|
Por
muy difícil de descubrir que mi Amigo Ideal apareciera, lo encontré, o
así lo creí, muy pronto. Era un marinero con mucha experiencia de la
mar, un muchacho de la clase trabajadora
sencillo, normal y con poca facilidad de expresión al que me presentaron.
Ya conocía a algunos de sus familiares. Era pequeño de estatura y un
boxeador de los pesos
ligeros muy famoso en la Marina: era un gozo contemplar su cuerpo
perfecto, musculoso y de piel suave como la seda, como el Efebo de Kritios.
En
cuanto lo vi me atrajo su cara ligeramente simiesca, de ojos castaños,
nariz achatada y labios carnosos. De oler a algo, olería a sal marina. No
había tenido ninguna experiencia sexual con nadie, pero quiso tenerla
conmigo y al instante la disfrutó. De hecho, cumplía todas mis
condiciones no especificadas, y si los hombres se pudieran casar entre sí,
le habría propuesto matrimonio.
E
incluso puede que en aquellos primeros momentos de gozo me hubiera
aceptado, pues nunca manifestó el menor interés por las chicas (no se
casó hasta los cuarenta y tantos años), estaba orgulloso de mí y de su
amistad conmigo y muy excitado con todo lo que ésta le brindaba: mi piso,
que se convirtió en su segundo hogar, mi automóvil, que yo mismo le enseñé
a conducir, y mi admiración por él, que le procuraba regalos tales como
un elegante traje de paisano.
Ese
muchacho ocupó mi corazón y mis pensamientos durante cuatro años, pero
por una razón que yo no había previsto no era Ideal: como era marinero,
rara vez podía contar
con
él. Si hubiera estado más disponible, tal vez nuestra relación no habría
durado tanto. Estaba apostado en Portsmouth y sólo libraba los fines de
semana, eso cuando libraba.
A
veces partía para una larga travesía en su barco. Cada vez que estaba de
permiso venia a verme; pero debido a lo esporádico de sus apariciones, al
ambiente convencional
del
que procedía, a lo simple que era y a la «respetabilidad viril» de
nuestra relación (el concepto griego de la vida), yo daba rienda suelta a
todas mis preocupaciones.
No
le era fiel (tampoco es que él me exigiera fidelidad), estaba demasiado
tiempo ausente pero le ocultaba mi verdadero carácter y la clase de vida
que llevaba (y no es que él mostrara nunca la menor curiosidad al
respecto).
No
quería que pensara de mí que era un «maricón» ni que se considerara
él mismo parte del mundo homosexual, una expresión que me desagradaba
porque incluía a chulos, mariquitas, locas y travestidos. Aunque le había
presentado a algunos de mis amigos homosexuales, estaba siempre con los
nervios de punta por si se ponían a parlotear delante de él usando la
jerga homosexual que era habitual entre nosotros. Mi marinero
era
una vaca sagrada a la que debía proteger contra toda posibilidad de
contaminación.
Cada
vez que esperaba su llegada, los preparativos para la escena nupcial me
llenaban de ansiedad. A los visitantes de tipo "contaminador"
que se podían presentar en cualquier momento, de los cuales tenía
demasiados, tenía que advertirles que no vinieran o darles con la puerta
en las narices; tenía que disimular de algún modo mi lascivia
incontenible; me habría gustado arrancarle al instante toda su ropa de
marinero, pero las convenciones por las que se regía su vida exigían,
suponía yo, los preámbulos de conversar, tomar unas copas, cenar: el
sexo se debía aplazar hasta que llegara su momento adecuado y respetable,
que era la hora de irse a dormir; tenía que tener a mano las pastillas
Lavanda Roja y también una toalla, que él sin embargo no debía ver,
para ahorrarme la vergüenza de tener que salir desnudo a buscar una para
secarnos, y evitar todo lo posible que se mancharan las sábanas para no
dar que pensar a mi asistenta.
Le
gustaba bailar conmigo al son del gramófono, aceptando sin ningún
problema el papel de mujer, y muchas veces, después de asegurarme de que
él también tenía una erección, nos quitábamos la ropa y bailábamos
desnudos, lo que me excitaba de tal manera que no podía soportar mucho
tiempo la presión de su cuerpo contra el mío.
Supongo
que nuestros placeres eran bastante simples, besos, caricias, toqueteos,
masajes intercrurales; conseguía satisfacerse bastante pronto, aunque no
tan pronto como yo; no recuerdo si repetíamos alguna vez estos placeres
durante la noche (dormíamos en la misma cama); dudo que lo hiciéramos:
dado que él era un atleta, que estaba siempre boxeando o entrenándose
para boxear, me imagino que habría un acuerdo tácito entre nosotros de
que debía conservar sus energías.
Estoy
completamente seguro de que, si se producía algún otro intento durante
la noche, nunca venía de él. En definitiva, parece que siempre había
algo de lo que preocuparse,
como
lo ha habido a lo largo de toda mi vida sexual, y una vez que un amigo me
preguntó si alguna vez me «abandonaba totalmente» en el acto sexual, la
respuesta tuvo que ser
negativa.
Aunque
a mí me parecía que era muy prudente con mi marinero, el deseo que sentía
por él podía más que mi prudencia y empezó a sentir una presión
emocional por mí parte que le resultaba molesta. Hubo ocasiones en que
quedábamos citados y lo esperaba en vano, y empecé a perder los
estribos.
Un
íntimo amigo mío me dio los siguientes consejos: Estoy seguro de que si
uno trata de vivir sólo para el amor no puede ser feliz, pero tal vez no
sea la felicidad tu necesidad más profunda... Las pautas que a ti te
parecen tan obvias le resultan muy remotas a él y
a
la gente de su clase social, y antes o después tenía que renegar de
ellas. Y por pautas entiendo no sólo usos sociales sino modos de sentir.
Puede sentir un profundo afecto por ti y sin embargo ocurrírsele de
pronto que el viaje a Londres supone un esfuerzo demasiado grande.
A
nosotros, con nuestra formación burguesa, nos resulta difícil
entenderlo, pero es así. También, si quieres una relación permanente
con él o con cualquier otro, debes renunciar a la idea de propiedad, e
incluso a la idea de ser tú propiedad de alguien. Las relaciones basadas
en la propiedad puede que sean las mejores (nunca las he conocido ni he
tratado de conocerlas) pero estoy seguro de que nunca duran. Como no soy tú
ni lo conozco a él no puedo decir nada más, salvo pedirte
que
no le escribas nada más que breves notas afectuosas hasta que os volváis
a ver. No le reproches nada, ni provoques disputas, ni te disculpes por
nada...
No
recuerdo hasta qué punto seguí, o me permitió mi naturaleza seguir,
esos excelentes consejos; debí de hacer poco caso de ellos, porque más
adelante hasta llegué a alquilar un piso para mi marinero y yo en
Portsmouth a fin de poderío ver más de lo que lo veía en Londres. Allí,
como cualquier ama de casa posesiva, le hacía la compra y le cocinaba
mientras él trabajaba y esperaba impaciente que regresara a casa. Una
tarde me dijo, irritado: «¡Cómo!, ¿otra vez pollo?» Son las únicas
palabras suyas que se me han quedado grabadas en la mente.
Estaba
claro que se acercaba el final, pero éste llegó, en forma bastante extraña
y triste, no por nada que le pusiera yo a él en la boca sino por algo que
me puse yo en la mía. Le hice exactamente aquello que tanto me habla
repugnado oír en Cambridge cuando mi amigo homosexual me hizo
revelaciones sobre su vida amorosa. Era algo que a partir de entonces
sólo
he hecho a desgana y por cortesía si alguien me lo ha pedido.
Es
una forma de placer que rara vez me ha hecho gozar, en forma activa o
pasiva, porque prefiero besar en los labios, y en la que nunca he sido hábil.
Al parecer requiere cierta destreza técnica y hay que retraer los
dientes, que, tal vez porque los míos son demasiado grandes o están
dispuestos de manera irregular, siempre parecen estorbar. Con gente que no
conozco muy bien me vuelvo más bien escrupuloso, pues temo que sean
sucios o incluso tengan enfermedades, y he observado que los chicos
normales que piden que se les dé esa forma de goce nunca se ofrecen ellos
a su vez a administrarla.
Se
trata también, en mi experiencia, de un tipo de estimulación que
normalmente desean los que están bastante agotados sexualmente; puede que
produzca en ellos resultados más rápidos que la masturbación, pero aún
así, no son rápidos, y estar prácticamente asfixiado durante diez
minutos o más después de haber tenido ya mi propio orgasmo es algo que
nunca me ha producido ningún placer.
Me
imagino que obré de esa manera con mi marinero porque su cuerpo era tan
hermoso y lo deseaba tanto que simplemente me entraron ganas de comérmelo.
Fue un error
fatal.
Se negó a tener más citas conmigo y me sumió en la desesperación.
Cuando por fin lo volví a ver, le pregunté si había hecho algo que le
hubiera molestado. Me contestó con
rudeza: « ¡Sabes muy bien lo que hiciste! ¡Me diste asco! »
Después
de eso me abandonó totalmente durante un año y medio, período en el que
estuve sumido en la más honda depresión, suspirando por él, y perdí
mucho peso. Luego,
gracias
a la intervención de un hermano suyo (por raro que parezca, homosexual, y
de un carácter mucho más afectuoso, pero, por desgracia, demasiado
afeminado para que me pudiera atraer), me escribió una carta disculpándose
(«Me he portado como un cerdo y no te lo merecías») y vino a
verme.
Por
su hermano sabía que tenía ya otro amigo, un señor que lo llevaba de
vacaciones a Niza y a Cannes y que sin duda había complementado su
instrucción en materia sexual, lo que había despertado su conciencia con
respecto a su comportamiento conmigo; pero, a pesar de todo, creo que habría
reanudado también las relaciones sexuales conmigo si hubiera sido capaz
yo de controlar el tono de emoción en mi voz y el temblor de mi brazo en
torno a sus hombros.
No
quería sentir ninguna emoción, sino sólo divertirse. Y desapareció de
mi vida por completo.
Nunca
volví a estar tan cerca de encontrar al Amigo Ideal, aunque, según
interpreto ahora mi vida, dediqué casi todo mi tiempo libre a buscarlo en
los quince años siguientes y seleccioné y luego rechacé innumerables
candidatos. Era tal mi desasosiego durante esa época que viene al caso
citar dos observaciones que hicieron unos amigos míos interesados en mi
felicidad, las cuales me causaron gran impresión.
Forrest
Reid, sentado un día conmigo en Hyde Park, dijo: <¿Hay alguien que
realmente te importe?» A una pregunta así, que intenta penetrar tan
hondo, no sé qué contestar;
puesto
que las personas y los acontecimientos se me borran tan fácilmente de la
memoria, tal vez la respuesta sea no.
Otro
amigo me escribió lo siguiente: «Agarro la pluma para darte un sermón
sobre tu carácter...
Creo
que ser correspondido te asusta o te hace perder el interés. Aquí
termina mi
sermón, porque no sé qué podrías hacer para cambiar; pero a veces una
observación desinteresada puede servir de algo y por eso la he hecho.
Creo que el amor es una cosa hermosa
e importante -por lo menos, así ha sido en mi caso, a pesar de todo el
sufrimiento- y me entristecería que fracasaras en ese aspecto.»
Supongo
que este reproche es muy similar al primero, pero me reconozco más
claramente en él, con la claridad suficiente como para aventurar una
respuesta. Que me correspondieran, sin duda debido a que era joven y bien
parecido, me resultaba mucho más fácil que al autor del sermón, que no
era ninguna de las dos cosas; por consiguiente, cuando me ocurría me
mostraba menos agradecido, más exigente de lo que se habría mostrado él;
no me asustaba ni me hacía perder el interés cuando sentía una
verdadera atracción física hacia alguien y esa atracción se mantenía,
como me sucedió con menos de media docena
. . .
|