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Entonces Erixímaco, Fedro y algunos otros -dijo
Aristodemo- se fueron y
los dejaron, mientras que de él se apoderó el sueño y durmió mucho tiempo,
al ser largas las noches, despertándose de día, cuando los gallos ya
cantaban.
Al abrir los ojos vio que de los demás, unos seguían durmiendo y
otros se habían ido, mientras que Agatón, Aristófanes y Sócrates eran los
únicos que todavía seguían despiertos y bebían de una gran copa de
izquierda a derecha. Sócrates, naturalmente, conversaba con ellos.
Aristodemo dijo que no se acordaba de la mayor parte de la conversación,
pues no había asistido desde el principio y estaba un poco adormilado,
pero que lo esencial era -dijo- que Sócrates les obligaba a reconocer que
era cosa del mismo hombre saber componer comedia y tragedia, y que quien
con arte es autor de tragedias lo es también de comedias. Obligados, en
efecto, a admitir esto y sin seguirle muy bien, daban cabezadas.
Primero se durmió Aristófanes y, luego, cuando ya era de día,
Agatón.
Entonces Sócrates, tras haberlos dormido, se levantó y se fue.
Aristodemo,
como solía, le siguió. Cuando Sócrates llegó al Liceo, se lavó, pasó el
resto del día como de costumbre y, habiéndolo pasado así, al atardecer se
fue a casa a descansar.
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