El autor La obra Índice

 

 
Capítulos  XXXI a XXXV

CAPITULO 31

 

Le dimos las gracias por tan gran favor, pero al entrar en el triclinio el esclavo por quien habíamos intercedido se nos acercó otra vez. Ante nuestra estupefacción, nos cubrió de besos en agradecimiento a nuestra sensibilidad humana.

-Más tarde veréis a quien habéis socorrido -nos dijo-. El escanciador agradece con el vino del patrón. (....) repara la flagelación.

Por fin nos instalamos para comer. Unos esclavos de Alejandría se pusieron a lavarnos las manos con agua de nieve. Luego estos fueron reemplazados por otros que se postraron ante nosotros para extirpamos con suma maestría los padrastros de los pies. Hay que añadir que esta delicada tarea no la ejecutaban en silencio sino que al mismo tiempo cantaban. Con la curiosidad de cerciorarme si todos los fámulos cantaban, pedí de beber, y un solícito esclavo vino a servirme cantando con una voz no menos desafinada. Lo mismo hacían todos a quienes se pedía algo. Daba la impresión de estar en medio de un coro de pantomimas y no en el triclinio de un paterfamilias.

Se trajo la entrada que fue digna de alabanza. Todos estábamos ya recostados, excepto el propio Trimalción a quien, según la nueva moda, se le había reservado el primer lugar.

En la fuente destinada a las entradas  se había colocado un pequeño asno de bronce corintio (1) con una albarda que contenía aceitunas verdes en una alforja y negras en la otra.

Encima del asnillo había dos bandejas de plata en cuyos bordes se había grabado el nombre de Trimalción y el peso del metal. Se habían soldado unas pasarelas de las que colgaban lirones aderezados con miel y adormidera. Se veían también unos salchichones humeantes en un anafe de plata y, debajo de este anafe, ciruelas de Siria con pepitas de granada (2)

 

CAPITULO 32

Estas magnificencias nos tenían deslumbrados. En ese momento apareció Trimalción. Se le transportaba al son de la música y fue depositado en medio de pequeñísimos cojines.

Lo imprevisto de la escena nos hizo soltar la carcajada, y no era para menos: su cráneo afeitado (3) sobresalía de su palio escarlata. En sus hombros cargados con el vestido se había puesto una servilleta con laticlavia, llena de flecos que colgaban por todos lados. En el meñique de su izquierda tenía un gran anillo ligeramente dorado y, en la última falange del anular, otro más pequeño que, según se veía, era de oro macizo pero con una especie de estrellas de hierro engastadas (4). y como no le había parecido bastante exhibir todo este lujo, mostraba desnudo su brazo derecho para lucir un brazalete de oro y una pulsera de marfil abrochada con una placa de esmalte.

 

CAPITULO 33

Después de mondarse los dientes con un alfiler de plata (5), nos dirigió estas palabras:

-No me apetecía todavía, amigos míos, venir al triclinio pero lo he hecho para no incomodaros más con mi ausencia. Por vosotros me he abstenido de todas mis diversiones. Me permitiréis, empero, terminar la partida (6)

El siervo lo seguía con un tablero de terebinto (7) y unos dados de cristal. Todo traslucía un refinamiento exquisito. En lugar de peones blancos y negros, tenía monedas de oro y plata. Al jugar soltaba todo el repertorio de groserías propias de tejedores.

Todavía no habíamos acabado las entradas cuando se nos sirvió un gran repositorio con una cesta encima. En ella había una gallina de madera con las alas desplegadas en torno como suelen hacerlo las cluecas. Luego se aproximaron dos esclavos y, al son de la música, se pusieron a rebuscar en la paja, y sacaron de abajo varios huevos de pavo real que fueron distribuidos a los comensales. Trimalción, contemplando esta escenificación, nos dijo:

-Amigos, he hecho incubar huevos de pavo real por una gallina y me temo, por Hércules, que ya estén empollados. Probemos, sin embargo, si todavía están sorbibles.

Recibimos unas cucharas (8) que por lo menos pesaban media libra (9), y cascamos los huevos que estaban muy bien hechos de pasta. Casi arrojé mi porción pues creí que ya estaba formado el pollo, pero oí decir a una vieja comensal:

-No sé qué delicia debe de haber aquí.

Continué, pues, descascarándolo con la mano y me encontré con un gordísimo papafigo arrebolado en salsa de yema de huevo y pimienta (10).

 

CAPITULO 34

Trimalción suspendió la partida y también se hizo servir todo lo antedicho. En voz alta nos autorizó a escanciar, si queríamos, más vino-miel.

De pronto a una señal de la orquesta, un coro de cantores retiró los platos de la entrada. En el ajetreo se cayó casualmente un azafate, y un esclavo lo recogió del suelo.

Al mirar esto, Trimalción ordenó castigar a puñetazos al muchacho y tirar otra vez al suelo el azafate. Apareció el analectario (11)  quien empezó a barrer con una escoba la vajilla de plata junto con todos los restos de comida.

Entraron después dos etíopes melenudos con unos pequeños odres, de los que se usan en el anfiteatro para esparcir arena, y vertieron vino en nuestras manos. Agua, empero, nadie nos sirvió. Se felicitó por estos elegantes detalles al patrón, que respondió:

- Marte ama la igualdad (12).

Por esta razón he asignado a cada uno su mesa (13). Así este tropel de apestosos esclavos nos darán menos calor con su presencias.

Al punto nos trajeron unas ánforas de vidrio, cuidadosamente selladas con yeso, en cuyos cuellos estaba pegada esta etiqueta: «Falerno Opimiano de cien años (14).»

Mientras descifrábamos la escritura, Trimalción batiendo palmas exclamó:

- ¡Oh, fatalidad! ¡Por consiguiente el vino vive más que el pobre hombre! Mojémonos pues el gaznate. La vida es vino. Os estoy sirviendo un legítimo Opimiano. Ayer ofrecí otro no tan bueno a pesar de que cenaban conmigo personas mucho más distinguidas.

Bebimos sin dejar de advertir todas estas demostraciones de buen gusto. En ese momento un esclavo trajo un esqueleto de plata (15)  fabricado de tal manera que, móviles, las articulaciones y vértebras se doblaban en todo sentido. Trimalción lo arrojó varias veces sobre la mesa para que adoptase así diversas poses a causa de la movilidad de sus coyunturas.

Añadió: ¡Ay! ¡Miserables de nosotros! ¡Qué impotencia la del pobre hombre! Todos así seremos cuando el Orco nos recoja. Vivamos, pues, en tanto que existir con salud permitido nos sea.

 

CAPITULO 35

A esta lamentación siguió un plato no tan grande como esperábamos, pero tan original que provocó nuestra admiración. Era un repositorio redondo con los doce signos (del Zodíaco) dispuestos alrededor. Sobre Aries, garbanzos picudos (16) . Sobre Tauro, un trozo de buey. Sobre Géminis, criadillas y riñones. Sobre Cáncer, una corona. Sobre Leo, un higo de África. Sobre Virgo, una vulva de marrana virgen . Sobre Libra, una balanza con un pastel en un platillo, y un bizcocho en el otro. Sobre Escorpio, un pececillo de mar . Sobre Sagitario, un caracol. Sobre Capricornio, una langosta marina . Sobre Acuario, un ganso. Sobre Piscis, dos lisas . En el centro había un terrón, extraído con césped y todo, que sostenía un panal de abeja.

Un esclavo egipcio daba vueltas sirviéndonos el pan directamente de un anafe de plata. [...] y el mismo también con horrorosa voz desgarró los aires con una canción del mimo del «Mercader de laserpicio»

Trimalción viendo el asco con que comíamos tan vulgares alimentos, dijo:

-¡Animo! Cenemos, que estos son los gajes de las cenas.

 

************

(1) El bronce de Corinto era muy buscado, y Trimalción lo tenía en gran estima, como veremos en el capítulo 50. Se llamaba corintio el bronce hecho con una determinada aleación y no era necesario que proviniera de Corinto para llevar tal nombre.

(2) Las granadas y ciruelas representan el fuego de la parrilla. La granada era llamada «manzana púnica» por los romanos

(3) Era costumbre de la época, entre los adultos elegantes, afeitarse hasta las partes íntimas del cuerpo. Marcial (11,27) critica a un amigo por tener «los testículos depilados, la verga semejante al cuello de un buitre, la cabeza más lisa que las nalgas de un maricón».

(4) Este anillo debía corresponder a alguna superstición de la época. Ver en el capítulo 74 el uso que le da Trimalción. Los caballeros y senadores tenían el derecho exclusivo de llevar un anillo de oro en el meñique. Trimalción en el cap. 71 ordenará que se le represente en su tumba con cinco anillos de oro. Ascilto y Gitón llevan también un anillo de oro como los caballeros (caps. 57, 58). Se piensa que los libertos llevaban un aro de hierro (cap. 58).

(5) Observemos que Trimalción no ha probado bocado todavía

(6) Quizás se trate del juego de las «doce líneas".

(7) El rerebinto, emparentado con el pistacho o alfóncigo, da una madera negra muy apreciada.

(8) Se trata de unas cucharas especiales «<cochlearia", de «cochlea,,: caracol), con una punta en el extremo que servía para cascar o agujerear los huevos o para extraer el caracol de su caparazón.

(9)  163,5 gramos.  

(10) La «patina", cuya receta nos da Apicio (141), es una variante del plato de Trimalción. Conviene anotar que el papafigo se comía entero y sin vaciar.

(11)  El texto dice «lecticarius», que nos parece ser una deformación de «analecta», esclavo con la tarea de barrer los relieves caídos al suelo.

(12) Trimalción tergiversa el refrán «aequo Marte» «<con un Marte similar» empleado para indicar, en la guerra, circunstancias iguales para ambos bandos.

(13) Cada convite tiene, pues, una mesa según el capricho de Trimalción. Pero no se ha quitado la mesa del centro, donde se depositarán luego un  esqueleto de plata y, en el capítulo 60, unos lares también de plata. En el capítulo 40 se cobijará bajo ella una jauría de perros.

(14) La añadidura de  "100 años" es manifiestamente absurda. Por otra parte, un vino tan viejo sólo servía para sazonar. La cosecha del ano 121 a. C. fue muy buena. El cónsul de ese año se llamaba Opimio.

(15) Enseñar a los invitados la representación de un esqueleto era una vieja costumbre traída de Egipto. Era ocasión para hacer evocaciones filosóficas sobre la muerte (dr. Herodoto, 2,72).

(16) Garbanzos «con forma de cabeza de carnero» «<arietinum», de «aries»).

 

 

 

 

ISLA  TERNURA RINCONES AMABLES AUTORES  ESCRITORES TEXTOS CLÁSICOS