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CAPITULO
6
Por
estarlo escuchando con atención no me di cuenta de que Ascilto ya se
había marchado [...] Aproveché del calor de la discusión y
silenciosamente me dirigí al jardín, donde vi pasar por el pórtico
una banda numerosa de estudiantes. Parecía que venían de escuchar la
declamación de algún improvisador que había respondido con una
suasoria a Agamenón. Los jóvenes se reían de su estilo y comentaban
burlonamente todo el discurso. No encontré mejor ocasión para
escabullirme e ir inmediatamente a buscar a Ascilto.
Pero
en la confusión fui a dar a una calle desconocida y, encima de esto,
ni me acordaba de la dirección del albergue. Por más que caminaba,
regresaba siempre al mismo lugar. Finalmente, cansado de andar y
empapado en sudor, no me quedó más que abordar a una viejita que a
grito pelado vendía verduras.
CAPITULO
7
Madre,
por favor, ¿sabes tú por casualidad dónde vivo? -le pregunté.
-
Estoy segura de que lo sé -respondió divertida por mi broma tan
insulsa. Y levantándose, se puso a caminar delante de mí. Parecía
ser alguna adivina, y [...]
Sin
tardar mucho llegamos a una casa de un barrio bastante apartado y,
abriendo la cortina de la puerta, la amable vieja me dijo:
-
Apuesto a que es aquí donde vives.
-
En mi vida he viso esta casa -le estaba diciendo cuando se presentaron
a mi vista ciertos personajes misteriosos deambulando entre carteles
(1) y meretrices desnudas.
Tardé
un momento, ¡demasiado tiempo!, en reconocer que había sido traído
a un burdel.
Con
una maldición para la vieja alcahueta, me cubrí la cabeza y me puse
a buscar la puerta trasera en el interior del lupanar. y he aquí que
me tropiezo con Ascilto, tan exhausto y molido como yo.
Fue
de imaginar que tuvo a la misma vieja de guía. Lo saludé con una
sonrisa burlona y le pregunté qué hacía en tan mal afamado lugar.
CAPITULO
8
Se
secó el sudor con las manos y me respondió:
-
Si supieras lo que me ha pasado!...
-
¿Algo nuevo? -repuse.
Y
jadeante me contó:
-
Hace un momento, por más que recorría toda la ciudad, no podía
encontrar el albergue donde me alojaba. En esto se acercó a mí un señor
muy decente que se ofreció con toda educación a enseñarme el
camino. Después, internándose por oscurísimas y tortuosas
callejuelas, me condujo a este lugar. Pero aquí con su aparato (2) en
la mano me propuso dejarme fornicar por él. Ya la puta propietaria
del burdel, había recibido su as (3) por la habitación, ya el tipo
me había puesto la mano y ya, si yo no hubiera sido más fuerte que
él, habría recibido mi porción [...]
...con
tal fogosidad que aquí y allá todo el mundo pare-
cía
drogado con satirión (4) [...] ...uniendo nuestras energías,
logramos rechazar el ataque del importuno [...]
CAPITULO
9
A
pesar de la oscura neblina divisé a Gitón, parado en la vereda de la
callejuela del albergue. Apuré allá mis pasos.
-
Querido mío -le pregunté-, ¿has preparado ya la comida?
El
muchacho se sentó en la cama y comenzó a llorar. Las lágrimas se
las enjugaba con el dedo gordo.
-
¿Qué te ha sucedido, hermanito? -le interrogué consternado por su
aspecto.
Sólo
cuando a muchos ruegos mezclé varias amenazas consintió al cabo de
un rato y de mala gana.
-
Este compañero tuyo que, se supone, es tu mejor amigo, te precedió
hace un rato en esta posada y le vinieron enseguida las ganas de
atentar contra mi pudor.
Como
yo gritaba a más no poder, sacó su espada (5) y me dijo: «Si te
haces la Lucrecia, ya encontraste en mí a tu Tarquinio.»
A
esta noticia me dirigí hacia Ascilto, con los puños dirigidos a sus
ojos, apostrofándole así:
-
¿Qué me dices a esto, so puta, más pasivo que las hembras, tú que
hasta el espíritu lo tienes desflorado?
Ascilto,
con un enojo bien disimulado y blandiendo los puños con más vigor,
me respondió más fuerte todavía:
-
¡Cállate tú, gladiador obsceno (6), desecho de la arena! ¿Qué
hablas tú, rufián nocturno, tú, que ni siquiera en la época cuando
brincabas con fuerza, te has acoplado con mujeres decentes? ¡Tú, que
me poseíste en un bosque así como ahora lo haces a tu muchacho en
este albergue!
-
¿Es por ventura por esto por lo que te zafaste mientras el preceptor
declamaba? - le argüí.
CAPITULO
10
-
¿Qué otra cosa podía hacer, pedazo de imbécil, si me moría de
hambre? ¿Hubieras querido que me quedara a escuchar sus frases
resonantes como una quebrazón de vasos, que parecían más bien una
interpretación de sueños? ¡Por Hércules!, eres más puerco que yo
porque has alabado sus poesías sólo para hacerte invitar a una cena
Así
esta discusión tan vergonzosa se transformaba poco a poco en
carcajadas y, ya más tranquilos, pasamos a otras cosas [...]
Pero
más tarde, volviéndome a la memoria su mala fe, le propuse a Ascilto
lo siguiente:
-
Mira -le dije-, nosotros no podemos llevamos bien. Repartámonos
nuestras pocas pertenencias y partamos cada uno por nuestro lado a
buscar fortuna. Ni tú ni yo somos ignorantes. y para no estorbarte en
tus negocios, me dedicaré a otros diferentes; en caso contrario nos
pelearemos a diario por mil motivos y seremos el hazmerreír de la
ciudad entera.
Aceptó
Ascilto, pero añadió:
-
De todas maneras no perdamos tiempo esta noche ya que nos han invitado
a cenar como eruditos. Mañana, si te da la gana, buscaré alojamiento
y a otro amante.
-
Es perder tiempo aplazar lo decidido -le dije. [...]
Mi
apuro en separamos provenía únicamente de mi pasión amorosa pues
hacía tiempo que deseaba desembarazarme de este molesto espectador a
fin de re iniciar mis placeres habituales con mi querido Gitón. [...]
(1)
Estos carteles indicaban el nombre y las peculiaridades eróticas de
las prostitutas.
(2)
Petronio, como Plauto, usa «peculium» por pene.
(3)
Las habitaciones se alquilaban por hora variando el precio entre 1 y 2
ases.
(4)
Droga extraída de algunas orquidáceas. Plinio describe sus
propiedades y distingue hasta tres clases de ella
(5)
<Gladius» tiene también sentido erótico.
(6)
La frase parece abreviada. Lo que se quiere decir es que Encolpio, al
derrochar todo su dinero, se hizo gladiador, y por esto ahora es un
desecho de la arena».
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