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Fue
durante mis años de Cambridge cuando empecé a conocer y a mezclarme con
otros homosexuales reconocidos. Los sentimientos y deseos que teníamos en
común, que desde luego si los satisfacíamos nos convertían en unos
indeseables y unos delincuentes ante las impropias leyes inglesas, nos hacía,
como es lógico, juntarnos entre nosotros y relacionarnos con aquellos
que, aun no siendo homosexuales o no exclusivamente homosexuales, eran lo
suficientemente inteligentes y comprensivos como para ser amigos nuestros.
En
tal compañía uno podía gozar de una total libertad de expresión.
entenderse y explicarse uno mismo, que es lo que estoy trato hacer,
resulta muy difícil, así que no sé si atribuir lo simplemente a mi mala
suerte o a mi naturaleza perversa e
inescrutable el hecho de que ni en Cambridge ni después conociera nunca a
un homosexual con el que deseara poner casa. Las soluciones más sencillas
a nuestros dilemas no son siempre las que deseamos.
Muchos
de mis amigos consiguieron tener «matrimonios» duraderos con hombres de
su
propia
clase social y condición, otros con hombres de su misma condición aunque
de diferente clase social, y yo mismo he tenido algunos breves episodios
con homosexuales que
se presentaron en mi vida de una manera atractiva, pero por alguna razón
nunca llegué a vivir con ninguno de ellos.
Cabria
señalar algunos rasgos, tal vez pertinentes, del personaje que era yo en
Cambridge, mientras trato de discernirlo. En asuntos amorosos me veía a
mi mismo en el papel masculino, el elemento activo: los estudiantes que me
parecían atractivos siempre eran más jóvenes que yo. Yo también era
atractivo, pero no me agradaba que consideraran que lo era y me
persiguieran otros que a mí no me atraían, como a veces ocurría.
Evitaba
o rechazaba intimidades que no deseaba. Recuerdo que un novelista
homosexual de mediana edad con el-que había coincidido sólo en dos
ocasiones y cuyo nombre he
olvidado, me dijo: «¿Te puedo llamar Joe?» «No», dije yo. Mi objetivo
no era proporcionar placer sino obtenerlo. Me sentía particularmente incómodo
cuando parecía que mis amigos homosexuales se habían enamorado de mí si
ellos no me resultaban atractivos físicamente. Los esquivaba y hacia que
se sintieran frustrados y hería sus
sentimientos.
Años
más tarde, cuando traté de mejorar mi carácter, pues me daba cuenta de
que no era nada magnánimo, descubrí que por mucho que me esforzara, no
conseguía hacer que brotara en mí el menor estímulo físico como reacción
ante las pasiones que despertaba en aquellos que me amaban, a los que
desde luego tenía afecto, pero no de una manera
física. De modo que volvía a herir sus sentimientos. Resulta más
fácil corregir la manera de comportarse que tiene uno que las características
psicológicas, y en mi caso algunas veces he tenido la impresión de que
los impulsos del corazón y los deseos de la carne yacían en
compartimientos estancos.
Otra
neurosis que tenía en común con mi madre: me preocupaba el mal aliento.
Me desagradaba en otros y temía que yo también pudiera tenerlo. Mi madre
llevaba siempre en el bolso un surtido de caramelos medicinales que se
llamaban pastillas Lavanda Roja. Dudo que existan todavía. Las vendían
en las farmacias y tenían un sabor y un aroma característicos,
agradables y penetrantes, que yo relaciono con ella, su persona y sus
cosas. También yo solía comprar esas pastillas para chuparlas antes de
besar a alguien, y a lo largo ~ toda mi vida sexual siempre he llevado
algo en el bolsillo, caramelos de menta, chocolatinas, para suavizarme el
aliento por si olía mal.
El
estudiante homosexual del que ya he hablado era íntimo amigo mío y sin
duda me inspiraba ciertos sentimientos amorosos, por lo menos incipientes,
a los que él correspondía. Nos besábamos. Era unos años más joven que
yo y sigue siendo amigo mío. Pero tenía una experiencia sexual que yo no
tenía y estaba teniendo ya relaciones con dos hombres mucho mayores que
cualquiera de nosotros. Tal vez imprudentemente me describió lo que hacía
con ellos en la cama y la fellatio era lo más frecuente. A mí mente
inocente o puritana aquello le pareció tan repulsivo que durante mucho
tiempo pensé con absoluta repugnancia que sus amigos eran unos monstruos,
peores que las bestias, y me sorprendió, cuando al fin los conocí, que
tuvieran caras tan normales.
Este
chico y yo, después de planteárnoslo y vacilar cuando estábamos al
borde del amor físico, que nunca fue muy fuerte de parte de ninguno de
los dos, decidimos que aquello iba estropear nuestra amistad.
Como
parecía que era incapaz de llegar al sexo a través del amor, inicié una
larga búsqueda del amor a través del sexo. Después de haber escrito esa
frase tan redonda, me quedo mirándola. ¿ Es eso cierto? En alguna etapa
del camino así sería sin duda como lo habría descrito; de lo serio que
era al principio, en los primeros años veinte, ya no me acuerdo. Iba a
emplear veinticinco años en esa búsqueda, que comenzó, lo que tal vez
no sorprenda a los lectores, en Piccadiliy, en el número 11 de Half Moon
Street, un establecimiento discreto del que alguien me había hablado, en
donde alquilé en dos
ocasiones, creo, durante mi período de Cambridge, una habitación para el
fin de semana.
Mis
primeras presas fueron merodeadores callejeros y chulos, no muchos; por
extraño que parezca, no me ha quedado el menor recuerdo de ellos, pero en
mis cuadernos de notas he encontrado la siguiente breve anotación: «Half
Moon Street 11, la típica habitación en la que uno se suicida.»
Sin
embargo, si entonces era desgraciado, mi vida se alegró en cuanto volví
de la universidad. Fui conociendo cada vez más homosexuales y sus parejas
y tuve una aventura con un chico afable y normal de Richmond que trabajaba
en una tienda de comestibles y entregaba los pedidos en casa de mis padres
pero que, debido a algún tipo de apatía física, a mí no me entregó
nada material. Para la época en que llegué, con mi padre, a los
excrementos de perro en el
Bois de Boulogne ya andaba muy avanzado en mis prácticas depredadoras.
Acababa
de regresar de Ragusa, en donde había estado matando el tiempo con un
pequeño artista afeminado cuyos aires de señorita habían terminado por
darme náuseas; mi amigo homosexual de Cambridge estaba viviendo en París
entonces y explorábamos juntos los bares gay y los baños turcos, en
donde podías elegir masajista mirando las fotos que te enseñaba el
propietario; me ocupaba en quedar citado con un camarero corso del Café
de la Paix en las propias narices de mis padres.
Más
adelante, cuando mi obra se estrenó en Londres, se vio aumentada con
actores mi lista de relaciones sociales; soy poco amigo de hacer alardes,
pero me fui a la cama dos veces con Ivor Novello. No me puedo acordar de
cuál era mi estado de ánimo durante ese período, pero supongo que mucho
de lo que me pasaba me parecería divertido. Desde luego, me producía
placer y regocijo, era excitante físicamente y en Inglaterra tenía, además,
la emoción del riesgo. Daré sólo un ejemplo de esa mezcla de diversión
y riesgo.
A
comienzos del decenio hice un viaje a Liverpool con mi padre para visitar
a sus hermanas. En el vagón-restaurante en el que estábamos almorzando,
reconocí al instante como «uno de los nuestros» a un camarero joven y
guapo. Mientras mi padre estudiaba el menú, intercambié miradas y guiños
con ese joven. Hacia el final de la comida, cuando ya el servicio había
terminado, pasó delante de mí con una mirada significativa y se volvió
para mirarme una vez más antes de desaparecer en el pasillo.
Le
puse a mi padre la excusa de que tenía que hacer una necesidad y lo seguí.
Me estaba esperando ante la puerta del lavabo. Entramos juntos y rápidamente
nos desabotonamos el uno al otro y nos dimos placer. Luego regresé para
terminar de tomarme el café. Le había garabateado mis señas a aquel
chico tan divertido, pero no volví a saber de él.
Y,
sin embargo, a pesar de esas aventuras, si alguien me hubiera preguntado
qué estaba haciendo, no creo que habría respondido que estaba tratando
de pasarlo bien. Creo que
habría
dicho que estaba buscando el Amigo Ideal. Si no lo habría dicho al
principio, estoy convencido de que más tarde
lo habría dicho. Aunque a lo largo de los años pasaron por
mis manos doscientos o trescientos jóvenes, no me consideraba libertino
sino monógamo, todo se debía a la mala suerte
y a medida que pasaba el tiempo más serio me volvía al respecto.
Tal
vez como reacción a las dificultades que había tenido en el colegio, en
el ejército y en Cambridge, a la ansiedad, el nerviosismo, el sentido de
culpa que me hablan acosado en todo momento (aunque entonces no lo
consideraba sentido de culpa, sí es que realmente lo era), estaba
elaborando teorías sobre la vida que me convinieran: el sexo era
delicioso y tenía una importancia primordial, había que salvar al
instante la distancia entre la boca y la entrepierna, había que
desvestirse lo antes posible, nada de hacer la corte y de tonterías, nada
de andarse, por así decirlo, con rodeos, la manera más rápida, quizá
la única, de conocer a alguien a fondo era estando desnudo con él en la
cama, porque ambos quedaban entonces desprovistos de todo disfraz o
pretensión, todas las cartas se ponían boca arriba y uno podía saber si
se trataba del Amigo Ideal.
Dudo
que llegara nunca a formular lo que quería decir con lo del Amigo Ideal,
pero ahora que han pasado los años creo que, en retrospectiva, podría
describirlo de una manera en parte negativa enumerando algunos de los
muchos motivos de descalificación. No debía ser afeminado, de hecho
mejor que fuera normal; no excluía que fuera instruido, pero no quería
especialmente que lo fuera, la instrucción la podía aportar yo y era
algo que siempre había resultado un obstáculo para la persona amada; debía
aceptarme a mí y a nadie más; debía resultarme atractivo físicamente y
ser más joven que yo: cuanto más joven mejor, porque más inocente podría
ser; por último, debía ser más bien bajo, sensual, circunciso, sano físicamente
y limpio: ni fimosis ni halitosis ni bromidrosis.
Cabe
pensar que me había impuesto a mí mismo una tarea tan difícil de
realizar que equivalía casi a negarme a propósito toda posibilidad de éxito;
cabe pensar también que la razón de que buscara a esa persona no dentro
de mi propia clase social sino entre la clase trabajadora, pero siempre en
pos de esa inocencia que en mi propia clase me había
sido
imposible tocar, era que el sentido de culpa que tenía con respecto al
sexo me obligaba a desahogarlo en los que eran inferiores a mí
socialmente. Esto no me lo he planteado hasta hace poco y puede que sea
cierto, no lo tengo del todo claro; si alguien me lo hubiera hecho ver
entonces, probablemente habría dicho que los chicos de la clase
trabajadora eran menos reservados y más comprensivos, y que la amistad
con ellos permitía conocer aspectos de la vida interesantes y hasta
entonces desconocidos.
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