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Pero una vez me preguntó:
- ¿Qué crees tú, Sócrates, que es la causa de ese amor y de ese deseo?
¿O no te das cuenta de en qué terrible estado se encuentran todos los
animales, los terrestres y los alados, cuando desean engendrar, cómo todos
ellos están enfermos y amorosamente dispuestos, en primer lugar en
relación con su mutua unión y luego en relación con el cuidado de la
prole, cómo por ella están prestos no sólo a luchar, incluso los más
débiles contra los más fuertes, sino también a morir, cómo ellos mismos
están consumidos por el hambre para alimentarla y así hacen todo lo demás?
Si bien podría pensarse que los hombres hacen esto por reflexión, respecto
a los animales, sin embargo, ¿cuál podría ser la causa de semejantes
disposiciones amorosas? ¿Puedes decírmela?
Y una vez más yo le decía que no sabía.
- ¿Y piensas llegar a ser algún día experto en las cosas del amor, si
no entiendes esto?
- Pues por eso precisamente, Diotima, como te dije antes, he venido a
ti, consciente de que necesito maestros. Dime, por tanto, la causa de esto
y de todo lo demás relacionado con las cosas del amor.
- Pues bien, si crees que el amor es por naturaleza amor de lo que
repetidamente hemos convenido, no te extrañes, ya que en este caso, y por
la misma razón que en el anterior, la naturaleza mortal busca, en la
medida de lo posible, existir siempre y ser inmortal. Pero sólo puede
serlo de esta manera: por medio de la procreación, porque siempre deja
otro ser nuevo en lugar del viejo.
Pues incluso en el tiempo en que se
dice que vive cada una de las criaturas vivientes y que es la misma, como
se dice, por ejemplo, que es el mismo un hombre desde su niñez hasta que
se hace viejo, sin embargo, aunque se dice que es el mismo, ese
individuo nunca tiene en sí las mismas cosas, sino que continuamente se
renueva y pierde otros elementos, en su pelo, en su carne, en sus huesos,
en su sangre y en todo su cuerpo.
Y no sólo en su cuerpo, sino también en
el alma: los hábitos, caracteres, opiniones, deseos, placeres, tristezas,
temores, ninguna de estas cosas jamás permanece la misma en cada
individuo, sino que unas nacen y otras mueren. Pero mucho más extraño
todavía que esto es que también los conocimientos no sólo nacen unos y
mueren otros en nosotros, de modo que nunca somos los mismos ni siquiera
en relación con los conocimientos, sino que también le ocurre lo mismo a
cada uno de ellos en particular.
Pues lo que se llama practicar existe
porque el conocimiento sale de nosotros, ya que el olvido es la salida de
un conocimiento, mientras que la práctica, por el contrario, al implantar
un nuevo recuerdo en lugar del que se marcha, mantiene el conocimiento,
hasta el punto de que parece que es el mismo. De esta manera, en efecto,
se conserva todo lo mortal, no por ser siempre completamente lo mismo,
como lo divino, sino porque lo que se marcha y está ya envejecido deja en
su lugar otra cosa nueva semejante a lo que era. por este procedimiento,
Sócrates, lo mortal participa de inmortalidad, tanto el cuerpo como todo
lo demás; lo inmortal, en cambio, participa de otra manera. No te
extrañes, pues, si todo ser estima por naturaleza a su propio vástago,
pues por causa de inmortalidad ese celo y ese amor acompaña a todo
ser.
Cuando hube escuchado este discurso, lleno de admiración le dije:
- Bien, sapientísima Diotima, ¿es esto así en verdad?
Y ella, como los auténticos sofistas, me contestó:
- Por supuesto, Sócrates, ya que, si quieres reparar en el amor de los
hombres por los honores, te quedarías asombrado también de su
irracionalidad, a menos que medites en relación con lo que yo he dicho,
considerando en qué terrible estado se encuentran por el amor de llegar a
ser famosos y dejar para siempre una fama inmortal. Por esto, aún
más que por sus hijos, están dispuestos a arrostrar todos los peligros, a
gastar su dinero, a soportar cualquier tipo de fatiga y a dar su vida.
Pues, ¿crees tú que Alcestis hubiera muerto por Admeto o que Aquiles
hubiera seguido en su muerte a Patroclo o que vuestro Codro se hubiera
adelantado a morir por el reinado de sus hijos, si no hubiera creído que
iba a quedar de ellos el recuerdo inmortal que ahora tenemos por su
virtud?
Ni mucho menos, sino que más bien, creo yo, por inmortal virtud y
por tal ilustre renombre todos hacen todo, y cuanto mejores sean, tanto
más, pues aman lo que es inmortal. En consecuencia, los que son fecundos
según el cuerpo se dirigen preferentemente a las mujeres y de esta manera
son amantes, procurándose mediante la procreación de hijos inmortalidad,
recuerdo y felicidad, según creen, para todo tiempo futuro. En cambio, los que son
fecundos según el alma [...] pues hay, en efecto, quienes conciben
en las almas aún más que en los cuerpos lo que corresponde al alma
concebir y dar a luz. ¿Y qué es lo que le corresponde?
El conocimiento y
cualquier otra virtud, de las que precisamente son procreadores todos los
poetas y cuantos artistas se dice que son inventores. Pero el conocimiento
mayor y el más bello es, con mucho, la regulación de lo que concierne a
las ciudades y familias, cuyo nombre es mesura y justicia. Ahora bien,
cuando uno de éstos se siente desde joven fecundo en el alma, siendo de
naturaleza divina, y, llegada la edad, desea ya procrear y engendrar,
entonces busca también él, creo yo, en su entorno la belleza en la que
pueda engendrar, pues en lo feo nunca engendrará.
Así, pues, en razón de
su fecundidad, se apega a los cuerpos bellos más que a los feos, y si se
tropieza con un alma bella, noble y bien dotada por naturaleza, entonces
muestra un gran interés por el conjunto; ante esta persona tiene al punto
abundancia de razonamientos sobre la virtud, sobre cómo debe ser el
hombre bueno y lo que debe practicar, e intenta educarlo.
En efecto, al estar en
contacto, creo yo, con lo bello y tener relación con ello, da a luz y
procrea lo que desde hacía tiempo tenía concebido, no sólo en su
presencia, sino también recordándolo en su ausencia, y en común con el
objeto bello ayuda a criar lo engendrado, de suerte que los de tal
naturaleza mantienen entre sí una comunidad mucho mayor que la de los
hijos y una amistad más sólida, puesto que tienen en común hijos más
bellos y más inmortales. Y todo el mundo preferiría para sí haber
engendrado tales hijos en lugar de los humanos, cuando echa una mirada a
Homero, a Hesíodo y demás buenos poetas, y siente envidia porque han
dejado de sí descendientes tales que les procuran inmortal fama y recuerdo
por ser inmortales ellos mismos; o si quieres, los hijos que dejó Licurgo
en Lacedemonia, salvadores de Lacedemonia y, por así decir, de la Hélade
entera. Honrado es también entre nosotros Solón, por haber dado origen a
nuestras leyes, y otros muchos hombres lo son en otras muchas partes,
tanto entre los griegos como entre los bárbaros, por haber puesto de
manifiesto muchas y hermosas obras y haber engendrado toda clase de
virtud.
En su honor se han establecido ya también muchos templos y cultos
por tales hijos, mientras que por hijos mortales todavía no se han
establecido para nadie.
Éstas son, pues, las cosas del amor en cuyo misterio también tú,
Sócrates, tal vez podrías iniciarte. Pero en los ritos finales y suprema
revelación, por cuya causa existen aquéllas, si se procede correctamente,
no sé si serías capaz de iniciarte. Por consiguiente, yo misma te los diré
y no escatimaré ningún esfuerzo; intenta seguirme, si puedes.
Es preciso,
en efecto, que quien quiera ir por el recto camino a ese fin comience
desde joven a dirigirse hacia los cuerpos bellos. Y, si su guía lo
dirige rectamente, enamorarse en primer lugar de un solo cuerpo y
engendrar en él bellos razonamientos ; luego debe comprender que la belleza
que hay en cualquier cuerpo es afín a la que hay en otro y que, si es
preciso perseguir la belleza de la forma, es una gran necedad no
considerar una y la misma belleza que hay en todos los cuerpos. Una
vez que haya comprendido esto, debe hacerse amante de todos los cuerpos
bellos y calmar ese fuerte arrebato por uno solo, despreciándolo y
considerándolo insignificante.
A continuación debe considerar mas valiosa la belleza de las
almas que la del cuerpo, de suerte que si alguien es virtuoso del alma,
aunque tenga un escaso esplendor, séale suficiente para amarle, cuidarlo,
engendrar y buscar razonamientos tales que hagan mejores a los
jóvenes, para que sea obligado, una vez más, a contemplar la belleza que
reside en las normas de conducta y a reconocer que todo lo bello
está emparentado consigo mismo, y considere de esta forma la belleza del
cuerpo como algo insignificante.
Después de las normas de conducta debe
conducirle a las ciencias, para que vea también la belleza de éstas y,
fijando ya su mirada en esa inmensa belleza, no sea, por servil
dependencia, mediocre y corto de espíritu, apegándose como esclavo, a la
belleza de un solo ser, cual la de un muchacho, de un hombre o de una
norma de conducta, sino que, vuelto hacia ese mar de lo bello y
contemplándolo, engendre muchos bellos y magníficos discursos y
pensamientos en ilimitado amor por la sabiduría, hasta que fortalecido
entonces y crecido descubra una única ciencia cual es la ciencia de una
belleza como la siguiente.
Intenta ahora prestarme la máxima atención
posible. En efecto, quien hasta aquí haya sido instruido en las cosas del
amor, tras haber contemplado las cosas bellas en ordenada y correcta
sucesión, descubrirá de repente, llegando ya al término de su iniciación
amorosa, algo maravillosamente bello por naturaleza, a saber, aquello
mismo, Sócrates, por lo que precisamente se hicieron todos los esfuerzos
anteriores, que, en primer lugar, existe siempre y ni nace ni perece, ni
crece ni decrece; en segundo lugar, no es bello en un aspecto y feo en
otro, ni unas veces bello y otras no, ni bello respecto a una cosa y feo
respecto a otra, ni aquí bello y allí feo, como si fuera para unos bello y
para otros feo.
Ni tampoco se le aparecerá esta
belleza bajo la forma de un rostro ni de unas manos ni de cualquier otra
cosa de las que participa un cuerpo, ni como razonamiento, ni como
una ciencia, ni como existente en otra cosa, por ejemplo, en un ser vivo,
en la tierra, en el cielo o en algún otro, sino la belleza en sí, que es
siempre consigo misma específicamente única, mientras que todas las otras
cosas participan de ella de una manera tal que el nacimiento y muerte de
éstas no le causa ni aumento ni disminución, ni le ocurre absolutamente
nada.
Por consiguiente, cuando alguien asciende a partir de las cosas de
este mundo mediante el recto amor de los jóvenes y empieza a divisar
aquella belleza, puede decirse que toca casi el fin. Pues esta es
justamente la manera correcta de acercarse a las cosas del amor o de ser
conducido por otro: empezando por las cosas bellas de aquí y sirviéndose
de ellas como de peldaños ir ascendiendo continuamente, en b ase a
aquella belleza, de uno solo a dos y de dos a todos los cuerpos be3llos y
de los cuerpos bellos a las bellas normas de conducta, y de las normas de
conducta a los bellos conocimientos, y partiendo de estos terminar en
aquel conocimiento que es conocimiento no de otra cosa sino de aquella
belleza absoluta, para que conozca al fin lo que es la belleza en si.
En este
periodo de la vida, querido Sócrates, mas que en ningún otro, le perece
la pena al hombre vivir: cuando contempla la belleza en si. Si
alguna vez llegas a verla, te parecerá que no es comparable ni con el oro
ni con los vestidos, ni con los jóvenes y adolescentes bellos, ante cuya
presencia ahora te quedas extasiado y estás dispuesto, tanto tú como otros
muchos, con tal de poder ver al amado y estar siempre con él, a no comer
ni beber, si fuera posible, sino únicamente a contemplarlo y estar en su compañía.
¿Qué debemos
imaginar, pues, si le fuera posible a alguno ver la belleza en si, pura,
limpia, sin mezcla y no infectada de carnes humanas, ni de colores, ni de,
en sume, de oras muchas fruslerías mortales, y
pudiera contemplar la divina belleza en sí, específicamente única? ¿Acaso
crees que es vana la vida de un hombre que mira en esa dirección, que
contempla esa belleza con lo que es necesario contemplarla y vive en su
compañía? ¿O no crees que sólo entonces, cuando vea la belleza con lo que
es visible, le será posible engendrar, no ya imágenes de virtud, al no
estar en contacto con una imagen, sino virtudes verdaderas, ya que está en
contacto con la verdad?. Y al que ha engendrado y criado una virtud
verdadera ¿No crees que le es posible hacerse amigo de los Dioses y
llegar a ser, si algún otro hombre puede serlo, inmortal también
él?
Esto, Fedro, y demás amigos, dijo Diotima y yo quedé convencido; y
convencido intento también persuadir a los demás de que para adquirir esta
posesión difícilmente podría uno tomar un colaborador de la naturaleza
humana mejor que Eros. Precisamente, por eso, yo afirmo que todo hombre
debe honrar a Eros, y no sólo yo mismo honro las cosas del Amor y las
practico sobremanera, sino que también las recomiendo a los demás y ahora
y siempre elogio el poder y valentía de Eros, en la medida en que soy
capaz. Considera, pues, Fedro, este discurso, si quieres, como un encomio
dicho en honor de Eros o, si prefieres, dale el nombre que te guste y como
te guste.
Cuando Sócrates hubo dicho esto, me contó Aristodemo que los demás le
elogiaron, pero que Aristófanes intentó decir algo, puesto que Sócrates al
hablar le había mencionado a propósito de su discurso. Mas de pronto la
puerta del patio fue golpeada y se produjo un gran ruido como de
participantes en una fiesta. Entonces Agatón dijo:
- Esclavos, vayan a ver y si es alguno de nuestros conocidos, háganle pasar; pero si no, digan que no estamos bebiendo, sino que estamos
durmiendo ya.
No mucho después se oyó en el patio la voz de Alcibíades, fuertemente
borracho, preguntando a grandes gritos dónde estaba Agatón y pidiendo que
le llevaran junto a él. Le condujeron entonces hasta ellos, así como a la
flautista que le sostenía y a algunos otros de sus acompañantes, pero él
se detuvo en la puerta, coronado con una tupida corona de hiedra y
violetas y con muchas cintas sobre su cabeza, y dijo:
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