| Giullietto
salió. Mario se sintió como liberado. Sin embargo lo
había llamado él. Pero sabía que ya no lo deseaba
más. A lo mejor estaba contento al comprobar otra vez
aquella indiferencia. Volvió a la habitación. Pensó
en acostarse de inmediato. Aunque algo nuevo había en
él, ¿Qué?. Como una acongojada alegría. ¿Por qué?
Por no estar ya dominado por ninguna pasión, quizás.
Retiró de la cama la toalla. Mojada aún, sin duda, por
Guilietto... Brutal, desabrido asunto.. Se había puesto a
masturbarse él solo, Y Mario había cogido
desdeñosamente la lámpara para iluminarlo mejor
durante aquel acto del que, pensaba, debía
avergonzarse. Había
encontrado a Giulietto cuatro años antes: era un
muchacho maravilloso de quince años. Lo había vuelto a
ver un año después. El entusiasmo por su belleza no le
había abandonado durante aquel año. Y esta vez podría
ya amarlo libremente. Lo veía a menudo... Tenía que
fingir que no lo quería, pues se sentía infeliz de tan
fuertemente como lo amaba. En adelante permaneció en
él el mito de la belleza de Giulietto. Volvió a
encontrarlo luego de mucho tiempo: se había hecho casi
un hombre: no le interesó sino por la curiosidad de
verlo transformarse. Mario
solo se acordaba de su maravillosa dulzura a los dieciséis
años. Ahora además, tenía diecinueve. Seguía siendo
esbelto e infantil, pero mas serio, mas... lejano al
ideal de Mario. Con
todo había querido probar la sensación que le
produciría. Lo había llevado a casa. Lo había
desnudado y se había desnudado. Lo había abrazado como
antes. Pero encontró un cuerpo menos dulce, el pelo le había
crecido ya por todas partes. Cuando encendió la luz
halló que era muy velludo, incluso por detrás, casi animal. Sin
embargo los ojos tenían aquella luz centelleante e
infantil. Pero
Mario no logró amarlo esa noche, ni siquiera
forzándose a ello. Saludaba así sobre el cuerpo aquel
el final de un deseo que había sido tan intenso como
para debérselo prohibir. Entonces el joven, ya que en
ello estaban, dijo que terminaría él mismo. Se
tumbó boca arriba en la cama y comenzó a
masturbarse. Mario
admiró en ese momento aquella animalidad que no se
avergonzaba. No había en él ni el más leve disgusto
por tener que hacerlo así, él solo.. No hablemos
entonces de vergüenza. Cuando
Mario le iluminó con la pequeña lámpara aún más
cerca, quizás intuyese la ironía, pero no hizo sino
guiñarle un ojo de un modo tan divinamente infantil y
natural que Mario se turbó un poco. Y,
en el momento del mayor orgasmo, chocando sus ojos aún
con la ironía de los ojos de Mario, no hizo sino
cerrarlos y se cubrió con la toalla el miembro que se
corría. En
ese momento Mario entendió lo que le había
enamorado. ¡Aquella irreducible naturaleza de la que
él tan lejos estaba!. Y antes de esa escena Giulietto
le había dicho muchas cosas que le habían parecido
insignificantes y aburguesadas, pero que le conmovían
ahora. Se
trataba de desgracias financieras. Siendo tan joven
tenía que trabajar muchísimo para ayudar a su familia
y se había echado novia. Pero todo era gris, muy
distinto de ese mundo ideal que Mario amaba en los
adolescentes. Entonces,
aquellas historias mostraban a otro Giulietto. El
principio de un hombre. De un hombre cualquiera, de los
que conocía a tantos. Había llegado a amar aquella
pequeña historia, la vida que se formaba. Aquella
naturaleza, aquellas aventuras domésticas, aquel
carácter que ya no tenia el entusiasmo maravilloso de
la adolescencia, le conmovían entonces de un modo en
verdad nuevo. A
él, que no creía en el amor en tanto que afecto,
serenidad o fidelidad. Con
todo continuaba sintiendo que ya no lo deseaba. Pero
¿por qué entonces esas ganas de llorar y de volver a
tenerlo, tenerlo de nuevo, de inmediato, mañana? Aunque
sin ardor ninguno, sin amargura; se sentía tranquilo y
mejor que de costumbre. Así que era cierto que existía
un amor muy distinto al sensual. Cuando
Mario se durmió no sabía aún si creer en una forma
nueva de la felicidad...
* *
* * * *
TEXTO
sacado del libro "Algo de Fiebre" de Sandro
Penna |