|
Salud
caballeros. ¿Acogen como compañero de bebida a un hombre que está
totalmente borracho, o debemos marcharnos tan pronto como hayamos coronado
a Agatón, que es a lo que hemos venido? Ayer, en efecto, no me fue
posible venir, pero ahora vengo con estas cintas sobre la cabeza, para de
mi cabeza coronar la cabeza del hombre del hombre más sabio y más bello,
si se me permite hablar así. ¿O se burlan de mí porque estoy borracho?
Pues, aunque se rían, yo sé bien que digo la verdad. Pero diganme
enseguida: ¿entro en los términos acordados, o no? ¿beberán conmigo o
no?
Tpdps lo aclamaron y
lo invitaron a entrar y tomar asiento. Entonces Agatón lo llamó y él
entró conducido por sus acompañantes. Y desatándose al mismo tiempo las
cintas para coronar a Agatón, al tenerlas delante de los ojos, no vio a
Sócrates y se sentó junto a Agatón, en medio de éste y Sócrates, que
le hizo sitio en cuanto lo vio. Una vez sentado, abrazó a Agatón y lo
coronó.
- Esclavos -dijo
Agatón-, descalzen a Alcibiades, para que se acomode aquí como tercero.
- De acuerdo -dijo
Alcibiades-, pero ¿quien es ese tercer compañero de bebida que está
aquí con nosotros?
Y, a la vez que se
volvía, vio a Sócrates, y al verlo se sobresaltó y dijo:
- ¡Heracles! ¿Qué
es esto? ¿Sócrates aquí? Te has acomodado aquí acechándome de nuevo,
según tu costumbre de aparecer de repente donde yo menos pensaba que ibas
a estar. ¿A qué has venido ahora? ¿Por qué te has colocado
precisamente aquí? Pues no estás junto a Aristófanes ni junto a ningún
otro que sea divertido y quiera serlo, sino que te las has arreglado para
ponerte al lado del más bello de los que están aquí adentro.
- Agatón -dijo
entonces Sócrates-, mira a ver si me vas a defender, pues mi pasión por
este hombre se me ha convertido en un asunto de no poca importancia. En
efecto, desde aquella vez en que me enamoré de él, ya no me es posible
ni hechar una mirada, ni conversar siquiera con un solo hombre bello sin
que éste, teniendo celos y envidia de mí, haga cosas raras, me increpe y
contenga las manos a duras penas. Mira, pues, no sea que haga algo
también ahora; reconcílianos o, si intenta hacer algo violento,
protégeme, pues yo tengo mucho miedo de su locura y de su pasión por el
amante.
- En absoluto -dijo
Alcibiades-, no hay reconciliación entre tú y yo. Pero ya me vengaré de
ti por esto en otra ocasión. Ahora, Agatón, dame algunas de esas cintas
para coronar también ésta su admirable cabeza y para que no me reproche
que te coroné a ti y que, en cambio, a él, que vence a todo el mundo en
discursos, no sólo anteayer como tú, sino siempre, no le coroné.
Al mismo tiempo cogió
algunas cintas, coronó a Sócrates y se acomodó. Y cuando se hubo
reclinado dijo:
- Bien, caballeros. En
verdad me parece que están sobrios y esto no se les puede permitir, sino
que hay que beber, pues así lo hemos acordado. Por consiguiente, me elijo
a mí mismo como presidente de la bebida, hasta que ustedes beban lo
suficiente. Que me traigan, pues, Agatón, una copa más grande, si hay
alguna. O más bien, no hace ninguna falta. Trae, esclavo, aquella vasija
de refrescar el vino -dijo al ver que contenía más de ocho cótilas [un
poco más de dos litros].
Una vez llena, se la
bebió de un trago, primero, él y, luego, ordenó llenarla para
Sócrates, a la vez que le decía:
- Ante Sócrates,
señores, este truco no me sirve de nada, pues beberá cuanto se le pida y
nunca se embriagará.
En cuanto hubo
escanciado el esclavo, Sócrates se puso a beber. Entonces, Erixímaco
dijo:
- ¿Cómo lo hacemos,
Alcibiades? ¿Así, sin decir ni cantar nada ante la copa, sino que vamos
a beber simplemente como los sedientos?
- Erixímaco -dijo
Alcibiades-, excelente hijo del mejor y más prudente padre, salud.
- También para ti
-dijo Erixímaco-, pero ¿qué vamos a hacer?
- Lo que tú ordenes,
pues hay que obedecerte:
porque un médico
equivale a muchos otros hombres
Manda, pues, lo que
quieras.
- Escucha, entonces
-dijo Erixímaco-. Antes de que tú entraras habíamos decidido que cada
uno debía pronunciar por turno, de izquierda a derecha, un discurso sobre
Eros lo más bello que pudiera y hacer su encomio. Todos los demás hemos
hablado ya. pero puesto que tú no has hablado y ya has bebido, es justo
que hables y, una vez que hayas hablado, ordenes a Sócrates lo que
quieras, y éste al de la derecha y así los demás.
- Dices bien,
Erixímaco -dijo Alcibiades-, pero comparar el discurso de un hombre
bebido con los discursos de hombres serenos no sería equitativo. Además,
bienaventurado amigo, ¿te convence Sócrates en algo de lo que acaba de
decir? ¿No sabes que es todo lo contrario de lo que decía?
Efectivamente, si yo elogio en su presencia a algún otro, Dios u hombre,
que no sea él, no apartará de mí sus manos.
- ¿No hablarás
mejor? -dijo Sócrates.
- ¡Por Poseidon!
-exclamó Alcibiades-, no digas nada en contra, que yo no elogiaría a
ningún otro estando tú presente.
- Pues bien, hazlo
así -dijo Erixímaco-, si quieres. Elogia a Sócrates.
- ¿Qué dices? ¿Te
parece bien, Erixímaco, que debo hacerlo? ¿Debo atacar a este hombre y
vengarme delante de todos ustedes?
¡Eh, tú! -dijo
Sócrates-, ¿qué tienes en la mente? ¿Elogiarme para ponerme en
ridículo?, ¿o qué vas a hacer?
- Diré la verdad.
Mira si me lo permites.
- Por supuesto, dijo
Sócrates, tratándose de la verdad, te permito y te invito a decirla.
- La diré
inmediatamente -dijo Alcibiades. Pero tú haz lo siguiente: si digo algo
que no es verdad, interrúmpeme, si quieres, y di que estoy mintiendo,
pues no falsearé nada, al menos voluntariamente. Mas no te asombres si
cuento mis recuerdos de manera confusa, ya que no es nada fácil para un
hombre en este estado enumerar con facilidad y en orden tus rarezas.
A Sócrates, señores,
yo intentaré elogiarlo de la siguiente manera: por medio de dos
imágenes. Quizás él creerá que es para provocar la risa, pero la
imagen tendrá por objeto la verdad, no la burla. Pues en mi opinión es
lo más parecido a esos silenos existentes en los talleres de escultura,
que fabrican los artesanos con siringas o flautas en la mano y que, cuando
se abren en dos mitades, aparecen con estatuas de Dioses en su
interior. Y afirmo, además, que se parece al sátiro Marsias.
Así,
pues, que eres semejante a éstos, al menos en la forma, Sócrates, ni tú
mismo podrás discutirlo, pero que también te pareces en lo demás,
escúchalo a continuación.
Eres un lujurioso ¿O no? Si no estás de
acuerdo, presentaré testigos. Pero, ¿que no eres flautista? Por
supuesto, y mucho más extraordinario que Marsias. Éste, en efecto,
encantaba a los hombres mediante instrumentos con el poder de su boca y
aún hoy encanta al que interprete con la flauta sus melodías -pues las
que interpretaba Olimpo digo que son de Marsias, su maestro-.
En todo
caso, sus melodías, ya las interprete un buen flautista o una flautista
mediocre, son las únicas que hacen que uno quede poseso y revelan, por
ser divinas, quiénes necesitan de los Dioses y de los ritos de
iniciación.
Más tú te diferencias de él sólo en que sin instrumentos,
con tus meras palabras, haces lo mismo. De hecho, cuando nosotros oímos a
algún otro, aunque sea muy buen orador, pronunciar otros discursos, a
ninguno nos importa, por así decir, nada. Pero cuando se te oye a ti o a
otro pronunciando tus palabras, aunque sea muy torpe el que las pronuncie,
ya se trate de mujer, hombre o joven quien las escucha, quedamos pasmados
y posesos.
Yo, al menos, señores, si no fuera porque iba a parecer que
estoy totalmente borracho, les diría bajo juramento qué impresiones me
han causado personalmente sus palabras y todavía ahora me causan.
Efectivamente, cuando le escucho, mi corazón palpita mucho más que el de
los poseídos por la música de los coribantes, las lágrimas se me caen
por culpa de sus palabras y veo que también a otros muchos les ocurre lo
mismo.
En cambio, al oír a Pericles y a otros buenos oradores, si bien
pensaba que hablaban elocuentemente, no me ocurría, sin embargo, nada
semejante, ni se alborotaba mi alma, ni se irritaba en la idea de que
vivía como esclavo, mientras que por culpa de este Marsias, aquí
presente, muchas veces me he encontrado, precisamente, en un estado tal
que me parecía que no valía la pena vivir en las condiciones en que
estoy. Y esto, Sócrates, no dirás que no es verdad. Incluso todavía
ahora soy plenamente consciente de que si quisiera prestarle oído no
resistiría, sino que me pasaría lo mismo, pues me obliga a reconocer
que, a pesar de estar falto de muchas cosas, aún me descuido de mí mismo
y me ocupo de los asuntos de los atenienses. A la fuerza, pues, me tapo
los oídos y salgo huyendo de él como de las sirenas, para no envejecer
sentado aquí a su lado.
Sólo ante él de entre todos los hombres he
sentido lo que no se creería que hay en mí: el avergonzarme ante
alguien. Yo me averguenzo únicamente ante él, pues sé perfectamente
que, si bien no puedo negarle lo que ordena, sin embargo, cuando me aparto
de su lado, me dejo vencer por el honor que me dispensa la multitud. Por
consiguiente, me escapo de él y huyo, y cada vez que le veo me averguenzo
de lo que he reconocido. Y muchas veces vería con agrado que ya no
viviera entre los hombres, pero si esto sucediera, bien sé que me
dolería mucho más, de modo que no sé cómo tratar con este hombre.
Tal es, pues, lo que
yo y muchos otros hemos experimentado por las melodías de flauta de este
sátiro. Pero quiero que me escuchen todavía cuán semejante es en otros
aspectos a aquellos con quienes le comparé y qué extraordinario poder
tiene, pues tengan por cierto que ninguno de ustedes le conoce. Pero yo se
los describiré, puesto que he empezado.
Ven, en efecto, que Sócrates
está en disposición amorosa con los jóvenes bellos, que siempre está
en torno suyo y se queda extasiado y que, por otra parte, ignora todo y
nada sabe, al menos por su apariencia. ¿No es esto propio de Sileno?
Totalmente, pues de ello está revestido por fuera, como un Sileno
esculpido, mas por dentro, una vez abierto, ¿de cuántas templanzas,
compañeros de bebida, crees que está lleno?
Sepan que no le importa nada
si alguien es bello, sino que lo desprecia como ninguno podría imaginar,
ni si es rico, ni si tiene algún otro privilegio de los celebrados por la
multitud. por el contrario, considera, que todas estas posesiones no valen
nada y que nosotros no somos nada, se los aseguro. Pasa toda su vida
ironizando y bromeando con la gente; mas cuando se pone serio y se abre,
no sé si alguno ha visto las imágenes de su interior.
Yo, sin embargo,
las he visto ya una vez y me parecieron que eran tan divinas y doradas,
tan extremadamente bellas y admirables, que tenía que hacer sin más lo
que Sócrates mandara. Y creyendo que estaba seriamente interesado por mi
belleza pensé que era un encuentro feliz y que mi buena suerte era
extraordinaria, en la idea de que me era posible, si complacía a
Sócrates, oír todo cuanto él sabía. ¡Cuán tremendamente orgulloso,
en efecto, estaba yo de mi belleza!
Reflexionando, pues, sobre esto,
aunque hasta entonces no solía estar solo con él sin acompañante, en
esta ocasión, sin embargo, lo despedí y me quedé solo en su compañía.
Preciso es ante ustedes decir toda la verdad, así, pues, presten
atención y, si miento, Sócrates, refútame. Me quedé, en efecto,
señores, a solas con él y creí que al punto iba a decirme las cosas que
en la soledad un amante diría a su amado; y estaba contento.
Pero no
sucedió absolutamente nada de esto, sino que tras dialogar conmigo como
solía y pasar el día en mi compañía, se fue y me dejó. A
continuación le invité a hacer gimnasia conmigo, y hacía gimnasia con
él en la idea de que así iba a conseguir algo. Hizo gimnasia conmigo, en
efecto, y luchó conmigo muchas veces sin que nadie estuviera presente. Y
¿qué debo decir? Pues que no logré nada. Puesto que de esta manera no
alcanzaba en absoluto mi objetivo, me pareció que había que atacar a
este hombre por la fuerza y no desistir, una vez que había puesto manos a
la obra, sino que debía saber definitivamente cuál era la situación.
Le
invito, pues, a cenar conmigo, simplemente como un amante que tiende una
trampa a su amado. Ni siquiera esto me lo aceptó al punto, pero de todos
modos con el tiempo se dejó persuadir. Cuando vino por primera vez, nada
más cenar quería marcharse y yo, por verguenza, le dejé ir en esta
ocasión. Pero volví a tenderle la misma trampa y, después de cenar,
mantuve la conversación hasta entrada la noche, y cuando quizo marcharse,
alegando que era tarde, le forcé a quedarse.
Se echó, pues, a descansar
en el lecho contiguo al mío, en el que precisamente había cenado, y
ningún otro dormía en la habitación salvo nosotros. Hasta esta parte de
mi relato, en efecto, la cosa podría estar bien y contarse ante
cualquiera, pero lo que sigue no me lo oirán decir si, en primer lugar,
según el dicho, el vino, sin niños y con niños, no fuera veraz y, en
segundo lugar, porque me parece injusto no manifestar una muy brillante
acción de Sócrates, cuando uno se ha embarcado a hacer su elogio.
Además, también a mí me sucede lo que le pasa a quien ha sufrido una
mordedura de víbora, pues dicen que el que ha experimentado esto alguna
vez no quiere decir cómo fue a nadie, excepto a los que han sido mordidos
también, en la idea de que sólo ellos comprenderan y perdonarán,
si se atrevió a hacer y decir cualquier cosa bajos los efectos del
dolor. Yo,
pues, mordido por alogo mas doloroso y en la parte mas dolorosa de los que
uno podría ser mordido - pues ese es el coraozon, en el alma, o como
haya que llamarlo -, donde he sido herido y mordido por los discrusos
filosóficos, que se agarran más cruelmente que una víbora cuando se
apoderan de un alma joven no mal dotada por naturaleza y la obligan a
hacer y decir cualquier cosa - y viendo, por otra parte, a los Fedros,
Agatones, Erixímacos, Pausanias, Aristodemos y Aristófanes -¿y qué
necesidad hay de mencionar al propio Sócrates y a todos los demás?; pues
todos hqan participado de la locura y frenesí del filósofo -... por eso
precisamente todos me van a escuchar, ya que me perdonarán por lo que
entonces hice y por lo que ahora digo. En cambio, los criados y cualquier
otro qiue sea profano y vulgar, que pongan ante sus orejas puertas muy
grandes.
Pues bien, señores,
cuando se hubo apagado la lámpara y los esclavos estaban fuera, me
pareció que no debía andarme por las ramas ante él sino decirle
libremente lo que pensabe. Entonces le sacudí y le dije
- Sócrates, ¿estás
durmiendo?
- En absoluto.
- ¿Sabes lo que he
decidido?
- ¿Qué exactamente?
- Creo que tu eres
el unico digno de convertirse en mi amante y me parece que vacilas en
mencionármalo. Yo, en cambio, pienso lo siguiente: considero que es
insensato no complacerte en esto como en cualquier otra cosa que
necesites de mi patrimonio o de mis amigos. Para mi, en efecto, nada
es mas importante que el que yo llegue a ser lo mejor posible y creo
que en esto ninguno puede serme colaborados más eficaz quetú. En
consecuencia, yo me avergonzaria mucho mas ante los sensatos por no
complacer a un hombre tal, que ante una multitud de insensatos por
haberlo hecho.
Cuando Sócrates oyó
esto, muy irónicamente, según su estilo tan característico y usual,
dijo:
- Querido Alcibiades,
parece que realmente no eres un tonto, si efectivamente es verdad lo que
dices de mí y hay en mí un poder por el cual tú podrías llegar a ser
mejor. En tal caso, debes estar viendo en mí, supongo, una belleza
irresistible y muy diferente a tu buen aspecto físico. Ahora bien, si
intentas, al verla, compartirla conmigo y cambiar belleza por belleza, no
en poco piensas aventajarme, pues pretendes adquirir lo que es
verdaderamente bello a cambio de lo que lo es sólo en apariencia, y de
hecho te propones intercambiar oro por bronce. Pero, mi feliz amigo,
examínalo mejor, no sea que te pase desapercibido que no soy nada. La
vista del entendimiento, ten por cierto, empieza a ver adecuadamente
cuando la de los ojos comienza a perder su fuerza, y tú todavía estás lejos de
eso.
Y yo, al oírle, dije:
- En lo que a mí se
refiere, ésos son mis sentimientos y no se ha dicho nada de distinta
manera a como pienso. siendo ello así, delibera tú mismo lo que
consideres mejor para ti y para mí.
- En esto,
ciertamente, tienes razón. en el futuro deliberaremos y haremos lo
que a los dos nos parezca lo mejor en éstas y en las otras cosas.
Después de oír y
decir esto y tras haber disparado, por así decir, mis dardos, yo pensé,
en efecto, que lo había herido. Me levanté entonces sin dejarle decir
nada, lo envolví con mi manto, pues era invierno, me eché debajo del
viejo capote de ese viejo hombre, aquí presente, y ciñendo con mis
brazos a este ser verdaderamente divino y maravilloso estuve as í
tendido toda la noche. En esto tampoco, Sócrates, dirás que miento.
Pero, a pesar de hacer yo todo eso, él salió completamente victorioso,
me despreció, se burló de mi belleza y me afrentó; y eso que en este
tema, al menos, creía yo que era algo, ¡oh, jueces! -pues jueces son de
la arrogancia de Sócrates-. Así, pues, sepan bien, por los Dioses y por
las Diosas, que me levanté después de haber dormido con Sócrates no de
otra manera que si me hubiera acostado con mi padre o mi hermano mayor.
Después de esto,
¿qué sentimientos creen que tenía yo, pensando, por un lado, que había
sido despreciado, y admirando, por otro, la naturaleza de este hombre, su
templanza y valentía, ya que en prudencia y firmeza había tropezado con
un hombre tal como yo no hubiera pensado que iba a encontrar jamás? De
modo que ni tenía por qué irritarme y privarme de su compañía, ni
encontraba la manera de cómo podría conquistármelo. Pues sabía bien
que en cuanto al dinero era por todos lados mucho más invulnerable que
Ayante al hierro, mientras que con lo único que pensaba que iba a ser
conquistado se me había escapado. Así, pues, estaba desconcertado y
deambulaba de acá para allá esclavizado por este hombre como ninguno lo
había sido por nadie.
Todas estas cosas, en efecto, me habían sucedido
antes; mas luego hicimos juntos la expedición contra Potidea y allí
éramos compañeros de mesa. pues bien, en primer lugar, en las fatigas
era superior no sólo a mí, sino también a todos los demás. Cada vez
que nos veíamos obligados a no comer por estar aislados en algún lugar,
como suele ocurrir en campaña, los demás no eran nada en cuanto
resistencia. En cambio, en las comidas abundantes sólo él era capaz de
disfrutar, y especialmente en beber, aunque no quería, cuando era
obligado a hacerlo vencía a todos; y lo que es más asombroso de todo:
ningún hombre ha visto jamás a Sócrates borracho. De esto, en efecto,
me parece que pronto tendrán la prueba. Por otra parte, en relación con
los rigores del invierno -pues los inviernos allí son terribles-, hizo
siempre cosas dignas de admiración, pero especialmente en una ocasión en
que hubo la más terrible helada y mientras todos, o no salían del
interior de sus tiendas o, si salía alguno, iban vestidos con las prendas
más raras, con los pies calzados y envueltos con fieltro y pieles de
cordero, él, en cambio, en estas circunstancias, salió con el mismo
manto que solía llevar siempre y marchaba descalzo sobre el hielo con
más soltura que los demás calzados, y los soldados le miraban de reojo
creyendo que los desafiaba.
Esto, ciertamente fue así;
pero qué hizo de nuevo y
soportó el animoso varón [verso tomado de la Odisea IV 242 y 271
dicho en una ocasión por Helena y en otra por Menelao (271) a propósito
de Ulises]
allí, en cierta
ocasión, durante la campaña, es digno de oírse. En efecto, habiéndose
concentrado en algo, permaneció de pie en el mismo lugar desde la aurora
meditándolo, y puesto que no le encontraba la solución no desistía,
sino que continuaba de pie investigando. Era ya mediodía y los hombres se
habían percatado y, asombrados, se decían unos a otros:
- Sócrates está de
pie desde el amanecer meditando algo. Finalmente, cuando llegó más
tarde, unos jonios, después de cenar -y como era entonces verano-,
sacaron fuera sus petates, y a la vez que dormían al fresco le observavan
por ver si también durante la noche seguía estando de pie. Y estuvo de
pie hasta que llegó la aurora y salió el sol. Luego, tras hacer su
plegaria al sol, dejó el lugar y se fue. Y ahora, si quieres, veamos su
comportamiento en las batallas, pues es justo concederle también este
tributo. Efectivamente, cuando tuvo lugar la batalla por la que los
generales me concedieron también a mí el premio al valor, ningún otro
hombre me salvó sino éste, que no quería abandonarme herido y así
salvó a la vez mis armas y a mí mismo. Y yo, Sócrates, también
entonces pedía a los generales que te concedieran a ti el premio, y esto
ni me lo reprocharás ni dirás que miento. Pero como los genrales
reparasen en mi reputación y quisieran darme el premio a mí, tú mismo
estuviste más resuelto que ellos a que lo recibiera yo y no tú. Todavía
en otra ocasión, señores, valió la pena contemplar a Sócrates, cuando
el ejército huía de Delión en retirada. Se daba la circunstancia de que
yo estaba como jinete y él con la armadura de hoplita. Dispersados ya
nuestros hombres, él y Laques se retiraban juntos. Entonces yo me
tropiezo casualmente con ellos y, en cuanto los veo, les exhorto a tener
ánimo, diciéndoles que no los abandonaría. En esta ocasión,
precisamente, pude contemplar a Sócrates mejor que en Potidea, pues por
estar a caballo yo tenía menos miedo. En primer lugar, ¡cuánto
aventajaba a Laques en dominio de sí mismo! En segundo lugar, me
parecía, Aristófanes, por citar tu propia expresión, que también allí
como aquí marchaba 'pavoneándose y girando los ojos de lado a lado',
observando tranquilamente a amigos y enemigos y haciendo ver a todo el
mundo, incluso desdfe muy lejos, que si alguno tocaba a este hombre, se
defendería muy enérgicamente. por esto se retiraban seguros él y su
compañero, pues, por lo general, a los que tienen tal disposición en la
guerra ni siquiera los tocan y sólo persiguen a los que huyen en
desorden.
Es cierto que en otras
muchas y admirables cosas podría uno elogiar a Sócrattes. Sin embargo,
si bien a propósito de sus otras actividades tal vez podría decirse lo
mismo de otra persona, el no ser semejante a ningún hombre, ni de los
antiguos, ni de los actuales, en cambio, es digno de total admiración.
Como fue Aquiles, en efecto, se podría comparar a Brásidas y a otros, y,
a su vez, como Pericles a Néstor y a Antenor -y hay también otros-; y de
la misma manera se podría comparar también a los demás. Pero como es
este hombre, aquí presente, en originalidad, tanto él personalmente como
sus discursos, ni siquiera remotamente se encontrará alguno, por más que
se le busque, ni entre los de ahora, ni entre los antiguos, a menos tal
vez que se le compare, a él y a sus discursos, con los que he dicho: no
con ningún hombre, sino con los silenos y sátiros.
Porque, efectivamente,
y esto lo omití al principio, también sus discursos son muy semejantes a
los silenos que se abren. Pues si uno se decidiera a oír los discursos de
Sócrates, al principio podrían parecer totalmente ridículos. ¡Tales
son las palabras y expresiones con que están revestidos por fuera, la
piel, por así decir, de un sátiro insolente! Habla, en efecto, de burros
de carga, de herreros, de zapateros y curtidores, y siempre parece decir
lo mismo con las mismas palabras, de suerte que TODO HOMBRE INEXPERTO Y
ESTÚPIDO SE BURLARÍA DE SUS DISCURSOS. Pero si uno los ve cuando están
aabiertos y penetra en ellos , encontrará en primer lugar, que SON LOS
ÚNICOS DISCURSOS QUE TIENEN SENTIDO POR DENTRO; en segundo lugar, que son
los más divinos, que TIENEN EN SÍ MISMOS EL MAYOR NÚMERO DE IMÁGENES
DE VIRTUD Y QUE ABARCAN LA MAYOR CANTIDAD DE TEMAS, o más bien, TODO
CUANTO LE CONVIENE EXAMINAR AL QUE PIENSA LLEGAR A SER NOBLE Y BUENO.
Esto es, señores, lo
que yo elogio en Sócrates, y mezclando a la vez lo que le reprocho les he
referido las ofensas que me hizo. Sin embargo, no las ha hecho sólo a
mí, sino también a Cármides, el hijo de Glaucón, a Eutidemo, el hijo
de Diocles, y a muchísimos otros, a quienes él engaña entregándose
como amante, mientras que luego resulta, más bien, amado en lugar de
amante. Lo cual también a ti te digo, Agatón, para que no te dejes
engañar por este hombre, sino que, INSTRUIDO POR NUESTRA EXPERIENCIA,
TENGAS PRECAUCIÓN Y NO APRENDAS, SEGÚN EL REFRÁN, COMO UN NECIO, POR
EXPERIENCIA PROPIA. [el necio aprende padeciendo]
Al decir esto
Alcibiades, se produjo una risa general por su franqueza, puesto que
parecía estar enamorado todavía de Sócrates.
- Me parece Alcibiades
-dijo entonces Sócrates-, que estás sereno, pues de otro modo no
hubieras intentado jamás, disfrazando tus intenciones tan ingeniosamente,
ocultar la razón por la que has dicho todo eso y lo has colocado
ostensiblemente como una consideración accesoria al final de tu discurso,
como si no hubieras dicho todo para enemistarnos a mí y a Agatón, al
pensar que yo debo amarte a ti y a ningún otro, y Agatón ser amado por
ti y por nadie más. Pero no me has pasado desapercibido, sino que ese
drama tuyo satírico y silénico está perfectamente claro. Así, pues,
querido Agatón, que no gane nada con él y arréglatelas para que nadie
nos enemiste a mí y a ti.
- en efecto, Sócrates
-dijo Agatón-, puede que tengas razón. Y sospecho también que se sentó
en medio de ti y de mí para mantenernos aparte. Pero no conseguirá nada,
pues yo voy a sentarme junto a ti.
- Muy bien -dijo
Sócrates-, siéntate aquí, junto a mí.
- ¡Oh Zeus! -exclamó
Alcibiades-, ¡cómo soy tratado una vez más por este hombre! Cree que
tiene que ser superior a mí en todo. Pero, si no otra cosa, admirable
hombre, permite, al menos, que Agatón se eche en medio de nosotros.
- Imposible -dijo
Sócrates-, pues tú has hecho ya mi elogio y es preciso que yo a mi vez
elogie al que está a mi derecha. por tanto, si Agatón se sienta a
continuación tuya, ¿no me elogiará de nuevo, en lugar de ser elogiado,
más bien, por mí? Déjalo, pues, divino amigo, y no tengas celos del
muchacho por ser elogiado por mí, ya que, por lo demás, tengo muchos
deseos de encomiarlo.
- ¡Bravo, bravo!
-dijo Agatón-. Ahora, Alcibiades, no puedo de ningún modo permanecer
aquí, sino que a la fuerza debo cambiar de sitio para ser elogiado por
Sócrates.
- Esto es justamente,
dijo Alcibiades, lo que suele ocurrir: siempre que Sócrates está
presente, a ningún otro le es posible participar de la compañía de los
jóvenes bellos. ¡Con qué facilidad ha encontrado ahora también una
razón convincente para que éste se siente a su lado!
Entonces, Agatón se
levantó para sentarse al lado de Sócrates, cuando de repente se
presentó ante la puerta una gran cantidad de parrandistas y,
encontrándola casualmente abierta porque alguien acababa de salir,
marcharon directamente hasta ellos y se acomodaron. Todo se llenó de
ruido y, ya sin ningún orden, se vieron obligados a beber una gran
cantidad de vino.
Página
siguiente (Conclusión) >>>
|