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Un cuento del ayer
para Rafael Sierra
Aquí, en esta habitación de Hotel, querido Andrés, pienso en la
Barcelona de entonces y sufro. Ya nada es como antes, ni sus voces
ni sus ecos.
Hoy tumbado en este camastro sólo oigo tras el silencio unos
silbidos de alguien que entona «Lili Marlene» rompiendo la negra
seda de esta noche.
Recuerdo, Andrés, los colegios de entonces, el tuyo o el mío
indiferentemente, llenos de curas de sotana negra y de habitaciones
oscuras, de patios fríos y pasillos muy largos, noches sin pena y
días con mucho de ella. Eran los días de la tiza y la pizarra, de
las varillas de caña y las manos extendidas, de los «cara al sol» y
las filas interminables, de la comida incomible. En ese día. poco a
poco, otra cosa aparecía en mi mente, otro mundo se conformaba que
negaba al primero, el mundo vivido, el mundo soñado es el más real
porque es tu voluntad misma y el quererlo construir, pero nunca
puedes. La verdad es que un espectro de la realidad siempre te
recuerda a otro, quizás más amplio, más extenso, más radical, y así
re vas encontrando en situaciones parecidas. De un colegio a una
universidad, de la universidad al mundo. Recuerdo aquellos muros
rodeándonos en la escuela y al unísono docenas de chavales orinando
y dibujando formas sinuosas en la pared; los curas expectantes a lo
lejos, sufriendo y deseando. La nuestra no fue «fábula de fuentes»,
sino mis bien un humilde arroyo en un país humilde.
Y luego los santos, Andrés, santos que llevan tu nombre o el mío
o los de tantos otros. Santos invadiendo casas, escuelas, fantasías,
silencios. Recuerdo cómo en vacaciones íbamos a una casa enorme en
un pueblo próximo a Córboda. Casa con tantos pisos como antepasados.
Interminables escaleras que subían hacia esas frías habitaciones en
donde dormíamos y en cuya mitad, en un descansillo, aparecía
recogido en una hornacina un Cristo de Pasión, afligido, torturado y
con dos velas encendidas. Esa subida era toda una prueba; cada noche
al llegar a la habitación me escondía bajo las sábanas, estremecido.
En la casa de Córdoba otro Santo en la puerta de entrada. Allí
perdida y en el corazón abierto y saeteado de puñales, también a
ella, a la Dolorosa, dos bombillas la iluminaban. Ya dentro, sin
embargo, la única imagen, era ese ángel de la guarda que mi madre
colgó sobre aquella cama de metal miniado. El ángel los brazos y las
alas abiertas, envuelve a dos criaturas que recogen flores en el
campo. Angel de color pastel impreso en papel barato.
Más tarde sentí otra forma de ver a los santos. Una experiencia
luego vivida en muchos lugares. Era otra forma que, como viera
Bataille, mezclaba lo sagrado y lo profano, lo terrible y lo divino.
Pienso, por ejemplo, en la Semana Santa de los sevillanos, ¡qué
espectáculo más grandioso, más intenso y más duro! Recuerdo cómo a
las seis de la mañana en la calle Adriano un Cristo de Pasión camina
frente a la Iglesia abierta en la que, una Dolorosa, espera y espera
en soledad y en la oscuridad de su capilla. El Cristo se vuelve
hacia ella y avanza y al llegar a la puerta de la iglesia la cruz
que sostiene Jesús entra dentro del espacio sagrado y prohibido,
pero entra sólo un poco, e inmediatamente vuelve a salir, y así en
ese vaivén se opera el milagro.
Para hablar del deseo escueto, Andrés, hablamos de los santos.
Esas tardes en la iglesia en que te quedas preso, perplejo y
aspirando las heridas del costado de Jesús, o las flechas clavadas
en el cuerpo desnudo de Sebastián; las heridas son como bocas
abiertas, ya Genet lo comprendió en su día y en nuestra imaginación
asociamos la felicidad a esa visión de Dolor y de Gozo. Dolor de
agujeros negros en un mundo sin gente, «asesinados por el cielo».
Los homosexuales sólo somos una consecuencia. La consecuencia de
una vida que fue para nosotros más intensa que para los demás, una
vida replegada hacia el interior, a partir de imágenes que los demás
no ven, a partir de experiencias que los demás no viven, y así en un
simple estar al lado, una mirada perdida constituye, mundos abiertos
en los que construimos, como si se tratara de una baraja de cartas
imposibles, el más extraño de los deseos, el deseo de sí mismo. Es
un amor de soledad, Andrés. Nuestra soledad de hoteles, buscando por
los rincones nuestra niñez de mar y el llanto de nuestra noche.
También hay otros altares, Andrés: ¿recuerdas las cruces de Mayo,
recuerdas cómo componíamos cajas de madera y de cartón y las
cubríamos de platino y papelinas de colores y en medio poníamos una
cruz rodeada de flores, de lirios y gladiolos, de rosas y claveles,
de azucenas y de pensamientos, de violetas de mil colores? Luego
paseábamos por las calles a la salida de la tarde pidiendo monedas a
la gente y yendo hacia el río. La tarde era cálida y el río huyendo
y los puentes uno tras otro mirándonos andar a lo largo de la
Ribera. Entre las jarcias cuando ya nadie hay, cuando sólo la tarde
estaba bajo un cielo caído y un río que se va.
En cada ciudad hay un santo, en Córdoba hay un Arcángel. Un San
Rafael cubierto de flores, con las alas recogidas y el pelo muy
largo, un travestido maravilloso que desde un púlpito dorado nos mira
riéndose. Ay... ay... ay... qué mal os veo venir, y así San Rafael,
sin saber por qué, atrapa un pescado, quizás porque fue pescador en
el Guadalquivir y nos quiera mostrar que el río debe continuar pleno
de peces y de vida para ser reflejo del cielo.
A los catorce años me fui a Sevilla, no sé muy bien por qué,
quizás porque pensé que era la ciudad de Zurbarán y Velázquez y que
algo de eso quedaría, pero no, no queda nada. Sevilla es un desierto
con risas y con flores, pero un desierto. Lo ha sido desde hace
muchos siglos, y en ella tan sólo una casta absurda y obsoleta y
cateta y sin cultura domina la ciudad y hace que el espectro de
siglos atrás se convierta en un mimo artificial y absurdo, un mimo
sin sentido y que todo queda en el palmoteo inútil de cuatro
fiestas. Allí también hablé de ti, Andrés, con otros amigos en esa
escuela de Bellas Artes académica y triste; en cualquier sitio la
vida era mejor. Inclusive en Málaga, tu ciudad, Andrés, en donde
existía un Ateneo en el que unos y otros exponían pretensiones de
Vanguardia. Su incierto conocimiento del arte europeo, y si era
verdad, un grupo venido del 27 y del exilio mejicano rondaba el
ateneo dando conferencias, ediciones y esa maravillosa revista que
es «Litoral».
Recuerdo, Andrés, a un poeta barroco maravilloso, Rafael Pérez
Estrada. Detrás de sus gafas me miraba como si un besugo mirara a un
ángel barroco y me decía que nunca había visto a nadie tan hermoso.
Era curioso verlo rodeado de angelotes y antiguallas, sus papeles,
sus poemas, sus recuerdos y en su memoria que dibujé como un
adolescente y que hoy cubro de rosas y coronas de laurel. Un mundo
absolutamente maravilloso destinado a perdurar como la poesía
neobarroca andaluza, quizás lo más hermoso de entonces junto al
grupo «Cántico».
Pero yo os lo diré todo, Andrés. No preguntarme nada. Yo se lo
que queréis saber. Yo sé que siempre estaremos solos y angustiados
por todas las cosas que niegan nuestros viajes, por las negras
fachadas, por los sepulcros llenos de cobras, por los cristales
siempre rotos.
Volviendo al Ateneo malagueño evocamos a los que ya murieron. A
Cernuda y a sus manías, a cómo, en casa de Altolaguirre, allá en
Méjico, exigió una cama de caoba.
La calle Larios, el pequeño hotel ofrecía sus salones a esta
cohorte y allí era de rigor ver pasar la Semana Santa malagueña, tan
ostentosa, tan grande, tan apabullante, tan del cielo. La nuestra,
la de Córdoba, era diferente, era la Semana Santa de los pobres, del
bricolaje, los cristos van sobre «pasos» con poco aditamento y
debajo no hay costaleros, hay ruedas. En este vaivén recuerdo como
en una ocasión en el Ayuntamiento montaron un palco para ver entrar
al Cristo en su iglesia. El sistema era hacerlo entrar hundiendo
previamente la cruz en el paso con una manivela, pero la manivela se
atascó y todos allí nos quedamos atónitos viendo a ese Cristo
encajado en una puerta y sin poderse mover... esperando el milagro.
Andrés, siempre estuvimos de un lugar a otro, pero siempre solos.
Nuestra soledad. Andrés, no está en el espíritu ajeno ni en el
pensamiento de los filósofos... está en el aire que no nos deja
respirar y en los marineros echados en los muelles que nos miran sin
vernos. Ninguno de los dos, Andrés, encontraremos lo que buscamos,
dos manos que rocen tu cuerpo como se acaricia a la hierba, dos ojos
que no te miren como a una máscara sino más bien frente a frente,
sin maldad. Desde los trece años, desde aquella tarde triste en que
mi madre se fue y vi su mirada perderse sin solución, el mundo
perdió su sentido. Desde niño quise ser una simple prolongación de
ella, miraba por sus ojos, tocaba con sus manos, andaba con sus pies
y su silencio era mi silencio y su estar ahí era el mío. Nunca pensé
que conocería algo distinto a aquello. Esa era la felicidad. Era un
cubículo hermoso y cerrado rodeado de su aroma, de la suavidad de su
piel, del calor de su voz, y de su extrañeza. Nadie entendió jamás,
Andrés, lo que ocurrió al morir ella. Y no me quedé convertido en
una realidad triste, sin entender por qué ella y las ilusiones
desaparecieron para mí. ¿A quién destinaría yo mi vida? Por quién
lucharía, a quien ofrecería mis años y mis días. Nunca más entendí
la razón de mi estar aquí, y aún hoy no la entiendo; de ahí este
«contramimismo» que a veces me ataca y pensar que hoy que me muero
nada ha cambiado, pues desde hace muchos años, desde hace veinte
años, estoy muriéndome.
De nosotros, Andrés, nada quedará. Nosotros no tenemos mañana. No
hubo tampoco amores encendidos y noches de sudor. Nuestra esperanza
acaba ahí, donde empiezan las ciénagas sin fruto en una oscura
estancia de ruidos estridentes y llena de cadenas en que algún
insomne cambiará uno de nuestros besos por unas gotas de sangre.
De mi infancia, de mi madre, sólo quedó mi recuerdo, pero es tan
fuerte. Recuerdo minuto a minuto cada una de las cosas que entonces
hacíamos, de los lugares que recorrimos. Recuerdo cómo en uno de
aquellos viajes, en Galicia, cómo mi madre recorría, los pies
descalzos, las rocas en las rías y en la tarde, sentados en esa
terraza del Hotel de la Toja, uno junto al otro, dejábamos perder
nuestras miradas en el horizonte y así ilusos pensábamos que
continuaríamos siempre. Como dos líneas en paralelo que se pierden
en el infinito y no necesitan mirarse para saberse contiguas. ¡Qué
diferente ha sido todo, Andrés! ¡Qué triste!
Una historia me lleva a la siguiente y así una tarde de junio,
sin saber por qué, me encontré metido en ese tren, llamado «el
Catalán», que iba de Córdoba a Barcelona, llevando todo tipo de
gente, emigrantes, estudiantes, entre ellos nosotros, siete
desafortunados, inconformes con la vida y la gente de Córdoba que no
entendía nada. Hijos de padres con pelas y de ideas de izquierdas.
Con santos en la cabeza, Marx, Lenin, pero también la nueva
filosofía francesa, Derrida, Lacan... Lévi Strauss. Sin saber mucho
del todo y casi nada de lo mismo hoy concluyo que las cosas que
buscamos sólo te llevan al vacío.
Pensamos que Barcelona era Europa; que algo allí nos haría ver y
cambiar. No nos equivocamos. Fue llegar y topar con las Ramblas y
contigo, Andrés, y callejear sin parar hasta encontrar esa oscura
pensión de la calle Escudellers. Así pasaron algunos meses. Hoy para
mí es imposible el saber cómo sobrevivíamos, pero lo hacíamos, algo
de aquí y algo de allá. Y un día sucedía al siguiente y así pasaron
meses. En una ocasión pudimos alquilar un piso sin luz en la calle
Tallers. Y si luz no tenía, menos tuvo, dado que uno de nosotros,
María Castilla, decidió pintar techos y paredes de negro y dejar
sólo colchones en el suelo. Eran esos años, verdad, del amor
compartido.
Barcelona era, Andrés, una Barcelona de euforia. De eso sí te
acuerdas, Andrés. A ti, la política nunca te interesó demasiado,
pero al menos, su espectro sí que lo viviste. Sus luces y sus voces,
sus carreras. Todos vivimos una euforia que hoy ya ha terminado, a
sabiendas que muy pronto todo volvería al orden de siempre, y que,
Franco muerto, una nueva idea del país, y de Estado, haría todo
cambiar. Pero también las ilusiones. Un país de ilusión es siempre
mejor que un país de «Realidades. Eran días en la calle,
discusiones interminables, hasta horas imposibles en bares que no
cerraban al calor de un café y una ensaimada, intentando cambiar el
mundo, como si eso nos compitiera. De eso nos hemos dado cuenta
luego mucho más tarde.
Barcelona era también el
lumpen, el barrio chino, el recuerdo de
Jean Genet. Los chulos y los chaperos y los cines inciertos en
donde, en las últimas filas, cobrabas quinientas pesetas por
chupársela a un viejo. Pero sobrevivíamos y, a pesar de todo, nos
mirábamos con una absoluta y
enorme pureza y pensábamos que nosotros sí que sabíamos lo que
era «la poesía», que nosotros sí que sabíamos sentir a J. V.
Foix, a
Salvat Papasseit, a Salvador Espriu... Tereseta baixava les
escales... Por aquellos años, y dados mis escasos recursos, coincidí
con una serie de actores y viví varios meses en un camerino del
teatro Romea, nadie lo supo. Recuerdo a Ventura Pons, que insistía
en montar obras en catalán que hablaban de la homosexualidad, a las
que no íbamos, o aquella criatura, Laura Rosillo, que se empeñaba en
llevar a cabo montajes teatrales con el Siglo de Oro español como
base. He pensado tanto en ti Laura, en estos años. En esa casa tuya
de la República Argentina, repleta de recuerdos de tu madre actriz y
de trofeos de las hazañas de cacería de tu padre. También recuerdo
tu habitación, llena de libros, y frente a la mía, en la que yo me
escondía. La mía era una habitación pequeña en la que compartía
espacio con la plancha. Allí noche tras noche me perseguías. Cómo yo
sigilosamente me encerraba y comprendía que querías entrar sin poder
hacerlo. No era a ti a quien yo miraba. A ti siempre te quise, pero
de otra manera.
Hablaré sólo de lo bueno, lo malo queda replegado en la
oscuridad, junto a Andrés, perdimos en noches quietas y quebrándonos
las venas. Sangre que es néctar y química y olvido. Entre lo bueno
también estaba Masotta, en un piso de la calle Aribau, creó un
«Seminario». Esa ha sido quizás la experiencia teórica más
importante de mi vida. En el seminario hablaba sin parar de Freud,
de Lacan. Los que allí estábamos nos manteníamos atónitos ante un
lenguaje que no entendíamos, ante ideas que no conocíamos, y ante
una forma de enfrentarnos al mundo, y a nosotros mismos, diferente.
Yo leía a Lacan como podía, y los demás también. Nuestra única
ilusión era conseguir una beca para poderlo seguir en París, donde
enseñaba. Oscar nos ayudó no solamente en eso sino en muchas más
cosas. Años después, muerto Oscar, y dejando tras de sí los ensayos
sobre psicoanálisis más complejos jamás editados en España...
También allí conocí a Sebastián, alumno como yo de Masotta.
Sebastián era un isleño de ojos claros y sin decirnos nada ambos
supimos que estábamos destinados a acabar en la misma cama. Su cama
era bastante estrecha en la habitación de una pensión de la Plaza
Real de Barcelona, en la que tan solo teníamos libros, queso de
Mahón y vino tinto. Fueron noches maravillosas y días claros. En la
habitación contigua, otros amigos sobrevivían. Cómo olvidar a Pepe
Ocaña. Aquella fiesta viva, hombre y mujer al mismo tiempo. Con él
aprendí que se podía vivir la homosexualidad en cada momento y en
cualquier lugar, allá donde estuvieres, y así admiré cómo, con
cuatro colorines, reorganizaba la Semana Santa en las calles del
barrio chino. Una Semana Santa mariquita. Cómo se vestía de oropeles
para irse a las Ramblas en esas noches de primavera. Ocaña era un
ángel, un ángel de «La Habana», colibrí y papagallo encendido al
mismo tiempo y así murió, ardiendo. Contento de sí mismo. Recuerdo
cómo, cuando uno de los críticos más viejos y sesudos de Barcelona,
Cirici Pellicer, vino a verlo a su estudio, Ocaña, no buen pintor,
apareció maquillado y sin más, sentarse en las rodillas de Cirici y
decirle... «hablemos de otra cosa querida...».
Con Sebastián uno de nuestros grandes placeres era irnos al
Paralelo por las tardes. El Paralelo de entonces era muy diferente.
Era un lugar abandonado, con cuatro viejos teatros, una que otra
sala de cine cayéndose, en la que películas muy viejas se exhibían
y, sobre todo, un maravilloso salón de recreo en el interior de un
edificio. En él había un tiovivo, una tómbola, y un tren de la
bruja. El tren era lo nuestro. La historia consistía en subir a sus
vagones de dos en dos, e internarse así por un laberinto, peligroso
e imposible, entre brujas, escobas y calaveras. Sebastián y yo
aprovechábamos para besarnos, besarnos y besarnos. Era como estar
con Dios.
Un día Sebastián desapareció. Seguramente estará en su isla, con
su soledad, a sus viñas y a su escritura. Nunca supe nada más.
Siempre me dijo que estaba escribiendo una novela larguísima. Me
gustaría volverlo a ver y ofrecerle ésta, no tan larga, tan mía como
suya. Con Sebastián leí en lenguas que no eran la mía, catalán,
francés, alemán y supe que la literatura era algo más que cuatro
páginas escritas... Balzac, Stendhal, Flaubert... esa es la Gran
Literatura. Poco a poco su mundo y el mío se confundieron y yo
empecé a tener las mismas obsesiones, siempre literarias; una de
ellas fue Marcel Proust. Todo vino de un pequeño relato... «Marcel
Proust vol vendre el seu de Dion Bouton». Era un cuento de un
isleño. En él se cuenta cómo Proust, ya sin dinero, enfermo y tan
sólo acompañado de aquel secretario y chófer al que siempre amó,
decidió vender el coche. Es un cuento infantil y maravilloso y toda
la filosofía de la existencia y del ser están en él. En páginas de
«A la recherche du temps perdu» ya me vi paseando por el Boulevard
Haussmann, por el Faubourg Saint Honoré, I´Ayenue de I´Opera. Era
París y decidí irme.
Fue llegar a París y residir/vivir en una habitación de la ciudad
universitaria. Frente a la habitación se veía un parque, el de
Montsouris, denso y verde. Cada tarde, tras las clases, paseaba por
sus senderos y alguna que otra vez cruzaba miradas de deseo. Una de
esas miradas fue la de Gérard. Supe que continuaría en esa mirada.
Al día siguiente, y al siguiente, nos vimos de nuevo y en una
ocasión, en tu casa, me dijiste: ¿Cuándo te instalas aquí?
Así pasaron diez años, quizás los únicos algo más felices de mi
vida. Gérard era mayor, un hombre entero, antiguo militar y algo de
eso le había quedado. También había tenido hasta ese momento tan
sólo experiencias con mujeres. Lo nuestro fue un aprendizaje. Gérard
era limpio y abierto, venía de una familia pobre de la Picardie y
hablaba continuamente de ese rigor y de ese frío, y de esas iglesias
vacías y de esas casas solas. De pequeño ya pensó en acostarse con
otro hombre. Me contó cómo cambiaba chocolatinas por «pajas» a los
soldados americanos que entonces liberaban a Francia. Gérard era un
animal de campo, así que nunca fue del todo feliz en París.
Decidimos comprar una casa en el sur de Francia, perdida en el
bosque de Armagnac y vivir allí. Poco a poco la reconstruimos. Había
un pozo y una chimenea y un techo de roble que cedía poco a poco.
Fue un lugar cálido y abierto a todos como los demás de por allí. El
bosque era un escondite en el que te internabas para descubrirlo
poco a poco y enumerar sus árboles, sus caminos, sus aves. Era algo
más, eran unas gentes y unas costumbres y unas fiestas en el hogar
parroquial y una música de fanfarria y un bailar hombres con hombres
y mujeres con mujeres. Todos nos conocíamos. Fueron años felices.
Recuerdo los dos grandes cedros al otro lado del camino y de cómo
por las noches al pasear veíamos las estrellas brillar a través de
sus ensortijadas ramas y de su enorme presencia. Tampoco un perro
faltó. Se llamaba «Ron», era blanco y de aquella región, una montaña
del Pirineo. Dicen que esos perros son el cruce de un oso. Puede que
sea verdad y esto explicaría como Ron atrapaba las cosas con «las
manos». Ron era extraño. De pronto desaparecía y al volver estaba
inmaculado, blanco y tranquilo. Ron murió un día y en su recuerdo
aún está unas enormes facturas de pollos de granja, dado que él, sin
darse cuenta de su fuerza, pateaba a los pollos y los desnucaba, así
sin darse cuenta.
Lo cierto es que tras un tiempo yo me aburría en
Fusterouan. Así
que decidimos que él se quedaría allá y yo volvería a trabajar a
París y nos veríamos en vacaciones. Así retomé nuestro apartamento
de la Rue Pascal y la vida de allí... La universidad, a oír a Lacan
y por las noches trabajar de camarero en un club privado cerca de
l´Etoile, oscuro y seguro, con esos viejos que noche tras noche
intentaban acostarse conmigo.
Empecé a acostumbrarme a vivir así. En una ocasión, era mi
cumpleaños, decidimos quedarnos todos en el club y festejarlo. Eran
las tres de la madrugada y apareció Gérard. Me pidió irnos y yo me
negué. El cogió una botella y me la rompió en la cabeza. Eso fue el
final. Aún hoy cuando acaricio esa herida pienso en él con ternura y
una enorme nostalgia.
Otra forma de sobrevivir fue «Figura». Una revista hecha en
Sevilla y que sólo hablaba de arte. Diversos artistas enviamos
nuestras colaboraciones desde distintas ciudades del mundo. Yo
enviaba lo que recogía en París. Constituimos no sólo un grupo
editorial sino un grupo artístico y un grupo de amigos. El más
cercano a mí fue Guillermo Paneque, ese niño eterno y quien aún hoy
al verlo se despierta en mí la misma sensación que ante el
adolescente que aún no ha dado su primer beso. A partir de ahí
llevamos a cabo una exposición en una galería que valientemente se
ofreció a exhibirnos. Era La Máquina Española y Pepe Cobo, más loco
que todos nosotros. Quisimos iluminar al mundo, una locura con un
buen final.
Aún hoy todo el mundo asocia La Máquina, a la única experiencia
joven y de vanguardia en esos años en España. A cada uno de nosotros
nos ha quedado ese pasado, a pesar de que hoy todo es diferente y
que cada uno eligió un camino distinto. Vimos otras luces brillando
en otros lugares, en Colonia, París, Nueva York. Fueron tiempos
heroicos, en que todos metidos en una furgoneta, los cuadros en
ristre para exponerlos en las ferias de arte europeas... Basilea,
Zurich. Hacíamos de todo, colgábamos cuadros, tratábamos con los
clientes, cocinábamos, inclusive a veces apresuradamente y ya
vendidos los cuadros expuestos, en el almacén del «stand» y en una
tarde volvíamos a repetir una exposición. El arte es una historia
así. Algo que empieza muy rápido y luego se estabiliza y continúa.
Los cuadros de entonces eran muy complicados, con miles de detalles
y anécdotas, de historias, de influencias, y sobre todo de vida. El
arte es algo como el ir de lo complejo a lo simple. Hoy cuando
observo alguna de mis exposiciones, con su claridad y limpieza,
comprendo esto. Llegar a esto y llegar al final de mi vida ha sido
una y la misma cosa.
En algún momento volverá a ti, Andrés. Recuerdo cuando te
encontré. Era en Barcelona hace veinte años. Yo entonces vivía en el
Hotel Manila y del dinero de un concejal franquista que me mantenía
en una gran habitación. También tú vivías en Barcelona, pero no en
el Hotel Manila. Una noche paseando Rambla arriba, Rambla abajo, oí
una música extraña, una música oriental, me acerqué. Era un
cassette, era música hindú, de Madrás. Al lado un personaje insólito
bailaba una danza extraña. Ese personaje era Andrés, vestido con un
sari, de pelo largo y rojo, piel muy blanca y tatuajes en los pies.
Yo me quedé fascinado. Día tras día sólo pensaba en ti... de dónde
venías, quién eras. Seguro que eras hijo de un Dios oriental caído
por azar en Barcelona. Un día hablé contigo y comprendí que la
realidad era muy distinta. Bailabas por las monedas y en tu pensión
te esperaba tan sólo un cajón lleno de souvenirs y de hambre. Eras
un «artista del hambre. Al conocerme comprendiste que también tú
podías sobrevivir a mi lado y así me llenaste la habitación de saris
esperando que los ricos amigos del concejal los compraran. Así fue.
Tras eso, y con una beca, decidí instalarme en Nueva
York. Era un
gesto banal, dado que todos los artistas de entonces tendían a hacer
lo mismo y que todos volvían desesperados y sin logros y mucho más
viejos. Luego, un año más tarde, decidí asistir a una de esas cenas
del Ministerio de Cultura en Madrid. Al sentarme en la mesa me
sorprendió la distribución de los alimentos, sus colores orientales,
la exquisitez de los aromas, y pregunté...: ¿Quién es el artista?
Alguien me dijo exclamando...: es Andrés. A Andrés no lo vi y
supongo que seguiría como siempre, hirsuto y serio, hablándote del
«Gran Arte», como Marcel Duchamp. Como si sólo le concerniera a él.
Seguramente era así. No sabiendo qué hacer, y tampoco de qué vivir,
harto de mi rostro distinto y buscando una mirada de nardo en las
afiladas casas de los que viven sin luz, decidí volver a Nueva York.
El Nueva York de entonces era muy distinto. De pronto hoy está
más triste y con menos esperanza. Es el Sida. Había aparecido y, uno
tras otro, morían los más interesantes artistas de esa generación.
Lo cierto es que sin tomar entonces posiciones militantes, desde un
principio estuve muy sensibilizado por el problema. Quizás ver irse
a mis amigos, sin saber cómo... Nueva York es un mundo amplio y
diverso y en esa diversidad quizás el aspecto más interesante que
conocí fue el mundo hispano. Una sala de fiestas resumía lo que
digo, era «La Escuelita». En ella todo tipo y clase de hispanos se
mezclaban bailando juntos. Gente de Panamá, de Méjico, de Puerto
Rico, de Guatemala y de Guatepeor... Y en una pista enorme, como de
los sesenta, todo estaba mezclado y confundido y yo con ellos.
Decidí luego viajar a Méjico y quedarme allí y así un día me vi
en Oaxaca, en esa ciudad en que conviven santos católicos y ángeles
indios cubriendo las bóvedas de Santo Domingo. En un pueblo cercano
decidí ayudar a «Médicos Sin Fronteras» que construían un barracón
para atender enfermos. Allí y dado mi cansancio creciente y la
continua colitis que me hacía morir deshidratado comprendí que algo
iba mal. En Nueva York me lo confirmaron... tenía el sida.
Volví a ver a Andrés en una galería de Madrid. Yo ya era una
herida y eso él no lo podía soportar. Para Andrés el mundo era otra
cosa, una fiesta continua y sin sufrimiento y sin dolor. También en
Madrid conocí a Javier. Era un hombre grande y junto a él sentías la
misma sensación que con esos grandes molosos junto a los que te
sientes seguro... un san bernardo o un mastín. Con Javier estuve en
Praga y aún hoy no entiendo cómo pudo soportarme, yo ya tenía el
virus y no lo sabía pero esto me producía un estado continuo de
nervios y de irascibilidad. Si hoy nos vemos espero que entiendas
todo esto, mi amado Javier.
Con el sida descubrí a gente única como a Luisa, ese «personaje»,
el único personaje que conozco. También reencontré a Fernando Luna,
amigo de infancia y hoy unido a mí por muchas cosas. Juan Vicente
Aliaga, Clot, Brea... Casani, Sentís... tanta gente. Y sobre todo a
Santiago Eraso. Junto a él decidimos hacer un «Carrying» en San
Sebastián. Carrying es una expresión usada por los hispano en Nueva
York y que define la actividad de cuidar, lavar y transportar a
enfermos terminales de sida. El término inglés es «caring» pero para
ellos es más fácil decir «carrying». La acción consiste en pasar a
un enfermo de sida descalzo de una pareja a la siguiente y sin tocar
el suelo. Jorge, Josu, todos mis amigos me llevaron de uno a otro.
Luego lo hicimos en Madrid, fue menos íntimo pero más intenso ya que
todo tipo de gente se sumó, médicos, actores, enfermos, políticos,
etc... Fue emocionante. Nunca me he sentido tan cerca de Dios.
Para acabar quiero decirte, Andrés, que al menos sabemos que
nadie podrá reprocharnos nada... ni la sangre del marinero que no
bebimos, ni las navajas que no usamos, ni el vuelo de colibrí que no
tuvimos, ni los labios como aristas de plata que no besamos, ni los
cuerpos bajo las sábanas que no gozamos. Nada puede reprocharnos, ni
un momento, ni una hermosura, ni la hiedra y la retama de un
aliento... No nos queda nada y acabamos pisados en calles de
borrachos oyendo carcajadas de acero y con las manos quemadas por el
cansancio.
Este libro está pensado para aquellos que, como Andrés, se han
deshecho a fuerza de imaginación e inteligencia para que artistas
como yo podamos llevar a cabo nuestros
sueños.
Pepe Espaliú
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