MI PADRE Y YO (J. R. Ackerley)

 
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Fragmento 2

 A los psicólogos de mi vida amorosa, les podrá parecer mas bien insatisfactoria; pensando ahora en ella tampoco me parece a mi perfectamente satisfactoria, incluso me produce cierto asombro.

Se podría decir que empezó con un muñequito negro y termino con una perra loba (Este animal de compañía en los últimos años del escritor ha merecido uno de sus mas famosos libros: "Mi perro Tulip")

Entre uno y otro pasaron varios centenares de chicos, la mayoría de clase baja y con frecuencia vestidos de uniforme de un tipo u otro. Incluso tengo la sospecha de que tras el muñequito negro se esconde otra figura borrosa; la de un muchacho limpiabotas.

Me refiero a él sin demasiada convicción, porque no estoy seguro de que existieran aunque ¿por qué me lo iba a inventar?

Lo sitúo en Aspley House, la primera de las casas que tuvimos en Richmond y es un juego, un juego infantil tal vez sugerido involuntariamente por mi propio padre de los fines de semana con sus ocasionales castigos, pues en ese juego mi hermano, el limpiabotas y yo nos bajamos los pantalones unos a otros por turnos y azotamos suavemente los traseros desnudos que descansan, cálidos y dispuestos, sobre nuestras rodillas.

Asocio con ese limpiabotas olvidado la palabra «moreno», pero si lo que era moreno era su cara o su trasero o su nombre, no me acuerdo.

El muñequito negro tiene más entidad. Apareció mientras estaba convaleciente de la peritonitis. Después de la operación -«Ha ido bien», dijo el señor Cuthbert Wallis, el eminente especialista, «pero no puedo garantizar que viva», mi padre, que se disponía a salir para la oficina, dijo que me quería traer un regalo y qué me gustaría. No importaba lo que costara, podía tener cualquier cosa que deseara. Dije: «Un muñequito negro. » Ya tenía doce años y mi padre no daba crédito a sus oídos.

Por supuesto, me lo trajo; pero luego, siempre que lo recordaba, decía que era una de las cosas más extraordinarias que la habían pedido en su vida. Del muñequito en sí no recuerdo nada; tal vez la expresión de asombro e incredulidad en el rostro de mi padre lo tiñera para siempre de culpa; a raíz de eso me volví más cauto y aprendí a ocultar mis flaquezas, a disimular; pero el momento de descuido del muñequito negro, por así decirlo, se repitió algunas veces; por mucho que lo reprimamos, siempre se las arregla para salir a la superficie.

No se vaya a deducir, sin embargo, de lo del muñequito negro a los doce años y del apodo que me pusieron en el  colegio, «Nena», que fuera en absoluto afeminado.

Que era un chico guapo ya lo he dicho, y las ilustraciones que figuran en este libro lo pueden confirmar; demasiado guapo, me temo: entre todos los dones que conceden las hadas madrinas no es la belleza el más propicio a la felicidad (aunque recuerdo que un hombre de Cambridge me dijo: «Ojalá fuera tan guapo como tú. Podría conseguir todas las tías que quisiera»); pero no era nada femenino, ni de físico ni de carácter; conforme iba creciendo no había rasgos en mí que pudieran hacer sospechar a mi padre qué clase de hijo había engendrado; no hablaba de manera afectada, tiraba las pelotas de arriba abajo y sabía silbar. Es cierto que no me gustaban ni el fútbol ni el críquet y los consideraba deportes peligrosos,  pero jugaba bien al hockey (un juego duro y rápido que en Rossall se jugaba sobre la arena de la playa) y era un tirador de primera (fui capitán del equipo de tiro del colegio en Bisley durante dos o tres años); me dejé bigote -aunque mas fino que el de mi padre o el de De Gallatin- durante la guerra y me dio por fumar en pipa: todo atributos viriles.

De hecho, siento decir que no necesitaba para nada la ferviente advertencia que me hizo Teddy Bacon en el colegio. Ese chico era hijo de aquel amigo rico de mi padre de Manchester al que me hizo devolverle un cheque por 100 libras y, desgraciadamente, se marchó de Rossall al final de mi primer o segundo trimestre. Era encantador, inteligente y guapo, tenía la piel muy blanca y el pelo negro y en la estimación de nuestro profesor de inglés, S. P. B. Mais, ocupaba el lugar preeminente en el cual le iba yo a suceder.

Después de que se hubiera ido, noté que había una fotografía suya en el centro de la repisa de la chimenea de Mais y, un día que me encontraba solo en la habitación, me puse a mirarla, le di la vuelta y, para mi sorpresa y muerto de celos, leí en el reverso, escrito de puño y letra de Mais, lo siguiente: El mejor chico que he conocido y pueda conocer ya nunca.»

Teddy era la puta del colegio; no me acuerdo si lo expulsaron o se marchó de un modo más normal; en todo caso, justo antes de irse, hizo un aparte conmigo y me rogó que, hiciera lo que hiciera, no siguiera su ejemplo. No recuerdo el motivo de aquella reacción repentina y tardía sino sólo su vehemencia; la amistad entre su padre y el mío nos había unido durante un tiempo, un período demasiado breve, me agradaba y lo admiraba muchísimo y me pregunto si tal vez, si se hubiera sentado alguna vez en mi cama después de que  las luces v me hubiera pedido que le dejara meterse, habría sido yo mas feliz en la vida, tanto entonces como después.

Probablemente no: tengo la sospecha de que no estaba preparado psicológicamente para encontrar esa clase de felicidad. En todo caso, él estaba en otro dormitorio. Lo mataron en la guerra, a las pocas semanas de empezar.

En lugar de pasar a sustituirle en su puesto de puta del colegio, mi vida sexual fue de lo más gris. Aparte de las torpes tentativas furtivas que ya he mencionado, no tuve ningún contacto físico con nadie, ni siquiera un beso, y permanecí en ese estado virginal hasta que llegué a Cambridge, más de cinco años después.

Otros chicos, menos atractivos que Teddy, se pusieron a mis pies, pero en silencio; no les facilité nada las cosas, se marcharon del colegio, nos escribimos; fueron a la guerra y los mataron, y cuando yo mismo, en los últimos trimestres, me enamoré de un chico que se llamaba Snook, no me atreví a tocarlo y no pasó de ser un ideal puro y platónico. Se pueden hallar indicios de la idea culpable que yo tenía del amor como una cosa pura e inocente que el sexo manchaba y echaba a perder en un poema que escribí sobre mis sentimientos hacia Snook en mi último trimestre y publiqué en una revista llamada La avispa, de la que yo era fundador y director y, con gran presunción por mi parte, me escribía casi entera yo solo.

Era una réplica violenta a la revista oficial del colegio y tal vez fuera ésa la empresa para la que el capitán Bacon donó las 100 libras. Los pronombres personales de este poema me resultan más claros a mí de lo que puedan resultar a otros.

 

Lo quería por su rostro,

su bonita cabeza y blanca tez

y su ligera gracia natural,

mas desconfiaba de su propio afecto.

Lo veía sonreír, los ojos iluminados

por la risa juvenil despreocupada;

su cerebro las mentiras ensayaba,

¿me gustará después?, se preguntaba.

El amor a la belleza nació entonces

tan puro como una flor silvestre,

que nunca yace sino crece

acariciada por el sol, besada por la lluvia...

No lo comprendería,

aquel hermoso niño de las muchas gracias,

- y con una mano ardiente lo condujo

a apacibles lugares.

 

Este poemita erótico molestó tanto al profesor responsable de mi dormitorio que dijo que sentía deseos de azotarme, pero yo le contesté que no podía hacerlo porque el título que había puesto al poema era «Piedras de molino».

A otro profesor, William Furness, del que me había hecho gran amigo- le confesé mi pasión por Snook. Me dijo que era una gran  suerte que aquél fuera mi último trimestre, pero por razones que habrían escandalizado al otro profesor casi tanto como el poema. Furness dijo que, en su opinión, Snook era muchachito desalmado totalmente indigno de mí.

Cabe añadir una tercera opinión pedagógica sobre mí. Ojalá pudiera acordarme del nombre de ese profesor. Era un hombre reservado, sardónico y bastante atractivo que, si no recuerdo mal nunca sonreía y que parecía totalmente inmune al efecto que ejercían mis encantos, irresistible para todos los demás .

Abatido fui a despedirme de él, me hizo una profunda inclinación -de cabeza en lugar de estrechar la mano que le ofrecía- me observó, con una vaga sonrisa gélida: «Los soberbios terminan por ser humillados, Ackerley, los soberbios terminan por ser humillados.»

Ese tipo de reprimendas rara vez se hace; nunca olvidé esas palabras tan duras y pienso siempre con respeto en el hombre ahora anónimo que se tomó la molestia de decirlas.

La situación de Snook se repitió esporádicamente durante mis años en el ejército y en Cambridge. Huía instintivamente de los hombres mayores que parecían desearme y no me atrevía a abordar a los más jóvenes que yo deseaba. Esquivaba a «Titchy» y admiraba de lejos al más joven de los Thorne.

. . .

 

 

 

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