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¿Y cómo, feliz
Erixímaco, no voy a estarlo -dijo Sócrates-, no sólo
yo, sino cualquier otro, que tenga la intención de hablar después de
pronunciado un discurso tan espléndido y variado?
Bien es cierto que los
otros aspectos no han sido igualmente admirables, pero por la belleza de
las palabras y expresiones finales, ¿quién no quedaría impresionado al
oírlas? Reflexionando yo, efectivamente, que por mi parte no iba a ser
capaz de decir algo ni siquiera aproximado a la belleza de estas palabras,
casi me hecho a correr y me escapo por vergüenza, si hubiera tenido a
donde ir.
Su discurso, ciertamente, me recordaba a Gorgias, de modo que he
experimentado exactamente lo que cuenta Homero: temí que Agatón, al
término de su discurso, lanzara contra el mío la cabeza de Gorgias,
terrible orador, y me convirtiera en piedra por la imposibilidad de
hablar.
Y entonces precisamente comprendí que había hecho el ridículo
cuando me comprometí con ustedes a hacer, llegado mi turno, un encomio a
Eros en su compañía y afirmé que era un experto en las cosas del amor, sin
saber de hecho nada del asunto, o sea, cómo se debe hacer un encomio
cualquiera. Llevado por mi ingenuidad, creía, en efecto, que se debía
decir la verdad sobre cada aspecto del objeto encomiado y que esto debía
constituir la base, pero que luego deberíamos seleccionar de estos mismos
aspectos las cosas más hermosas y presentarlas de la manera más atractiva
posible.
Ciertamente me hacía grandes ilusiones de que iba a hablar bien,
como si supiera la verdad de cómo hacer cualquier elogio. Pero, según
parece, no era éste el método correcto de elogiar cualquier cosa, sino
que, más bien, consiste en atribuir al objeto elogiado el mayor número
posible de cualidades y las más bellas, sean o no así realmente; y si eran
falsas, no importaba nada.
Pues lo que antes se nos propuso fue, al
parecer, que cada uno de nosotros diera la impresión de hacer un encomio a
Eros, no que éste fuera realmente encomiado. Por esto, precisamente,
supongo, remueven todo tipo de palabras y se las atribuyen a Eros y
afirman que es de tal naturaleza y causante de tantos bienes, para que
parezca el más hermoso y el mejor posible, evidentemente ante los que no
le conocen, no, por supuesto, ante los instruidos, con lo que el elogio
resulta hermoso y solemne.
Pero yo no conocía en verdad este modo de hacer
un elogio y sin conocerlo les prometí hacerlo también yo cuando lelgara mi
turno. La lengua lo prometió, pero no el corazón. ¡Que se vaya,
pues, a paseo el encomio! Yo ya no voy a hacer un encomio de esta manera,
pues no podría. Pero, con todo, estoy dispuesto, si quieren, a decir la
verdad a mi manera, sin competir con los discursos de ustedes, para no
exponerme a ser objeto de risa. Mira, pues, Fedro, si hay necesidad
todavía de un discurso de esta clase y quieren oír expresamente la verdad
sobre Eros, pero con las palabras y giros que se me puedan ocurrir sobre
la marcha.
Entonces, Fedro y los demás le exhortaron a hablar como él mismo
pensaba que debía expresarse.
- Pues bien, Fedro -dijo Sócrates-, déjame preguntar todavía a Agatón
unas cuantas cosas, para que, una vez que haya obtenido su conformidad en
algunos puntos, pueda ya hablar.
-Bien, te dejo -respondió
Fedro-. Pregunta, pues.
Después de esto,
comenzó Sócrates más o menos así:
- En verdad, querido
Agatón, me pareció que has introducido bien tu
discurso cuando decías que había que exponer primero cuál era la
naturaleza de Eros mismo y luego sus obras. Este principio me gusta mucho.
Ea, pues, ya que a propósito de Eros me explicaste, por lo demás,
espléndida y formidablemente,cómo era, dime también lo siguiente: ¿es
acaso Eros de tal naturaleza que debe ser amor de algo o de nada? Y no
pregunto si es amor de una madre o de un padre -pues sería ridícula la
pregunta de si Eros es amor de madre o de padre-, sino como si acerca de
la palabra misma "padre" preguntara: ¿es el padre padre de alguien o no?
Sin duda me dirías, si quisieras respondeme correctamente, que el padre es
padre de un hijo o de una hija. ¿O no?
- Claro que sí -dijo
Agatón.
- ¿Y no ocurre lo mismo con la palabra "madre"? También en esto
estuvo de acuerdo.
- Pues bien -dijo Sócrates- respóndeme todavía un poco más, para que
entiendas mejor lo que quiero. Si te preguntara: ¿y qué?, ¿un hermano, en
tanto que hermano, es hermano de alguien o no?
Agatón respondió que lo era.
¿Y no lo es de un hermano o de una hermana?
Agatón asintió.
- Intenta, entonces -prosiguió Sócrates-, decir lo mismo acerca del
amor. ¿Es Eros amor de algo o de nada?
- Por supuesto que lo es de algo.
- Pues bien -dijo Sócrates-,
guárdate esto en tu mente y acuérdate
de que cosa es el amor. Pero ahora respóndeme sólo a esto: ¿desea Eros
aquello de lo que es amor o no?
- Naturalmente -dijo.
- ¿Y desea y ama lo que desea y ama cuando lo posee, o cuando no lo
posee?
- Probablemente -dijo
Agatón- cuando no lo posee.
- Considera, pues -continuó Sócrates-, si en lugar de probablemente no
es necesario que sea así, esto es, lo que desea aquello de lo que está
falto y no lo desea si no está falto de ello. a mí, en efecto, me
parece extraordinario, Agatón, que necesariamente sea así. ¿Y a tí cómo te
parece?
- También a mí me lo parece -dijo
Agatón.
- Dices bien. Pues, ¿desearía alguien ser alto, si es alto, o
fuerte, si es fuerte?
- Imposible, según lo que hemos acordado.
- Porque, naturalmente, el que ya lo es no podría estar falto de estas
cualidades.
- Tienes razón.
- Pues si -continuó Sócrates-, el que es fuerte, quisiera ser fuerte,
el que es rápido, ser rápido, el que está sano, ser sano ...-tal vez, en
efecto, alguno podría pensar, a propósito de estas cualidades y de todas
las similares a éstas, que quienes son así y las poseen desean también
aquello que poseen; y lo digo precisamente para que no nos engañemos-.
Estas personas, Agatón, si te fijas bien, necesariamente poseen en el
momento actual cada una de las cualidades que poseen, quieran o no. ¿Y
quién desearía precisamente tener lo que ya tiene? Mas cuando alguien
nos diga: Yo, que estoy sano, quisiera también estar sano, y siendo
rico quiero también ser rico, y deseo lo mismo que poseo, le diríamos: Tú, hombre, que ya tienes riqueza, salud y fuerza, lo que quieres
realmente es tener eso también en el futuro, pues en el momento actual, al
menos, quieras o no, ya lo posees. Examina, pues, si cuando dices 'deseo lo que tengo' no quieres decir en realidad otra cosa que
'quiero tener también en el futuro lo que en la actualidad tengo'
¿Acaso no estaría de acuerdo?
Agatón afirmó que lo estaría. Entonces Sócrates dijo:
¿Y amar aquello que aún no está a disposición de de uno ni se posee
no es precisamente esto, es decir, que uno tenga también en el futuro la
conservación y mantenimiento de estas cualidades?
- Sin duda -dijo
Agatón.
- Por tanto, también éste y cualquier otro que sienta deseo,
desea
lo que no tiene a su disposición y no está presente, lo que no posee, lo
que él no es y de lo que está falto. ¿No son éstas, más o menos, las cosas
de las que hay deseo y amor?
- Por supuesto -dijo
Agatón.
- Ea, pues, recapitulemos los puntos en los que hemos llegado a un
acuerdo. ¿No es verdad que Eros es, en primer lugar, amor de algo y,
luego, amor de lo que tiene realmente necesidad?
- Sí -dijo.
- Siendo esto así, acuérdate ahora de qué cosas dijiste en tu discurso
que era objeto Eros. O, si quieres, yo mismo te las recordaré. Creo, en
efecto, que dijiste más o menos así, que entre los Dioses se organizaron
las actividades por amor de lo bello, pues de lo feo no había amor. ¿No lo
dijiste más o menos así?
- Así lo dije, en efecto.
- Y lo dices con toda razón, compañero. -dijo Sócrates-. Y si esto es
así, ¿no es verdad que Eros sería amor de la belleza y no de la
fealdad? Agatón estuvo de acuerdo en esto.
¿Pero no se ha acordado que ama aquello de lo que está falto y no
posee?
- Sí -dijo.
- Luego Eros no posee belleza y está falto de ella.
- Necesariamente -afirmó.
- ¿Y qué? Lo que está falto de belleza y no la posee en absoluto,
¿dices tú que es bello?
- No, por supuesto.
- ¿Reconoces entonces todavía que Eros es bello, si esto es así?
- Me parece, Sócrates -dijo
Agatón-, que no sabía nada de lo que antes
dije.
- Y, sin embargo -continuó Sócrates-, hablaste bien,
Agatón. Pero
respóndeme todavía un poco más. ¿Las cosas buenas no te parece que son
también bellas?
- A mí, al menos, me lo parece.
- entonces, si Eros está falto de cosas bellas y si las cosas buenas
son bellas, estará falto también de cosas buenas.
- Yo, Sócrates -dijo
Agatón-, no podría contradecirte. Por
consiguiente, que sea como dices.
- En absoluto -replicó Sócrates-; es a la verdad, querido
Agatón, a la
que no puedes contradecir, ya que a Sócrates no es nada
difícil.
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