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A
los psicólogos de mi vida amorosa, les podrá parecer mas bien
insatisfactoria; pensando ahora en ella tampoco me parece a mi
perfectamente satisfactoria, incluso me produce cierto asombro.
Se
podría decir que empezó con un muñequito negro y termino con una perra
loba (Este animal de compañía en los últimos años del escritor ha
merecido uno de sus mas famosos libros: "Mi perro Tulip")
Entre
uno y otro pasaron varios centenares de chicos, la mayoría de clase baja
y con frecuencia vestidos de uniforme de un tipo u otro. Incluso tengo la
sospecha de que tras el muñequito negro se esconde otra figura borrosa;
la de un muchacho limpiabotas.
Me
refiero a él sin demasiada convicción, porque no estoy seguro de que
existieran aunque ¿por qué me lo iba a inventar?
Lo
sitúo en Aspley House, la primera de las casas que tuvimos en Richmond y
es un juego, un juego infantil tal vez sugerido involuntariamente por mi
propio padre de los fines de semana con sus ocasionales castigos, pues en
ese juego mi hermano, el limpiabotas y yo nos bajamos los pantalones unos
a otros por turnos y azotamos suavemente los traseros desnudos que
descansan, cálidos y dispuestos, sobre nuestras rodillas.
Asocio
con ese limpiabotas olvidado la palabra «moreno», pero si lo que era
moreno
era su cara o su trasero o su nombre, no me acuerdo.
El
muñequito negro tiene más entidad. Apareció mientras estaba
convaleciente de la peritonitis. Después de la operación -«Ha ido bien»,
dijo el señor Cuthbert Wallis, el eminente especialista, «pero no puedo
garantizar que viva», mi padre, que se disponía a salir para la oficina,
dijo que me quería traer un regalo y qué me gustaría. No importaba lo
que costara, podía tener cualquier cosa que deseara. Dije: «Un muñequito
negro. » Ya tenía doce años y mi padre no daba crédito a
sus oídos.
Por
supuesto, me lo trajo; pero luego, siempre que lo recordaba, decía que
era una de las cosas más extraordinarias que la habían pedido en su
vida. Del muñequito en sí no recuerdo nada; tal vez la expresión de
asombro e incredulidad en el rostro de mi padre lo tiñera para siempre de
culpa; a raíz de eso me volví más cauto y aprendí a ocultar mis
flaquezas, a disimular; pero el momento de descuido del muñequito negro,
por así decirlo, se repitió algunas veces; por mucho que lo reprimamos,
siempre se las arregla para salir a la superficie.
No
se vaya a deducir, sin embargo, de lo del muñequito negro a los doce años
y del apodo que me pusieron en el colegio,
«Nena», que fuera en absoluto afeminado.
Que
era un chico guapo ya lo he dicho, y las ilustraciones que figuran en este
libro lo pueden confirmar; demasiado guapo, me temo: entre todos los dones
que conceden las hadas madrinas no es la belleza el más propicio a la
felicidad (aunque recuerdo que un hombre de Cambridge me dijo: «Ojalá
fuera tan guapo como tú. Podría conseguir todas las tías que quisiera»);
pero no era nada femenino, ni de físico ni de carácter; conforme iba
creciendo no había rasgos en mí que pudieran hacer sospechar a mi padre
qué clase de hijo había engendrado; no hablaba de manera afectada,
tiraba las pelotas de arriba
abajo y sabía silbar. Es cierto que no me gustaban ni el fútbol ni el críquet
y los consideraba deportes peligrosos,
pero jugaba bien al hockey (un juego duro y rápido que en Rossall
se jugaba sobre la arena de la playa) y era un tirador de primera (fui
capitán del equipo de tiro del colegio en Bisley durante dos o tres años);
me dejé bigote -aunque
mas fino que el de mi
padre o el de De Gallatin- durante la guerra y me dio por fumar en pipa:
todo atributos viriles.
De
hecho, siento decir que no necesitaba para nada la ferviente advertencia
que me hizo Teddy Bacon en el colegio. Ese chico era hijo de aquel amigo
rico de mi padre de Manchester al que me hizo devolverle un cheque por 100
libras y, desgraciadamente, se marchó de Rossall al final de mi primer o
segundo trimestre. Era encantador, inteligente y guapo, tenía la piel muy
blanca y el pelo negro y en la estimación de nuestro profesor de inglés,
S. P. B. Mais, ocupaba el lugar preeminente en el cual le iba yo a
suceder.
Después
de que se hubiera ido, noté que había una fotografía suya en el centro
de la repisa de la chimenea de Mais y, un día que me encontraba solo en
la habitación, me puse a mirarla, le di la vuelta y, para mi sorpresa y
muerto de celos, leí en el reverso, escrito de puño y letra de Mais, lo
siguiente: El mejor chico que he conocido y pueda conocer ya nunca.»
Teddy
era la puta del colegio; no me acuerdo si lo expulsaron o se marchó de un
modo más normal; en todo caso, justo antes de irse, hizo un aparte
conmigo y me rogó que, hiciera lo que hiciera, no siguiera su ejemplo. No
recuerdo el motivo de aquella reacción repentina y tardía sino sólo su
vehemencia; la amistad entre su padre y el mío nos había unido durante
un tiempo, un período demasiado breve, me agradaba y lo admiraba muchísimo
y me pregunto si tal vez, si se hubiera sentado alguna vez en mi cama
después de que las luces v me hubiera pedido que le dejara meterse, habría sido
yo mas feliz en la vida, tanto entonces como después.
Probablemente
no: tengo la sospecha de que no estaba preparado psicológicamente para
encontrar esa clase de felicidad. En todo caso, él estaba en otro
dormitorio. Lo mataron en la guerra, a las pocas semanas de empezar.
En
lugar de pasar a sustituirle en su puesto de puta del colegio, mi vida
sexual fue de lo más gris. Aparte de las torpes tentativas furtivas que
ya he mencionado, no tuve
ningún contacto físico
con nadie, ni siquiera un beso, y permanecí en ese estado virginal hasta
que llegué a Cambridge, más de cinco años después.
Otros
chicos, menos atractivos que Teddy, se pusieron a mis pies, pero en
silencio; no les facilité nada las cosas, se marcharon del colegio, nos
escribimos; fueron a la guerra y los mataron, y cuando yo mismo, en los últimos
trimestres, me enamoré de un chico que se llamaba Snook, no me atreví a
tocarlo y no pasó de ser un ideal puro y platónico. Se pueden hallar
indicios de la idea culpable que yo tenía del amor como una cosa pura e
inocente que el sexo manchaba y echaba a perder en un poema que escribí
sobre mis sentimientos hacia Snook en mi último trimestre y publiqué en
una revista llamada La avispa, de la que yo era fundador y director y, con
gran presunción por mi parte, me escribía casi entera yo solo.
Era
una réplica violenta a la revista oficial del colegio y tal vez fuera ésa
la empresa para la que el capitán Bacon donó las 100 libras. Los
pronombres personales de este poema me resultan más claros a mí de lo
que puedan resultar a otros.
Lo
quería por su rostro,
su
bonita cabeza y blanca tez
y su
ligera gracia natural,
mas
desconfiaba de su propio afecto.
Lo
veía sonreír, los ojos iluminados
por
la risa juvenil despreocupada;
su
cerebro las mentiras ensayaba,
¿me
gustará después?, se preguntaba.
El
amor a la belleza nació entonces
tan
puro como una flor silvestre,
que
nunca yace sino crece
acariciada
por el sol, besada por la lluvia...
No
lo comprendería,
aquel
hermoso niño de las muchas gracias,
- y
con una mano ardiente lo condujo
a
apacibles lugares.
Este
poemita erótico molestó tanto al profesor responsable de mi dormitorio
que dijo que sentía deseos de azotarme, pero yo le contesté que no podía
hacerlo porque el título
que había puesto al
poema era «Piedras de molino».
A
otro profesor, William Furness, del que me había hecho gran amigo- le
confesé mi pasión por Snook. Me dijo que era una gran
suerte que aquél fuera mi último trimestre, pero por razones que
habrían escandalizado al otro profesor casi tanto como el poema. Furness
dijo que, en su opinión, Snook era muchachito desalmado totalmente
indigno de mí.
Cabe
añadir una tercera opinión pedagógica sobre mí. Ojalá pudiera
acordarme del nombre de ese profesor. Era un hombre reservado, sardónico
y bastante atractivo que, si no recuerdo mal nunca sonreía y que parecía
totalmente inmune al efecto que ejercían mis encantos, irresistible para
todos los demás .
Abatido
fui a despedirme de él, me hizo una profunda inclinación -de cabeza en
lugar de estrechar la mano que le ofrecía- me observó, con una vaga
sonrisa gélida: «Los soberbios terminan por ser humillados, Ackerley,
los soberbios terminan por ser humillados.»
Ese
tipo de reprimendas rara vez se hace; nunca olvidé esas palabras tan
duras y pienso siempre con respeto en el hombre ahora anónimo que se tomó
la molestia de decirlas.
La
situación de Snook se repitió esporádicamente durante mis años en el
ejército y en Cambridge. Huía instintivamente de los hombres mayores que
parecían desearme y no me atrevía a abordar a los más jóvenes que yo
deseaba. Esquivaba a «Titchy» y admiraba de lejos al más joven de los
Thorne.
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