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CAPITULO
26
Al
momento Psique cubrió la cabeza de la niña con un flámeo (2). El
embasiceta abrió la marcha con una antorcha (3). Atrás, las mujeres,
completamente borrachas, formaban un largo cortejo batiendo palmas. Ya
habían arreglado el tálamo con una sucia colcha. Excitada por la
parodia, la misma Cuartila tomó de la mano a Gitón para conducirlo a
la habitación.
En
verdad a mi muchachito no le desagradaba el asunto, y la misma niña
permanecía impasible ante su inminente desfloramiento.
Cuando
se echaron en el lecho, los dejamos adentro y nos sentamos en el
umbral de la cámara nupcial. Con lúbrica curiosidad Cuartila, en
primera fila, espiaba todas las maniobras de los niños a través de
una rendija de la puerta viciosamente hecha a propósito.
Con
acariciadora mano también me atrajo a mí para contemplar el espectáculo.
Y como en esta posición se tocaban nuestras mejillas, cada vez que
ella dejaba de mirar, me frotaba de paso los labios por mi cara y
aprovechaba para darme una serie de besos furtivos. [...]
Nos
zambullimos en las camas y pasamos sin inquietud el resto de la noche.
[...]
Ya
habían pasado tres días, o sea que esa noche nos tocaba la cena
libre (4).
Pero
tan molidos estábamos por los golpes que más nos inclinábamos por
la fuga que por el descanso. Deliberábamos muy intranquilos sobre la
manera como nos libraríamos de la inminente borrasca, cuando un
siervo de Agamenón vino a poner fin a nuestra perplejidad.
-
¡Eh vosotros! - nos dijo- ¿Conocéis a la persona en cuya casa tenéis
hoy el compromiso? Se llama Trimalción y es uno de los más
distinguidos que haya. Para estar informado continuamente del
transcurso de su vida tiene un reloj (5) en el triclinio y un tocador
de bocina (6) expresamente contratado para ello.
Olvidamos,
pues, nuestras calamidades y nos vestimos lo más elegantemente que
pudimos. Propusimos a Gitón que nos hiciera compañía durante el baño.
iNuestro Gitón que hasta el momento había desempeñado con tanta
alegría su rol de esclavo!
CAPITULO
27
Sin
desvestimos, nos pusimos a caminar (7), o más bien a barzonear, y
llegamos hasta un grupo de jugadores.
Al
instante atrajo nuestra atención un viejo calvo y cubierto de una túnica
granate que jugaba a la pelota, rodeado de varios esclavos melenudos.
Estos,
empero, aunque valían la pena, no nos llamaron tanto la atención
como el propio paterfamilias que, calzando sandalias, se ejercitaba
nada menos que con pelotas verdes.
Cada
bola que tocaba tierra era desechada y, para este efecto, había un
esclavo con una bolsa llena de pelotas que servía a los jugadores.
Notamos
varias otras curiosidades. Entre ellas, dos eunucos a cada lado del
corrillo. Uno sostenía una bacinica de plata, y la función del otro
era llevar la cuenta de las pelotas, mas no de las que los jugadores
alternativamente se pasaban sino de las que caían al suelo.
Menelao
(8) se aproximó a nosotros, que estábamos boquiabiertos con estos
refinamientos, para explicarnos: - Este es el hombre en cuya casa os
vais a regodear . Mejor dicho, ya estáis asistiendo en este momento a
los preludios de la cena.
Al
callarse Menelao, Trimalción castañeteó los dedos.
A
esta señal el primer eunuco le tendió la bacinica en pleno juego.
Descargada su vejiga, pidió agua, se lavó la punta de los dedos y se
los secó en los cabellos de un esclavo.
CAPITULO
28
Seria
largo contar en detalle todo lo que vimos. Así, pues, entramos al baño,
sudamos a nuestras anchas y, al cabo de un rato, pasamos al agua fría.
Trimalción,
untado de perfumes, se hacía secar no con toallas corrientes de lino
sino con palios de pura lana finísima.
En
su presencia tres masajistas profesionales estaban bebiendo una
botella de Falerno (9) y, en el calor de una discusión, derramaron al
suelo una buena cantidad de vino. Trimalción declaró que estaban
brindando a su salud con su vino (10).
Envolvióse
luego con una gausapa escarlata y fue colocado en una litera. Esta iba
precedida por cuatro corredores con faleras (11) y por un coche de
mano que transportaba al favorito de Trimalción: un avejentado y legañoso
niño, más repelente que su propio amo.
En
el trayecto se acercó a la cabecera un músico provisto de minúsculas
flautas que, durante todo el recorrido, le tocó al oído como si le
hubiera estado contando algún secreto. Lo seguíamos tan asombrados
por todo esto que se nos había pasado el hambre.
Por
fin llegamos con Agamenón a la puerta de la casa.
En
una de las jambas se veía clavada esta inscripción: «Todo esclavo
que salga por esta puerta sin la autorización del amo será castigado
con cien azotes.»
En
la entrada había un portero vestido con una túnica verde sujetada
por un cinturón color cereza, que expurgaba guisantes en una bandeja
de plata. En el dintel colgaba una jaula dorada con una picaza pinta
que saludaba a los que entraban.
CAPITULO
29
Todo
esto me tenía pasmado y un momento estuve a punto de caerme de
espaldas y romperme las canillas: a la izquierda de la entrada, no
lejos de la portería, estaba pintado en la pared un enorme perro
encadenado con un letrero encima, en letras mayúsculas, que decía: -¡Cuidado
con el can! (12)
Riéronse
de mí los compañeros. Una vez que recobré aliento no quise perderme
ningún detalle de los muros.
Había
una pintura de un mercado de esclavos con sus etiquetas
Y
otra del mismísimo Trimalción con cabellos largos que, caduceo en
mano (13), entraba en Roma guiado por Minerva. Se veía también cómo
había aprendido a contar y cómo, mas tarde, se había hecho
tesorero. El minucioso pintor había descrito todo esto con leyendas
apropiadas.
Al
final del pórtico, Mercurio levantaba a Trimalción de la barbilla y
lo conducía a un elevado estrado.
A
uno de sus costados estaba la Fortuna derramando el cuerno de la
abundancia y al otro, las tres Parcas hilando en su rueca una hebra de
oro.
En
el pórtico noté también que unos corredores se ejercitaban con su
monitor. Al final, en una esquina, vi un gran armario en cuyos
anaqueles se habían colocado unos Lares de plata, una estatua de mármol
de Venus y un no pequeño cofre de oro en el que, según nos decían,
se guardaba la barba del patrón (14).
En
el interior de la casa me puse a preguntar al atriense (15) qué
representaban las pinturas que allí se veían.
Respondióme:
- Se trata de la Ilíada y de la Odisea, y del combate de gladiadores
patrocinado por Lenate.
CAPiTULO
30
Nos
faltaba tiempo para observar todo. [...] ya habíamos llegado al
triclinio en cuya antesala el intendente recibía las cuentas. Lo que
más me maravilló en ese lugar fueron unas fasces con segures
clavadas en el jambaje de la puerta. Debajo de ellas había una
especie de espolón de barco hecho de bronce, con un letrero de este
tenor: «A Cayo Pompeyo Trimalción, séviro augustal, su tesorero
Cinamo.»
Junto
al letrero había una lámpara de dos picos que colgaba de la bóveda.
En ambas jambas estaban clavados otros dos letreros. En uno, si bien
me acuerdo, se leía: «La antevíspera y la víspera de las calendas
de Enero nuestro Cayo cena fuera de casa». En el otro habían
dibujado el curso de la luna y los símbolos de los siete planetas;
los días fastos y nefastos estaban marcados con redondeles de
diferente color.
Empachados
con tanta decoración, nos disponíamos a penetrar en el triclinio,
cuando un esclavo puesto para este oficio nos gritó: - ¡Con el pie
derecho!
Al
instante temimos que alguno de nosotros ya hubiera transgredido la
orden de atravesar el umbral de esta manera. Después todos avanzamos
un paso con el pie derecho pero, en esto, un esclavo desnudo se nos
arrojó a los pies implorándonos que lo libráramos del castigo al
que se veía expuesto por una falta que no era tan grave, como nos
explicó: se había dejado robar en los baños la ropa del tesorero,
pero, decía, su valor felizmente era apenas de diez sestercios.
Retrocedimos
con el pie derecho y fuimos a rogar al tesorero, que estaba contando
monedas en el atrio, que perdonase el castigo al esclavo. Él alzó la
cabeza con arrogancia y nos respondió de la siguiente forma: - El
motivo de mi decisión no es tanto el robo en sí mismo como la
negligencia de este esclavo estúpido que me ha perdido el regalo de
un cliente por mi cumpleaños. Era un vestido de festín que, estoy
seguro, estaba teñido de púrpura de Tiro. Pero sólo había recibido
un baño. ¿Qué más me da? Pongo a este en vuestras manos.
**********.
(1)
El célebre atleta Milón de Crotona se ejercitó en cargar un ternero
recién nacido todos los días hasta que el animal hubo crecido
completamente. Sin duda esta historia es el origen del refrán y no la
de Cuartila.
(2)
Velo color de fuego que se ponía a las desposadas. El pasaje es una
parodia de las ceremonias del matrimonio.
(3)
Hace el rol de la «pronuba,. o matrona que conducía el cortejo.
(4)
La cena libre era la ofrecida a los gladiadores y bestiarios
antes del espectáculo. Aquí se emplea seguramente en sentido
figurado por lo relajada que era la cena.
(5)
Puede tratarse de un cuadrante solar, de una clepsidra o de la
máquina hidráulica inventada por Ctesibio (139 a. C.).
(6)
La bocina era un instrumento muy parecido al corno, pero sin
agarradera, como el olifante. Tenia usos militares, como transmitir órdenes
o anunciar el relevo de la guardia nocturna.
(7)
Ya están en el baño público. Muchas casas contaban con baño
privado. Los más frecuentados eran los públicos: unos construidos y
explotados con fines de lucro por empresas privadas «<balnea»), y
otros, gratuitos, construidos por el Emperador o alguien importante «<thermae»).
Las
termas se componían de las siguientes partes:
-El
vestuario donde se confiaban los vestidos a un empleado sus vestidos.
-El
frigidario o sala para el baño frío. Más pequeña y oscura que las
otras salas.
-El
tepidario o sala para el baño tibio.
-El
caldario o sala para el baño caliente. Era usual una pila de agua fría
colocada generalmente en medio de un ábside. Se llamaban «solium»
las piscinas de las termas, a cuyo borde Eumolpo se pone a recitar
poesías (cap. 92).
Los
baños disponían también de habitaciones para los ejercicios de
palestra o el juego de pelota. Los bañistas iban acompañados de
esclavos que llevaban consigo el aceite, las estrígiles, la soda, las
toallas, etc. En el
cap. 91 Gitón hace de «balneator» de Ascilto. Las estrígiles
eran unas estregaderas de hierro encorvado, que servían para limpiar
el cuerpo de los gimnastas quienes se friccionaban de aceite antes de
los ejercicios. La gran afición de los romanos por los baños es
atestipulada por una inscripción en el empedrado del foro de Timgad
(Argelia): «Cazar, bañarse, jugar y reír: esto es vivir».
(8)
Menelao es el maestro pasante de nuestros protagonistas. El maestro
principal, que ya hemos encontrado en los primeros capítulos, es
Agamenón. Obsérvese que ambos llevan los nombres de los Atridas.
(9)
Era moda de los elegantes de la época beber vino, máxime el Falerno,
después del baño (cfr. Marcial, XII,70).
(10)
Era costumbre derramar un poco de vino en los brindis como ofrenda a
los dioses. Trimalción toma muy a pecho su popularidad.
(11)
Los corredores ("cursores») eran esclavos que precedían la
litera o el coche de su amo.
Las faleras eran collares de oro o plata en forma de medallones
con imágenes de algún dios u otra cosa. Sólo las utilizaban nobles
y militares a modo de decoración.
(12)
Es el «Cave canem» tan frecuentemente inscrito en las casas romanas.
(13)
El caduceo es la varilla de oro de Mercurio, emblema de la paz, la
concordia, el comercio y la medicina.
(14)
Los romanos, que sólo en el siglo III a. C. empezaron a afeitarse,
guardaban religiosamente su primera barba después de ofrecerla a los
dioses en una ceremonia particular llamada «barbatoria».
(15)
Esclavo encargado del atrio y de la dirección del servicio interior
de la casa.
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