitaba, golpeándole en las sienes. Y el caso era que en la ociosidad la obsesión de su vida se tornaba agudísima, y, acostumbrado, él ya tenía percepciones físicas para percutirse todas las fases de su extraordinaria molestia, la molestia de la nada.

            Llegara incluso a preguntarle a Euzébio la forma para que la   gente pudiese borrar las ideas fijas.

            - una bala cuando la idea es fuerte, paseos cuando es joven, distracciones...

            Imaginó grandes paseos, cabalgatas, para acabar con las alucinaciones a costa de esfuerzos físicos, pero en el momento le venían desfallecimientos, no tenía coraje de abandonar el diván. Un día le vino la idea de que todo su mal era la virginidad absoluta, y calmadamente, en la calidad de hombre rico, planificara un gran dispendio de liberación, en unas reglas en que toda gente se libera hace siglos, sabiendo de antemano todo cuanto hay de utopía y placer.

            Para que sus desfallecimientos no se lo impidiesen, comunicó a Euzebio mientras comía que pretendía dar una cena. Este, interiormente satisfecho, disparó su imaginación, habló de Grecia, donde las bacantes ebrias eran gozadas en piel de pantera, yendo de Atenas a Eulésia respirando el olor enervante de las violetas en flor.

            Al final accedió con la condición de no ser en casa, para no escandalizar a la vecindad, burgueses llenos de apariencias.

            Después, esparciendo copos de Chablis, llamó muy serio a la perversión del hombre, los misterios de Afrodita, y acabó paradojando la virginidad como necesaria para la fortaleza mental.

            Dio ejemplos de grandes filósofos. Entretanto en nuestro siglo eso seria imposible y ello porque eran pensadores.

            Pensador ! Abrió los brazos perezosamente, haciendo sonar las articulaciones. Pensador ! Permaneció reflexionando. Euzébio conocía a Malhary, una vieja de 50 años marcados por los excesos, que podía ofrecer la cena, con la condición estricta de que le pagasen. Se invitaría a unos antiguos colegas, unas mujeres bonitas que la Malhary escogiese, y ya estaba hecho. El día señalado, aun comía cuando Euzébio apareció de chaqueta, muy nervioso, diciendo que el coche esperaba.

            Acabó de comer sosegadamente, mirando al otro que casi no podía deglutir ; se vistió lentamente, pensando en diferentes cosas    y cuando, en el coche, el poeta Mello   le confesó su placer, le pasmó que un hombre pretendidamente superior y erudito se emocionase con una vil cena de meretrices.

            En casa de la Malhary , las mujeres descotadas, de gargantillas de brillantes, conversaban muy gravemente sobre el calor, y un jovencito las abanicaba, exclamando como para contener la emoción. Malhary, pintada, les recibió a la puerta del salón y la presentación fue correctísima. Las señoras inclinaran la cabeza con un gesto muy elegante. El, enseguida a voluntad, estaba impasible, porque incapaz de odio o de amor, la indignidad no le indignaba.

            Tras el asunto del calor denso, aquellas señoras fatalmente caerían en las dificultades de la vida, hablando de la carestía. Después se hizo un silencio, y como Euzébio pretendiera un ponche con exclamaciones inconvenientes, recibió una reprimenda de madame Malhary, que no quería escándalos en su casa. Entretanto, llegando la cena, la alegría se manifestó. Los criados    decían gravemente el menú en francés. delante de si, una porción de copas, y cada vez que un plato era servido, aparecía un vino nuevo. El estaba muy a gusto, riera incluso cuando a mademoiselle Berthe, ya ebria, le dio por hacer de cachorrito goloso, lamiendo los platos. Riera como toda la gente, sintiendo el su yo digno incapaz de energía, y cuando Malhary, muy amable, se giró, dejándole la mano en el regazo para seguir la broma, el vio que la dentadura era postiza y los senos aumentados artificialmente.

            Pero quería "debutar", quería perder a castidad de sus 30 años y por mas que se excitara, estaba imposible de cuerpo y de alma. cuando el clímax clásico llegó al auge, y toda la gente   se mostraba excitada, el permanecía calmo, incluso sin las dispepsias nerviosas que le atacaban de niño, sintiendo que debía ser allí el forzar el organismo. pero sin miedo de perder la cabeza, porque la repulsión, como la atracción genésica en si, se demostraba impotentemente flaca y pasiva.

            Se disculpara con Malhary, diciendo estar enfermo, pero enseguida de haberlo dicho lo sintió, deseando una violación. Ah ! si algún día hubiese confesado a alguien el secreto que le mataba ! Seria la felicidad, porque ciertamente le daría fuerzas, seria a felicidad ! Aquello fuera a los 30 años. Cuantas veces, desesperado, soñara acabar con la vida, cortando una arteria ? Permanecía largamente con la navaja en el puño, meditando. Era preciso acabar ! Era preciso acabar...

            Escogía lugares, tanteando la carótida. Seria bonito - un manantial rojo y la vida acabada.

            Pero el coraje de morir se diluía y la inteligencia regresaba incesante a rememorar la infelicidad, la tortura, porque en todo instante, en todo momento, intolerable y necesaria como el pulsar del sangre, la eterna idea de su nada le golpeaba en el cráneo.

            El viviera 70 años, hipostenico finalmente, arrastrándose por los sofás ! A veces abría un estante, hojeaba libros, leía, pero al    encontrar analogías, incluso vagas, con su estado, lo dejaba, se ponía a pensar. Tenía hasta pereza de vestirse, y andaba en calzones, mirando el cielo desde la ventana del gabinete. Euzébio había veces en que quedaba toda la noche, tomando curaçao y hablando de la Alemania medieval. Estas eran   sus horas algo felices, porque se sentía menos inferior viendo al otro, ya viejo, siempre lleno de proyectos y de reformas, irse volviendo poco a poco un infeliz vencido, que eludía con la sonoridad de las palabras y de los sollozos, el tremendo dolor de no haber hecho nada. Euzébio muriera, en el invierno, de neumonía doble, y él, que sintiera la desaparición de aquel barullo, constató vagamente que la biblioteca, llena de armonía, resumiendo versos, desgastando ruinas de todos los cantos, se iba callando. Los versos dejaban uno a uno el nido, como golondrinas emigrando de la nieve. Aquella comparación lo hacía sonreír. Había sido siempre un tanto romántico en la tenacidad inclemente del dolor. Y tenía 70 años ! Pensó en hacer cualquier cosa ruin, al llegar la noche, degollar los criados y después pegar fuego a la casa, ir esperar la muerte en la escalinata de mármol, con un ramo de violetas en la mano. Los criminales encuentran, los criminales hacen alguna cosa además de ser la compensación real del bien : viven, alimentan los sentidos, sienten.

            El, impotente por la fatalidad de su temperamento, solo sentía el dolor, el dolor inenarrable de no poder sentir. Que sería de él ? Que seria de él ? Dio unos pasos, absorto.

            Ser irresponsable era mas fácil, arrojar dinero por las puertas, iluminar la casa con el fuego de los derroches establecidos, y después, un día, sin un centavo, tomar ácido prúsico leyendo el artículo de las gacetas que lo elogiasen, sentir que vivía, sentir que hacía alguna cosa !

            Se encontró de nuevo delante de la ventana. Las cortinas de hilos de oro descendían sobre el fondo de damasco rosa, largas, hartas, quebradizas, como el velo de un tabernáculo. Un amor corría a una esquina, bajo un remolino de palomas, la cabellera triunfalmente coronada de rosas. ¿ Cuanto tiempo viviría aun ?

¿ Cuanto tiempo sentiría el valor de la vida debatiéndose en el vacío con gestos desacompasados de agonizante, él que tenía todos los instintos de las sensaciones egoístas, todas las sensaciones altruistas ! cuanto tiempo aun la incomprensión lo maniataba al momento de la revelación, pobre ser sin vida, que sentía   poder sentir y no sentía.

    Cuanto tiempo aun, todos los días, a todos los momentos, rezaría como un réquiem la vida, que era maquinal en el, y transbordante de ella en los otros hombres, en el mundo entero, temiendo que le hiciese estallase el cerebro la obsesión furiosa que repicaba en su pobre cabeza de virgen por impotencia, ignorante por impotencia, sufridor por impotencia, muerto por impotencia!   Sintió en la garganta como los tentáculos de un polvo, el diafragma se le contrajo, y en la suprema angustia de no poder acabar, reapareciendo una punzada fuerte en el cóccix, tuvo por primera vez la noción clara del Mas Allá cubierto de tierra e hirviendo de gusanos.

            Abrió las cortinas, se apretó un poco las sienes. - “ Que dolor ! Que dolor ! “ Y ansioso, sicótico, púsose a mirar desde el balcón de mármol rosa el cielo muy azul, infinitamente azul, en el inconsolable azul de lo insondable.

            Una estrella en lo alto pulsaba como un pedazo de arteria.

 

(En La ciudad de Rio, 16/08/1900 - pags. 2 y 3)  

 

 

 

 

 

 

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