MI PADRE Y YO (J. R. Ackerley)

 
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Fragmento 3

 

Naturalmente, también la clase trabajadora atrajo ahora mi atención. En las filas de mi propio mando había muchos mozos de labranza y aprendices bien parecidos y a algunos suboficiales y soldados muy guapos pero intocables les asigné una muerte prematura sentimental o heroica en mis nauseabundos versos. 

Por lo general, elegía a mis ordenanzas y asistentes personales por su físico; en realidad, esa tendencia que había en la guerra a estar rodeado de los soldados mas guapos se podía observar en muchos otros oficiales;  éstos se aprovechaban más de lo que yo me atrevía a aprovecharme de aquella relación estrecha, homogénea y casi paternal, lo ignoro. Luego llegaron mi captura y prisión.

En el hospital de Hannover, en el que ingresé con la pelvis hecha astillas, me enamorisqué de un enfermero ruso, prisionero como yo, que se llamaba Lovkin; era dulce y amable y tenía  una cara ancha de eslavo, pero no parecía tener sentimientos personales; no teníamos ningún idioma común, pero como me gustaba estar en sus brazos, no quería que ningún otro me llevara y trajera de la sala de operaciones o me curara la herida, que estuvo supurando durante semanas hasta que me extrajeron todos los pequeños fragmentos de hueso. Desde el punto de vista sentimental, no tengo ningún recuerdo vivido del resto del tiempo que estuve prisionero en Alemania: entre los diversos campamentos a los que me mandaron había dos o tres oficiales de mediana edad con los que entablé amistad y cuyos sentimientos creo que desperté y frustré, pero sólo los recuerdo como sombras.

En Suiza me sentí atraído hacia dos jóvenes. Uno era un capitán que tenía mi misma edad y se llamaba Carlyon. Tenía un ojo artificial y un perro que eran sus compañeros inseparables. Decir que era inabordable no significa que yo me atreviera alguna vez a abordarlo. También lo que sentía por él se lo confié únicamente a mi cuaderno en muchos versos enfermizos. 

Sobre el otro, un muchacho tísico que murió de su enfermedad poco después del Armisticio, escribí mi obra de teatro The Prisoners of War, que al pobre muchacho, después de haberse reconocido en ella, le pareció  bastante cruel, y con razón, puesto que le acusaba, en el personaje de Grayle, de no tener sensibilidad para responder al amor de otros, sin que en realidad le hubiera dicho nunca claramente lo que sentía por él, si es que de verdad sabía lo que sentía.

Hay un pasaje en esa obra que me parece revelador, pues demuestra lo poco que había madurado emocionalmente desde mis días de colegial. Uno de los otros personajes le pregunta al protagonista, el capitán Conrad (yo, por supuesto), por qué le tiene tanto afecto al teniente Grayle. El capitán le contesta: «No sé. Es limpio. Llena huecos... Su vida es como un libro abierto.» (Cuando era más mayor y la obra ya se había publicado, hubiera dado cualquier cosa por suprimir lo de «llena huecos»: me di cuenta de que había más allí de Freud de lo que yo pretendía.) «Pero que realmente no vale la pena leer!», exclama el otro. Este pasaje evoca la conversación que había tenido cuatro años antes con Furness sobre Snook. Seguía con las mismas ideas de entonces de la pureza, la inocencia y la inocencia es intocable «Piedras de molino». El sexo seguía siendo algo deseable pero culpable.

No obstante, por aquel entonces empezó a aumentar el conocimiento que tenía de la vida. En Suiza conocí a un tipo burlón y divertido con el que llegué a tener mucha intimidad.

Fue el segundo intelectual de carácter fuerte por el que me dejé influir completamente. Se llamaba Arnold Lunn, y con su mente enérgica, irónica e iconoclasta y su risa áspera y demoníaca era a la vez la vida y el terror de la comunidad.

Casi la primera pregunta maliciosa que me hizo fue: «¿Eres homosexual o heterosexual?» Era la primera vez que oía esas dos palabras; me explicó lo que significaban y no parecía haber más que una respuesta posible. El, por su parte, al igual que Mais, era heterosexual; que yo recuerde, no me encontré nunca un homosexual adulto reconocible o declarado (salvo un vetusto profesor del colegio, al que llamaban "la Jaca", que fue expulsado misteriosamente) hasta después de la guerra; las relaciones masculinas en el ejército no eran más que una prolongación de las del colegio. Lunn me prestó o me recomendó libros: Otto Weininger, Edward Carpenter, Plutarco, y de esa manera y con su espíritu malévolo y desmificador me abrió la mente.

Cuando por fin me repatriaron y ya no podía más de las frecuentes alusiones de mi madre á las chicas y a la «mujer idónea» que antes o después me iba a encontrar, le di una conferencia en tono severo sobre Otto Weininger, mientras la pobre señora se apartaba las guedejas que caían sobre sus atemorizadas orejas para mejor captar, ya que debía oírlas, las cosas espantosas que parecía estar diciendo. Poco recuerdo ahora de Weininger; dudo que llegara a estudiarlo a fondo, pero creo que su tesis es que, en  lo que respecta a los principios masculino y femenino, todos participamos en mayor o menor grado de ambos y lo que varía es la forma en que se mezclan en cada uno de nosotros, como si fuéramos bolsas de té. Así pues, si se dividiera a la raza humana y se la alineara en una sola fila enorme, como para un desfile, los hermafroditas estarían en el centro, los machos y las hembras en un ciento por ciento, a cada uno de los dos extremos de la fila, y en los lugares intermedios, infinitas gradaciones de la mezcla.

Es de suponer que llegara hasta ese punto, y luego debí de poner término a la conferencia desfilando en una posición que indicara que las chicas no se habían hecho para mí; en todo caso, el pobre Arnold Lunn se convirtió, en la mente preocupada de mi madre, en una encarnación del diablo. Pero la cosa no tuvo mayor trascendencia; a mi madre casi nada se le quedaba en la mente mucho tiempo, y menos cosas que pudieran perturbaría -preocuparse era malo para la salud-, y, de todos modos, Lunn, lo mismo que Mais, eran para mí parte inseparable de un tiempo y lugar concretos: trasplantados a mi propio terreno, pronto se marchitó el recuerdo de ambos y acabó por desaparecer.

Ya estaba en el mapa del sexo y orgulloso del lugar que me correspondía en él. No me gustaba la palabra «homosexual» ni ningún otro tipo de etiqueta y mi puesto estaba entre los hombres, no entre las mujeres. A las chicas las despreciaba: ¿cómo podían atraer los cuerpos suaves, blandos y bulbosos de esas criaturas tontas e insustanciales si se los comparaba con la belleza muscular del cuerpo masculino? Su sitio estaba en el harén, de donde nunca debían haber salido; el verdadero amor, el amor en pie de igualdad y con comprensión mutua, sólo se daba entre hombres.

Por lo tanto, me veía a mí mismo en la tradición de los clásicos griegos, rodeado y apoyado por todos los homosexuales famosos de la historia -uno no tardaba en confeccionarse una lista y con el tiempo me convertí más o menos en defensor público de los derechos de ese amor que no se atreve a pronunciar su nombre. Por desgracia, también en mi vida privada parecía tener un defecto en el habla: el amor y el sexo, que yo pensaba que debían ir juntos, no llegaban a encontrarse, y en Cambridge no me fue mejor que en todos los otros sitios.

En grados diferentes y en momentos distintos me atraían algunos estudiantes; no tuve contacto sexual con ninguno  de ellos. Que yo sepa, todos menos uno eran chicos normales y siempre eran los chicos normales y viriles los que más me atraían. Realmente los hombres afeminados me repelían casi tanto como las propias mujeres.

Pero, aunque tenía la  sensación de que si hubiera intentado besar a aquellos chicos normales y viriles que tantas veces venían a mis habitaciones  mis tanteos no habrían sido rechazados, nunca me atreví a dar ese paso.

Al parecer, necesitaba un grado de certidumbre tal que no podía ocurrir nada a menos que hubiera una insinuación inequívoca por parte del otro; nunca me la hicieron, e incluso si me la hubieran hecho, es posible que, por otra razón distinta, no hubiera podido responder.

Uno de los chicos me atraía tanto que le compré unos gemelos de oro y platino muy caros en Asprey's que llevaban grabados los nombres de los dos juntos. Al estudiante amigo mío que era homosexual ese chico le parecía insoportable, y yo mismo me daba cuenta de que era completamente tonto, pero tenía el tipo de belleza virginal que me gustaba, la expresión de inocencia de Snook y Grayle, y resultaba difícil meterle mano a la inocencia. A él conseguí besarle, pero no pasé de ahí: la distancia entre la boca y la entrepierna parecía demasiado grande. Sin embargo, creo que él mismo deseaba que la recorriera, porque la última vez que estuvimos juntos fue en mi casa de Richmond, a la que vino invitado a un baile y a pasar la noche, y como la que pasó fue muy casta, a la mañana siguiente comentó en tono quejumbroso: «Cada vez que nos encontramos, hay que volver a empezar siempre desde el principio.»

Otro chico me dio una lección similar, pero más clara y por lo tanto más triste. Era persa y yo pensaba que era el chico más arrebatadoramente guapo que había visto en mi vida. Lo conocía sólo de vista y cada vez que lo vislumbraba en la calle lo perseguía por todo Cambridge, preguntándome qué podía hacer para entablar conversación con él. Una vez lo seguí hasta la estación y se metió en un tren que iba a Londres. Yo me metí también, aunque no tenía la menor intención ni el menor deseo de ir a Londres. No me había atrevido a sentarme a su lado y lo observaba disimuladamente desde un asiento situado enfrente del suyo. Cada vez que me miraba yo miraba para otro lado. En Liverpool Street cogió un taxi y yo me volví a Cambridge en el primer tren.

Unos diez años después, cuando ya había avanzado mucho en mi experiencia sexual, me lo encontré en Marble -  aunque su frescura y su encanto habían  desaparecido y estaba perdiendo su maravilloso pelo de astracán. Pero aún fue más sorprendente que él también me reconociera.

Le hablé de lo mucho que lo admiraba en Cambridge; me dijo riendo que se había dado cuenta perfectamente, que era una pena que no le hubiera dicho nunca nada, que siempre esperaba que le dijera algo y que por qué no me iba ahora con él a su piso, que estaba muy cerca. Aunque ya no me resultaba atractivo, persistía la fascinación de su recuerdo y fui con él. Nuestro placer aplazado me causó más bien dolor; para él fue un fiasco. Su olor era bastante agradable, a algún tipo de perfume de almizcle en el que estaban bañados tanto él como su piso, pero mis ideas al parecer ingenuas sobre el amor no tenían cabida en su repertorio supersofisticado. No le gustaba que le besaran, y a mi las atenciones e incluso las acrobacias que necesitaba para estimular su sexo ahíto, no sólo me resultaban desagradables sino realmente embarazosas. Traté de complacerlo dentro de ciertos límites, pero acabó diciéndome mordazmente: «Lo que te pasa a ti es que eres un inocente.» Era una palabra hiriente, pero más suave que la que de verdad correspondía.

          

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