El pintor

por Oscar A. Prada

 
 

En lo alto de aquella colina, con una vista maravillosa sobre el pueblo a orillas del lago, vive un anciano pintor de cuadros de inusitado talento. Ha pintado durante toda su vida los cuadros más hermosos, sin que su arte haya sido nunca apreciado por los habitantes de la región. Hoy, su cuerpo semiparalizado ya no le obedece, pero sigue creando a través del pulso firme de su ayudante, alumno y amante, un joven de piel bronceada y mirada alegre que lo acompaña en la soledad de sus últimos días.


- Un poco más de ocre! - indica el pintor con voz temblorosa y casi inaudible, y el joven obedece como un autómata cada instrucción de su maestro.


- Más azul de cobalto en ese cielo! - y el efebo mezcla los colores, lava los pinceles y tensa los lienzos.


- Ese sol, menos rojizo! - y el mancebo prepara la comida, lava al pobre viejo invalido, le peina sus pocos cabellos grises y lo acuesta en la cama donde el maestro otrora retozara con los muchachos del pueblo, que, sedientos de iniciarse en los secretos de la vida sexual, lo visitaban a escondidas de sus padres. 

En sus años mozos, no había culo que se le resistiese ni garganta que no se atorase con la potencia de su verga, que ahora, veinte años después, apenas si crece algo con las caricias que el joven alumno le prodiga cada noche, antes de quedarse dormido en un sueño del que teme no volver a despertar.

Sabe que el pueblo desprecia su excentricismo y su homofilia y por eso nunca baja a él. Sobrevive gracias a la renta que un hermano suyo, un rico industrial de la capital, le pasa cada tanto, a cambio de algún retrato para el salón del directorio o de un paisaje para decorar una oficina. Este hermano es el único lazo con la familia, que, también avergonzada por los hábitos sexuales del artista, no lo visitan ni aún en su vejez.

Un día, el viejo no despertará de su sueño. Sólo el joven amante llorará su muerte y lo acompañará hasta el cementerio del pueblo que siempre lo despreció y nunca reconoció su habilidad de pintor. Una simple lápida, pagada por el hermano rico, marcará el lugar donde yacen sus huesos. Nadie de la familia se hará presente y de común acuerdo le habrán negado un lugar en el mausoleo familiar en el cementerio capitalino. "Descansará mejor en su pueblo", será la pretendida excusa. Sólo el cura, el joven y dos enterradores verán bajar el ataúd hacia el fondo negro de la tumba.

Veinte años después, un sobrino del pintor, iniciado en el comercio de obras de artes, comprenderá el valor de las pinturas de su tío. Se hará más rico aún, vendiendo por fortunas las obras que su padre cambiara por la manutención del excéntrico hermano. 

El pueblo se convertirá, de la noche a la mañana, en una atracción turística, donde llegarán los autobuses repletos de japoneses con cámaras fotográficas, alemanes bebiendo cerveza en tarros de aluminio y americanos en bermudas y camisas floridas. 

La lápida será cambiada por otra más grande con su retrato y flores frescas serán depositadas cada mañana a su alrededor. Un pequeño museo será erigido en su honor en el que fuera su hogar y el alcalde pronunciará un discurso, cada año, en la fecha elegida por el consejo deliberante del pueblo para rendirle homenaje.

Y ya nadie se acordará - y si alguien se acuerda, no lo mencionará - de que el pintor era homosexual. 

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