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Debió
de ser hacia 1912, el año en que cumplí dieciséis, cuando nos hizo
entrar a los dos en la sala de billar de Grafton House, la segunda y la
mayor de las tres casas que tuvimos
en Richmond, para darnos un «sermón» que difícilmente se podía
calificar de «piadoso» y que según su propia definición era una
conversación «de hombre a hombre».
Los
dos hermanos teníamos una edad en la que los chicos normalmente ya han
descubierto los placeres de la masturbación, y, si es posible abusar de
ese delicioso pasatiempo, no cabe duda de que estábamos abusando de él.
Es
probable que ambos tuviéramos la cara una pizca amarillenta y mi padre
pensó que ya había llegado el momento de que tuviéramos una charla amistosa. No me puedo acordar de la manera precisa
en que abordó ese delicado tema; estoy seguro de que lo haría lo más
discretamente que se podía hacer dadas las circunstancias, y las
circunstancias eran que quizá había dejado pasar demasiado tiempo. 
Antes
de llegar a tratar esas cuestiones tan intimas hay que preparar un poco el
terreno, y al
igual que les ocurría a muchos otros niños ingleses de nuestra clase
social y nuestra época, nuestra educación al respecto se había dejado
de lado totalmente.
Peor
que
dejado
de lado, por lo menos en mi caso, pues me habían engañado y llegué al
colegio convencido de que me había traído al mundo una cigüeña,
ingenuidad ésta que me puso en
ridículo ante otros chicos. En realidad, teniendo en cuenta ¡o que llegué
a saber después del comportamiento de mi padre, y de lo licenciosa e
incorrecta que era la relación que tenía con mi madre, no me parece muy
honrado por su parte que no me permitieran el menor acceso a esa libertad
de pensamiento de la que ellos, sin embargo, parecían gozar tanto.
De
cualquier modo, todo lo que sabía del sexo a los dieciséis años lo había
aprendido yo solo y estaba teñido de malicia y de sentido de culpa.
Mi
padre nos había mandado internos a mi hermano y a mi al colegio de
Rossall, que estaba en Lancashire, su propio territorio, en parte porque
estaba convencido de que era un buen colegio, sano y más bien duro, en el
que podríamos hacer mucho ejercicio y «nos pulirían», en parte porque
sus propios amigos del Norte, como el capitán Bacon, llevaban sus hijos
allí, y en parte también para apartarnos de la influencia de las
mujeres, que nos «malcriaban».
Yo
era un niño angelical de grandes ojos azules y expresión inocente; el
primer apodo que me pusieron fue «Nena», y cuando empecé la secundaria
los chicos mayores empezaron pronto a hacerme insinuaciones.
Ya
en mi primer trimestre, el jefe de mi dormitorio, que a mi me parecía más
un hombre que un chico, se sentaba en mi cama en la oscuridad, noche tras
noche, y me rogaba que le dejara meterse y me susurraba al oído cosas que
me aterraban tanto que casi me hacían florar.
Nunca
le dejé hacer lo que quería, fuera lo que fuere, y después de que se
marchara del colegio, lo que afortunadamente para mi ocurrió al final de
ese trimestre, seguí odiando
su
recuerdo durante mucho tiempo y pensando en él como si hubiera sido el
diablo. No recuerdo cuándo empecé a masturbarme, pero aquella fue mi
primera introducción al amor.
Algún
tiempo después, a un chico pelirrojo le dio por arrastrarse cada noche a
gatas por el suelo del dormitorio hasta mi cama en cuanto apagaban las
luces y, tumbado boca arriba en la alfombra, me suplicaba susurrando que
le dejara meterse, o si no, que alargara una mano. Durante un tiempo también
me resistí a hacer lo que me pedía, pero era mas edad que mi anterior
pretendiente, me infundía menos temor y tanto insistía que terminé un día
por alargar la mano.
Recuerdo
que el contacto con su carne caliente y el olor de su cosa en mis dedos me
parecieron más repugnantes que excitantes; durante mucho tiempo me
desagradó el olor
del
semen, a menos que fuera el mío; nunca he sido capaz de disfrutar de los
olores de otros - pedos, pies, sobacos, semen, penes sin lavar - como
disfruto de los míos.
Con
el tiempo me fui
acostumbrando más a los actos depravados tan corrientes en aquel
excelente colegio que mi padre había elegido con tal perspicacia, en el
que nunca me forzaron a hacer nada contra mi voluntad ni, una vez que se
hubo marchado mi primer pretendiente, demasiado misterioso y monstruoso,
me sentí desgraciado.
Un
chico muy gracioso y desvergonzado que se llamaba Jude y se sentaba a mi
lado en clase, se había
descosido las costuras de los bolsillos de sus pantalones a fin de que su
propia mano o la de cualquier amigo que
estuviera dispuesto pudieran tener fácil acceso al tesoro, no de moneda
firme pero lo suficientemente firme, que había dentro.
Algunas
veces, mientras estábamos absortos en
el estudio, mi mano izquierda se dejaba llevar a través de las costuras
abiertas hasta el cuerpo de Jude, aunque recuerdo que pensaba que en lugar
del cuerpo de Jude habría preferido el de su hermano menor, que era más
atractivo pero no estaba en mi clase.
Aquello
dio lugar a que yo también me
hiciera agujeros en los bolsillos, pero no recuerdo si permití alguna vez
que, aparte de mi mano, que estaba allí con frecuencia, metieran la suya
Jude o algún otro.
De
hecho, cuando trato de rememorar los años que estuve en el colegio, sólo
me acuerdo de mi mano, no muchas veces y siempre porque
me lo pedían, sobre algunos otros chicos, pero no de la mano de ninguno de ellos sobre mí, y si ello es
cierto, puedo sugerir una razón de tipo físico para que así fuera que
mencionaré más adelante.
Así
pues, rememorando aquella época, me veo como un muchacho inocente, más
bien reservado y egocéntrico, al que el sexo más le repelía que le atraía,
pues me parecía una cosa furtiva, culpable y sucia que nada tenía que
ver con ese sentimiento que no
había
experimentado todavía pero sobre el cual estaba escribiendo ya un montón
de versos sentimentaloides espantosos y que se conocía como amor romántico.
De
modo que, volviendo a mi padre, eso es lo que pasaba por una de las dos jóvenes
cabezas a las que habló en la sala de billar de Grafton House en
1912.
Recuerdo
que confeso haberse iniciado a una edad temprana en la práctica con
respecto a la cual le parecía conveniente aconsejar moderación, y luego
aprovechó la oportunidad para añadir - con lo cual se desahogó y a la
vez proveyó para el futuro además de para el presente - que en materia
de sexo no había cosa que no
hubiera hecho, experiencia que no hubiera tenido ni lío en el que no se
hubiera metido y del que no hubiera
salido,
de modo que si alguna vez teníamos necesidad de ayuda o consejo no nos
debía dar ninguna vergüenza acudir a él y podíamos siempre contar con
su comprensión y solidaridad.
De
que sus palabras fueron magníficas y amistosas no me di cuenta hasta que
fui mayor; el hecho de que nunca las tuviera en cuenta es precisamente la
razón de este libro.
Incluso
en aquel momento mi hermano pensó que el «viejo» (mi padre tenía
entonces cuarenta y ocho años) se había portado «muy bien»; pero a mí,
por el contrario, aquello me turbó y escandalizó.
Nunca
había relacionado a mi padre con el sexo, y, en realidad, hasta poco más
de dos años antes ni siquiera lo había relacionado, en mi inocencia, con
mi propia venida al mundo. Al privarme de mi cigüeña se me había dado a
entender, sin que me parara mucho a reflexionar sobre ella, que muchos años
atrás mis padres se habían unido para crear una familia: eso era todo.
Para eso se casaba la gente y ellos lo habían conseguido.
Por
supuesto, una vez conseguido, no habían tenido otra cosa que hacer que
criarnos y protegernos y trabajar en beneficio nuestro.
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