|
CAPITULO
16
Estábamos
saboreando la cena preparada con cariño por Gitón, cuando he aquí
que sonaron en la puerta unos golpes estrepitosos. Todos pálidos,
preguntamos:
-¿Quién
es?
-¡
Abre y ya verás ! -fue la respuesta.
Mientras
deliberábamos, la cerradura cedió sola y la puerta se abrió
bruscamente ante una mujer velada que era la compañera del campesino
de antes.
-¿Habéis
querido burlaras de mí? -nos dijo- Yo soy la esclava de Cuartila y
vosotros sois los que interrumpisteis su ceremonia en la gruta (1).
Ella en persona ha venido también a vuestro cuchitril y desea
entrevistarse con vosotros. Mas no tengáis miedo, que no trae ninguna
intención de quejarse por vuestro error ni de castigaros. Está más
bien preocupada por saber qué divinidad se ha dignado llevar a su
barrio a jóvenes tan apuestos como vosotros.
CAPÍTULO
17
Nos
quedamos mudos y perplejos sin saber qué decir.
Seguidamente
entró la tal Cuartila acompañada de una niña; se sentó en mi cama
y se puso a llorar largamente. Nosotros seguíamos sin soltar palabra
y más atónitos todavía ante la lacrimosa escena de dolor, a ojos
vistas preparada de antemano. Al calmarse tan aspaventoso diluvio, se
quitó el palio de su cabeza mostrando una expresión altiva. Se
retorció las manos hasta crujir las articulaciones, y nos dijo:
-¿Qué
insolencia es esta? ¿Dónde habéis aprendido estos latrocinios que
aventajan a los de la leyenda? No obstante, temo mucho por vosotros:
el dios Fidio me es testigo (2). Hasta ahora nadie ha logrado
contemplar impunemente lo que está prohibido. Pero bien sé que
nuestro país está tan lleno de divinidades propicias que es más fácil
tropezarse con un dios que con una persona. No creáis pues que he
venido aquí en son de venganza. Estoy más conmovida por vuestra
inexperiencia que por la afrenta recibida. Todavía
creo que únicamente por imprudencia habéis cometido este crimen
inexpiable. Sin embargo, aquella noche de la profanación me dieron
unos escalofríos tan horribles
que
creí que eran ataques de terciana. Pedí entonces la medicina al sueño
(3), e inmediatamente recibí la orden de buscaros; y se me reveló
una manera sutil para curar los ataques de mi enfermedad. Pero no es
el remedio lo que más me inquieta. Hay algo que me desgarra más las
entrañas y , que puede obligarme a buscar la muerte, y es que
vosotros, dejándoos llevar por una juvenil indiscreción, divulguéis
algún día 10 visto en el santuario de Príapo y repitáis en público
las revelaciones divinas. Aquí me tenéis postrada a vuestros pies
con las manos suplicantes. Os ruego y os suplico: no toméis en broma
ni en juego nuestras ceremonias nocturnas; no reveléis estos secretos
de tantos años que solamente mil personas conocen.
CAPÍTULO
18
Al
acabar su deprecación, se puso otra vez a derramar lágrimas.
Prorrumpió en largos sollozos, inclinando finalmente la cabeza y el
pecho en mi cama.
Yo
estaba turbado tanto por la compasión como por el miedo.
-
¡Animo! -le dije- por ambas cosas tened confianza en nosotros, que no
vamos a divulgar ningún secreto y, por lo que atañe a la fiebre, si
algún dios os ha indicado el remedio, aquí estamos nosotros para
secundar la providencia divina, aunque haya que arriesgar la vida.
Sosegóse
la dama con esta promesa y me llenó efusivamente de besos. Mudando lágrimas
en sonrisas me dijo mientras me acariciaba los rizos que me colgaban
por detrás de la oreja:
-
Sólo me queda entonces hacer una tregua con vosotros. Retiro mi
acusación. Pero sabed que si por las buenas no hubierais aceptado
proporcionarme el remedio solicitado, mañana se habrían encargado de
vengar mi injuria y mi honor unos hombres que ya tenía listos.
Soportar
el desprecio es infamante, vengar las ofensas es mi orgullo. Mi placer
estriba en caminar sin obstáculos por donde el capricho me lleve. El
sabio mismo, si por alguien es vejado, levanta en público un litigio.
Suele acabar ganando el que a su adversario no degüella [...]
Luego,
dando palmadas, soltó tal carcajada que nos infundió pavor. Lo mismo
hizo a su lado la esclava que entró primero; lo mismo hizo la
doncellita que vino con ella.
CAPÍTULO
19
Todo
retumbaba con estas espectaculares risotadas sin que comprendiéramos
nada todavía de su brusco cambio de humor. Nos mirábamos un momento
y mirábamos después a las mujeres. [...]
-
Así, pues, he hecho prohibir la entrada de toda alma viviente en la
posada para poder recibir de vosotros sin ninguna molestia el remedio
contra la terciana.
A
estas palabras de Cuartila, Ascilto quedó paralizado cierto tiempo.
Yo, más helado que un invierno de las Galias, tampoco supe qué
replicar, mas confiaba en mis compañeros si algún percance me
aconteciere. Tres mujerzuelas, por más emprendedoras que fuesen, no
podrían nada contra nosotros que, a falta de otra cosa, teníamos
sexo masculino. Además estábamos ya con el vestido recogido.
Más
aún, yo ya había ordenado el plan de batalla combinando las parejas
si acaso nos atacaban: yo me encargaría de Cuartila, Ascilto de la
esclava, y Gitón de la doncella. [...]
Quedamos
at6nitos, y toda nuestra valentía se vino al suelo, y ya la muerte
ineluctable lanzaba su sombra sobre nuestros desventurados ojos. [...]
CAPÍTULO
20
OS
suplico, señora -exclamé-, que, si nos reserváis algo más funesto,
acabéis pronto de una vez
con nosotros. Nuestro pecado no es tan grande como para morir
torturados. [...] y listos
para el combate.
(1)
Ceremonia del culto de Príapo.
(2)
Juramento muy usado por los romanos.
(3)
Los sueños desempeñaban un rol muy importante en las curaciones de
Esculapio (Asclepio), el principal dios salutífero del mundo antiguo.
|