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CAPITULO
21
Queríamos
pedir ayuda, pero no había quien pudiera socorremos, en nuestra
desgracia. Por un lado, Psique me pinchaba las mejillas con una
horquilla cada vez que intentaba apelar a los quirites (1).
Por
otro lado, la mozuela perseguía a Ascilto con un pincel empapado de
satirión. [...] y para
colmo apareció un maricón (2) emperifollado con una gausapa (3)
verde mirto (4) recogida hasta el ombligo. [...]
Ya
se frotaba a nosotros esparrancándose de nalgas, ya nos babeaba con
sus hediondos besos. Cuartila, por fin, con una varilla de ballena en
la mano y con las faldas también levantadas, ordenó interrumpir por
un rato nuestro suplicio. [...
]
Nosotros
juramos por lo más sagrado que había que tan horrible secreto
perecería con nosotros. [...]
Vimos
entrar varios entrenadores de palestra que nos
pusieron en buena forma masajeándonos bastante con aceite
fino. Olvidamos el cansancio, nos pusimos los vestidos de cena y
fuimos conducidos a la sala vecina.
Tres
lechos estaban preparados alrededor de una magnífica mesa arreglada
con gran pompa para un banquete. Nos invitaron a echarnos en nuestros
sitios, y se empezó con unas entradas maravillosas acompañadas de
vino de Falemo (9) en abundancia. Después comimos también otros platos
que acabaron por provocamos el sueño.
-¿Qué
quiere decir esto? -gritó Cuartila- ¿Cómo se os ocurre dormir
sabiendo que hoy tenemos que celebrar la vigilia en honor del Genio de
Priapo? [...]
CAPÍTULO
22
Como
Ascilto caía adormecido, agobiado como estaba con tantas
tribulaciones, la esclava que había sido desdeñada injuriosamente
por él aprovechó la ocasión para embadurnarlo con gran cantidad de
hollín y, sin que se diera cuenta, le pintó los labios y los hombros
con un tizón apagado!
Molido
de cansancio, yo también caía poco a poco placenteramente en la
somnolencia. Toda la servidumbre hacía lo
mismo dentro y fuera de la sala. Unos yacían desparramados a
los pies de los invitados; otros, recostados en los muros; y había
quienes roncaban en el umbral de la puerta mutuamente reclinados en
sus cabezas. Las lámparas, casi sin combustible, despedían una
mortecina y exánime luz.
En
ese momento dos sirios se deslizaron en el triclinio para robar un cántaro
de vino. Pero como se pusieron a pelear por él cerca del sitio donde
estaba la vajilla de plata, se les quebró entre las manos, y volcaron
la mesa con toda la vajilla.
Voló
una copa de vino hasta estrellarse con fuerza en el cráneo de una
sirvienta adormecida en un lecho.
Ella
pegó un grito por el golpe, que casi le rompe la cabeza. Al mismo
tiempo la bulla provocó tanto la alarma de los ladrones como el
despertar de varios borrachos. Los sirios, que habían entrado sólo
para robar, con miedo de ser cogidos con las manos en la masa, se
tumbaron al pie de un lecho, y al mismo tiempo, como si lo hubiesen
ensayado de antemano, se pusieron a roncar como si hubieran estado
durmiendo hacía horas.
El
mayordomo, ya despierto, empezó a echar aceite en las lámparas
moribundas. Los esclavos, después de restregarse un poco los ojos,
reanudaron el servicio.
Repentinamente
entró una cimbalista (5) que, tañendo sus platillos, acabó por
despabilamos por completo.
CAPiTULO
23
Se
reinició, pues, el convite. Cuartila nos incitaba otra vez a beber.
El son de los címbalos aumentaba la excitación de la dueña del
jolgorio. [...]
El
maricón se nos presentó. Era un tipo de lo más repugnante, digno
comensal de aquella casa. Después de lanzar una especie de gemido y
de retorcerse las manos, recitó los siguientes versos:
Venid
a mí aquí enseguida,
delicados
bujarrones, aquí,
alargad
el paso,
corred
de prisa, volad con los pies.
Traed
los muslos amables,
las
nalgas activas,
!las
manos lascivas,
oh
tiernos mancebos,
oh
veteranos amantes,
oh
castrados por la mano del Delio (6) en persona (7).
Acabada
su recitación, me babeó con el más inmundo de sus besos. Plantóse
luego en mi cama y, por más que me defendí, logró arrancarme los
vestidos y se sentó sobre mi verga, meneándose con mucho jaleo pero
sin conseguir ningún resultado.
De
su frente chorreaba un torrente de sudor mezclado con la pomada de
acacia que se había puesto. Tanto polvo había en su piel arrugada
que sus cachetes parecían dos paredes a punto de desplomarse por la
lluvia.
CAPITULO
24
Sin
poder contener más las lágrimas y desesperado al extremo, exclamé:
- Por favor, señora ¿no me habíais prometido un embasiceta?
(8)
-
¡Oh! iQué agudeza de espíritu! - respondió Cuartila aplaudiendo
con gracia - ¡Oh fuente de humor castizo! ¿No sabéis que a los
maricones se los llama también embasicetas?
Con
intención de conseguir que mi camarada me reemplazara en mejor forma,
le respondí: - Si sois justa, ¿por qué Ascilto es el único que
goza de vacaciones en este triclinio?
-
Tienes razón -dijo- ¡Qué le pasen el embasiceta a Ascilto!
Dicho
y hecho: el maricón cambió de caballo, pegó un salto hacia mi compañero
y lo aplastó con su trasero y sus besos.
Gitón,
parado ante nosotros, se rompía los ijares de risa.
Cuartila
se fijó en él y me preguntó con el más vivo interés a quien
pertenecía el muchacho.
-
Es mi amante - respondí.
-
¿Y por qué no me ha besado todavía? - dijo y, llamándolo, le dio
un beso en plena boca. Metióle también la mano por debajo de la ropa
para sobarle su inexperto cañito.
-
Mañana esto se estrenará conmigo en la guerra a guisa de preámbulo
a mis placeres ya que después de la merluza
que me he comido (9) no apetezco cosas banales - dijo.
CAPITULO
25
Mientras
ella hablaba, Psique se acercó sonriendo y le dijo no sé qué cosa
al oído. .
-Claro,
claro -exclamo Cuartila-. Tienes razón. ¿Por qué no? La ocasión es
formidable. ¡Hay que desvirgar a nuestra querida Panníquide!
Un
momento después nos mostró a una niña bastante bonita que no parecía
tener más de doce años, la cual había venido con Cuartila a nuestra
habitación. Todo el mundo aplaudió la idea y reclamó la pronta
consumación de las nupcias.
-
Gitón es un niño muy vergonzoso -repliqué pasmado. Él no se
prestará a hacerlo delante de todos. Además de esto la niña todavía
no está en edad de soportar normalmente su función femenina.
-
¿Y qué? - me interrumpió Cuartila- ¿Acaso tiene menos años de los
que tuve yo cuando aguanté a mi primer varón? Que recaiga sobre mí
la ira de Juno si me acuerdo haber sido virgen alguna vez. Desde niña
ya me revolcaba con mis compañeros y, a medida que pasaban los años,
me dediqué a muchachos más robustos. Es así cómo he llegado a la
edad en que me veis. Seguramente esto es el origen de aquel proverbio:
«Muy bien soportar puede al toro el que cargar pudo al ternero» (11)
No
me quedó más que levantarme para asistir a la ceremonia nupcial pues
temía que, en privado, le pasaran a mi querido peores cosas.
*************
(1)
Ver nota 4 del capitulo 134.
(2)
Traducción de «cinaedus», de etimología griega: «el que se mueve
o
danza».
Injuria aplicada a los profesionales del sexo.
(3)
Tejido de lana con los pelos en una cara y liso en la otra.
(4)
El color de los afeminados.
(5)
Los címbalos antiguos eran más pequeños que los modernos. Eran típicos
de las ceremonias en honor de Cibeles.
(6)
Apolo. Díaz y Díaz traduce esta frase: «voluntarios capones de
Delos».
(7)
Esta poesía y la primera del capítulo 132, ambas picarescas, están
formadas de versos sotádicos, de Sotades, poeta alejandrino
especializado en la obscenidad. Sotades se entretenía componiendo
versos que, leídos al revés, daban un sentido indecente. A estos
versos se los llamaba «cinaedi».
(8)
Embasiceta era un jarro para servir vino, pero al mismo tiempo
designaba al escanciador y, por extensión, al afeminado a causa del
mito de Ganimedes.
(9)
«Asellus» puede significar merluza y pollino. La
frase es un proverbio latino intraducible con su doble sentido
escabroso.
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