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En lo alto de
aquella colina, con una vista maravillosa sobre el pueblo a orillas
del lago, vive un anciano pintor de cuadros de inusitado talento. Ha
pintado durante toda su vida los cuadros más hermosos, sin que su
arte haya sido nunca apreciado por los habitantes de la región.
Hoy, su cuerpo semiparalizado ya no le obedece, pero sigue creando a
través del pulso firme de su ayudante, alumno y amante, un joven de
piel bronceada y mirada alegre que lo acompaña en la soledad de sus
últimos días.
- Un poco más de ocre! - indica el pintor con voz temblorosa y casi
inaudible, y el joven obedece como un autómata cada instrucción de
su maestro.
- Más azul de cobalto en ese cielo! - y el efebo mezcla los
colores, lava los pinceles y tensa los lienzos.
- Ese sol, menos rojizo! - y el mancebo prepara la comida, lava al
pobre viejo invalido, le peina sus pocos cabellos grises y lo
acuesta en la cama donde el maestro otrora retozara con los
muchachos del pueblo, que, sedientos de iniciarse en los secretos de
la vida sexual, lo visitaban a escondidas de sus padres.
En sus años
mozos, no había culo que se le resistiese ni garganta que no se
atorase con la potencia de su verga, que ahora, veinte años después,
apenas si crece algo con las caricias que el joven alumno le prodiga
cada noche, antes de quedarse dormido en un sueño del que teme no
volver a despertar.
Sabe que el pueblo
desprecia su excentricismo y su homofilia y por eso nunca baja a él.
Sobrevive gracias a la renta que un hermano suyo, un rico industrial
de la capital, le pasa cada tanto, a cambio de algún retrato para el
salón del directorio o de un paisaje para decorar una oficina. Este
hermano es el único lazo con la familia, que, también avergonzada
por los hábitos sexuales del artista, no lo visitan ni aún en su
vejez.
Un día, el viejo
no despertará de su sueño. Sólo el joven amante llorará su
muerte y lo acompañará hasta el cementerio del pueblo que siempre
lo despreció y nunca reconoció su habilidad de pintor. Una simple
lápida, pagada por el hermano rico, marcará el lugar donde yacen
sus huesos. Nadie de la familia se hará presente y de común acuerdo
le habrán negado un lugar en el mausoleo familiar en el cementerio
capitalino. "Descansará mejor en su pueblo", será la
pretendida excusa. Sólo el cura, el joven y dos enterradores verán
bajar el ataúd hacia el fondo negro de la tumba.
Veinte años después,
un sobrino del pintor, iniciado en el comercio de obras de artes,
comprenderá el valor de las pinturas de su tío. Se hará más rico
aún, vendiendo por fortunas las obras que su padre cambiara por la
manutención del excéntrico hermano.
El pueblo se convertirá, de la
noche a la mañana, en una atracción turística, donde llegarán
los autobuses repletos de japoneses con cámaras fotográficas,
alemanes bebiendo cerveza en tarros de aluminio y americanos en
bermudas y camisas floridas.
La lápida será cambiada por otra más
grande con su retrato y flores frescas serán depositadas cada mañana
a su alrededor. Un pequeño museo será erigido en su honor en el
que fuera su hogar y el alcalde pronunciará un discurso, cada año,
en la fecha elegida por el consejo deliberante del pueblo para
rendirle homenaje.
Y ya nadie se
acordará - y si alguien se acuerda, no lo mencionará - de que el
pintor era homosexual.
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