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Naturalmente,
también la clase trabajadora atrajo ahora mi atención. En las
filas de mi propio mando había muchos mozos de labranza y
aprendices bien parecidos y a algunos suboficiales
y soldados muy guapos pero intocables les asigné una muerte
prematura sentimental o heroica en mis nauseabundos versos.
Por
lo general, elegía a mis ordenanzas y asistentes personales por
su físico; en realidad, esa tendencia que había en la guerra a
estar rodeado de los soldados mas guapos se podía observar en
muchos otros oficiales;
éstos se aprovechaban más de lo que yo me atrevía a
aprovecharme de aquella relación estrecha, homogénea y casi
paternal, lo ignoro. Luego llegaron mi captura y prisión.
En
el hospital de Hannover, en el que ingresé con la pelvis hecha
astillas, me enamorisqué de un enfermero ruso, prisionero como
yo, que se llamaba Lovkin; era dulce y amable y tenía
una cara ancha de eslavo, pero no parecía tener
sentimientos personales; no teníamos ningún idioma común, pero
como me gustaba estar en sus brazos, no quería que ningún otro
me llevara y trajera de la sala de operaciones o me curara la
herida, que estuvo supurando durante semanas hasta que me
extrajeron todos los pequeños fragmentos de hueso. Desde el punto
de vista sentimental, no tengo ningún recuerdo
vivido
del resto del tiempo que estuve prisionero en Alemania: entre los
diversos campamentos a los que me mandaron había dos o tres
oficiales de mediana edad con los que entablé amistad y cuyos
sentimientos creo que desperté y frustré, pero sólo los
recuerdo como sombras.
En
Suiza me sentí atraído hacia dos jóvenes. Uno era un capitán
que tenía mi misma edad y se llamaba Carlyon. Tenía un ojo
artificial y un perro que eran sus compañeros
inseparables.
Decir que era inabordable no significa que yo me atreviera alguna
vez a abordarlo. También lo que sentía por él se lo confié únicamente
a mi cuaderno en muchos versos enfermizos.
Sobre
el otro, un muchacho tísico que murió de su enfermedad poco
después del Armisticio, escribí mi obra de teatro The Prisoners
of War, que al pobre muchacho, después de haberse reconocido en
ella, le pareció
bastante cruel, y con razón, puesto que le acusaba, en el
personaje de Grayle, de no tener sensibilidad para responder al
amor de otros, sin que en realidad le hubiera dicho nunca
claramente lo que sentía por él, si es que de verdad sabía lo
que sentía.
Hay
un pasaje en esa obra que me parece revelador, pues demuestra lo
poco que había madurado emocionalmente desde mis días de
colegial. Uno de los otros personajes
le
pregunta al protagonista, el capitán Conrad (yo, por supuesto),
por qué le tiene tanto afecto al teniente Grayle. El capitán le
contesta: «No sé. Es limpio. Llena huecos... Su vida
es como un libro abierto.» (Cuando era más mayor y la obra ya se
había publicado, hubiera dado cualquier cosa por suprimir lo de
«llena huecos»: me di cuenta de que había más
allí de Freud de lo que yo pretendía.) «Pero que realmente no
vale la pena leer!», exclama el otro. Este pasaje evoca la
conversación que había tenido cuatro años antes con Furness
sobre Snook. Seguía con las mismas ideas de entonces de la
pureza, la inocencia y la inocencia es intocable «Piedras de
molino». El sexo seguía siendo algo deseable pero culpable.
No
obstante, por aquel entonces empezó a aumentar el conocimiento
que tenía de la vida. En Suiza conocí a un tipo burlón y
divertido con el que llegué a tener mucha intimidad.
Fue
el segundo intelectual de carácter fuerte por el que me dejé
influir completamente. Se llamaba Arnold Lunn, y con su mente enérgica,
irónica e iconoclasta y su risa áspera y demoníaca era a la vez
la vida y el terror de la comunidad.
Casi
la primera pregunta maliciosa que me hizo fue: «¿Eres homosexual
o heterosexual?» Era la primera vez que oía esas dos palabras;
me explicó lo que significaban y no parecía haber más que una
respuesta posible. El, por su parte, al
igual
que Mais, era heterosexual; que yo recuerde, no me encontré nunca
un homosexual adulto reconocible o declarado (salvo un vetusto
profesor del colegio, al que llamaban "la Jaca", que fue
expulsado misteriosamente) hasta después de la guerra; las
relaciones masculinas en el ejército no eran más que una
prolongación de las del colegio. Lunn me prestó o me recomendó
libros: Otto Weininger, Edward Carpenter, Plutarco, y de esa
manera y con su espíritu malévolo y desmificador me abrió la
mente.
Cuando
por fin me repatriaron y ya no podía más de las frecuentes
alusiones de mi madre á las chicas y a la «mujer idónea» que
antes o después me iba a encontrar, le di una conferencia en tono
severo sobre Otto Weininger, mientras la pobre señora se apartaba
las guedejas que caían sobre sus atemorizadas orejas para mejor
captar, ya que debía oírlas, las cosas espantosas que parecía
estar diciendo. Poco recuerdo ahora de Weininger; dudo que llegara
a estudiarlo a fondo, pero creo que su tesis es que, en
lo
que respecta a los principios masculino y femenino, todos
participamos en mayor o menor grado de ambos y lo que varía es la
forma en que se mezclan en cada uno de
nosotros, como si fuéramos bolsas de té. Así pues, si se
dividiera a la raza humana y se la alineara en una sola fila
enorme, como para un desfile, los hermafroditas estarían en
el centro, los machos y las hembras en un ciento por ciento, a
cada uno de los dos extremos de la fila, y en los lugares
intermedios, infinitas gradaciones de la mezcla.
Es
de suponer que llegara hasta ese punto, y luego debí de poner término
a la conferencia desfilando en una posición que indicara que las
chicas no se habían hecho para mí; en todo caso, el pobre Arnold
Lunn se convirtió, en la mente preocupada de mi madre, en una
encarnación del diablo. Pero la cosa no tuvo mayor trascendencia;
a mi madre casi nada se le quedaba en la mente mucho tiempo, y
menos cosas que pudieran perturbaría -preocuparse era malo para
la salud-, y, de todos modos, Lunn, lo mismo que Mais, eran para mí
parte inseparable de un tiempo y lugar concretos: trasplantados a
mi propio terreno, pronto se marchitó el recuerdo de ambos y acabó
por desaparecer.
Ya
estaba en el mapa del sexo y orgulloso del lugar que me correspondía
en él. No me gustaba la palabra «homosexual» ni ningún otro
tipo de etiqueta y mi puesto estaba
entre
los hombres, no entre las mujeres. A las chicas las despreciaba:
¿cómo podían atraer los cuerpos suaves, blandos y bulbosos de
esas criaturas tontas e insustanciales si se
los comparaba con la belleza muscular del cuerpo masculino? Su
sitio estaba en el harén, de donde nunca debían haber salido; el
verdadero amor, el amor en pie de igualdad y con comprensión
mutua, sólo se daba entre hombres.
Por
lo tanto, me veía a mí mismo en la tradición de los clásicos
griegos, rodeado y apoyado por todos los homosexuales famosos de
la historia -uno no tardaba en confeccionarse una lista y con el
tiempo me convertí más o menos en defensor público
de
los derechos de ese amor que no se atreve a pronunciar su nombre.
Por desgracia, también en mi vida privada parecía tener un
defecto en el habla: el amor y el sexo, que yo pensaba
que debían ir juntos, no llegaban a encontrarse, y en Cambridge
no me fue mejor que en todos los otros sitios.
En
grados diferentes y en momentos distintos me atraían algunos
estudiantes; no tuve contacto sexual con ninguno
de ellos. Que yo sepa, todos menos uno eran chicos normales
y siempre eran los chicos normales y viriles los que más me atraían.
Realmente los hombres afeminados me repelían casi tanto como las
propias mujeres.
Pero,
aunque tenía la
sensación de que si hubiera intentado besar a aquellos
chicos
normales
y viriles que tantas veces venían a mis habitaciones
mis tanteos no habrían sido rechazados, nunca me atreví a
dar ese paso.
Al
parecer, necesitaba un grado de certidumbre tal que no podía
ocurrir nada a menos que hubiera una insinuación inequívoca por
parte del otro; nunca me la hicieron, e incluso si me la hubieran
hecho, es posible que, por otra razón distinta, no hubiera podido
responder.
Uno
de los chicos me atraía tanto que le compré unos gemelos de oro
y platino muy caros en Asprey's que llevaban grabados los nombres
de los dos juntos. Al estudiante amigo mío que era homosexual ese
chico le parecía insoportable, y yo mismo me daba cuenta de que
era completamente tonto, pero tenía el tipo de belleza virginal
que me gustaba, la expresión de inocencia de Snook y Grayle, y
resultaba difícil meterle mano a la inocencia. A él conseguí
besarle, pero no pasé de ahí: la distancia entre la boca y la
entrepierna parecía demasiado grande. Sin embargo, creo que él
mismo deseaba que la recorriera, porque la última vez que
estuvimos juntos fue en mi casa de Richmond, a la que vino
invitado a un baile y a pasar la noche, y como la que pasó fue
muy casta, a la mañana siguiente comentó en tono quejumbroso: «Cada
vez que nos encontramos, hay que volver a empezar siempre desde el
principio.»
Otro
chico me dio una lección similar, pero más clara y por lo tanto
más triste. Era persa y yo pensaba que era el chico más
arrebatadoramente guapo que había visto en mi vida. Lo conocía sólo
de vista y cada vez que lo vislumbraba en la calle lo perseguía
por todo Cambridge, preguntándome qué podía hacer para entablar
conversación con él. Una vez lo seguí hasta la estación y se
metió en un tren que iba a Londres. Yo me metí también, aunque
no tenía la menor intención ni el menor deseo de ir a Londres.
No me había atrevido a sentarme a su lado y lo observaba
disimuladamente desde un asiento situado enfrente del suyo. Cada
vez que me miraba yo miraba para otro lado. En Liverpool Street
cogió un taxi y yo me volví a Cambridge en el primer tren.
Unos
diez años después, cuando ya había avanzado mucho en mi
experiencia sexual, me lo encontré en Marble -
aunque su frescura y su encanto habían
desaparecido y estaba perdiendo su maravilloso pelo de
astracán. Pero aún fue más sorprendente que él también me
reconociera.
Le
hablé de lo mucho que lo admiraba en Cambridge; me dijo riendo
que se había dado cuenta perfectamente, que era una pena que no
le hubiera dicho nunca nada, que siempre esperaba que le dijera
algo y que por qué no me iba ahora con él a su piso, que estaba
muy cerca. Aunque ya no me resultaba atractivo, persistía la
fascinación de su recuerdo y fui con él. Nuestro placer aplazado
me causó más bien dolor; para él fue un fiasco. Su olor era
bastante agradable, a algún tipo de perfume de almizcle en el que
estaban
bañados tanto él como su piso, pero mis ideas al parecer
ingenuas sobre el amor no tenían cabida en su repertorio
supersofisticado. No le gustaba que le besaran, y a mi
las atenciones e incluso las acrobacias que necesitaba para
estimular su sexo ahíto, no sólo me resultaban desagradables
sino realmente embarazosas. Traté de complacerlo dentro
de ciertos límites, pero acabó diciéndome mordazmente: «Lo que
te pasa a ti es que eres un inocente.» Era una palabra hiriente,
pero más suave que la que de verdad correspondía.
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