El sacerdote y el novicio

Cuento de John Francis Bloxam (De "El camaleón", 1894)

 

 

 

 Este cuento, que trata del  trágico amor entre un joven sacerdote y un acólito, es una extraordinaria mezcla de ritualismo, el amor homosexual, y la polémica homosexual, en una época y sociedad tenebrosamente exacerbada frente a ciertos temas.

 

 

Parte uno

 

"Rece por mi, padre, y deme su bendición, porque he pecado."

El sacerdote empezó; estaba cansado en mente y cuerpo; su alma estaba triste y alguna vez su corazón estaba endurecido cuando se sentaba en la soledad terrible del confesionario  escuchando repetirse el mismo tema aburrido de los pecados. Estaba cansado de los tonos convencionales y las expresiones prácticas. ¿El mundo sería siempre igual? Durante casi veinte siglos los sacerdotes del seminario Christian se habían sentado en el confesionario y escuchado los mismos viejos relatos. El mundo no le parecía mejorarse; siempre lo mismo, lo mismo, se dijo el joven sacerdote, y por un momento casi deseo que las personas fueran peores. ¿Por qué no podían escaparse de estos viejos senderos y ser un poco original en sus vicios, si tienen que pecar? Pero la voz que ahora escuchaba lo despertó de su ensueño. Era tan suave y gentil, tan insegura y tímida. 

Dio la bendición y le escuchó. Oh, si!. Reconocía ahora esa voz. Era la voz que había escuchado por primera vez esa mañana temprano: la del pequeño acólito que le había ayudado en la misa.

Giró su cabeza y miró con atención a través del enrejado la cabeza un poco inclinada del otro lado. No había posibilidad de confundir esos suaves y largos rizos. Repentinamente, por un momento, la cara se levantó,  los grandes ojos azules húmedos; vio la cara sonrojada por la vergüenza de los simples pecado juveniles  que estaba confesando, y una emoción le traspasó, porque sentía que había aquí algo del mundo entero que era hermoso, algo que era  por lo menos muy verdadero. ¿Llegaría el día en que esos delicados labios escarlatas  se convertirían en duros y falsos? ¿Cuando el temblor asustadizo indemostrable se tornaría en descuidado y convencional? Sus ojos se llenaron con lágrimas, y con una voz que había perdido su firmeza le dio la absolución.

Después de una pausa, escuchó el niño incorporarse, y le observó ponerse  en camino hacia el otro lado de la capilla pequeña y arrodillarse  ante el altar mientras rezaba su penitencia. El sacerdote escondió su cara cansada entre sus manos y suspiró cansadamente. 

A la mañana siguiente, después de arrodillarse ante el altar y decir las palabras de la confesión para el joven acólito cuya cabeza se inclinó reverentemente hacia él, contestó a su vez doblando la cabeza bajo hasta que su pelo apenas rozó el halo de oro que rodeaba el pequeño rostro del seminarista, sintiendo que sus venas se quemaban y hormiguean con una nueva fascinación extraña.

Cuando esa cosa tan maravillosa - que es el amor por otro que absorbe por completo el alma -  golpea a un hombre repentinamente, ese hombre sabe qué representa el cielo, y comprende también lo que es el infierno: pero si el hombre es un asceta, un sacerdote cuyo corazón es dado a la dedicación extática, es mejor para ese hombre nunca haber nacido.

Cuando llegaron a la sacristía el muchacho se inclinó reverentemente para recibir las sagradas vestimentas, con las que mostraba de ahora en adelante su dedicación entera a la  religión. Con la misma reverencia y la humildad que había sentido el sacerdote al tocar los elementos consagrados, colocó sus manos sobre la cabeza rizada, tocó la cara pequeña, y, levantando ese rostro ligeramente, se inclinó hacia adelante y tocó la suave frente blanca  delicadamente con sus labios con un roce de pluma delicada. 

Cuando el joven sintió la caricia de sus dedos, por un momento todas las cosas flotaron ante sus ojos; pero cuando sintió la delicadeza de los labios del sacerdote, una maravillosa seguridad le invadió: comprendía. Levantó los brazos, y colocando sus delicados dedos alrededor del cuello del sacerdote le besó en los labios. Con un agudo grito el sacerdote cayó de rodillas y, apretando la joven figura, vestida con escarlata y encaje, contra su corazón, cubrió el tierno y ruborizado rostro con besos en llamas. Entonces, tras ser aplastados ambos por un fuerte sensación de miedo, se distanciaron apresuradamente, y con una ardiente temblor en sus manos se dedicaron a doblar las vestimentas sagradas, para separarse con una silenciosa timidez.

El sacerdote regresó a su humilde celda y trató de sentarse y pensar, pero todo fue en vano: trató de comer, pero solo podía empujar su saliva a disgusto: trató de rezar, pero en lugar de la calma que representaba sobre la cruz, el rostro doloroso de Jesús, veía continuamente ante él la cara ruborizada de un hermoso joven, los amplios ojos como una estrella de su amor recién descubierto.

Al siguiente día el  joven sacerdote pasó mecánicamente por la rutina de sus servicios varios , pero no podía comer y no se podía sentar en silencio, pues cuando estaba solas, extraños estallidos agudos de revueltas emociones fluían a través de su cerebro, y sentía que debía escapar al aire libre o se enfermaría.

Por fin, cuando llegó la noche , tras el largo y caluroso día que le había dejado exhausto y extenuado, se arrodilló ante su crucifijo y se obligó a pensar. 

Evocó en su mente su pasada niñez y su temprana juventud; volvieron los recuerdos de las  terribles luchas internas de los cinco años pasados allí en el seminario. Ahí estaba arrodillado el sacerdote Ronald Heatherington, de veinte y pocos años: ¿es que las luchas para vencer las pasiones terribles que le habían acosado durante estos cinco años habían sido totalmente en vano? 

En el año anterior había sentido que la pasión estaba totalmente sofocada, que todos los arrebatos terribles del amor apasionado que sentía realmente los había superado. Había trabajado tan duro como incesantemente, a través de estos cinco años desde su ordenación - se había dedicado única y completamente a su oficio sagrado; toda la intensidad de su naturaleza había sido concentrada, totalmente absorto, en los  hermosos misterios de su religión. Había evitado todo aquello que podían afectarlo, todo lo que pueden retomar cualquier recuerdo de su vida juvenil. 

Entonces había aceptado esta coadjuratoría, con el sólo cargo de la pequeña capilla  que estaba al lado del casa de campo donde vivía ahora, la capilla era la más distante de las varias agrupadas alrededor de la iglesia de la vieja parroquia  de St. Anselm. Había llegado hacía dos o tres días, y la pareja que cuidaba las tareas de la casa, la parte posterior de la cual moldeaba el límite de su propio jardín, había sido quien ofreciera los servicios de su nieto como acólito.  

'Mi hijo era un artista, señor, - había comentado el anciano: nunca estaba satisfecho aquí así que lo enviamos a Londres; enseguida se integró, señor, y se casó una dama, pero el clima frío lo llevó  un invierno, y su esposa  quedó sola con el bebé. Lo crió y le educó , pero el invierno pasado ella también falleció así que el pobre muchacho vino para vivir con nosotros - tan delicado como es, señor, y no una persona sencilla como  nosotros; es un caballero de nacimiento y crianza, su nombre es Wilfred. Su pobre madre  solía hacer que ayudase en la iglesia de Londres donde eran feligreses, y el niño estaba encariñado con hacerlo. Por eso  pensamos, suponiendo que usted no lo tuviese en mente, señor, que sería un gusto para él hacer lo mismo aquí." 

- ¿Que edad tiene el muchacho? - preguntó el joven sacerdote

- Dieciséis años, señor - respondió el abuelo.

- "Muy bien déjelo venir a la capilla mañana por la mañana" - Ronald había estado de acuerdo en la propuesta.  

Completamente absorto en sus oraciones, el joven apenas había notado al acólito que estaba sirviéndole, y no fue hasta que había estado escuchando su confesión más tarde  que se había dado cuenta de su encantadora belleza.

'¡Ah Dios! ¡Ayúdame! ¡Ten piedad de mi! ¿Después de todo mi esfuerzo y trabajo, justo cuando estoy empezando a tener esperanza de haber logrado vencer mis pasiones? ¿Voy  a perder todo? ¡Ayúdame, Oh Dios!'

Incluso mientras rezaba; incluso mientras sus manos se retorcían en súplica de angustia hacia los pies del crucifijo ante cual sus luchas más difíciles habían sido ganadas; mientras las lágrimas amargas de la contrición y  la miserable autodesconfianza  estaban lacerándole. 

Sintió un suave golpe en la ventana. Caminó hacia la misma, y descorrió la sucia cortina sucia con asombro. Bajo la luz de la luna, ante la ventana abierta, estaba de pie una figura blanca y pequeña, con sus pies descalzos teñidos de la pálida luminosidad, vestido solamente con un larga camisón blanco de dormir, esperaba  su acólito, el muchacho que tenía su futuro completo en sus manos juveniles.  

"Wilfred, ¿qué está haciendo aquí?" - preguntó con voz temblorosa.

'No podía dormir, padre, pensando en usted, y vi luz en su habitación así que salí a través de la ventana he venido para verle. ¿Está enfadado conmigo, padre?" - preguntó, con voz entrecortada cuando vio la expresión casi feroz del sacerdote.  

"¿Por qué viene usted a visitarme?" - El sacerdote apenas alcanzaba a reconocer la situación, y apenas escuchó lo que el joven dijo.

"Porque lo amo, lo amo.¡ Oh, cuanto! Pero usted... usted está enfadado conmigo - Oh, ¿por qué habré venido!  ¡No pensé que usted se enfadaría enfadado!' Y el joven se derrumbó sobre la hierba hecho un mar de lágrimas.

El sacerdote saltó a través de la ventana abierta, y tomó la  delgada arquitectura del muchacho en sus brazos, lo llevó a  la austera habitación. Cerró las cortinas y, arrellanándose en el sillón hondo, colocó la cabeza sollozante sobre su pecho, besando sus rizos una y otra vez.  

'Oh, mi amado! ¡Mi hermoso amado!' - susurró - "¿Cómo alguien podía enfadarse con usted? Usted es más para mí que todo lo mundo. ¡Oh, Dios! Cómo le quiero, mi querido! ¡Mi amable amado!'  

Durante casi una hora el muchacho se acomodó en sus brazos, apoyando su tierna mejilla contra su pecho; entonces el sacerdote le dijo que debía irse. Con un último beso prolongado sus labios se encontraron, y luego la pequeña figura se escabulló por la ventana, corrió a toda velocidad por el jardín  iluminado por la luna, y se esfumó a través de la ventana contigua.

Cuando se encontraron en la sacristía a la mañana siguiente, el muchacho levantó su  cara hermosa como una flor, y el sacerdote, poniendo sus brazos suavemente alrededor de él, le besó tiernamente en los labios.

'¡Mi querido! ¡Mi querido!" - Era todo que dijo; pero el muchacho devolvió su beso con una sonrisa del amor casi divino, en un silencio que contenía mucho que palabras.  

"Me pregunto qué le sucedió al nuevo padre esta mañana?" -  dijo una anciana a otra, cuando salían de la capilla - " No parece el mismo en absoluto; cometió más errores esta mañana que los que cometió el padre Thomas  en todos los años en que estuvo aquí."  

"¡¡Parecía que nunca antes hubiera dicho misa !" - Respondió su amiga, con algo de desprecio.  

Y esa noche, y muchas noches después, el sacerdote, con el rostro ansioso, descorrió la cortina sobre su crucifijo y esperaba en la ventana que el rayo de la luna de verano iluminase  una corona de rizos dorados, para la visión mágica de una figura juvenil vestida con el blanco y largo camisón de dormir, que enfatizaba la gracia de cada movimiento, y la hermosa palidez  de unos pies pequeños corriendo sobre la hierba. Ahí en la ventana, noche tras noche, aguardaba sentir unos cariñosos y tiernos brazos rodear su cuello, y sentir el deleite embriagador de unos limpios labios juveniles provocando una amorosa lluvia de besos sobre sus mejillas.  

Ronald Heatherington no cometió ya ningún error en la misa. Decía las palabras solemnes con una reverencia y un sentimiento que lograron que la gente humilde que asistía a sus servicios comenzase a hablar de él con cierto temor y admiración; mientras la cara del joven acólito brillaba con un fervor que les hizo preguntarse qué podía representar esta luz extraña. Seguramente el nuevo sacerdote  debe ser efectivamente un santo  mientras que el muchacho a su lado le miraba como un ángel de cielo.

 

PARTE DOS

El mundo es muy severo con aquellos que frustran sus normas. Coloca debajo sus preceptos, y trae congoja a aquellos que se atreven a pensar por si mismo, a los que osan ejercitar su propia discreción respecto a si permitirán que su individualidad y características naturales sean liberadas, en vez de ser arrasados bajo los dedos plomizos de la convención.

Realmente, la convención es la piedra que se ha hecho pilar básico en el templo mal construido de nuestra civilización superficial y arrogante

"Y hay quien no acepta esto pretendiendo que el pilar se derrumbe: pero sobre quién caiga lo convertirá en polvo."  

Si el mundo ve algo que no puede comprender, asigna los motivos más viles a todo lo que concierne a lo incomprendido, supone la presencia de algo innoble en todo lo que se oculte, por lo menos en lo referente a lo que una inteligencia estrecha de mentalidad sea capaz de comprender.

Las personas miraron más a su sacerdote como un santo, y su acólito como un ángel. Hablaron de ellos con ansiedad y con sus dedos sobre sus labios; aun se apartaban del camino cuando reconocían a cualquiera de ellos; pero ahora se juntaban en grupos de dos o tres y agitaban sus cabezas con simulada reprobación.  

El sacerdote y su acólito no prestaban atención; nunca se fijaron ni siquiera en las miradas sospechosas  y aun menos en suprimir los cotilleos. Cada uno había descubierto en el otro la compasión perfecta y amor: no llegaban a enterarse de lo que no fuese perfecto en el mundo exterior? Cada uno era para el otro la recreación perfecta de un modelo de perfección anteriormente preconcebida; ni el cielo ni el  infierno podían dar mas. Pero la piedra de la convención había sido socavada; no se sabía el tiempo que tardaría en caer. Ni hasta donde ni a quienes alcanzaría en su caída.

La luz de la luna era despejada y muy hermosa; el aire fresco de noche estaba cargado con el perfume de las flores profusamente florecidas en el pequeño jardín. En la modesta habitación del sacerdote las cortinas cerradas ocultaban la belleza de la noche. Completamente olvidados del mundo, completamente ajenos a todo, arropados en las visiones hermosas de un amor que superaba todo lo esplendoroso de la noche de verano, el  joven sacerdote y el acólito estaban soñando juntos.  

El muchacho se sentó sobre sus rodillas con sus brazos alrededor de su cuello y los rizos dorados colocado contra el pelo tonsurado y corto del sacerdote; su blanco camisón que contrastaba con el negro de la larga sotana de una manera extraña y perfecta.  

Había un sendero desde el camino; unas pisadas cada vez mas cercanas; una llamada en la puerta. No la escucharon; totalmente absortos en sí, borrachos del elixir dulcemente venenoso que es el obsequio del amor, estaban aislados y en silencio. Pero el final había llegado: el mazazo había golpeado por fin. La puerta se abrió, y en la entrada apareció la imagen alta  del párroco ante ellos .

Nadie dijo nada; solamente el joven se pegó contra su amado,  sus ojos engrandecidos con el miedo. Entonces el joven sacerdote se incorporó despacio y puso al muchacho a su lado.

'Es mejor que usted se vaya, Wilfred" - fue todo que dijo.  

Los dos sacerdotes permanecieron de pie y en silencio mirando como el muchacho se escabullía por la ventana, corría al otro lado del césped, y desaparecía en el casa contigua.

Entonces ambos se giraron y quedaron frente a frente.

El joven sacerdote se arrellanó en su silla y enlazó sus manos, esperando que el iracundo párroco hablase.

¡Así que ha venido a esto!'  - exclamó -: "¡Las personas estaban en lo cierto en todo lo que me dijeron! ¡Oh, Dios! Que cosa horrible  ha ocurrido aquí! Que ha recaído sobre mí para sacar a la luz su vergüenza - nuestra vergüenza! Soy yo el que debe entregarlo a la justicia, y lograr que usted sufra el castigo de su pecado! ¿Usted no tiene nada que decir?'  

- "Nada.. nada" - respondió quedamente - "No puedo pedir mas que compasión: no puedo explicarle porque usted nunca comprendería. No pido nada para mí, no le pido que prescinda de mí; pero pienso en el escándalo terrible para nuestra querida iglesia .'

- 'Es mejor sacar a la luz estos escándalos terribles y ver que sean curados. Es una estupidez para ocultar una llaga: mejor mostrar nuestra vergüenza que dejar que supure'

- "Piense en el muchacho."

- 'Eso es lo que debería haber hecho usted: usted debería haber pensado antes en él .

¿Qué tiene  que ver su vergüenza conmigo?. Además, no podría separarme de él si pudiera: ¿qué compasión puedo sentir como él ?"

El joven sacerdote se había puesto de pie, los labios pálidos, el rostro desfigurado por el dolor.

- "¡Cállese!"- Dijo el joven sacerdote en voz baja - "Le prohíbo que hable usted de él ante mí sin el menor respeto - entonces añadió casi para si mismo - Sin ninguna reverencia; sin dedicación."  

Hubo un instante de silencio pétreo, impresionado el párraco por la situacion. Entonces su cólera aumentó.

- '¿Como puede usted hablar abiertamente de ese modo? ¿Dónde está su arrepentimiento, su vergüenza? ¿Usted carece de sentido del horror de su abominable pecado?'

- "No hay pecado por el que deba sentir la vergüenza", - contestó muy quedamente. "Dios me dio mi amor para él, y le dio su amor también para mí. Quién puede contradecir a Dios y al amor que es un regalo de Él?

- ¿Como puede usted profanar su nombre llamando "amor" a su vergonzosa pasión

- "Era amor, amor limpio: el amor perfecto"

- ' No diré nada mas ahora; mañana se sabrá todo. Dé gracias a Dios por que usted pagará por toda esta desgracia" - añadió, en un arrebato repentino de la ira.

- 'Siento que usted no tiene piedad; - no tengo miedo a la vergüenza pública para mí. Pero la piedad no puede ser excepcional o no existir en un cristiano" - añadió, como hablando consigo mismo

El párroco rector se volvió hacia él repentinamente, y estiró sus manos.

- "El cielo  perdone mi severidad de corazón" - dijo. "He sido cruel; he hablado cruelmente en mi angustia. ¿No puede usted decir nada en su defensa?'  

- 'No. No creo de ello salga nada bueno. Si intentara negar toda culpabilidad, usted solamente pensaría que he mentido: aunque pudiera probar mi inocencia,  mi reputación, mi carrera, mi  futuro completo, están en ruinas para siempre. ¿Me escuchará usted para un poco? Lo hablaré someramente sobre mí mismo."

El párroco se sentó mientras su coadjutor le narró la historia de su vida, sentado con su barbilla apoyada sobre las manos.  

- "He asistido en una escuela pública, como usted conoce. Era diferente de los otros niños. Nunca participaba en los juegos generales. Siempre he sentido poco interés en esas cosas que los niños generalmente cuidan tanto. No he sido muy feliz en mi niñez. Mi única ambición era encontrar el modelo de perfección que siempre anhelé. He tenido siempre un ansia indefinida por algo, siempre algo vago  que nunca tomó forma totalmente, que nunca pude  comprender totalmente. Mi extraordinario anhelo ha siempre sido siempre encontrar algo que me satisfaría. Fui atraído inmediatamente por el pecado: toda mi vida temprana está manchada y contaminada con la mancha del pecado. Incluso ahora pienso que hay pecados más hermosos que ninguna otra cosa en el mundo. Hay vicios que logran atraer a alguien que adora la belleza casi irresistiblemente por encima de todo. He buscado el amor siempre: una y otra vez he sido la víctima de los ataques del cariño apasionado: una y otra vez creído haber encontrado mi modelo de perfección por fin: el centro absoluto de mi vida, creído adquirir el amor de alguna persona especial. Varias veces mis esfuerzos parecían exitosos; cada vez desperté para descubrir que el éxito que había obtenido era inútil . Cuando conseguía el premio, perdía toda su atracción. En vano me esforcé por ahogar los grandes deseos de mi corazón con los placer corrientes y los vicios que atraen los jóvenes generalmente. Tuve que escoger una profesión. Me hice sacerdote. La completa tendencia estética de mi alma fue atraída por los misterios estupendos del Cristianismo y la belleza artística de nuestros servicios. Desde mi ordenación he estado luchando por engañarme a mismo en la creencia de que por fin había logrado la paz... por fin mi gran deseo estaba satisfecho: solamente que era en vano. Incesantemente he luchado contra los antiguas ansias, y, sobre todo, la sed  incesante para un amor perfecto. He descubierto, y me calmó el hallazgo, un encanto exquisito en la fe y la religión: no en los servicios regulares de una vida religiosa, no en el trabajo cotidiano y corriente de organizaciones de la parroquia; No, mi deleite nace la belleza estética de los servicios, con el éxtasis de la dedicación, el fervor apasionado que viene con el ayuno y la meditación.'  

- "¿Ha encontrado usted reposo en la oración?" - preguntó al párroco.

- '¿El reposo?. No. Pero he encontrado un encanto casi feroz en el placer y la emoción de oración.'

- 'Usted debería haberse casado. Pienso que eso lo habría salvado."

Ronald Heatherington se distanció un poco y colocó su mano sobre el brazo del párroco.

- "Usted no me comprende. Nunca  me he sentido atraído por una mujer en mi vida. ¿Usted no puede comprender que las personas sean diferentes, totalmente diferentes? Pensar que somos iguales en todo es imposible; nuestras naturaleza, nuestros temperamentos, son completamente diferentes. Pero esto es algo que las personas nunca verán; plantean todas sus opiniones sobre una base equivocada. ¿Cómo pueden comprender que si sus premisas son equivocados lo son sus deducciones?  Qué poder o capacidad puede tener usted, o cualquiera, para decirme que tal o tal  otra cosa es pecado para mí?..  Oh, por qué no puedo explicarle y lograr que usted lo comprenda?' - Y le apretó en el brazo de lo demás brevemente, como reflejo de dolorosa impotencia. - Entonces continuó hablando rápida y seriamente: "Para mí, por mi naturaleza, haberme casado no habría evitado el ser pecador: habrían sido un crimen, una gran inmoralidad, repugnante para mi conciencia" - Luego añadió: "La conciencia debe ser ese instinto divino que nos ordena buscar lo nuestro temperamento natural necesita - hemos olvidado eso;  para la mayoría de nosotros, para el mundo, para los Cristianos en general, la conciencia es simplemente otro nombre para la cobardía del que tiene miedo de atentar contra la convención. Ah, ¡qué cosa tan maldita es la convención!. No he cometido ningún delito moral en este asunto; A la mirada de Dios mi alma es inocente; pero ante usted y el mundo soy culpable de un crimen abominable - abominable, porque es un pecado contra la convención!

Conocí a este joven: lo amé como nunca he querido a  alguien o algo: no tenía necesidad de trabajar para ganar su cariño - era  mío naturalmente: me amó, incluso cuando lo quise, desde el principio: era la dotación necesaria para mi alma. ¿Cómo presumir del juicio contra el mundo? ¿Qué representan las convenciones para nosotros? Sin embargo, aunque sabía que tal amor era hermoso y realmente  inocente, aunque en una parte de mi corazón despreciaba el criterio estrecho del mundo, sufría por nosotros y por el bien de nuestra iglesia, y traté de resistir al principio. Pasé apuros contra la fascinación que poseía para mí. Nunca habría ido hacia él y procurado su amor; habría sufrido en silencio hasta el final: pero ¿qué podía hacer? Fue él el que vino, y me ofreció la profusión del amor que su alma hermosa poseía. ¿Cómo podía explicarle el cuadro horrorosa que el mundo pintaría para una naturaleza sensible como la suya? ¿Cómo podía agitar la pureza melodiosa de su alma insinuándole las sospechas horribles que su presencia podría despertar? Supe qué estaba haciendo. He mirado hacia el mundo y me coloque a mí mismo al lado de éste muchacho puro. Me he burlado de sus mandatos abiertamente. No le pido a usted que se compadezca de mí, ni suplicaré su aplauso. Sus ojos están cegados con una catarata mental. Usted está atado, atado con esos lazos miserables que le han sujetado cuerpo y alma desde la cuna. Usted debe hacer el lo que crea que es su deber. A los ojos de Dios somos mártires, y llegaremos incluso a la muerte en esta pelea contra la adoración idólatra de la convención.'

Ronald Heatherington se arrellanó en una silla, escondiendo su cara en sus manos, y el párroco dejó la habitación en el silencio.

Por unos minutos el joven sacerdote permaneció con su cara enterrada en sus manos. Entonces con un suspiro se puso de pie y se deslizó al otro lado del jardín hasta que estuvo de pie debajo de la ventana abierta de su amado.

- 'Wilfred" - gritó delicadamente sin hacer ruido.

La cara hermosa, pálido y fresca por las lágrimas, compareció en la ventana.

- "Lo quiero, mi amado; ¿usted puede venir un momento?" - susurró.

- 'Sí, padre" - respondió el muchacho casi en silencio.

El sacerdote lo llevó nuevamente a su habitación; entonces, tomándole muy suavemente en sus brazos, trató de calentar con sus manos los pequeños pies fríos .

- "Mi amor, esto ha terminado."-  dijo tan suavemente como quien esta resignado ante el enorme poder enfrentado ante ellos.  

El niño apoyó el rostro sobre su hombro, llorando sin hacer ruido.

- "¿No puedo hacer nada por usted, mi querido padre?"

El sacerdote permaneció en silencio un momento

- "Si. usted puede morir por mi; usted puede morir conmigo"

Los cariñosos brazos le rodeaban nuevamente el cuello, y los tibios y adorables labios le besaban.

- "Haré entonces eso por usted, padre. Oh, muramos juntos!

- "Sí, mi querido, es lo mejor: lo haremos."  

Entonces, silenciosa y tiernamente preparó al niño; escuchó su última confesión y le dio su última absolución. Luego se arrodillaron juntos, de la mano, ante el crucifijo.

- "Reza por mí, mi querido."  

Rezaron juntos sus oraciones pidiendo en silencio que el Señor tuviera compasión  por el sacerdote que había entrado en la lucha mas terrible de la vida. Estuvieron arrodillados hasta medianoche, cuando Ronald tomó al joven en sus brazos y lo llevó a la pequeña capilla.

- 'Diré  misa por el descanso y perdón de nuestras almas" - comentó.

Sobre su camisón de dormir el muchacho se colocó en su vestimenta escarlata y  la cota de encaje diminuto. Cubría sus pies descubiertos con los zapatos de terciopelo escarlatas; encendió los cirios y ayudó al sacerdote reverentemente a ponerse la casulla. 

Tras la celebración, y antes de abandonar la sacristía el sacerdote le tomó entre sus brazos y le sujetó contra su pecho; acarició el suave pelo y le susurró cariñosamente. El joven estaba llorando silenciosamente, su cuerpo esbelto temblaba con los sollozos que apenas podía sofocar. Luego de un momento el  abrazo tierno lo calmó, y levantó su hermosa boca hacia el sacerdote. Sus labios se juntaron, y sus brazos se entrelazaron amorosamente.

- "Oh, mi querido, mi querido amor!" - El sacerdote susurró tiernamente.

- "Estaremos ya juntos para siempre; nada nos separará ahora" - dijo el muchacho.  

- "Sí, es mejor  eso; mejor estar juntos en la muerte que separados en la vida.'

Se arrodillaron ante el altar en la noche silenciosa, la luz cimbreante de las velas iluminaba el crucifijo con una claridad extraña. Nunca el sacerdote ofició tanta seriedad y convicción, nunca  el acólito respondió con tal dedicación, en esta misa de medianoche por la paz de sus propias almas..

Justo antes de la consagración el sacerdote tomó una ampolla diminuta del bolsillo de su sotana, la consagró, y vertió los contenido en el cáliz.

Cuando llegó el momento de beber el vino bendito del cáliz, lo llevó a sus labios, pero solamente lo besó. Tras administrar la hostia al joven, aferró el bellísimo cáliz de oro y piedras preciosas. Pero al ver la luz  reflejada en la superficie dorada se detuvo y miró nuevamente el crucifijo exhalando un gemido. Por un instante le abandono el valor. Entonces volvió su mirada al joven y se llevó el cáliz a sus juveniles labios.

- "Que la sangre de nuestro Señor Jesucristo, que fue derramado por nosotros pecadores, preserve cuerpo y alma hasta la vida eterna."  

Jamás el joven sacerdote había contemplado tal amor perfecto, tal perfecta confianza, en esos amados ojos que brillaban como nunca; con el rostro levantada hacia el cielo recibió la muerte de las manos cariñosas del que adoraba mas que a nada en el mundo.

Al instante, Ronald se arrodilló al lado de joven y vació el cáliz hasta la ultima gota. Se tendió y colocó sus brazos alrededor de la figura hermosa de su amado. Sus labios se encontraron en un último beso del amor perfecto. Todo estaba terminado.  

Cuando el sol comenzó a elevarse por los cielos, puso un rayo dorado de luz sobre el altar de la pequeña capilla. Las velas aun mantenían sus llamas a pesar de haberse gastado casi completamente. La imagen de rostro triste del crucifijo destacaba allí desde una calma majestuosa. Tendido a pocos pasos del altar el joven sacerdote, con las vestiduras sagradas; a su lado, con su cabeza rizada inclinada ligeramente sobre los preciosos bordados  que cubrían su pecho, el hermoso joven orlado en  escarlata y encaje. Sus brazos estaban entrelazados; un silencio extraño cubría toda la escena como una triste e inasible mortaja.  

"Y hay quien no acepta esto pretendiendo que  el pilar se derrumbe: pero sobre quién caiga lo convertirá en polvo."  

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