|
Finalmente, te ordené que salieras
de mi habitación. Fingiste hacerlo; pero cuando levanté la cabeza de la
almohada, en la cual la había hundido, continuabas allí, y con la brutalidad de
la risa y el histerismo de la rabia, avanzaste hacia mí.
Me invadió
un sentimiento de horror; por qué razón exacta, no sabría decirlo; pero
inmediatamente salté de mi lecho, y tal como estaba me escapé y descendí los dos
pisos, saltando los escalones de cuatro en cuatro hasta el comedor, que no dejé
hasta que el propietario (a quién llamé) me aseguró que tú habías salido de mi
habitación, prometiéndome él acudir en mi ayuda si era preciso.
Pasada una hora, habiendo llegado el médico, me halló, naturalmente, en un
estado de completo abatimiento nervioso y con más fiebre que antes;
silenciosamente volviste a buscar dinero; te apoderaste de lo que pudiste
encontrar en el tocador y sobre la repisa de la chimenea, y después abandonaste
la casa con tu equipaje. No necesito decirte lo que pensé de ti
durante los dos solitarios días siguientes de mi enfermedad.
Tampoco
necesito decirte que vi claramente que era una deshonra para mí seguir tratando
siquiera a un ser semejante al que acababas de revelarte. Reconocí
que había llegado el último momento y lo reconocí como un gran alivio
realmente.
Me daba cuenta de que en lo por venir mi arte y mi vida
serían ya más libres y mejores y más bellos, hasta donde fueran
posible. Aun estando enfermo, me sentí encantado.
El hecho de que nuestra separación era irrevocable me devolvía la
tranquilidad. La
fiebre fue bajando gradualmente, hasta el martes.
Ese día era mi
cumpleaños. Entre los telegramas y demás correspondencia que
estaba sobre mi mesa, había una carta tuya. La abrí, sobrecogido por
un sentimiento de tristeza. Sabía perfectamente que había acabado la
época en que una frase amable, una expresión afectuosa, una palabra apenada me
obligaría a contestarte. Te había menospreciado.
Tu carta de felicitación por mi
cumpleaños era una repetición, arteramente ideada, de los dos escándalos
mencionados, trasladados con toda minuciosidad al papel. Con bromas
soeces te burlabas de mí, y tu única preocupación fue mudarte de nuevo al Gran
Hotel y ordenar, antes de volver a Londres, que incluyesen tu comida en mi
cuenta.
Me
felicitabas por mi prudencia levantándome enfermo de la cama para huir escaleras
abajo de repente. "Fue un mal momento para tí -escribías-; peor de lo que puedas
imaginarte" ¡Ah, demasiado bien lo sabía! No me enteré nunca de lo
que ocurrió realmente. ¿Llevabas encima la pistola que compraste
para asustar a tu padre, y que un día, creyéndola descargada, disparaste en un
restaurante público? ¿Tendiste tu
mano hacia un cuchillo ordinario de mesa que se hallaba sobre un mueble entre
nosotros? ¿Te habías olvidado, en tu furor, de tu pequeña estatura y de la
inferioridad de tu fuerza y pensado en algún extraño insulto personal o incluso
en un ataque, mientras que yo yacía enfermo?
No podría
decirlo. No lo he sabido nunca. Sé únicamente que me
invadió un sentimiento de profundo horror y que tuve la impresión de que, si no
huía inmediatamente de la habitación, habrías hecho o intentado hacer algo que,
incluso para ti, hubiera sido un eterno motivo de vergüenza . . . [Yo: y lo sigue siendo y lo seguirá siendo para todos los
Douglas y Quensberry -sí, con minúsculas- ad infinitum...se cumple la profecía de Wilde:
un eterno motivo de vergüenza]
Solamente una vez en toda mi vida anterior
había yo experimentado una sensación tal de horror ante una
persona. Y fue cuando tu noble padre, en presencia de aquel bravucón que le acompañaba, (quizá también
era su amigo), sufrió en mi biblioteca de la calle Tite una especie de ataque de rabia, con furiosos gestos y soeces
insultos dignos de un mísero cerebro, lanzando contra mí las odiosas amenazas que de modo tan innoble
puso después en práctica; aunque en aquella ocasión fue el quién salió de
mi casa, pues le arrojé de ella. En el caso
relacionado contigo fui yo quien tuvo que huir.
No era aquella la
primera vez que tuve que guardarte contra ti mismo. Acababas esa
carta con la siguiente frase: "En cuanto bajas de tu pedestal, dejas de
ser interesante. La próxima vez que caigas de nuevo enfermo, me
marcharé enseguida de tu lado." ¡Qué brutalidad demuestran esas
líneas en quien las ha escrito! ¡Qué carencia absoluta de
imaginación, qué vulgaridad más obtusa de carácter! "En cuanto bajas
de tu pedestal, dejas de ser interesante. La próxima vez que caigas
enfermo, me marcharé enseguida de tu lado."
¡ Cuántas veces he
recordado esas frases en las lúgubres y solitarias celdas de las diversas
cárceles en que he estado recluido! Las he repetido incesantemente,
percibiendo de ellas (quiero suponer que erróneamente) una parte del secreto de
tu extraño silencio. Decirme a mí eso, a mí, que precisamente por
cuidarte había sido contagiado de aquella fiebre que ahora me postraba en el
lecho, era la cosa más indignante en su ordinariez e
inhumanidad.
Aunque escribir una carta
así, fuese a quien fuese, sería en cualquier persona un pecado imperdonable, si
es que existe realmente algún pecado que no pueda ser perdonado.
Pero confieso que, después de leída tu carta, me
sentí como manchado, como si mi trato con un ser de tu calaña hubiera
deshonrado mi vida para siempre. [yo: que proféticamente
brujo......brujo.....brujo!!!!!]
Y así era ciertamente; aunque
esto, solo pasados SEIS MESES JUSTOS había yo de saberlo.
Pensaba volver a Londres el viernes y visitar particularmente a sir Jorge Lewis
para rogarle que dijese a tu padre que yo había decidido firmemente no volver a
dejarte entrar a mi casa bajo ningún pretexto, ni invitarte a mi mesa, ni salir
contigo, ni convivir con un joven como tú en ninguna parte. De
acuerdo con esa decisión, debí habértela comunicado por escrito, ya que no
podrías por menos de comprender los motivos que me hacían adoptarla.
Lo tenía yo preparado todo para el jueves por la tarde; pero el viernes
por la mañana, cuando desayunaba, antes de partir, leí por casualidad en un
periódico la noticia de que tu hermano mayor, el verdadero jefe de la familia,
el heredero del título, el mayorazgo, que sostenía su casa, había sido
encontrado muerto ante una tumba, teniendo a su lado un revólver
descargado.
Las circunstancias horribles de aquella tragedia, que,
como ahora se sabe, se debió a una desdichada casualidad, pero que
entonces fue duramente comentada, por imaginar la gente que la habían acarreado
causas muy obscuras; la impresión causada por la muerte repentina de un
hombre muy estimado por cuantos le conocían, y casi la víspera, por decirlo así,
de contraer matrimonio; la idea que me forjé de tu propio dolor fraternal;
el convencimiento de la pena que iba a causar a tu madre la pérdida de uno de
los seres a quien se volvía siempre en busca de consuelo y de alegría y que,
según ella misma me había contado, no le había hecho jamás verter ni una lágrima
desde que nació; la certeza de tu apesadumbrada soledad, pues tus otros
dos hermanos no estaban en Europa, siendo tú, por tanto, el único a quien podían
recurrir tu madre y tu hermana, no solo para compartir su dolor, sino para
atender con ellas a las atroces responsabilidades que una muerte así
entraña; un auténtico sentimiento de humanidad para con las lacrymae
rerum, para con el llanto de que está formado este mundo, para con el pesar de
la Humanidad: todos estos pensamientos y todas estas emociones, reunidos y
agolpados en mi cerebro, hicieron que brotase en mi una piedad infinita hacia ti
y hacia tus familiares.
Olvidé mis preocupaciones personales y toda
mi amargura. No podía portarme contigo como lo habías hecho tú
durante mi enfermedad ante aquella pérdida tan dolorosa que sufrías.
En un arranque inmediato te telegrafié, dándote mi más sentido pésame, y,
además, te escribí, invitándote a venir a mi casa en cuanto pudieses y
quisieses. Pues me pareció terrible dejarte solo entre extraños en
una situación semejante.
A tu regreso al lugar de
la tragedia, adonde habías sido llamado, viniste a verme enseguida, muy mansa y
sencillamente, vestido de luto y con los ojos nublados por las
lágrimas. Venías a buscar consuelo y ayuda como pudiera buscarlos un
niño. Te abrí mi casa, mi hogar, mi corazón. Hice mía tu
pena, a fin de ayudarte a soportarla. Jamás, ni con una sola
palabra, hice alusión a tu conducta conmigo: a las escenas y a la carta
indignantes.
Tu pena me parecía que te aproximaba a mí más que
nunca. Las flores que te ofrecí para depositarlas en la tumba de tu
hermano eran un símbolo no solo de la belleza de su vida, sino también de la
belleza que yace latente en toda vida esperando salir a luz un
día.
Los dioses
son extraños. No solo utilizan nuestros vicios para herirnos. Nos llevan a la
ruina por lo que hay en nosotros de bueno, amable, humano,
afectivo. Sin mi
piedad y mi afecto hacia ti y los tuyos, no estaría llorando aquí, en este lugar
terrible. Naturalmente, en todas nuestras relaciones discierne
no tan solo el Destino, sino la Fatalidad, la Fatalidad, que marcha
siempre con paso rápido, pues llega hasta derramar sangre.
Por tu
padre perteneces a una raza en la cual el matrimonio es horrible; la
amistad, fatal, y que posa sus manos violentas, o bien sobre su propia vida, o
bien sobre la vida de los demás.
En la más nimia
circunstancia que hizo juntarse los caminos de nuestras dos vidas, en el menor
caso, de grande o de trivial importancia, que te llevó a pedirme socorro o
placer, en su relación con la vida, ya se tratase solamente del polvo que danza
en un rayo de sol o de la hoja que cae de un árbol, la ruina vino siempre
después, como el eco de un grito doloroso o como la sombra que caza con el
animal de presa.
* * * * *
|