El autor La obra Índice

 

 
Capítulos  I a V
 

CAPITULO UNO

....Y no están poseídos por las mismas Furias los declamadores que vociferan lo siguiente? (1):

-Estas heridas que veis las he recibido por la libertad del pueblo; este ojo, por vosotros lo he sacrificado. Dadme un guía que me conduzca a mis hijos, que mis piernas con las corvas tajadas ya no me sostienen (2).

Estos discursos serían tolerables si por lo menos mostraran el camino de la elocuencia a los aprendices. Pero el caso es que esta verborrea y catarata de frases huecas sólo sirven para que, una vez en el foro (3), ellos se creen caídos en otro planeta.

Seguro estoy de que la razón del total embrutecimiento de estos jovencitos en la escuela es que nada de lo que allí oyen o ven les da una imagen real de la vida. Sólo se trata allí de piratas emboscados con cadenas en las playas, de tiranos que obligan a la gente con edictos a decapitar a sus propios padres, de sentencias de oráculos que en epidemias ordenan inmolar tres o más vírgenes.

Todo no es sino fraseología altisonante y dulzona. Todo, palabras y acciones, da la impresión de estar sazonado con adormidera y ajonjolí (4).

CAPITULO DOS

El paladar de los que se nutren con esto se trastorna: nunca huelen bien los que trabajan en la cocina.

Permitidme, pues, que os diga que vosotros sois los primeros responsables en haber echado a perder la elocuencia. Con vuestra palabrería inútil y vana y con vuestros ridículos trabalenguas habéis transformado el buen decir en una cosa enfermiza y desmayada.

Los jóvenes no eran todavía prisioneros de las declamaciones en la época en que Sófocles y Eurípides encontraron la manera adecuada de hablar. En aquel tiempo no hubo ningún umbrático doctor de colegio que ahogara el buen gusto, cuando Píndaro y los nueve líricos (5) cesaron de cantar con el ritmo homérico.

Si no queréis que os cite solamente ejemplos de poetas, tomad a Platón y Demóstenes: yo no veo que hayan recurrido a esta clase de ejercicios.

La elocuencia, si es grande y, por así decirlo, casta, no ha de maquillarse ni hincharse. Triunfa cuando su hermosura es natural. No hace mucho que esta charlatanería fanfarrona y desequilibrada emigró del Asia hasta Atenas, envenenando con su influencia, como un astro maligno, las aspiraciones de los jóvenes a las grandes empresas. Con su estilo corrompido, la elocuencia se paralizó y enmudeció (6).

Decidme: en definitiva, ¿quién ha superado hasta ahora la gloria de un Tucídides o de un Hipérides? y no es únicamente la poesía la que ha perdido sus sanos colores. Todo lo que se ha empachado con dicho alimento no ha podido sobrevivir hasta las canas de la vejez.

También la pintura ha corrido la misma suerte desde que los egipcios osaron simplificar el procedimiento de este sublime arte.

 

CAPITULO TRES

Agamenón no soportó que mi declamación en el pórtico durase más que la suya propia hecha con sudores en la sala de conferencias (7).

-Muchacho -me dijo-, puesto que eres original en tu manera de hablar y, cosa extrañísima, aprecias el recto talento, yo te revelaré los secretos de este arte. Al fin de cuentas, no son los profesores los que tienen la culpa de estas prácticas pues están obligados a decir tonterías en medio de tantos imbéciles. Si sus lecciones no agradaran a estos chicos, «se quedarían solos en sus conferencias», como decía Cicerón (8).

Mira a los aduladores profesionales: cuando intentan ser invitados a la cena de algún magnate, lo primero que piensan es alabar lo mejor posible a su auditorio, ya que no conseguirían lo que buscan si no seducen las orejas de su personaje. El maestro de elocuencia es como el pescador que, si no pone en su anzuelo el cebo deseado por los pececillos, permanecerá toda la vida sobre la escollera sin esperanzas de pescar algo.

 

CAPITULO CUATRO

¿Conclusión? Son los padres quienes deben ser reprobados, pues no quieren hacer educar a sus hijos con una disciplina severa. Como en todo, lo primero que hacen es sacrificar en aras de la propia ambición sus esperanzas. Después, apresurados por las ganas, impulsan hacia el foro a estos espíritus todavía inmaduros en el estudio.

Y esta elocuencia, que consideran como lo más grande del mundo, es puesta en manos de recién nacidos. Si los dejaran realizar sus estudios de manera gradual para que el espíritu se impregne de los preceptos de la filosofía, para que extraigan las palabras de un implacable estilo (9), para que escuchen bien a los modelos que quisieran imitar, para que se persuadan de que todo lo que seduce a la infancia es mediocre, muy pronto esta sublime elocuencia recuperaría la autoridad de su majestad. 

Hoy en día la niñez sólo se dedica a jugar en la escuela; la juventud hace el ridículo en el foro y, lo que es más vergonzoso, los mayores no se atreven a confesar la pésima educación que recibieron de niños.

Y para que no creas que desapruebo las improvisaciones (10) familiares a la manera de Lucilio, me serviré como el de un poema para expresarte mis sentimientos:

CAPITULO CINCO

SI alguien desea cosechar los frutos de este difícil arte y aplicar la mente a lo sublime, debe; primero, llevar una vida rigurosamente regulada en la frugalidad; despreciar con frente serena el altanero palacio; dejar de merodear como un cliente vulgar la mesa de los poderosos; huir de compañías libertinas, no sea que el fuego de su ingenio se apague en el vino; no debe sentarse en el teatro para aplaudir por dinero cada frase de su actor; sino que, aunque le sonría la ciudadela de la belicosa Tritonia (11), o la tierra habitada por el colono lacedemonio (12), o la morada de las Sirenas (13), consagre sus primeros años a la poesía y beba con ánimo fecundo de la meonia fuente (14).

Una vez ahíto de la socrática tropa, dé, libre, rienda suelta a su inspiración, y blanda las armas del gran Demóstenes. Rodéese después de la hueste literaria romana, y cambie con ella su estilo si lo tiene ataviado de resonancias griegas, e imprégnelo de un sabor original.

De cuando en cuando despliegue en el foro sus páginas y dé libre curso a su lectura, y que allí resuene la Fortuna, caracterizada por la rapidez de sus cambios.

Nútrase de las bélicas hazañas, con ritmos feroces cantadas, y resuenen amenazantes los periodos grandiosos del indómito Cicerón. Adorna tu espíritu con estas riquezas: de esta manera saciado en el magnífico río de las Piérides (15), difundirás las palabras brotadas de tu pecho.

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(1)  Es Encolpio, el protagonista, el que habla en primera persona durante toda la novela y declama el presente discurso. Encolpio bien ha podido haberse referido a la historia de los abderitanos contada por Luciano al inicio de su libro "Como hay que escribir la Historia".

Figurilla romana de barro cocido de la época de El Satiricón.

(2)  El declamador imita a los candidatos al consulado pidiendo los votos del pueblo. Excita la conmiseración ostentando el castigo que se infligía a los prisioneros de guerra.

(3)  Originalmente plaza de mercado, el foro se convirtió pronto en el centro de los asuntos públicos y privados. Alrededor de la plaza se levantaban los principales monumentos: basílicas, templos, curias, arcos de triunfo, bibliotecas, mercados, casas de préstamo

(4)  Condimentos muy empleados en los dulces.

(5)  Alceo, Gafo, Anacreonte, Íbico, Arquíloco, Baquílides, Alcmán, Arión y Tirteo, según algunas listas. Todos poetas griegos que vivieron entre los siglos VII y V a. C.

(6)  El tema estaba de moda. Quintiliano escribió un libro, perdido, llamado "Causas de la corrupción de la elocuencia".

(7)  La «schola» (sala de conferencias) era una sala contigua al pórtico.

(8)  Pro Caelio, 17,41.

(9)  Para entender la fuerza de la frase consideremos que «estilo» no sólo era el punzón usado para escribir en las tablillas sino también un instrumento de labranza.

(10) En el texto, «schedium», del griego: «hecho rápidamente».

(11) Atenas. Otros creen que se trata de Turios, fundación ateniense.

(12) Tarento.

(13) Nápoles.

(14) Los poemas de Homero.

(15) Las Musas.

 

 

 

 

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