El autor La obra Índice

 

 
Capítulos  XLVI a L
 

CAPITULO 46

Me parece, Agamenón, que te estás diciendo: «¡Qué manera de despotricar la de este pesado!» ¿Por qué entonces tú, que sabes hablar, no hablas? Eres persona de otra ralea y por eso te burlas del modo de hablar de los pobres. Sabemos que tu erudición te ha hecho vanidoso. ¿Qué razón hay? Algún día te convenceré para que vengas a mi hacienda y veas nuestras pobres cabañas. Allí encontrare mas qué comer: un pollo, unos huevos. Las pasaremos bien, aunque este año el granizo haya desbaratado todo. En fin, tendremos con qué estar a nuestras anchas. Desde ahora ya te reservo allí a un discípulo que está creciendo, mi chico. Ya sabe calcular las cuatro partes. Si se conserva con vida, pronto tendrás a tu vera a un lindo esclavo. En su tiempo libre no levanta la cabeza de sus tablillas. Es ingenioso y de buen carácter. Pero tiene la manía de los pájaros. Ya le maté tres jilgueros diciéndole que la comadreja se los había comido. Pero ya encontró otros pasatiempos y ahora se apasiona por la pintura. Por lo demás, ya envió a  pasear al griego, y ha empezado a morder no mal el latín.... esto a pesar de que su maestro es presumido e incapaz de concentrarse en un punto; viene (sólo de vez en cuando, verdad) que es un letrado, pero no le gusta trabajar.

También tenemos otro que no es tan erudito, pero sí muy concienzudo, y que enseña más de lo que sabe; asimismo,  acostumbra venir a casa los días feriados, contentándose con lo que se le da. Acabo de comprarle al niño varios libros rubricados, pues quiero que, para utilidad de la casa pruebe algo de derecho. Esta carrera trae consigo su pan.

En lo tocante a la literatura, ya se ha embarrado bastante con ella. Si se encapricha, he decidido darle un oficio: peluquero, pregonero o, quizá, abogado; algo que no se lo pueda quitar nadie sino el Orco. Por eso le repito todos los días: «Créeme, Primigenio, todo lo que aprendas es para tu propio provecho. Mira al abogado Fileros: si no hubiera estudiado, hoy día no podría apartar la hambruna de sus labios. No hace mucho cargaba mercaderías en sus hombros y ahora se pone tieso, incluso ante Norbano. La instrucción es un tesoro, y una profesión nunca muere.»

 

CAPITULO  47

Tales conversaciones sacudían el aire cuando regresó Trimalción, quien, primero, se secó el sudor de la frente, se lavó las manos con perfume, hizo una breve pausa y, después, habló:

-Disculpadme, amigos. Ya hace varios días que no me responde la barriga. Los médicos todavía no se han puesto de acuerdo. Pero la corteza de granada y la resina de pino en vinagre me han hecho bien. Espero, pues, que pronto mi estómago se porte con su acostumbrada docilidad porque, lo que es ahora, se escuchan allí unos ruidos que parece que tuviera un toro adentro. Por consiguiente, si alguno de vosotros quisiera hacer sus necesidades, no tiene por qué sentir vergüenza de ello. Nadie aquí ha nacido sin huecos. No creo que exista mayor tormento que aguantarse las ganas. Esto es lo único que ni siquiera el mismo Júpiter puede impedir. ¿Te ríes, Fortunata? ¿Tú, que no me dejas dormir de noche? En el triclinio mismo, no prohíbo a nadie aliviar sus tripas si lo desea. Los médicos prohíben aguantarse (1),  y si a alguien le vienen ganas de algo más serio, afuera está preparado todo lo necesario: agua, excusados y otros detalles. Creedme: el flato, al subirse al cerebro, produce desórdenes en todo el cuerpo. Sé que muchos han muerto así, por no decirse la verdad a sí mismos.

Agradecimos su liberalidad y comprensión mientras disimulábamos la risa beborroteando de las copas. Pero no nos imaginábamos estar, como se dice, sólo a la mitad de la cuesta de su refinamiento. En efecto, una vez que limpiaron las mesas al compás de la música, trajeron al triclinio tres cerdos blancos con bozales y campanillas. El nomenclador nos anunció que uno de ellos tenía dos años, el segundo tres y el tercero ya siete años. Creí que se trataba de algún malabarista, y que los puercos iban a ejecutar unos cuantos números, como se acostumbra hacer para el público de la calle.

Pero Trimalción disipó nuestras dudas:

-¿Cuál de ellos queréis que, de inmediato, se os sirva para la cena? -nos preguntó-. Los chacareros son los que preparan gallos fricasé a la Penteo  y otras futilidades por el estilo. Mis cocineros, en cambio, están acostumbrados a preparar terneros enteros en sus cacerolas. Hizo llamar enseguida al cocinero y, sin esperar nuestra elección, le ordenó matar el más viejo. Luego, en voz alta, le preguntó:

-¿De qué decuria eres?

- De la cuadragésima -respondió aquél.

-¿Comprado o nacido en casa? -siguió.

-Ni lo uno ni lo otro -dijo el cocinero-; te fui legado en el testamento de Pansa.

-Trata, entonces, de servirnos con diligencia si no quieres que te mande echar a la decuria de los recaderos -le ordenó.

CAPITULO 48

Con rostro afable, Trimalción se dirigió a nosotros en los siguientes términos:

-Si el vino no os gusta lo cambiaré. Sois vosotros los que debéis volverlo agradable. Gracias a los dioses, no tengo necesidad de comprarlo. En la actualidad todo lo que hace agua a la boca crece en una finca mía que todavía no conozco. Me dicen que limita con Terracina y con Tarento. Ahora quiero unir Sicilia con mis fincas para que, cuando me vengan ganas de partir al África, navegue por mis propiedades. Pero cuéntame, Agamenón, el tema de la controversia que hoy declamaste. Yo, aunque no actúo en tribunales, he aprendido literatura para uso doméstico. y para que no pienses que me fastidian los estudios, aquí tengo tres bibliotecas, una griega y otra latina  (2). Dime, pues, si  me estimas, la perístasis de tu declamación.

Agamenón empezó:

-Un pobre y un rico se odiaban...

- ¡Un pobre! ¿Qué es eso? -le interrumpió Trimalción.

-¡Muy agudo! -dijo Agamenón, y entabló no sé qué controversia.

Trimalción le repuso inmediatamente:

-Si lo que cuentas ha sucedido, no es una controversia, y si no ha sucedido, no es nada.

Como nos vio aprobar con cálidos aplausos estas y otras agudezas por el estilo, prosiguió:

-Dime, te ruego, mi queridísimo Agamenón, ¿recuerdas, por ventura, los doce trabajos de Hércules, o la leyenda de Ulises: cómo el cíclope descendiente de Forcis le torció el dedo pulgar?  De niño yo solía leer estas cosas en Hornero. En cuanto a la Sibila, yo la vi con mis propios ojos en Cumas, colgada dentro de una botella. Cuando los niños le preguntaban: «¿Qué quieres, Sibila?», ella respondía: «Quiero morir»

 

CAPITULO 49

Estaba vertiendo toda esta verborrea, cuando un repositorio, con un enorme puerco encima, vino  a ocupar toda la mesa. Nos quedamos maravillados de la celeridad y empezamos a jurar que ni un pollo podía ser asado con tanta rapidez, tanto más que el cerdo parecía mayor que el jabalí de poco antes.

Trimalción, que lo examinaba cada vez con más atención, soltó:

-¡Cómo, cómo! ¿Este cerdo no está vaciado...? ¡Por Hércules! ¡No...! ¡Llama, llama aquí al cocinero!

El cocinero, cabizbajo, se aproximó a la mesa y confesó haberse olvidado de vaciarlo.

-¿Cómo? inolvidado! -exclamó Trimalción-. Cualquiera diría que simplemente ha olvidado la pimienta y el comino. ¡Desnúdate!

El cocinero se desvistió sin tardar y se colocó afligido entre dos verdugos. Todos empezaron a interceder por él.

Con implacable severidad, yo no pude refrenarme más y me incliné al oído de Agamenón  para decirle:

- En verdad, este esclavo debe ser pésimo. ¿No es inadmisible que se haya olvidado de vaciar el puerco? Por Hércules, que yo no lo perdonaría aunque hubiese dejado así un pescado.

Trimalción, en cambio, fue de distinto parecer. Una sonrisa dilató su rostro para decir:

- Bueno, ya que tienes tan mala memoria, vacíalo aquí delante de nosotros.

El cocinero se puso otra vez la túnica, empuñó un cuchillo y empezó a cortar tímidamente aquí y allá el vientre del cerdo. Al punto, de las aberturas que se agrandaban de por sí solas con la presión del peso, se derramaron salchichas y morcillas.

CAPITULO 50

Toda la servidumbre aplaudió esta hazaña gritando al unísono:

- iViva Cayo!

También se festejó al cocinero con un trago de una copa servida en una bandeja corintia y, además, con una corona de plata.

Como Agamenón examinaba de cerca la bandeja, Trimalción le dijo:

-Yo soy el único en poseer auténticos objetos de Corinto.

Yo estaba esperando que, con su habitual insolencia, dijera que sus pocillos se los traían directamente de Corinto, mas él tuvo una mejor ocurrencia:

- Y si acaso quisieras saber por qué soy el único en tener corintios auténticos, he aquí la razón: el broncista a quien se los compro se llama Corinto. Ahora bien, ¿no se llama corintio lo que tiene Corinto? Pero no creas que soy un imbécil, pues conozco muy bien el origen de los bronces de Corinto. Cuando Ilión fue tomada, Aníbal, hombre astuto y gran lagarto, hizo un cúmulo con todas las estatuas de cobre, oro y plata, y las prendió fuego . Todo esto, al fundirse, formó una aleación de metales. Los artesanos tomaron después esta masa y fabricaron con ella platillos, azafates y estatuillas. Así nacieron los bronces de Corinto, ni más ni menos, de la mezcla de todos los metales. Me disculparéis por lo que vaya declarar: yo prefiero los objetos de vidrio, que por lo menos no huelen, y hasta los preferiría al oro si no fuesen tan frágiles. Pero por el momento tienen poco valor.

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1 -  El emperador Claudio autorizó toda clase de ventosidades en sus banquetes (Suetonio, Claudio, 73).

2 -  El bilingüismo del Imperio obligaba a tener dos bibliotecas, pero Trimalción se olvida de decirnos el idioma de su tercera biblioteca (¿hebreo?).

 

 

 

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