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CAPITULO
11
Inspeccionada
toda la ciudad (1), regresé a mi dormitorio pudiendo al fin con
tranquilidad comernos a besos mi muchacho y yo. Lo enlacé
estrechamente en mis brazos y satisficimos todos nuestros deseos con
tal placer que era para dar envidia. Ni siquiera todo estaba consumado
cuando de repente, Ascilto que se había acercado de puntillas a la
puerta, rompió estrepitosamente la cerradura y me cogió de sorpresa
en pleno jugueteo con mi querido. Llenó
el
cuarto con carcajadas y aplausos, arrancó la sábana que me cubría,
y exclamó: -¿A qué te dedicabas mi muy santísimo hermano? ¡Cómo!
¿Os juráis en la cama amistad eterna? y no contento con esta broma,
desató la correa de su alforja y empezó a azotarme sin ningún
reparo. Sus golpes los sazonaba además con sarcasmos de esta índole:
- ¡Cuidado, querido hermanito, con que me des a mí lo mismo cuando
hagamos la repartición de bienes! (2) [...]
CAPITULO
12
A
la caída del sol llegamos al foro. Vimos un baratillo con muchas
mercaderías bastante baratas, pero cuya dudosa calidad encontraba una
cómoda protección en la oscuridad de la tarde. Como nosotros también
habíamos traído el palio (3) 'robado', aprovechamos la brillantísima
ocasión para instalamos en un rincón y desplegar un orillo del palio
en espera de algún comprador que se viera atraído por el visto de la
prenda.
En
efecto, al cabo de un rato, un labrador, que no me era del todo
desconocido, se acercó en compañía de una fulana y con sumo cuidado
se puso a examinar el palio.
Ascilto
observaba al paisano por detrás; de repente enmudeció y palideció.
A mi vez yo me sobresalté no poco al reconocer que aquel hombre era
el que había hallado mi túnica en el lugar solitario de antes. No
podía ser otro. Ascilto no quería creer a sus ojos. Para cerciorarse
mejor, se acercó al hombre de marras como si él también fuese otro
comprador. Cogió el faldón de la túnica que le colgaba de los
hombros, y se puso a palparlo con meticulosidad.
CAPITULO
13
-
¡Oh, admirable capricho de la Fortuna! El campesino
ni siquiera había tenido la curiosidad de rebuscar en las
costuras y llevaba la túnica con asco, como si fuera la de algún
mendigo, sólo con ánimo de venderla.
Al
asegurarse Ascilto de que nuestro tesoro permanecía inviolado y
contando con la poca sagacidad del vendedor, me condujo un poco a
parte y me dijo:
-¿Sabes,
querido mío, que el tesoro tan llorado por mí como perdido ha
regresado? Aquella es nuestra amada túnica y guarda consigo todavía
todos nuestros áureos como lo he comprobado. ¿Qué hay, pues, que
hacer? ¿Qué argumentos emplear para exigirle lo que nos pertenece?
Doblemente
encantado de contemplar nuestro botín y de verme librado por la
Fortuna de la peor de las sospechas, propuse no emplear ningún rodeo
y combatir con el derecho civil en la mano. Si el otro se negase a
devolver el objeto a su legítimo propietario, podríamos recurrir al
interdicto (4).
CAPITULO
14
Mas
las leyes infundían temor a Ascilto:
-¿Quién
nos conoce en este lugar? -decía ¿Quién querrá creemos? Mi opinión
es comprar la túnica aunque sea bien nuestra. Es mejor recuperar el
tesoro con unos cuantos cobres que embarcarnos en un litigio incierto.
¿Qué pueden hacer allí las leyes donde sólo el dinero reina,
allí
donde nunca un proceso la pobreza ha ganado? Hasta los que pasan la
vida con el morral de los cínicos (5) comercian con la verdad más a
menudo de lo que se piensa. Convenzámonos de que la justicia no es
otra cosa que pública mercadería, y que el caballero (6) que preside
la defensa de las causas lo único que hace es reglamentar el mercado.
Por
desgracia, salvo un dupondio, destinado a comprar garbanzos y
altramuces, estábamos con las manos vacías.
Para
no perder el botín decidimos entonces ceder el palio a poco precio:
este pequeño sacrificio se vería compensado con una mayor ganancia
futura.
Sin
perder tiempo les expusimos nuestro artículo. La mujer que acompañaba
al campesino, embozada con un velo, seguía examinando con atención
el palio. En una de esas lo agarró con ambas manos del borde y se
puso a gritar: -¡Estos son los ladrones!
Nos
cogió de sorpresa, pero, sin quedarnos atrás, nos lanzamos también
nosotros hacia su rota y sucia túnica y proclamamos a voz en cuello
que esos harapos eran nuestros.
Pero
la partida no estaba pareja. Los chamarileros, atraídos por nuestra
curiosa disputa, reían a mandíbula batiente y no sin motivo: por un
lado se reivindicaba una finísima prenda, y por el otro, unos
andrajos que ni aún en retazos podían valer algo. Por fin Ascilto
hizo cesar las risas y, logrado un poco de silencio, declaró:
CAPÍTULO
15
Estamos
viendo que cada uno de nosotros aprecia en alto grado lo que le
pertenece; en consecuencia, que ellos nos devuelvan nuestra túnica y
después recibirán su palio.
Al
palurdo y a la mujer les pareció bien el cambio, pero unos
tinterillos con cara de granujas, en mala hora quisieron sacar
provecho del palio e intervinieron diciendo:
-
Dejadnos a nosotros ambas prendas hasta que mañana el juez dictamine
sobre la disputa, pues no se trata sólo de resolver un litigio de
propiedad. Hay otra cosa más importante porque existe sospecha de
robo en ambos rivales (7).
Ya
al público le parecía buena la idea de nombrar a algún secuestrador
(8) y ya uno de la turba, un calvo lleno de forúnculos, que solía
también entrometerse en los procesos, se había lanzado sobre el
palio, afirmando que al día siguiente lo traería. Era claro que lo
único que buscaban era que
dejásemos el palio en poder de aquellos rateros para quedarse
definitivamente con él pues esperaban que no compareceríamos a la
citación por miedo a ser acusados de robo. [...]
Sobre
este punto no podríamos estar más de acuerdo con nuestros
adversarios y el azar favoreció a ambas partes. El campesino,
indignado porque lo que le exigíamos con tanto afán eran unos guiñapos,
arrojó la túnica a la cara de Ascilto y, para acabar con el lío,
nos ordenó depositar en una tercera persona el palio, única materia
de litigio para él. [...]
Con
la mente puesta en nuestro tesoro recobrado, corrimos al albergue a
toda velocidad. A puertas cerradas nos divertimos a carcajadas del
cacumen de los mercaderes y de nuestros acusadores. ¡No pudieron
devolvemos el dinero con mayor inteligencia!
Inmediata
satisfacción a mis deseos obtener no busco, y las victorias
preparadas de antemano desprecio.
*********
(1)
Literalmente: «después de barrer con mi mirada toda la ciudad».
Esto hace suponer a P. Grimal que el cuarto de Encolpio daba a una
terraza, en una parte elevada de la ciudad.
(2)
literalmente: <no vayas a dividir así con tu hermano». la perífrasis
se justifica porque <dividere> significa también <sodomizar>.
(3)
Conviene aquí describir el vestido de los romanos. Los antiguos no
llevaban ropa interior propiamente dicha. De allí la vergüenza de
Fortunata al ser levantada de los pies (cap. 67). Encolpio solo tiene
que levantarse la túnica para enseñar su sexo (cap. 140). la túnica
masculina llegaba hasta la pantorrilla; la de las mujeres hasta los
talones. Se llevaba ceñida a la cintura con una correa. Para
facilitar los movimientos, se la arremangaba lo más arriba posible (caps.
19, 21, 126). Una banda ancha de púrpura o laticlavia, tejida sobre
ambos lados de la túnica, indicaba a los senadores (cap. 76) y, si la
banda era angosta, a los caballeros. Para la calle o en público, los
hombres se ponían encima la toga, el vestido nacional romano por
excelencia. Los niños, los altos funcionarios y algunos sacerdotes
llevaban una banda de púrpura tejida en el borde anterior de la toga.
Esta toga se llamaba pretexta. A los 17 años el niño la abandonaba y
la depositaba, con las bulas, en el larario. Era el día de la toga
viril.
En
el cap. 81 se informa que lo que hizo Gitón ese día fue adoptar la
estola femenina. El séviro Trimalción querrá ser enterrado con la
pretexta (cap. 78). la estola, vestido exclusivo de las mujeres, era
una segunda túnica con mangas. Encima de ella se ponía un manto
(<palla>) que servía para cubrirse a voluntad la cabeza (cap.
124). Parece que los afeminados también lo hacían (cap. 101). El
manto llamado palio reemplazaba muy frecuentemente a las embarazosas
togas y <pallae>. la maga Enotea se viste con un palio cuadrado
(cap. 135). El refinado Trimalción se seca con palios de pura lana
finísima en vez de hacerla con toallas (cap. 28). El calzado de calle
se llamaba <calcei>, que cubría el tobillo y se sujetaba con
pasadores (cap. 136). En privado y sobre todo en los banquetes, se
usaban las sandalias, <oleae> (cap. 156). Era una grave
inconveniencia mostrarse en público en sandalias como lo hace
Trimalción (cap. 27)
(4)
Los interdictos eran unas disposiciones dadas por el pretor o por el
presidente de una provincia para cortar ciertas disputas. Mas,
precisamente, aquí se trata del interdicto «retinendae possessionis»,
que estaba destinado a poner un término a los conflictos que se
suscitaban entre dos personas por la posesión de una cosa.
(5)
El cinismo tiene por fundadores a Diógenes y a Amostenes. Más que
sistema filosófico, es un movimiento negativo, subversivo y
demoledor, de oposición a todos los valores sociales, a los
refinamientos y complicaciones de la vida ciudadana, que trata de
sustituir por la pretendida sencillez de la vida «natural». Diógenes
no usaba túnica, y por todo vestido llevaba un manto doble «<tribón»),
un bastón y un zurrón de mendigo, indumentaria que llegó a ser una
especie de uniforme de los cínicos. Petronio, al hablar de la
banalidad de los cínicos, quizá aluda a la vida poco ejemplar de
Menipo. Este, sea dicho de paso, fue el creador de las sátiras
menipeas,
género literario, mezcla de prosa y poesía, precursor de Varrón y
de Petronio.
(6)
Los tribunales ordinarios estaban formados por tres «decurias
judiciales». Una de ellas, desde la Ley Aurelia (70 a. C.), estaba
integrada por la orden ecuestre, es decir, los caballeros.
Representantes del Senado y tribunos del tesoro constituían las
otras.
(7)
Los retóricos distinguían cinco grados de representabilidad o
defendibilidad del discurso: el honesto, el dudoso, el paradójico, el
humilde y el oscuro. En la Retorica de San Agustín se da el siguiente
ejemplo del género «humilde y sórdido>: «un pobre vendía
vestidos; apareció otro pobre que los reivindicaba como propios y
manifestaba que le habían sido
robados....
Probablemente es una alusión a este episodio del Satiricón
(8)
El «sequester» era la persona en cuyas manos se depositaba la prenda
disputada, con cargo de conservarla y devolverla a la parte que ganase
la causa.
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