"... quiere decir entonces que
esto es la vida?. Tan poco es lo que nos da, y tanto, tanto, lo
que estamos obligados a dar, contribuir, lo que nos es quitado o
cosa que lo valga? Un juego de dados en el cual el 99,9 por
ciento de los jugadores pierden? Una metáfora de la reproducción
humana, donde, de los billones de espermatozoides de una
corrida, solo uno (o dos a lo máximo) va a llegar?. Un filosofo
(habrá sido Schopenhauer o Kirkergaard?) la definió como la única
enfermedad verdaderamente incurable… ¿Entonces para qué?
Si no hay justicia y todo no pasa de ser una una jugada
de azar.
Así pensaba él
dentro del autobús 404, rumbo al Hospital Souza Aguiar, en
aquel mediodía de sábado, Río de Janeiro, 40 grados a la
sombra.
Trim-trim-trim-trim.
Avenida Atlántica.
Evocaba en la mañana, bien en la mañana, alrededor de las seis
y cuarenta, con el teléfono sonando. Del otro lado, una
vocecilla masculina algo distante, suave, casi tímida.
-
¿Es la casa del Dr. Danilo?
-
Exactamente
-
Aquí Urgencias
del Hospital Souza Aguiar, de parte del señor Jurandir -
(pausa) - Ha sufrido un accidente.
Un frío gélido
recorrió su espina dorsal, desde el coxis hasta el cuello,
secando súbitamente el sudor escaldante y pegajoso que le
envolvía (tiene la
inconfortable pero saludable manía de abominar el aire
acondicionado)
-
¿Qué sucedió? - preguntó con pavor
-
Quemadura - respondió la vocecilla
-
¿Pero... cómo?
-
Será mejor que venga aquí. Hay visita después
de las 14 horas. Pregunte por Inés, en el Centro de Quemados,
en la 5ª planta.
Colgó.
Aquí esta él
descendiendo del autobús y atravesando la calle. En la recepción
del hospital, una voz de cotorra cortó el aire, por detrás de
unas gafas bifocales.
-
¿Es un familiar?
-
No. Soy la persona a quien han llamado...
-
Si no es familia, sólo puede pasar con
autorización.
-
Yo busco a Inés, del Centro de Quemados.
Ella bajó el
cristal. Y, algo decepcionada:
-
Un momento. Voy a llamar.
Danilo se apartó
un poco, paseando en la especie de corredor cubierto, con uno de
los lados abierto al patio, por donde entraban y salían las
ambulancias y coches que traían enfermos para Urgencias. Un
grupo de personas de aspecto humilde formaban una pequeña fila
delante de una sala, formulario en la mano. Otras sentadas en
las escaleras que descienden hacia el patio, la cabeza entre las
piernas. Dos mujeres sollozaban, abrazadas. Se sintió con todas
las culpas de las responsabilidades sociales tardías que
atormentan a las personas sin problemas, cuando se enfrentan a
la realidad social. Respiró hondo, las manos en los bolsillos,
mirada distante. Un niño de unos ocho años tiró de la manga
de su camisa y le señaló hacia la "cotorra". Esta,
ya aleccionada, sin el menor comentario, le entregó el
auricular. Después de dos o tres frases banales, fue autorizado
para subir.
El pasillo desierto
llevaba a salitas también vacías, hasta que descubrió el
lugar correcto. Tres enfermeras conversaban sentadas en una
mesa. Una era la tal Inés. Tenia un mirar severo y cejas
espesas.
-
¿Él qué es suyo?
-
Amigo
-
Hummm - susurró, reacia - Dio su teléfono
justo antes de llamar a la familia - comentó con malicia.
Tuvo que ponerse
gorro, bata y cubrezapatos. Una de las otras mujeres le llevó
entonces a una habitación de gran superficie, donde, acostado y
lleno de tubos estaba Jurandir. Su enorme cuerpo era mayor que
la cama y los pies sobraban mas allá del colchón. Sus piernas
de rodilla para abajo eran todo quemadura, con trozos en carne
viva y también parte del rostro y pecho. Las heridas resaltaban
aun mas sobre su piel negra. Parecía un churrasco humano. Una
de las manos estaba envuelta. Danilo se aproximó. El amigo lo
reconoció con los ojos bajos. Levantó la cabeza con un gran
esfuerzo y hablo con un hilo de voz.
-
Perdona. No quiero dar trabajo.
La enfermera le
obligó a tenderse en el lecho. Desfalleció por algunos
segundos. Danilo no sabía que hacer.
-
Le dejaron en la entrada esta madrugada.
Gritaba de dolor. Tuvo suerte en que la Unidad de Quemados esta
cerca de aquí. Quemaduras de alcohol. Una de las peores. Es un
caso muy grave.
Jurandir recuperó
el sentido y quedó con los ojos abiertos, desorbitados y sin
decir ni pío. Un tubo entraba por su boca y hacia un barullo
suave de burbujeo. La mujer ajusto algo y el barullo cesó. Salió
diciendo que si precisaba algo, solo tenia que llamar. Danilo
tomó la mano del amigo (la que no estaba vendada) e intentó
concentrarse para transmitirle alguna energía. Parecía dormir
apaciblemente.
Salió aplanado, en
dirección a la sala de enfermeras.
Fue cuando se topó
con la familia. Una negra vistosa, mezcla de la cantante Eartha
Kitt y la Mujer Gato, le miró con ferocidad. Tuvo la impresión
de que sus uñas podían cercenar su pescuezo en pocos segundos.
A su lado, dos niños de unos doce años, con cara de koala; una
vieja matriarca algo gorda; una joven de piel mas clara, casi
blanca y un hombre joven con cara de atontado.
La Mujer Gato
intentó entrar directamente a la habitación, pero fue detenida
por las enfermeras que, con energía, la obligaron a vestir
gorro y bata. Los niños sollozaban, e hicieron lo mismo, aso
como el atontado. Danilo quedo a solas con la vieja y la joven pálida.
Sentose al lado de ellas en un duro banco de madera sin
respaldo.
-
¿Mi hijo vivirá, joven?
-
Si Dios quiere.
-
Nunca he ido con mi nuera. Si él aun viviese
conmigo, esta desgracia no había sucedido.
-
Jurandir ya es un hombre, madre. Y ella le
gusta.
-
¿Cómo se ha quemado de esa manera?
-
Fue él mismo. Estaba hablando bien, de
repente se derramó la botella de alcohol sobre el cuerpo y
encendió el mechero. Le envolvieron en una manta y le dejaron
aquí en la puerta de Urgencias.
-
Eso es lo que ella ha dicho
-
Ayer parecía tan bien
-
Lo que es la vida...
Danilo no dijo mas
nada. Quedó absorto, los ojos cerrados, mucho, mucho tiempo. No
sabe cuanto tiempo fue, pero fue mucho tiempo. Pensó en el
amigo danzando divinamente en las discotecas y bares de la calle
de Lavradio, siempre alegro, bella sonrisa de muchacho. De
repente, la imagen se deshizo. Evocó gritos y llantos, y,
cuando abrió un ojo, ni la vieja ni la chica estaban allí. Por
algunos segundos la sala continuó vacía, pero al poco,
siguiendo a un medico apesadumbrado, apareció la Mujer Gato
(que se llamaba Dirce, según se percató), los dos niños y la
vieja. Todos gritaban.
-
¡Ha muerto. Mi hijo ha muerto!
-
¡Papá!
Entonces sucedió
lo peor. Nunca mas aquella sonrisa, aquel abrazo, aquel apretón
de mano. Nunca los encuentros dominicales que duraban décadas,
las charlas de complicidad. Nunca mas.
Tuvo miedo de
llorar delante de todo el mundo. Conteniendo la respiración
camino hasta la habitación del muerto y se aproximó al lecho.
Ya habían cubierto el rostro con un lienzo, pero los pies
continuaban fuera, en carne viva.
-
La enfermera dice que usted fue la ultima
persona que hablo con el - se acercó la Mujer Gato, reluctante.
-
Así fue.
-
¿Le dio algún recado para mi?
-
-Dijo que las cosas iba a mejorar - inventó
-
Mentiroso hasta después de muerto, el
Jurandir.
Danilo permaneció
poco allí, pues el momento pertenecía a la familia, la
intimidad de madre, hermanos, mujer e hijos. Era como un extraño
en el nido.
Se retiro
enseguida, no sin antes dejar su teléfono a la muchacha clara y
de contribuir con una cantidad razonable para el entierro.
Descendió por las escaleras vacías, pensativo.
Que simpática la
madre del Jurandir. Y la hermana, tan entregada. Y la esposa,
Dirce, la Mujer Gato, rampante, y los dos hijos con aire de
inteligencia. Pena que el tiempo no alcanzó para conocer mejor
al hermano mas joven.
Sintió que se
estaba poniendo enfermo, pues hasta momentos antes, él, para
quien el muerto había sido su mejor amigo por veinte años,
cuyo teléfono había sido el que había dado justo antes de
llamar a su familia, simplemente no tenia conocimiento de que
Jurandir tuviese ni madre, ni hermanos, ni mucho menos mujer e
hijos. Ni que fuese auxiliar de servicios generales. Tan pobre,
cuidado. Parecía un encanto de persona, pero no, el viniera,
hablara con él, que le reconociera.
Entonces había
sido engañado durante veinte años. Entonces todas aquellas
historias eran mentiras. Entonces... Casi llorando, de repente
le dio la voluntad salvaje de reírse. Pero antes de eso llego a
la portería.
Una señal cerrada
mostró la calle por algunos momentos desierta de coches y
autobuses. Un gripo extraño vino del lado del Campo de Santana.
Se estremeció al percibirlo.
-
Es el pavo del parque. Está en celo - río
sin vergüenza el chaval del carrito de perritos calientes.
Regresó en taxi.
Su cabeza parecía un torbellino. Mientras el coche se
desplazaba veloz rumbo a Copacabana, Danilo vio surgir en su
mente variadas escenas de su vida, así como dicen que sucede
con los ahogados en el momento de morir. Venían rápidas, y salían
mas rápido aun, en orden cronológica, perfectamente claras y
objetivas.
Lo que mas le había
intrigado siempre era la capacidad del otro para destacar en
cualquier local y circunstancia. En una fiesta del barrio
bohemio de "Lapa", en una sesión de video en el
Centro Cultural, o en una esquina cualquiera, él enseguida
conversaba, conquistaba, seducía y hacia rápidamente
amistades. Era confundido con el bailador, el actor, el sambista.
Y, con su labia de locutor, nunca quedó mal en ninguna
conversación. También lo había visto ayudar a un ciego o a
una viejecilla. Veinte años atrás, cuando conociera a
Jurandir, era poco más que un adolescente. Le agradó, quince años
mas joven, en su mejor momento, cuando tenia salud y una buena
apariencia.
Danilo era
totalmente distinto, un ser sofisticado por naturaleza y culto,
viajado, que residía fuera del Brasil, bien empleado en una
editora de la Zona Sur, donde vivía. Se conocieran una
madrugada, a principios de los ochenta, asistiendo a un show del
transformista Gigi Bombón en el "Danubio Azul",
Mantuvieron un encuentro semanal durante cinco años. Una
especie de "Ultimo Tango en la Plaza Tiradentes", al
principio con nombres falsos y todo lo demás. Diferencia de
clases, lucha racial y choque generacional, todo en una atacada.
La tensión venció y estuvieran apartados un buen tiempo (creo
que un par de años y algunos meses), después se reencontraron
y todo volvió a empezar.
Hace unos trece años,
quien lo diría... En realidad había una simbiosis entre ambos,
que formaban una extraña pareja, entre las tantas que
circulaban por el Centro en las noches de sábado. Cinelandia,
Lavradio, Arcos da Lapa.. todo el circuito. "Aquellos
dos" comentaban entre sí los camareros de los bares que
frecuentaban hacia siglos. Veinte años de convivencia hacen
como que las personas parezcan actuar en equipo, como en el
teatro.
Andaban con el paso
medio sincronizado, reían en forma similar, estaban siempre
conversando más entre si que con los demás. Jurandir era tan
parte de su vida que casi no pensaba en él. Una rutina, un
dulce veneno.
-
Llegamos, doctor - dijo el taxista, trayendo
a Danilo de regreso a la Tierra.
-
Disculpe, estaba distraído
Pagó y bajó del
vehículo.
En el ascensor
comenzó a evocar también los defectos del compañero, y en los
diez pisos que subió (habitaba en el ático), una dosis de hiel
inundó su organismo, in crescendo. Pedía dinero, No como un
consentido (en especies) o como un gigoló de viejas (en favores
y presentes), sino como un amigo necesitado. Una vez incluso
pidió para dos pasajes de autobús. Hubo épocas en que pedía
varias veces en la semana, afligido. Siempre con lamentaciones.
Resultaba desesperado o amenazador. Se llevó una bronca. Dejó
de pedir, pero a la vuelta tornaba con sus demandas. Y también
mentía. Estaba trabajando siempre en una gran empresa, como técnico
en electrónica. Permanecía un tiempo, y luego se despedía
tras una desavenencia salarial. Nunca llegó a estar once años.
Comprara una casa financiada por el banco en un barrio de extrarradio,
cerquita del metro.
Y ahora descubría
que no existiera nada de eso, era auxiliar vete a saber de que,
nunca tuviera donde caerse muerto. Que perro!. Que odio!. Alguna
vez había desconfiado. ¿Cómo alguien con tan buen empleo no
tenia dinero para el autobús o para cigarrillos? Como pueden
aceptarse mentiras tan grandes? después de tantos años, fingía
que no se molestaba ya con el tema. Pero ahora tenia la
seguridad. Todo palabras al viento. Salvo la madre, los dos
hermanos, la mujer y los hijos.
Temblando de
humillación, bajo del ascensor y subió los escalones que
llevaban hasta la puerta de su piso. Entró por la terraza,
atravesó el camino entre los grandes maceteros de plantas
tropicales decorativas, y fue ahí en donde recordó la ultima
frase del otro, en el Centro de Quemados del Souza Aguiar:
-
Perdona. No quiero dar trabajo.
Aquello trajo a sus
oídos la misma voz molesta que escuchara en la enfermería.
Resolvió tomar una pastilla Durmió como un tronco, despertándose
súbitamente con una llamada de la hermana de Jurandir dando la
hora y el lugar del entierro. Regresó a la cama y volvió a su
modorra. Soñó con una vieja historia de Carochinha, una fábula
de las Mil y una noches, de la que existen tantas versiones. No
importa. Es la del campesino que va al mercado con un cántaro
de leche para vender. En el camino calcula lo que puede hacer
con el dinero logrado, cuanto para gastar, cuanto para invertir,
y en qué. Va comprar unas semillas, con el dinero de la cosecha
comprara un burrito, después un carro y así se va
enriqueciendo. Ya casi millonario tropieza con una piedra, el cántaro
se rompe y allí van sus sueños de oro. En medio del camino
tenia una piedra, tenia una piedra en medio del camino. Siempre
la tiene.
Sintió sed. Bebió
una vaso de agua pero no logró dormir. El sueño no se le iba
de la cabeza, como una parábola de película bíblica. Descubro
que todo lo que siempre quiso - mas lo de la realización
profesional tan tardía, de lo que el bienestar material siempre
estable, de lo que la belleza física se iba despidiendo, de la
cultura cada vez mayor aunque sin utilización practica - no valía
un segundo de presencia del Otro, tan diferente de si mismo, tan
otro, tan primordial. Todo parecía haber partido de el, y
convergido hacia el. Pero la leche se derramó. Y con ella la
previsibilidad y la posibilidad de vivir un sueño en vida. Y
Danilo, que siempre amara al Otro sin percibir cuanto, veía
ahora como este siempre esquivara
el contarle toda la verdad, tal vez para mantener el aura
de persona independiente, y por eso mas interesante. Por
orgullo. Por vanidad. Para no odiar. Por qué, Dios mío, es
necesario perderlo todo para darle entonces valor a las cosas?.
Que extraños caminos tenemos que recorrer?
-
No quiero dar trabajo..
Ahora entendía
mejor el sentido de la ultima frase, precedida con un
"Disculpa", digno de un acróbata que hiciese una
pirueta y se estampara de cara contra el suelo. Como el Teatro
es cruel cuando invade la vida real.
-
Eso es justo? - se preguntó en voz alta
Como habría sido
el verdadero Jurandir? El golfo carioca de las sambas de Wilson
Batista? El padre de familia trabajador? Un Rodolfo Valentino de
las juergas? ¿Gigoló? Seductor profesional? Un gran amigo?
Farsante? Funcionario subalterno de una gran empresa? O un
simple pedigüeño de dinero?. Y cuales otras facetas tendría,
que nunca las descubriría? El fuera todos ellos, cada uno en su
ambiente cierto, camaleonicamente. Para no dar trabajo.. Un
cierta envidia paso por la cabeza de Danilo.
En el entierro, al
contrario de lo que pensara, consiguió comportarse con
dignidad. Por ser el único blanco, y de inequívoco aspecto de
la Zona Azul, fue mirado con mucha curiosidad por las personas
presentes en el velatorio. A la hora de la salida del cuerpo, en
tanto todos rezaban, su cabeza explotaba al ritmo de una
invisible batucada. Que ganas de gritar, de aullar, de rasgarse
toda!. ¡ Quería ser
pandero para sentir tu mano el día entero en mi piel al batucar
!. Por el infierno de la lucha de clases, la diferencia de
edad y de raza. ¡ Es con
ese que voy a bailar samba hasta caer al suelo !. Es de ahí? Es
de ahí?. A costa de empujones y codazos, fue uno de los que
cargaron el ataúd hasta el nicho vacío de una parte aislada
del cementerio de Inhauma. allí Jurandir quedó para siempre,
el quinto de izquierda a derecha. Sic transit gloria mundi.
Cuando todos se
alejaban, solidarios y consoladores, vio que quedase solo entre
las tumbas, y se dirigió a la salida. En medio del camino, no
pudo contener las lagrimas, que brotaron abundantes.
A lo lejos, sin que
ella lo percibiese, la Mujer Gato lo noto, abrazó a los hijos y
siguió caminando orgullosa, sin una mirada de apoyo o provocación.
Danilo, ojos enrojecidos y la cara hinchada, tomo rápido un
coche de vuelta a casa, convencido de que nadie había
desconfiado de nada.
Caminaba como un
autómata, y solo ahora, volviendo del cementerio, comprendía
la gravedad de los hechos. Era para siempre. Jurandir, en el cúmulo
de la ambigüedad, se había vuelto un enigma que nunca seria
totalmente descifrado. Alguna parte de su cerebro tarareaba a
Dolores Duran, La soledad
va a acabar conmigo.
Camino hacia el
cuarto, pero, olvidando que la limpiadora había encerado el
suelo, resbalo y cayó. En las fracciones de segundo en que se
deslizó sobre la barriga hasta dar con la cabeza en el zócalo
de la pare, tuvo pensamientos musicales. Será que el amor, como
pregonaba en sus canciones la gran Dalva de Oliveira, es el
elemento ridículo de la vida ?
Su mundo cayera, previniera la bella Maysa, y debía
aprender a levantarse.
Golpeó con la
cabeza en la pared.
"Creo que he
muerto", pensó. "Vamos ya"
Y permaneció allí
tendido, inmóvil, en una poza de sangre.
Fue encontrado al día
siguiente por la empleada. El sindico y el portero procuraron
medico y hospital, pues no tenia parientes. Pero no falleció,
como deseaba. Tenia un buen estado de salud y escapó sin
siquiera una cicatriz.
La vida continúa
para Danilo, como un puzzle del cual se perdió una pieza. Aun
intentó entrar en contacto con la familia del muerto. Ayudar
seria una buena manera de mantener algún vinculo. Pero
desaparecieran todos sin dejar pistas.
Casi
inmediatamente, se desinteresó por el sexo, retirándose de esa
vieja arena de guerra, por absoluta falta de interés por nuevos
gladiadores. Un buen día se dio cuenta de que, a pesar de los
veinte años juntos, no guardara ningún recuerdo material de
Jurandir. Ni una simple foto 3 x 4. Ni una nota. Ni siquiera un
trapito. Pero no conseguía olvidarle ni a su misterio, su aroma
y su sonrisa.
Y casi siempre,
cuando ve por la mañana el magnifica nacer del sol de
Copacabana, lee de tarde en la biblioteca, o medita en la
terraza a la luz de la luna escuchando jazz, Danilo siente, por
el ondular de la cortina, que el amigo no se fue totalmente.
Estaba allí, en la penumbra. Observando.
Para siempre, o
hasta cuando?
*
* * * * * * * * *
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JANGO
RODRIGUES es el seudónimo usado por el escritor brasilero
João Carlos Rodrigues en su obra de ficción. Nacido en
Río de Janeiro, ha dirigido videos punk, producido
discos de bossa nova y escrito para cine y televisión.
Es autor de los libros "João do Rio: uma
biografia" (1996) y "O negro brasileiro e o
cinema" (2001), entre otros.
jcrodrg@rio.matrix.com.br |
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