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Petronio
es el autor a quien se atribuye la
composición de la novela titulada El Satiricón, que muestra en cambio
coincidencia en ser considerada la primera novela de la historia de la
literatura occidental.
Aunque la
cuestión sobre la identidad de este personaje sigue abierta, y hay quienes
lo sitúan en fecha tardía (s. III d.C.), se impone la opinión de quienes
consideran que se trata del Petronio (c. 27-66 d.C.) que vivió en época de Nerón
y fue llamado Arbiter elegantiarum, al cual se refiere el
historiador Tácito, describiéndolo como un hombre refinado y
original.
Este Petronio fue amigo de Nerón
y, acusado como Séneca y Lucano de haber participado en una conjura para
matar al emperador, se suicidó.
Pero en
realidad poco o
nada se sabe con certeza sobre la fecha de creación de El Satiricón y
sobre su autor.
El
mismo nombre del autor presenta variaciones en los pocos y escuetos
testimonios que de él subsisten en citas de fragmentos perdidos de la
obra.
Los
gramáticos de los primeros siglos son los que más lo citan. Honorato
Servio, Mario Mercátor, Pompeyo, Juan Lido, Boecio, Prisciano, Lactancio
Plácido, Mario Sergio, Isidoro de Sevilla y el Pseudo-Acrón lo llaman
simplemente Petronio.
Fulgencio y Terenciano Mauro lo llaman a veces
Petronio y otras, Petronio Arbitro.
En
cambio Macrobio, Sidonio Apolinario, Mario Victorino, Diomedes, S. Jerónimo
le atribuyen únicamente el nombre de Arbitro.
Es
probable que este nombre de Arbitro se deba a una mala interpretación de
un texto de Tácito donde se habla de un cónsul Petronio, «elegantiae
arbiter», muerto por orden de Nerón y que presenta semejanza psicológica
con el autor de El Satiricón.
El
texto «<Anales», XVI, 17-20) es importante, y tal vez pueda
aportarnos alguna pista.
...en
el espacio de pocos días cayeron juntos Áneo Mela, Cerial Amicio, Rufrio
Crispino y Petronio [...] En lo que concierne a Petronio retrocederé un
poco en mi historia.
Él
dedicaba el día para dormir, y la noche para los deberes de la sociedad y
para los placeres de la vida. Si algunos alcanzaron fama por el trabajo,
él lo hizo por la molicie. Tenía reputación, no de juerguista ni de
derrochador como casi todos los que devoran su fortuna, sino de técnico
en los placeres. Sus palabras y acciones agradaban y eran tomadas como
modelo de sencillez en función de la espontaneidad y de cierto descuido
propio con que eran ejecutadas. Sin embargo manifestó energía y estuvo a
la altura de sus funciones como procónsul en Bitinia y después como cónsul.
Luego, regresando a sus vicios o quizá sólo a su imitación, fue
admitido entre los pocos familiares de Nerón como árbitro del buen
gusto: para el príncipe no había nada agradable y delicado que no
estuviese recomendado por Petronio.
De ahí
los celos de Tigelino que vio en él a un rival y a una persona más ducha
en la ciencia de los placeres. Tigelino, pues, excitó la crueldad del príncipe,
pasión que en éste tenía la supremacía sobre las otras, y acusó a
Petronio de ser amigo de Escevino. Se sobornó un esclavo para la delación,
y a Petronio se le privó del derecho de defensa.
La
mayor parte de sus esclavos fueron encarcelados. Por entonces se
encontraba en Campania el César. Petronio fue detenido en Cumas, hasta
donde lo había seguido. No soportó la idea de languidecer por más
tiempo entre el terror y la esperanza, pero tampoco se quitó la vida
bruscamente. Se abría las venas y se las cerraba para abrírselas otra
vez según su antojo, entreteniéndose con sus amigos, pero no con temas
serios ni con nada calculado para conseguir reputación de firmeza.
Escuchaba más bien versos
anodinos y poesías ligeras en vez de reflexionar sobre la inmortalidad
del alma, y de proferir máximas filosóficas.
Dio
dinero a algunos esclavos y a otros, látigo. Más aun, a fin de que su
muerte, si bien forzada, pareciese natural, organizó un festín y dejó
que lo ganase el sueño. Ni siquiera redactó codicilos para adular a Nerón,
a Tigelino o a algún otro poderoso, como lo hacían muchos de los que así
acababan sus días. Lo que hizo fue trazar, bajo el nombre de jóvenes impúdicos
y de mujerzuelas, la narración completa de las degeneraciones del príncipe
con sus más monstruosos vicios. Después de enviarle sellado este
escrito, quebró su anillo, con la aprensión de que no sirviera más
tarde para poner en graves aprietos a otras personas. Nerón investigaba cómo
habían podido ser divulgados sus vicios nocturnos, y le vino Silia a la
memoria. Esta mujer, esposa de un senador, no le era desconocida. Además
él mismo la había asociado a todos sus placeres, como amiga muy íntima
que era de Petronio. El odio de Nerón provocó su destierro con el
pretexto de haber propalado lo visto..."
Plinio
el Viejo y Plutarco hablan también de un Tito Petronio, contemporáneo de
Nerón. El primero cuenta que «el antiguo cónsul, Tito Petronio, antes
de morir a consecuencia del odio de Nerón, quebró un vaso múrrino para
que no acabase en la mesa de éste. Le había costado tres cientos mil
sestercios». Plutarco, al referirse a los redomados aduladores de la
corte neroniana, dice: «Ellos al juerguista y derrochador reprochan su sórdida
avaricia, como hacía Tito Petronio con Nerón.»
Probablemente,
pues, sea el mismo personaje el tratado por Tácito, Plinio y Plutarco,
pero ¿es éste el autor de El Satiricón?
El
problema se complica con los testimonios de Macrobio y de Juan Lido.
Macrobio señala a Petronio como autor de comedias del estilo de las de
Menandro. Juan Lido, por su
parte, lo clasifica entre los satíricos, junto con Juvenal y Turno.
Sidonio Aplinario lo considera uno de los «maestros del buen
hablar latino», y le dice: ...y tú, Arbitro, adorador del sagrado madero
(Estatua fálica de Priapo) en los jardines de Marsella, digno compañero
del helespóntico Priapo...
Falta
saber si todos estos testimonios hablan de la misma persona, y si esta
persona es el verdadero autor o un simple recopilador de cuentos
milesianos o de sátiras menípeas, entremezclados dentro del vagabundeo,
escasamente cohesionado, de Encolpio.
Frente
a todos estos problemas, el erudito no tiene nada que objetar a la
desenfadada suposición de Jean Dutourd: "El verdadero Petronius Arbiter, autor de El Satiricón,
ha debido de ser un corpulento hombre desaliñado, de vida oscura, no muy
rico, hijo quizá de un liberto, ciudadano subalterno en todo caso, sin
aventuras y sin historia, que murió en su lecho (y no en la tina), por
los sesenta y cinco años, después de haber publicado una veintena de volúmenes
cuya pérdida es irreparable".
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