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Introducción (continuación)

 

Apolodoro.- Me dijo, en efecto, Aristodemo, que se había tropezado con Sócrates, lavado y con las sandalias puestas, lo cual éste hacía pocas veces, y que al preguntarle adónde iba tan elegante le respondió:
- A la comida en casa de Agatón. Pues ayer logré esquivarlo en la celebración de su victoria, horrorizado por la aglomeración. Pero convine en que hoy haría acto de presencia y ésa es la razón por la que me he arreglado así, para ir elegante junto a un hombre elegante. Pero tú, dijo, ¿querrías ir al banquete sin ser invitado?


Y yo, dijo Aristodemo, le contesté: - Como tú ordenes.
- Entonces sígueme, dijo Sócrates, para aniquilar el proverbio cambiándolo en el sentido de que, después de todo, también los buenos van espontáneamente a las comidas de los buenos. Homero, ciertamente, parece no sólo haber aniquilado este proverbio, sino también haberse burlado de él, ya que al hacer a Agamenón un hombre extraordinariamente valiente en los asuntos de la guerra y a Menelao un 'blando guerrero', cuando Agamenón estaba celebrando un sacrificio y ofreciendo un banquete, hizo venir a Menelao al festín sin ser invitado, él que era peor, al banquete del mejor.

Al oír esto, me dijo Aristodemo que respondió:
- Pues tal vez yo, que soy un mediocre,, correré el riesgo también, no como tú dices, Sócrates, sino como dice Homero, de ir sin ser invitado a la comida de un hombre sabio. Mira, pues, si me llevas, qué vas a decir en tu defensa, puesto que yo, ten por cierto, no voy a reconocer el haber ido sin invitación, sino invitado por tí.
- Juntos los dos, marchando por el camino [6] deliberaremos lo que vamos a decir. Vayamos, pues.

Tal fue, más o menos -contó Aristodemo-, el diálogo que sostuvieron cuando se pusieron en marcha. Entonces Sócrates, concentrando de alguna manera el pensamiento en sí mismo [7], se quedó rezagado durante el camino y como aquél le esperara, le mandó seguir adelante. Cuando estuvo en la casa de Agatón, se encontró la puerta abierta y dijo que allí le sucedió algo gracioso.[8] 

Del interior de la casa salió a su encuentro de inmediato uno de los esclavos que lo llevó a donde estaban reclinados los demás, sorprendiéndoles cuando estaban ya a punto de comer. Y apenas lo vio Agatón, le dijo:

- Aristodemo, llegas a tiempo para comer con nosotros. Pero si has venido por alguna otra razón, déjalo para otro momento, pues también ayer te anduve buscando para invitarte y no me fue posible verte. Pero, ¿cómo no nos traes a Sócrates?

Y yo -dijo Aristodemo- me vuelvo y veo que Sócrates no me sigue por ninguna parte. Entonces le dije que yo realmente había venido con Sócrates, invitado por él a comer allí.

- Pues haces bien, dijo Agatón. Pero, ¿dónde está Sócrates?

- Hasta hace un momento venía detrás de mí y también yo me pregunto dónde puede estar.

- Esclavo, ordenó Agatón, busca y trae aquí a Sócrates. Y tú, Aristodemo, reclínate junto a Erixímaco.[9]

Y cuando el esclavo le estaba lavando para que se acomodara, llegó otro esclavo anunciando:
- El Sócrates del que hablan se ha alejado y se ha quedado plantado en el portal de los vecinos. Aunque le estoy llamando, no quiere entrar.

- Es un poco extraño lo que dices, dijo Agatón. Llámalo y no lo dejes escapar.
Entonces intervino Aristodemo, diciendo:

- De ninguna manera. Déjenlo quieto, pues esto es una de sus costumbres. A veces se aparta y se queda plantado dondequiera que se encuentre. Vendrá enseguida, supongo. No le molesten y déjenle tranquilo.

- Pues así debe hacerse, si te parece. Pero a nosotros, a los demás, que nos sirvan la comida, esclavos. Pongan libremente sobre la mesa lo que quieran, puesto que nadie los estará vigilando, lo cual jamás hasta hoy he hecho. Así, pues, imaginen ahora que yo y los demás, aquí presentes, hemos sido invitados a comer por ustedes y que se nos trate con cuidado, a fin de que podamos elogiarlos.[10]

Después de esto, dijo Aristodemo, se pusieron a comer, pero Sócrates no entraba. Agatón ordenó en repetidas ocasiones ir a buscarlo, pero Aristodemo no lo consentía. Finalmente, llegó Sócrates sin que, en contra de su costumbre, hubiera transcurrido mucho tiempo, sino, más o menos, cuando estaban en mitad de la comida. 

Entonces Agatón, que estaba reclinado solo en el último extremo, según me contó Aristodemo, dijo:
- Aquí, Sócrates, échate junto a mí, paara que también yo en contacto contigo goce de esa sabia idea que se te presentó en el portal. Pues es evidente que la encontraste y la tienes, ya que, de otro modo, no te hubieras retirado antes.

Sócrates se sentó y dijo:
- Estaría bien, Agatón, que la sabiduría fuera una cosa de tal naturaleza que, al ponernos en contacto unos con otros, fluyera de lo más lleno a lo más vacío de nosotros, como fluye el agua en las copas, a través de un hilo de lana, de la más llena a la más vacía. Pues si la sabiduría se comporta también así, valoro muy alto el estar reclinado junto a ti, porque pienso que me llenaría de tu mucha y hermosa sabiduría. La mía, seguramente, es mediocre, o incluso ilusoria como un sueño, mientras que la tuya es brillante y capaz de mucho crecimiento, dado que desde tu juventud ha resplandecido con tanto fulgor y se ha puesto de manifiesto anteayer en presencia de más de treinta mil griegos como testigos. [11]

- Eres un exagerado, Sócrates, contestó Agatón. Mas este litigio sobre la sabiduría lo resolveremos tú y yo un poco más tarde, y Dioniso [12] será nuestro juez. Ahora, en cambio, presta atención primero a la comida.

 A continuación -siguió contándome Aristodemo-, después que Sócrates se hubo reclinado y comieron él y los demás, hicieron libaciones y, tras haber cantado a la divinidad y haber hecho las otras cosas de costumbre, se dedicaron a la bebida. [13] 

Entonces, Pausanias empezó a hablar en los siguientes términos:
- Bien, señores, ¿de qué manera beberemos con mayor comodidad? En lo que a mí se refiere, les puedo decir que me encuentro francamente muy mal por la bebida de ayer y necesito un respiro. Y pienso que del mismo modo la mayoría de ustedes, ya que ayer estuvieron también presentes. Miren, pues, de qué manera podríamos beber lo más cómodo posible.

- Ésa es, dijo entonces Aristófanes, una buena idea, Pausanias, la de asegurarnos por todos los medios un cierto placer para nuestra bebida, ya que también yo soy de los que ayer estuvieron hechos una sopa.

Al oírles, Erixímaco, el hijo de Acúmeno, intervino diciendo:
- Dicen bien en verdad, pero todavía necesito oír de uno de ustedes en qué grado de fortaleza se encuentra Agatón para beber.

- En ninguno -respondió éste-; tampoco yo me siento fuerte.

- Sería un regalo de Hermes [14], según parece, para nosotros -continuó Erixímaco-, no sólo para mí y para Aristodemo, sino también para Fedro y para éstos, el que ustedes, los más fuertes en beber, renuncien ahora, pues en verdad, nosotros siempre somos flojos. Hago, en cambio, una excepción de Sócrates, ya que es capaz de ambas cosas [15], de modo que le dará lo mismo cualquiera de las dos que hagamos. En consecuencia, dado que me parece que ninguno de los presentes está resuelto a beber mucho vino, tal vez yo les resulte menos desagradable si les digo la verdad sobre qué cosa es el embriagarse. En mi opinión, creo, en efecto, que está perfectamente comprobado por la medicina que la embriaguez es una cosa nociva para los hombres. Así que, ni yo mismo quisiera de buen grado beber demasiado, ni se lo aconsejaría a otro, sobre todo cuando uno tiene todavía resaca del día anterior.


- En realidad -me contó Aristodemo que dijo Fedro, natural de Mirrinunte-, yo, por mi parte, te suelo obedecer, especialmente en las cosas que dices sobre medicina; pero ahora, si deliberan bien, te obedecerán también los demás.

Al oír esto, todos estuvieron de acuerdo en celebrar la reunión presente, no para embriagarse, sino simplemente bebiendo al gusto de cada uno.

- Pues bien -dijo Erixímaco-, ya que sé ha decidido beber la cantidad que cada uno quiera y que nada sea forzoso, la siguiente cosa que propongo es dejar marchar a la flautista que acaba de entrar, que toque la flauta para sí misma o, si quiere, para las mujeres de ahí dentro, y que nosotros pasemos el tiempo de hoy en mutuos discursos. Y con qué clase de discursos, es lo que quiero exponerles, si me lo permiten.
Todos afirmaron que querían y le exhortaron a que hiciera su propuesta. 

[. . .comienza aquí el banquete propiamente dicho . . .] Entonces Erixímaco dijo:

- El principio de mi discurso es como la Melanipa de Eurípides, pues 'no es mío el relato'[16] que voy a decir, sino de Fedro, aquí presente. Fedro, efectivamente, me está diciendo una y otra vez con indignación: ¿No es extraño, Erixímaco, que, mientras algunos otros dioses tienen himnos y peanes compuestos por los poetas, a Eros, en cambio, que es un Dios tan antiguo y tan importante, ni siquiera uno solo de tantos poetas que han existido le haya compuesto jamás encomio alguno?. 

Y si quieres, por otro lado, reparar en los buenos sofistas, escriben en prosa elogios a Heracles y de otros, como hace el magnífico Pródico. [17] Pero esto, en realidad, no es tan sorprendente, pues yo mismo me he encontrado ya con cierto libro de un sabio en el que aparecía la sal con un admirable elogio por su utilidad.[18] 

Y otras cosas parecidas las puedes ver elogiadas en abundancia. ¡Que se haya puesto tanto afán en semejantes cosas y que ningún hombre se haya atrevido hasta el día de hoy a celebrar dignamente a Eros! ¡Tan descuidado ha estado tan importante Dios! En esto me parece que Fedro tiene realmente razón. 

En consecuencia, deseo, por un lado, ofrecerle mi contribución y hacerle un favor, y, por otro, creo que es oportuno en esta ocasión que nosotros, los presentes, honremos a este Dios. Así, pues, si les parece bien, también a ustedes, tendríamos en los discursos, suficiente materia de ocupación. Pienso, por tanto, que cada uno de nosotros debe decir un discurso, de izquierda a derecha, lo más hermoso que pueda como elogio de Eros y que empiece primero Fedro, ya que también está situado el primero y es, a la vez, el padre de la idea

- Nadie, Erixímaco -dijo Sócrates- te votará lo contrario. Pues ni yo, que afirmo no saber ninguna otra cosa que los asuntos del amor, sabría negarme, ni tampoco Agatón, ni Pausanias, ni, por supuesto, Aristófanes, cuya entera ocupación gira en torno a Dioniso y Afrodita[19], ni ningún otro de los que veo aquí presentes. Sin embargo, ello no resulta en igualdad de condiciones para nosotros, que estamos situados los últimos. De todas maneras, si los anteriores hablan lo suficiente y bien, nos daremos por satisfechos. Comience, pues, Fedro con buena fortuna y haga su encomio de Eros.

En esto estuvieron de acuerdo también todos los demás y pedían lo mismo que Sócrates. A decir verdad, de todo lo que cada uno dijo, ni Aristodemo se acordaba muy bien, ni, por mi parte, tampoco yo recuerdo todo lo que éste me refirió. No obstante, les diré las cosas más importantes y el discurso de cada uno de los que me pareció digno de mención.

 

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N O T A S (fragmentos)

[7] Primera mención del estado de recogimiento usualmente practicado por Sócrates, estado parodiado por Aristófanes en Las Nubes 634. La meditación extática de Sócrates, en la que se supone se concentra en la idea de Belleza, cuando se dirigía a la casa de Agatón suele considerarse histórica.
[8] Esto es una expresión irónica, humorística: La gracia está en que Aristodemo, que no había sido invitado, se ve solo en la puerta sin Sócrates, el invitado.
[9] Los invitados a un banquete griego eran acomodados en una especie de lechos o klînai, generalmente para dos personas.
[10] El comportamiento inusual de Agatón se interpreta como un gesto de humanidad para con sus esclavos en un día tan señalado para él como la celebración de su victoria teatral.
[11] Tradicionalmente se consideraba como 30,000 el número de ciudadanos atenienses a principios del siglo -IV; aunque en el teatro de Dioniso cabían, aproximadamente, unos 18,000 espectadores.
[12] Deidad inevitablemente asociada a un banquete griego tradicional.
[13] Por varias fuentes antiguas sabemos que en un banquete antiguo después de la comida se procedía a la limpieza y retirada de las mesas, se distribuían coronas a los invitados, se hacían tres libaciones (a Zeus Olímpico, a los héroes y a Zeus Salvador), se entonaba un peán o canto de salutación en honor de Apolo y se pasaba a la bebida en común servida por los esclavos.
[14] El hallazgo inesperado de algo bueno se atribuía convencionalmente al Dios Hermes.
[15] Otros dos autores, Alcibiades y Jenofonte en su Banquete, insisten también en la resistencia de Sócrates al vino y a su capacidad para no embriagarse.
[16] Melanipa, nieta del centauro Quirón, es la heroína de dos piezas perdidas de Eurípides, La prudente Melanipa y Melanipa cautiva. La cita procede de la primera y es el comienzo de un discurso didáctico de la heroína sobre el origen del mundo.
[17] Se trata del célebre sofista Pródico de Ceos, bien conocido en la Atenas de finales del siglo -V, cuya famosa alegoría Heracles entre el Vicio y la Virtud o La elección de Heracles es resumida por Jenofonte.
[18] En su Elogio de Helena 12, habla Isócrates de aquellos oradores que han elogiado a los mosquitos, a las sales y a cosas semejantes y se está de acuerdo en que se refiere al sofista, de principios del siglo -IV, Polícrates, que podría ser también el sabio al que alude aquí Fedro.
[19] Gran parte de la comedia antigua se relacionaba fundamentalmente con el vino y el amor, dominios de Dioniso y Afrodita, respectivamente.

 

 

 

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