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Este cuento,
que trata del trágico
amor entre
un joven sacerdote y un acólito, es una extraordinaria mezcla de ritualismo, el
amor homosexual, y la polémica homosexual, en una época y
sociedad tenebrosamente exacerbada frente a ciertos temas.
Parte uno
"Rece por mi, padre, y deme su bendición,
porque he pecado."
El sacerdote empezó; estaba cansado en
mente y cuerpo; su alma estaba triste y alguna
vez su corazón estaba endurecido cuando se sentaba en la soledad terrible del confesionario
escuchando repetirse el mismo tema aburrido de los pecados. Estaba cansado de los tonos convencionales y las
expresiones prácticas. ¿El mundo sería siempre igual?
Durante casi veinte siglos los sacerdotes del seminario Christian se habían
sentado en el confesionario y escuchado los mismos viejos relatos. El
mundo no le parecía mejorarse; siempre lo mismo, lo mismo, se
dijo el joven sacerdote, y por un momento casi deseo que las
personas fueran peores. ¿Por qué no podían escaparse de estos viejos
senderos y ser un poco original en sus
vicios, si tienen que pecar? Pero la voz que ahora escuchaba
lo despertó de su ensueño. Era tan suave y gentil, tan insegura y
tímida.
Dio
la bendición y le escuchó. Oh, si!. Reconocía ahora esa
voz. Era la voz que había escuchado por primera vez esa mañana
temprano: la del pequeño acólito que le había ayudado en la
misa.
Giró
su cabeza y miró con atención a través del enrejado la cabeza
un poco inclinada del otro lado. No había posibilidad de
confundir esos suaves y largos rizos. Repentinamente, por un
momento, la cara se levantó, los grandes ojos azules húmedos;
vio la cara sonrojada por la vergüenza de los simples pecado
juveniles que estaba confesando, y una emoción le traspasó,
porque sentía que había aquí algo del mundo entero que era
hermoso, algo que era por lo menos muy verdadero. ¿Llegaría
el día en que esos delicados labios escarlatas se
convertirían en duros y falsos? ¿Cuando el temblor asustadizo
indemostrable se tornaría en descuidado y convencional? Sus ojos
se llenaron con lágrimas, y con una voz que había perdido su
firmeza le dio la absolución.
Después de una pausa, escuchó el niño
incorporarse, y le observó ponerse en camino hacia el otro
lado de la capilla pequeña y arrodillarse ante el altar
mientras rezaba su penitencia. El sacerdote escondió su cara
cansada entre sus manos y suspiró cansadamente.
A
la mañana
siguiente, después de arrodillarse ante el altar y decir las palabras de la confesión para el
joven acólito cuya
cabeza se inclinó reverentemente hacia él, contestó a su vez
doblando la cabeza bajo hasta que su pelo apenas rozó el halo de oro que
rodeaba el pequeño rostro del seminarista, sintiendo que sus venas se
quemaban y
hormiguean con una nueva fascinación extraña.
Cuando esa cosa tan maravillosa - que es el amor por
otro que absorbe por completo el alma - golpea a un
hombre repentinamente, ese hombre sabe qué representa el cielo, y
comprende también lo que es el infierno: pero si el hombre es un asceta, un sacerdote
cuyo corazón es dado a la dedicación extática, es mejor
para ese hombre nunca haber nacido.
Cuando llegaron a la sacristía el muchacho
se inclinó reverentemente para recibir las sagradas vestimentas,
con las que mostraba de ahora en adelante su dedicación entera a
la religión. Con la
misma reverencia y la humildad que había sentido el sacerdote al tocar los
elementos consagrados, colocó sus manos sobre la cabeza rizada, tocó la
cara pequeña, y, levantando ese rostro ligeramente, se inclinó hacia adelante y tocó la
suave frente blanca delicadamente con sus labios con un roce
de pluma delicada.
Cuando
el joven sintió la caricia de sus dedos, por un momento todas las cosas
flotaron ante sus ojos; pero cuando sintió la delicadeza de los labios
del sacerdote, una maravillosa seguridad le invadió: comprendía.
Levantó los brazos, y colocando sus delicados dedos alrededor del cuello
del sacerdote le besó en los labios. Con un agudo grito el sacerdote
cayó de rodillas y, apretando la joven figura, vestida con escarlata y
encaje, contra su corazón, cubrió el tierno y ruborizado rostro con
besos en llamas. Entonces, tras ser aplastados ambos por un fuerte sensación
de miedo, se distanciaron apresuradamente, y con una ardiente temblor en
sus manos se dedicaron a doblar las vestimentas sagradas, para separarse
con una silenciosa timidez.
El sacerdote regresó a su humilde celda y
trató de sentarse y pensar, pero todo fue en vano: trató de comer,
pero solo podía empujar su saliva a disgusto: trató de rezar, pero en lugar de la calma
que representaba sobre la cruz, el rostro doloroso de Jesús,
veía continuamente ante él la cara ruborizada de un hermoso
joven, los amplios ojos como una estrella de su
amor recién descubierto.
Al siguiente día el joven sacerdote
pasó mecánicamente por la rutina de sus servicios varios , pero
no podía comer y no se podía sentar en silencio, pues cuando
estaba solas, extraños estallidos
agudos de revueltas emociones fluían a través de su cerebro, y sentía que debía
escapar al aire libre o se enfermaría.
Por fin, cuando llegó la noche , tras el
largo y caluroso día que le había dejado exhausto y extenuado, se
arrodilló ante su crucifijo y se obligó a pensar.
Evocó en su mente su pasada niñez y su
temprana juventud; volvieron los recuerdos de las terribles
luchas internas de los
cinco años pasados allí en el seminario. Ahí estaba arrodillado
el sacerdote Ronald Heatherington, de veinte y pocos años: ¿es
que las luchas para vencer las pasiones terribles que le habían
acosado durante estos cinco años habían sido totalmente en vano?
En el año anterior había sentido que
la pasión estaba totalmente sofocada, que todos los arrebatos terribles
del amor apasionado que sentía realmente los había superado. Había trabajado tan duro
como incesantemente, a
través de estos cinco años desde su ordenación - se había
dedicado única y completamente a su oficio sagrado; toda la
intensidad de su naturaleza había sido concentrada, totalmente
absorto, en los hermosos misterios de su religión. Había evitado
todo aquello que podían afectarlo, todo lo que pueden retomar cualquier recuerdo de su vida
juvenil.
Entonces había
aceptado esta coadjuratoría, con el sólo cargo de la
pequeña capilla que estaba al lado del casa de campo donde vivía
ahora, la capilla era la más
distante de las varias agrupadas alrededor de la iglesia de la vieja
parroquia de St. Anselm. Había llegado hacía dos o tres días,
y la pareja que cuidaba las tareas de la casa, la parte posterior de
la cual moldeaba el límite
de su propio jardín, había sido quien ofreciera los servicios
de su nieto como acólito.
'Mi hijo era un artista, señor, - había
comentado el anciano: nunca estaba satisfecho aquí
así que lo enviamos a Londres; enseguida se integró, señor, y
se casó una dama, pero el clima frío lo llevó un invierno, y su esposa
quedó sola con el bebé. Lo
crió y le educó , pero el invierno pasado ella también
falleció así que el pobre muchacho vino para vivir con
nosotros - tan delicado como es, señor, y no una persona sencilla
como nosotros; es un caballero de nacimiento y
crianza, su nombre es Wilfred. Su pobre madre solía hacer
que ayudase en la iglesia de Londres donde eran feligreses, y el niño
estaba encariñado con hacerlo. Por eso pensamos, suponiendo
que usted no lo tuviese en mente, señor, que sería un gusto para él
hacer lo mismo aquí."
-
¿Que edad tiene el muchacho? - preguntó el joven sacerdote
-
Dieciséis años, señor - respondió el abuelo.
- "Muy bien déjelo venir a la capilla
mañana por la mañana" - Ronald había estado de acuerdo en
la propuesta.
Completamente absorto en sus oraciones, el
joven apenas había notado al acólito que estaba sirviéndole, y
no fue hasta que había estado escuchando su
confesión más tarde que se había dado cuenta de su
encantadora belleza.
'¡Ah Dios! ¡Ayúdame! ¡Ten piedad de mi!
¿Después de todo mi esfuerzo y trabajo, justo cuando
estoy empezando a tener esperanza de haber logrado vencer mis
pasiones? ¿Voy a perder todo? ¡Ayúdame, Oh Dios!'
Incluso mientras rezaba; incluso mientras sus
manos se retorcían en súplica de angustia
hacia los pies del crucifijo ante cual sus luchas más difíciles
habían sido ganadas; mientras las lágrimas amargas de la contrición
y la miserable autodesconfianza estaban lacerándole.
Sintió un suave golpe en la ventana. Caminó
hacia la misma, y
descorrió la sucia cortina sucia con asombro. Bajo la luz de la
luna, ante la ventana abierta, estaba de pie una figura blanca y pequeña, con sus pies descalzos
teñidos de la pálida luminosidad,
vestido solamente con un larga camisón blanco de dormir, esperaba
su acólito, el muchacho que tenía su futuro completo en sus
manos juveniles.
"Wilfred, ¿qué está haciendo aquí?"
- preguntó con voz temblorosa.
'No podía dormir, padre, pensando en
usted, y vi luz en su habitación así que salí a través
de la ventana he venido para verle. ¿Está enfadado conmigo, padre?"
- preguntó, con voz entrecortada cuando vio la expresión casi feroz
del sacerdote.
"¿Por qué
viene usted a visitarme?" - El
sacerdote apenas alcanzaba a reconocer la situación, y apenas escuchó lo que el
joven dijo.
"Porque lo
amo, lo amo.¡ Oh, cuanto! Pero usted... usted está enfadado conmigo -
Oh, ¿por qué habré venido! ¡No pensé que usted se
enfadaría enfadado!' Y el joven se derrumbó sobre la
hierba hecho un mar de lágrimas.
El sacerdote saltó a través de la ventana
abierta, y tomó la delgada arquitectura del muchacho en sus brazos, lo
llevó a la austera habitación. Cerró las cortinas y, arrellanándose
en
el sillón hondo, colocó la cabeza sollozante sobre su pecho,
besando sus rizos una y otra vez.
'Oh,
mi amado! ¡Mi hermoso amado!' - susurró - "¿Cómo alguien podía
enfadarse con
usted? Usted es más para mí que todo lo mundo. ¡Oh, Dios! Cómo
le quiero, mi querido! ¡Mi amable amado!'
Durante casi una hora el
muchacho se acomodó
en sus brazos, apoyando su tierna mejilla contra su pecho;
entonces el sacerdote le dijo que debía irse. Con un último
beso prolongado sus labios se encontraron, y luego la
pequeña figura se escabulló por la ventana, corrió a toda velocidad
por el jardín iluminado por la luna, y se esfumó
a través de la ventana contigua.
Cuando se
encontraron en la sacristía a la mañana
siguiente, el muchacho levantó su cara hermosa como una flor, y el
sacerdote, poniendo sus brazos suavemente alrededor de él, le besó
tiernamente en los labios.
'¡Mi querido! ¡Mi querido!"
- Era todo
que dijo; pero el muchacho devolvió su beso con una sonrisa del
amor casi divino, en un silencio que contenía mucho que palabras.
"Me pregunto qué
le sucedió al nuevo
padre esta mañana?" - dijo una anciana a otra, cuando salían
de la capilla - " No parece el mismo en absoluto;
cometió más errores esta mañana que los que cometió el padre
Thomas en todos los años en que estuvo aquí."
"¡¡Parecía
que nunca antes hubiera dicho misa !" - Respondió su amiga, con algo
de desprecio.
Y esa noche, y
muchas noches después,
el sacerdote, con el rostro ansioso, descorrió la
cortina sobre su crucifijo y esperaba en la ventana que el rayo de
la luna de verano iluminase una corona de rizos
dorados, para la visión mágica de una figura juvenil vestida
con el blanco y largo camisón de dormir, que enfatizaba la
gracia de cada movimiento, y la hermosa palidez de unos pies
pequeños corriendo sobre la hierba. Ahí en la ventana,
noche tras noche, aguardaba sentir unos cariñosos y tiernos
brazos rodear su cuello, y sentir el deleite embriagador de unos
limpios labios
juveniles provocando una amorosa lluvia de besos sobre sus
mejillas.
Ronald Heatherington no cometió
ya ningún
error en la misa. Decía las palabras solemnes con una
reverencia y un sentimiento que lograron que la gente humilde que
asistía a sus servicios comenzase a hablar de él con cierto temor y
admiración;
mientras la cara del joven acólito brillaba con un
fervor que les hizo preguntarse qué podía representar esta luz
extraña. Seguramente el nuevo sacerdote debe ser
efectivamente un santo mientras que el muchacho a su lado le
miraba como un ángel de cielo.
PARTE
DOS
El mundo es muy severo con aquellos que
frustran sus normas. Coloca debajo sus preceptos, y trae congoja a aquellos que se
atreven a pensar por si mismo, a los que osan ejercitar su propia
discreción respecto a si permitirán que su individualidad y
características naturales sean liberadas, en vez de ser arrasados bajo
los dedos plomizos de la convención.
Realmente, la convención es la piedra que se
ha hecho pilar básico en el templo mal construido de
nuestra civilización superficial y arrogante
"Y
hay quien no acepta esto pretendiendo que el pilar se derrumbe:
pero sobre quién caiga lo convertirá en
polvo."
Si el mundo ve algo que no puede comprender,
asigna los motivos más viles a todo lo que concierne a lo incomprendido,
supone la
presencia de algo innoble en todo lo que se oculte, por lo menos
en lo referente a lo que una inteligencia estrecha de mentalidad
sea capaz de comprender.
Las personas miraron más a su sacerdote
como un santo, y su acólito como
un ángel. Hablaron de ellos
con ansiedad y con sus dedos sobre sus labios; aun se apartaban del camino cuando
reconocían a cualquiera de ellos;
pero ahora se juntaban en grupos de dos o tres y agitaban sus
cabezas con simulada reprobación.
El sacerdote y su acólito
no prestaban atención; nunca se fijaron ni siquiera en las miradas sospechosas
y aun menos en suprimir los cotilleos. Cada uno había descubierto en
el otro la compasión perfecta y amor: no llegaban a enterarse de
lo que no fuese perfecto en el
mundo exterior? Cada uno era para el otro la recreación perfecta de un modelo de perfección
anteriormente preconcebida; ni el cielo ni el infierno podían
dar mas. Pero la piedra de la convención había sido socavada; no
se sabía el tiempo que tardaría en caer. Ni hasta donde ni a
quienes alcanzaría en su caída.
La luz de
la luna era despejada y muy
hermosa; el aire fresco de noche estaba cargado con el perfume de las
flores profusamente florecidas en el pequeño jardín. En la
modesta habitación del sacerdote las
cortinas cerradas ocultaban la belleza de la
noche. Completamente olvidados del mundo, completamente
ajenos a todo, arropados en las visiones hermosas de un
amor que superaba todo lo esplendoroso de la noche de verano, el
joven sacerdote y el acólito estaban soñando juntos.
El muchacho
se sentó sobre sus
rodillas con sus brazos alrededor de su
cuello y los rizos dorados colocado contra el pelo tonsurado y
corto del sacerdote; su blanco camisón que contrastaba con el
negro de la larga sotana de una manera extraña y perfecta.
Había un
sendero desde el camino; unas pisadas cada vez mas cercanas; una llamada en la
puerta. No la escucharon; totalmente absortos en sí, borrachos del
elixir dulcemente venenoso que es el obsequio del amor, estaban
aislados y en silencio.
Pero el final había llegado: el mazazo había golpeado por fin. La
puerta se abrió, y en la entrada apareció la imagen alta del párroco
ante ellos .
Nadie
dijo nada; solamente el joven se pegó contra su amado, sus ojos
engrandecidos con
el miedo. Entonces el joven sacerdote se incorporó despacio y puso al muchacho
a su lado.
'Es mejor que usted se vaya, Wilfred"
- fue todo que dijo.
Los dos sacerdotes
permanecieron de pie y en silencio mirando como el muchacho se
escabullía por la ventana, corría al otro lado del césped, y
desaparecía en el casa contigua.
Entonces
ambos se giraron y quedaron frente a frente.
El joven sacerdote se arrellanó en su silla
y enlazó sus manos, esperando que el iracundo párroco hablase.
¡Así que ha venido a esto!'
- exclamó -: "¡Las
personas estaban en lo cierto en todo lo que me
dijeron! ¡Oh, Dios! Que cosa horrible ha ocurrido aquí! Que ha
recaído sobre mí para sacar a la luz su vergüenza - nuestra
vergüenza! Soy yo el que debe entregarlo a la justicia, y lograr que
usted sufra el castigo de su pecado! ¿Usted no tiene nada que decir?'
-
"Nada.. nada" - respondió quedamente - "No puedo
pedir mas que compasión: no puedo explicarle porque usted nunca comprendería. No
pido nada
para mí, no le pido que prescinda de mí; pero
pienso en el escándalo terrible para nuestra querida iglesia .'
-
'Es mejor sacar a la luz estos escándalos
terribles y ver que sean curados. Es una estupidez para ocultar una
llaga: mejor mostrar nuestra vergüenza que dejar que supure'
-
"Piense en el muchacho."
-
'Eso es lo que debería haber hecho usted: usted debería haber
pensado antes en él .
¿Qué tiene
que ver su vergüenza
conmigo?. Además, no podría separarme de él si
pudiera: ¿qué compasión puedo sentir como él ?"
El
joven sacerdote se había puesto de pie, los labios pálidos, el rostro
desfigurado por el dolor.
-
"¡Cállese!"- Dijo el joven sacerdote en voz baja - "Le
prohíbo que hable usted de él ante mí sin el menor respeto -
entonces añadió casi para si mismo - Sin ninguna reverencia; sin
dedicación."
Hubo
un instante de silencio pétreo, impresionado el párraco por la
situacion. Entonces su cólera aumentó.
-
'¿Como puede usted hablar abiertamente de ese
modo? ¿Dónde está su arrepentimiento, su vergüenza? ¿Usted
carece de sentido del horror de su abominable pecado?'
-
"No hay pecado por el que deba sentir
la vergüenza", - contestó muy quedamente. "Dios
me dio mi amor para él, y le dio su amor también para mí. Quién
puede contradecir a Dios y al amor que es un regalo de Él?
-
¿Como puede usted profanar su nombre llamando "amor" a su vergonzosa
pasión
-
"Era amor, amor limpio: el amor perfecto"
-
' No diré nada mas ahora; mañana se sabrá todo. Dé gracias a Dios por que usted pagará por
toda esta desgracia" - añadió, en un arrebato
repentino de la ira.
-
'Siento que usted no tiene piedad; - no tengo miedo a la vergüenza
pública para mí.
Pero la piedad no puede ser excepcional o no existir en un cristiano"
- añadió, como hablando consigo mismo
El párroco
rector se volvió hacia él
repentinamente, y estiró sus manos.
-
"El cielo perdone mi severidad de
corazón" - dijo. "He sido cruel; he hablado cruelmente
en mi angustia. ¿No puede usted decir nada en su defensa?'
-
'No. No creo de ello salga nada bueno. Si intentara negar toda culpabilidad, usted solamente
pensaría que he mentido: aunque pudiera probar mi inocencia,
mi
reputación, mi carrera, mi futuro completo, están en ruinas para
siempre. ¿Me escuchará usted para un poco? Lo hablaré
someramente sobre mí mismo."
El párroco se sentó mientras su coadjutor
le narró la historia de su vida, sentado con su barbilla apoyada
sobre las manos.
-
"He asistido en una escuela pública,
como usted conoce. Era diferente de los otros niños.
Nunca participaba en los juegos generales. Siempre he sentido poco
interés en esas cosas que los niños generalmente cuidan tanto. No
he sido muy feliz en
mi niñez. Mi única ambición era encontrar el modelo de
perfección que siempre anhelé. He
tenido siempre un ansia indefinida por algo, siempre algo vago
que
nunca tomó forma totalmente, que nunca pude comprender totalmente. Mi
extraordinario anhelo ha siempre sido siempre encontrar
algo que me satisfaría. Fui atraído inmediatamente por el
pecado: toda mi vida temprana está manchada y contaminada con la
mancha del pecado. Incluso ahora pienso que hay pecados más
hermosos que ninguna otra cosa en el mundo.
Hay vicios que
logran atraer a alguien que adora la belleza casi irresistiblemente
por encima de todo. He buscado el amor siempre: una y otra vez he sido
la víctima de los ataques del cariño apasionado: una y otra vez creído
haber encontrado mi modelo de perfección por fin: el centro
absoluto de mi vida, creído adquirir el amor de alguna persona especial. Varias veces mis
esfuerzos parecían exitosos; cada vez desperté para descubrir que el
éxito que había obtenido era inútil . Cuando conseguía el premio,
perdía toda su atracción. En vano
me esforcé por ahogar los grandes deseos de mi corazón con los
placer corrientes y los vicios que atraen los jóvenes
generalmente. Tuve que escoger una profesión. Me hice sacerdote.
La completa tendencia estética de mi alma fue atraída
por los misterios estupendos del Cristianismo y la belleza artística
de nuestros servicios. Desde mi ordenación he estado
luchando por engañarme a mismo en la creencia de que por fin
había logrado la paz... por fin mi gran deseo estaba satisfecho:
solamente que era en vano. Incesantemente he luchado contra los
antiguas ansias, y, sobre todo, la sed incesante para un amor perfecto. He descubierto, y me
calmó el
hallazgo, un encanto exquisito en la fe y la religión: no en los servicios
regulares de una vida religiosa, no en el trabajo cotidiano y corriente de
organizaciones de la parroquia; No, mi deleite nace la belleza estética de los
servicios, con el éxtasis de la dedicación, el fervor apasionado
que viene con el ayuno y la meditación.'
-
"¿Ha encontrado usted reposo en la oración?" - preguntó al párroco.
-
'¿El reposo?. No. Pero he encontrado un encanto casi feroz en el placer
y la emoción de oración.'
-
'Usted debería haberse casado. Pienso que eso lo
habría salvado."
Ronald Heatherington
se distanció un poco y
colocó su mano sobre el brazo del párroco.
-
"Usted no me comprende. Nunca me he sentido
atraído por una mujer en mi vida. ¿Usted no puede comprender que las
personas sean diferentes, totalmente diferentes? Pensar que
somos iguales en todo es imposible; nuestras naturaleza, nuestros
temperamentos, son completamente diferentes. Pero esto es algo que las personas nunca verán;
plantean todas sus opiniones
sobre una base equivocada. ¿Cómo pueden comprender que si sus premisas
son equivocados lo son sus deducciones? Qué poder o
capacidad puede tener usted, o cualquiera, para decirme que tal o
tal otra cosa es pecado para mí?.. Oh, por qué no puedo explicarle
y lograr que usted lo comprenda?' - Y le apretó en el brazo de
lo demás brevemente, como reflejo de dolorosa impotencia. -
Entonces continuó hablando rápida y
seriamente: "Para mí, por mi naturaleza, haberme
casado no habría evitado el ser pecador: habrían sido un crimen, una
gran inmoralidad, repugnante para mi conciencia" - Luego
añadió: "La conciencia debe ser ese
instinto divino que nos ordena buscar lo nuestro
temperamento natural necesita - hemos olvidado eso; para la mayoría
de nosotros, para el mundo, para los Cristianos en general, la
conciencia es simplemente otro nombre para la cobardía del que tiene
miedo de atentar contra la convención. Ah, ¡qué cosa tan maldita
es la convención!. No he cometido ningún delito moral en este
asunto; A la mirada de Dios mi alma es inocente; pero ante usted y
el mundo
soy culpable de un crimen abominable - abominable, porque es un
pecado contra la convención!
Conocí a este
joven: lo amé como nunca he querido a alguien o algo: no tenía
necesidad de trabajar para ganar su cariño - era mío
naturalmente: me amó, incluso cuando lo quise, desde el principio:
era la dotación necesaria para mi alma. ¿Cómo presumir del
juicio contra el mundo? ¿Qué representan las convenciones para nosotros?
Sin embargo, aunque sabía que tal amor era hermoso y realmente
inocente, aunque en una parte de mi corazón despreciaba
el criterio estrecho del mundo, sufría por nosotros y por el bien de
nuestra iglesia, y traté de resistir al principio. Pasé apuros
contra la fascinación que poseía para mí. Nunca habría ido
hacia él y procurado su amor; habría sufrido en silencio hasta el
final: pero ¿qué podía hacer? Fue él el que vino, y me
ofreció la profusión del amor que su alma hermosa poseía. ¿Cómo
podía explicarle el cuadro horrorosa que el mundo pintaría para una naturaleza
sensible como la suya? ¿Cómo podía agitar la pureza melodiosa de su alma
insinuándole las sospechas
horribles que su presencia podría despertar? Supe qué estaba
haciendo. He mirado hacia el mundo y me coloque a mí mismo al lado de
éste muchacho puro. Me he burlado de sus mandatos abiertamente. No le
pido a usted que se compadezca de mí, ni suplicaré su aplauso. Sus ojos
están cegados con una catarata
mental. Usted está atado, atado con esos lazos miserables que le han
sujetado cuerpo y alma desde la cuna. Usted debe hacer el lo que
crea que es su deber. A los ojos de Dios somos mártires, y
llegaremos incluso a la muerte en esta pelea contra la adoración idólatra
de la convención.'
Ronald Heatherington se arrellanó en una
silla, escondiendo su cara en sus manos, y el párroco dejó la
habitación en el silencio.
Por unos minutos el joven
sacerdote permaneció con su cara enterrada en sus manos. Entonces
con un
suspiro se puso de pie y se deslizó al otro lado del jardín
hasta que estuvo de pie debajo de la ventana abierta de su amado.
-
'Wilfred" - gritó delicadamente sin hacer ruido.
La cara hermosa, pálido y
fresca por las lágrimas, compareció en la ventana.
-
"Lo quiero, mi amado; ¿usted puede venir un momento?" -
susurró.
-
'Sí, padre" - respondió el muchacho casi en silencio.
El sacerdote lo llevó
nuevamente a su habitación; entonces, tomándole muy suavemente en sus brazos, trató
de calentar con sus manos los pequeños pies fríos .
-
"Mi amor, esto ha terminado."- dijo tan suavemente
como quien esta resignado ante el enorme poder enfrentado ante ellos.
El niño
apoyó el rostro sobre su hombro,
llorando sin hacer ruido.
-
"¿No puedo hacer nada por usted, mi querido padre?"
El
sacerdote permaneció en silencio un momento
-
"Si. usted puede morir por mi; usted puede morir
conmigo"
Los
cariñosos brazos le rodeaban nuevamente el cuello, y los tibios y
adorables labios le besaban.
-
"Haré entonces eso por usted, padre. Oh, muramos juntos!
-
"Sí, mi querido, es lo mejor: lo haremos."
Entonces,
silenciosa y
tiernamente preparó al niño; escuchó su última
confesión y le dio su última absolución. Luego se
arrodillaron juntos, de la mano, ante el crucifijo.
-
"Reza por mí, mi querido."
Rezaron
juntos sus oraciones pidiendo en silencio que el Señor tuviera compasión
por el sacerdote que había entrado en la lucha mas terrible de la
vida. Estuvieron arrodillados hasta medianoche, cuando Ronald
tomó al joven en sus brazos y lo llevó a la pequeña capilla.
-
'Diré misa por el descanso y perdón
de nuestras almas" - comentó.
Sobre su
camisón de dormir el muchacho se colocó en su vestimenta escarlata y
la cota de encaje diminuto. Cubría
sus pies descubiertos con los zapatos de terciopelo escarlatas; encendió
los cirios y ayudó al sacerdote reverentemente a ponerse la
casulla.
Tras
la celebración, y antes de abandonar la sacristía el sacerdote le tomó
entre sus brazos y le sujetó contra su pecho; acarició el suave pelo y
le susurró cariñosamente. El joven estaba llorando silenciosamente, su
cuerpo esbelto temblaba con los sollozos que apenas podía sofocar. Luego
de un momento el abrazo tierno lo calmó, y levantó su hermosa boca
hacia el sacerdote. Sus labios se juntaron, y sus brazos se entrelazaron
amorosamente.
-
"Oh, mi querido, mi querido amor!" - El sacerdote
susurró tiernamente.
-
"Estaremos ya juntos para siempre; nada nos separará ahora"
- dijo el muchacho.
-
"Sí, es mejor eso; mejor
estar juntos en la muerte que separados en la vida.'
Se arrodillaron
ante el altar en la noche
silenciosa, la luz cimbreante de las velas iluminaba el crucifijo con
una claridad extraña. Nunca el sacerdote ofició tanta seriedad y
convicción, nunca el acólito respondió con tal
dedicación, en esta misa de medianoche por la paz de sus propias
almas..
Justo antes de la consagración el sacerdote
tomó una ampolla diminuta del bolsillo de su sotana, la consagró,
y vertió los contenido en el cáliz.
Cuando
llegó el momento de beber el vino bendito del cáliz,
lo llevó a sus labios, pero solamente lo besó. Tras administrar
la hostia al joven, aferró el bellísimo cáliz de oro y piedras
preciosas. Pero al ver la luz reflejada en la superficie dorada se
detuvo y miró nuevamente el crucifijo exhalando un gemido. Por un instante
le abandono el valor. Entonces volvió su mirada al joven y se llevó el cáliz
a sus juveniles labios.
-
"Que la sangre de nuestro
Señor Jesucristo,
que fue derramado por nosotros pecadores, preserve cuerpo y alma
hasta la
vida eterna."
Jamás
el joven sacerdote había contemplado tal
amor perfecto, tal perfecta confianza, en esos amados ojos que
brillaban como nunca; con el rostro levantada hacia el cielo recibió
la muerte de las manos cariñosas del que
adoraba mas que a nada en el mundo.
Al instante, Ronald se
arrodilló al lado de joven y vació el cáliz hasta la ultima
gota. Se tendió y colocó sus brazos alrededor de la figura hermosa
de su amado. Sus labios se encontraron en un
último beso del amor perfecto. Todo estaba terminado.
Cuando el sol
comenzó a elevarse por los cielos,
puso un rayo dorado de luz sobre el altar de la pequeña capilla. Las
velas aun mantenían sus llamas a pesar de haberse gastado casi
completamente. La imagen de rostro triste del crucifijo destacaba allí
desde una calma majestuosa. Tendido a pocos pasos del altar el
joven sacerdote, con las
vestiduras sagradas; a su lado, con su cabeza rizada inclinada
ligeramente sobre los preciosos bordados que cubrían su pecho,
el hermoso joven orlado en escarlata y encaje.
Sus brazos estaban entrelazados; un silencio extraño cubría toda
la escena como una triste e inasible mortaja.
"Y
hay quien no acepta esto pretendiendo que el pilar se
derrumbe: pero sobre quién caiga lo convertirá en
polvo."
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