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Libro
VI
[56]
El
caso es que Hiparco, tal como lo había planeado, humilló a Harmodio por
haber rechazado sus intentos.
Efectivamente, después de haber invitado
como canéfora de una procesión a una hermana suya que estaba soltera, la
despidió diciendo que para empezar ni siquiera se la había invitado por no
creerla digna de ello.
Aunque Harmodio lo tomó a mal, mucho más se enojó
Aristogitón por su causa. Habían llevado a cabo todos los preparativos
junto con los que colaboraron en la empresa, pero aguardaban a las Grandes
Panateneas (1), único día en el que no resultaba sospechoso que formaran
grupos armados los ciudadanos que participaban en la procesión.
Ellos
deberían empezar y enseguida les apoyarían en su lucha contra la escolta.
Por razones de seguridad no eran muchos los conjurados, pues esperaban que
incluso quienes no lo supiesen de antemano, mientras tuvieran armas,
querrían al instante colaborar con ellos a la propia liberación en
cualquier golpe de audacia que intentasen.
. . .
[57]
El día de la fiesta, mientras Hipias
estaba en las afueras, en el llamado Cerámico (2), acompañado de su escolta , y
organizaba cómo debía ir cada grupo en la procesión.
Harmodio y
Aristogitón armados de puñales se aprestaban a la acción. Pero cuando
vieron que uno de los conjurados hablaba familiarmente con Hipias, pues
era fácil abordarle, se llenaron de temor pensando que habían sido
delatados y prácticamente estaban presos.
Entonces, antes de que fueran
apresados, quisieron tomar venganza, si podían, del que había causado su
aflicción y por cuya culpa corrían peligro.
Sin más, se lanzaron puertas
adentro y encontraron a Hiparco junto al denominado Leocorio; atacándole
de inmediato de manera irreflexiva y airada, el uno por amor, el
otro por el ultraje, le hirieron repetidamente hasta matarle.
De momento,
Aristogitón logró escabullirse de la escolta, al arremolinarse la
muchedumbre, pero apresado después, no fue tratado de modo agradable.
Harmodio pereció allí mismo al instante.
. . .
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