En los días de Pepin, Rey de los francos,
nació un niño en el Castillo de Bericain hijo de padre germano, de ascendencia noble y de gran santidad. Su padre y madre, que
no tenían ningún otro hijo, juraron a Dios, a San Pedro y a San
Pablo que si Dios le favorecía la salud del primogénito le llevarían a Roma para su bautismo.
A la misma época, el Conde de Alverne, cuya esposa estaba a punto de
alumbrar, tuvo una visión en la que veía al apóstol de Roma,
bautizando a muchos niños en su palacio, y los confirmaba ungiéndoles
con los sagrados oleos. Cuando el Conde se despertó de su sueño
preguntó a los hombres sabios qué podía significar esto. Entonces cierto anciano sabio, habiendo escuchado sus palabras, por
consejo de Dios le dio la respuesta, y dijo - "Regocíjese enormemente, Conde,
pues el hijo que nacerá tendrá un gran valor y virtud, usted tendrá que
llevarle a Roma para que sea bautizado por el Apóstol."
Así que el Conde se
alegró en su corazón, y él y su gente elogiaron el consejo del anciano.
Cuando el niño nació
fue muy querido y apreciado, y al llegar a la edad de dos años su padre
se preparó para llevarlo a Roma, según su propósito. Así llegó a la
ciudad de Lucca, donde conoció a un noble alemán que estaba asimismo en
peregrinación hacia Roma para bautizar a su hijo. Cada uno dio la
bienvenida al otro, preguntándose por sus nombres, actividades y condición,
y cuando supieron que se encontraban ante similar objetivo, se unieron en
el mismo intento, viajando juntos hacia Roma, haciéndose compañeros de
camino y de corazón. Los dos niños, también, se amaron prontamente, y
uno no comía a menos que el otro también comiera, comiendo desde
entonces en el mismo plato y durmi endo en el mismo lecho. De esa forma
llegaron ante el Papa de Roma y le dijeron: "Santo Padre, quienes
creemos y sabemos que está sentado en el trono de San Pedro el Apóstol,
nosotros, el Conde de Alverne y el Caballero del Castillo Bericain,
rogamos a Su Santidad que se digne bautizar a nuestros hijos a quienes
hemos traído desde tierras distantes, y aceptar esta humilde ofrenda de
sus manos".
Entonces el Apóstol
respondió: "Es apropiado venir con ese presente ante mi, pero no
tengo necesidad de ello. Denselo, por tanto, a los pobres, que piden
limosnas. bautizaré a los niños, y el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo les mantendrá cercanos siempre, en el amor de la Santa Trinidad.
Así pues, el Apóstol
bautizó a los dos niños a la vez en la Iglesia de San Salvador, y dio al
hijo del Conde de Alverne el nombre de Amile, y al hijo del Caballero del
Castillo Bericain el nombre de Ami. Muchos de los caballeros de Roma le
respaldaron ante la pila bautismal y respondieron como padrinos, de
acuerdo con la voluntad de Dios.
Entonces, cuando el
sacramento del bautismo terminó, el Apóstol ordenó que trajesen dos
copas de madera, llenas de oro y adornadas con piedras preciosas, de gran
calidad, tamaño y confección, y se las entregó a los niños, diciendo:
"Tened estos presentes en testimonio de que os he bautizado en la
Iglesia de San Salvador"
Los nobles recibieron las
copas con gran jubilo, y agradecieron la gracia de estos presentes, y tras
despedirse con gratitud, se dirigieron a sus hogares con los corazones
henchidos de consuelo y solaz.
Al hijo del caballero de
Bericain, Dios le otorgó un regalo, el obsequio de una sabiduría tal que
los hombres podían creer que era otro Salomón.
Cuando Amos tenia trece
años, una fiebre abatió la salud de su padre, quien comenzó a amonestar
al primogénito con estas palabras: "Mi hijo querido y justo, me
final esta cerca, y pronto el señor me llamará a su lado. En primer
lugar, has de observar siempre los mandamientos de Dios, y ser caballero
de Jesucristo. Mantén la fe en los jefes supremos, y no vuelvas la
espalda a tus compañeros y amigos. Defiende a las viudas y a los huérfanos.
Se piadoso con los cautivos y con los necesidades. Piensa cada día
que puede ser el ultimo. Nunca renuncies a la compañía y amistad del
hijo del Conde de Alverne, porque el Apóstol de Roma os bautizó a la
vez, y os agració con una cualidad celestial. ¿No sois semejantes en
todos los sentidos - belleza, humanidad y la fuerza - que cualquiera os
vea, piensa que sois hijos de la misma madre?"
Habiendo dicho estas
palabras, fue reconfortado por el sacerdote, y falleció en la gracia del
Señor; y su hijo le hizo el entierro con los correspondientes honores, y
pago todos los servicios que fueron requeridos para las exequias.
Tras la muerte del padre,
algunas personas malvadas forjaron daños contra Ami debido a la envidia
que sentían hacia el joven; pero el muchacho no les mostró odio y
soportó pacientemente las trampas, confabulaciones y ataques que le
hicieron. Déjeme decirle, en pocas palabras, que a tanto llegó la traición
que el joven y sus sirvientes fueron apartados de la herencia de sus
padres, y empujados a buscarse el propio sustento. Pero teniendo en mente
las palabras del padre, dijo a quienes estaban con él en esa situación:
"El perverso me ha despojado injustamente de mi herencia, pero yo
tengo la esperanza por que el Señor está de mi lado. Vamos ahora,
buscaremos en la corte del Conde Amile, mi compañero y mi amigo. Por
ventura nos dará de sus posesiones y tierras; y si no, entonces nos
acogeremos a la voluntad del Hildegarde, la Reina, esposa del Rey Charles
de Francia, que apoya y ayuda a los desheredados".
La gente de Ami le
respondieron que seguirían adelante y que le servirían como sus hombres.
Viajaron hasta la corte del Conde, pero no le encontraron debido a que
Amile había marchado a Bericain para reconfortar y ayudar a su compañero
Ami, debido a la muerte del padre. CUando Amile no encontró a Ami,
abandonó rápidamente el castillo, y resolvió que no se consolaría en
su propio feudo hasta reunirse con Ami, su amigo. Por lo tanto recorrió
toda Francia y Alemania, buscando noticias de él desde todos sus
conocidos, pero no logró encontrarle ni saber nada.
Mientras tanto, Ami,
con su gente, buscaba diligentemente a su amigo Amile, hasta que sucedió
que cierto Señor le dio albergue, y en su charla el desheredado le contó
sus aventura.
El noble le dijo
entonces: "Ya que están aquí, señores caballeros, yo daré a mi
hija a vuestro Señor, debido a la sabiduría que los hombres informan
sobre él. Y a vos, os haré rico en plata, oro y tierras".
Se regocijaron
enormemente con estas palabras, y el banquete de boda se celebró con gran
júbilo. Pero cuando llevaba instalado en esas tierras durante un año y
seis meses, Ami llamó a sus diez compañeros de destierro y les habló:
"Estamos a gusto, pero durante todo este tiempo nos hemos olvidado de
la búsqueda de Amile".
Así que dejó a dos
hombres, junto con su preciosa copa, y partió hacia París.
Mientras tanto, durante
casi dos años, Amile había buscado a Ami sin pausa ni descanso.
Viajando por los alrededores de Paris se tropezó con un peregrino y le
preguntó si tal vez sabia algo de Ami a quien los hombres malvados le habían
expulsado de sus tierras. El peregrino dijo que "No", tras lo
que Amile, se despojó de su capa y regalándosela al peregrino, le dijo:
"Reza para que nuestro Señor y los Santos, me otorguen la gracia de
encontrar a mi amigo Ami".
Entonces se despidió del
peregrino, y reemprendió su viaje a París, buscando en todos los lugares
noticias de su amigo, sin lograr ninguna información.
Pero el peregrino,
continuó su marcha, y encontró a Ami sobre la hora de vísperas, saludándose
uno al otro. Ami le preguntó al viajero si había visto o escuchado
algo, en alguna parte de su viaje, acerca de Amile, el hijo del Conde de
Alverne.
¿Que tipo de hombre eres
- le preguntó el romero - que se burla de un peregrino?. Me parece que
eres el mismo Amile quien esta madrugada me preguntó si yo había visto a
su amigo Ami? Yo no sé para que has cambiado de indumentaria, de compañía,
de caballos y armas, como no sea para preguntarme la misma cuestión que
las nueve de la mañana me has preguntado, cuando me regalaste esta capa.
"No te enfades
conmigo" - dijo Ami - porque no soy el hombre que dices. Soy Ami que busca a su amigo Amile". Entonces le dio dinero de su bolsa, y le
pidió que rogase a Dios para que le otorgase la gracia de encontrar a
Amile.
"Vete rápido a
Paris" - contestó el peregrino - y allí encontrarás a quien tan
cariñosamente buscas".
Así que Ami apresuró
su partida hacia París.
Sucedió que esa mañana
Amile se marchaba de París, tomando el camino por una pradera que había en las agradables aguas del Sena. Mientras comía
allí con sus caballeros
vio aproximarse a Ami y a sus hombres armados. Así que Amile y sus
hombres se armaron inmediatamente y montaron sus cabalgaduras preparándose
para la aventura.
Ami
dijo a sus
acompañantes: "Contemplad a esos caballeros franceses que intentan
hacernos alguna mala jugada. Esperemos con firmeza de pie y juntos para
defender nuestras vidas. Si logramos escapar del peligro pronto estaremos
entre la muralla de Paris y allí rogaremos ser acogidos en el palacio del
Rey.
Los dos grupos se
aproximaron, con la rienda floja, la lanza en posición de descanso y
blandiendo las espadas, de forma que parecía que nadie lograría salir
con vida de ese encuentro. Así que cuando estaban cerca, los de Ami se
lamentaron en voz alta: "¿Quienes son ustedes, caballeros, que
pretenden matar a Ami, el Desterrado, y a sus compañeros?"
Cuando Amile escuchó
esas palabras conoció perfectamente la voz de Ami, su compañero, por lo
que le preguntó: "Oh, Ami, mas querido, dulce como el descanso en
mi trabajo, conóceme como Amile, hijo del Conde de Alverne, que no
ha logrado resultado en la búsqueda de tu persona en estos tres
años"
De inmediato descendieron
de sus corceles, y se abrazaron y besaron uno al otro, dando gracias a
Dios por el tesoro del encuentro. Además, sobre la empuñadura de la
espada de Amile, que contenía una reliquia sagrada, juraron fe, amistad y
compañerismo hasta la muerte uno al otro. Entonces decidieron dirigirse
juntos hasta la Corte del Rey de Francia. Allí fueron conocidos como
caballeros, jóvenes, discretos y sabios, honrados, llamando la atención
por la semejanza de sus rostros, y fueron queridos por todos los hombres y
respetados por su honorabilidad. Instalados en la Corte, el Rey Charles
los recibió con mucha cortesía, haciendo a Ami su tesorero, y dándole
a Amile el cargo de consejero".
En esta condición
estuvieron largo tiempo con el Rey, pero habiendo pasado los tres años, Ami
le dijo a Amile: "Querido y dulce compañero, deseo grandemente
ver a mi esposa, de la que me alejé hace mucho tiempo. Permanece en la
Corte, y por mi parte yo regresaré tan pronto como me sea posible. Pero
ten cuidado en la relación con la hija del Rey, y, mas aun, cuídate y aléjate
de la maldad de Arderay, el caballero traidor.
"Yo observaré estos
consejos - respondió Amile - pero procura no demorarte en regresar a mi
lado".
Tras estas palabras Ami partió de la Corte. Amile, por su parte vio con sus ojos que la hija del
Rey era justa, y conociendo a la princesa, se enamoró rápidamente. Los
consejos y las recomendaciones de Ami, su compañero, pronto
desaparecieron de su mente; hemos de pensar que el joven no era ni mas
sacro que David ni mas sabio que Salomón, el padre.
Mientras Amile estaba en
estos asuntos, se acercó Arderay, el traidor, lleno de envidia, y
dijo: "No se si sabes, camarada, que Ami ha robado el oro del tesoro
del Rey, y por eso es que se ha marchado de la Corte. Debido a que estas
cosas se sabrán, requiero que me jure usted lealtad en la amistad y
fraternidad, y yo le haré juramente semejante sobre los sagrados
evangelios".
Habiendo prometido tal
lealtad, Amile tenia miedo de traicionar al caballero malvado al descubrir
sus negros secretos.
En una ocasión en que
Amile lavaba una palangana y jara al Rey para que lavase las manos, el
malvado Arderay le dijo a su señor: "No toquen sus manos el agua de
este falso caballero, Majestad, que es mas merecedor de la muerte que de
la vida, dado que el ha mancillado la flor de la inocencia de la hija de
la Reina.
Cuando Amile escuchó
estas cosas le poseyó tanto pavor que cayo temeroso sobre el piso, y solo
pudo exclamar la palabra "no", por lo que el cortés Rey le
incorporó y dijo: "No tengas miedo, Amile, ponte de pie que te
absuelvo de esta acusación".
Entonces Amile, se
incorporó y dijo: "Majestad, no de ninguna credibilidad a las
mentiras de este traidor de Arderay, por que bien conozco que es usted un
recto juez, no doblándose nunca por amor o por odio de la senda correcta.
Concédame, no obstante, tiempo para aconsejarme con mis amigos, con el propósito
de limpiarme a mi mismo de estas acusaciones ante usted, y en un simple
combate con Arderay, el traidor, pruebe ante Usted y el tribunal que él
es un mentiroso.
El Rey doy a ambos
campeones hasta las tres horas después del mediodía para que tomaran
consejo de sus amigos, y ordenó que en tal tiempo debían esperar hasta
que él terminase sus deberes. A la hora señalada ellos llegaron a donde
estaba el Rey. Junto a Arderay, como amigo y padrino del duelo se
presentó el Conde Herbert; pero Amile no había encontrado ningún amigo
para que se presentase a su lado, excepto Hildegarde, la Reina. Esta,
entonces, rogó al Rey que se aplazase el duelo para que Amile regresase
con su amigo Ami para que fuese su padrino. En eso se convino, pero con
la condición de que si Amile no regresaba en la fecha indicada, la Reina
seria expulsada del lecho real.
Mientras Amile estaba en
camino para encontrar a su amigo como padrino del duelo, se encontró con Ami
que acudía el tribunal del Rey. Así que se apeó del corcel y arrodillándose
ante si compañero, le dijo: " Oh, mi única esperanza
de suerte, no he obedecido el consejo que me distes, y soy culpable de
haber tenido relación afectiva con la hija del Rey. Por ello debo soportar
el combate con el falso Arderay.
"Dejemos aquí a
nuestros acompañantes - respondió Ami - y entremos a este bosque para
dejar este asunto en claro"
Entonces Ami, habiendo
reprochado con cariño a Amile, le dijo: "Cambiemos nuestras
vestimentas y nuestros caballos, y por tu parte, viaja hasta mi hogar,
mientras yo cabalgo para enfrentarme al juicio o al combate contra ese
traidor"
Pero Amile le preguntó:
"Como puedo marchar hacia tu casa, conociendo que ni tu esposa ni a
su familia he visto, ni ellos jamás han mirado mi rostro.
Y Ami respondió:
"Muy fácilmente podemos hacer tal cosa, solamente hemos de
actuar prudentemente; pero ten cuidado en no tener un trato muy directo
con mi esposa".
Tras esto, los dos
compañeros partieron hacia los lugares, con lágrimas en sus ojos; Ami cabalgando hacia la Corte del Rey en lugar de Amile, y Amile hacia el
hogar de su camarada en lugar de Ami.
La esposa de Ami, viéndole
dibujarse a lo lejos, corrió hacia el para abrazar a quien pensaba que
era su señor, y lo habría besado, pero Amile le dijo: "¿Estos son
tiempos de jugar? Tengo asuntos para que broten mis lagrimas como
cascadas, desde que he partido de tu lado he sufrido muchas circunstancias
amargas, y aun me quedan muchas por sufrir.
Y esa noche, cuando
estaban preparados para yacer juntos en una cama, Amile coloco la espada
desnuda entre ambos, y le dijo a la esposa de su hermano: " Ten
cuidado de que tu cuerpo se dibuje cercano al mío de ninguna manera,
porque entonces tendré que matarte con esta espada"
De tal manera pasó la
noche, y todas las noches, hasta que Ami acudiera al castillo en secreto,
para saber sin ninguna duda si Amile había mantenido su palabra y honrado
la confianza en este tema de respeto hacia su esposa.
El día señalado para el
combate llegó, y la Reina esperaba a Amile con el corazón henchido,
porque el traidor Arderay, había gritado, que ciertamente ella no merecía
estar cerca del lecho del Rey, puesto que había sufrido y consentido las
relaciones de Amile con su hija. Mientras Arderay se jactaba de todo ello,
Ami entró en la Corte a la hora indicada, vestido como su compañero, y
dijo: "Por el Derecho y la Justicia del Señor de esta tierra, aquí
estoy para enfrentarme en batalla contra el falso Arderay, debido a la
infamia que ha arrojado contra mi, contra la Reina y contra la princesa,
su hija"
Entonces el Rey
respondió cortésmente:"Se fuerte en mi corazón, Conde, porque si pruebas
que Arderay fue falso daré a mi hija Belisaria como esposa".
En la mañana Arderay y Ami
montaron en las listas, armados de pluma a talón, en presencia del
Rey y de mucha gente. La Reina, acompañada de un gran numero de damas,
doncellas y viudas, fue de Iglesia en Iglesia dando grandes limosnas y
encendiendo antorchas, y rezando a Dios por que se salvase el campeón y
su hija.
Amos consideraba en su corazón
que sucedería si mataba a Arderay, si sería culpable de derramar su
sangre ante los ojos de Dios, y si en cambio fuese derrotado, el resto de
su vida sería penosa. Así que habló de tal manera como si fuese Amile
al traidor Arderay: " He seguido un horrible consejo, Señor Conde,
que tan ardientemente propugna mi muerte, y al hacerlo puso mi vida en un
grave peligro y dolor. Por eso deseo se retracte del reproche que ha caído
sobre mi, y evitar este mortal conflicto, recuperando mi amistad y leal
servicio".
Pero Arderay estaba
empecinado en sus palabras, y replicó: "No tengas cuidado de la
amistad o el servicio de nadie; demostraré la verdad como la verdad es, y
cortaré la cabeza de encima de tus hombros".
Entonces Arderay juró que su enemigo había hecho daño a la hija
del Rey, y Ami hizo el juramente de que era mentira. Acto seguido, se
enfrentaron y con fuertes golpes se atacaron sobre el campo de batalla,
desde la hora tercera hasta la hora nona. Y a la hora nona Arderay cayó
sobre el terreno, y Ami le golpeó la cabeza.
El
Rey lamentó que Arderay fuera muerto, pero le regocijó que su hija
saliese limpia de las malvadas acusaciones. Dio la Princesa a Ami como
dama, y con ella, como dote, una gran suma de oro y plata, y una ciudad
cerca del mar en donde podrían vivir. Así que Ami se regocijó
grandemente con su novia; y regresaron tan rápidamente como pudieron al
castillo donde se había escondido Amile, su compañero.
Cuando
Amile vio que se acercaban muchos jinetes, imagino que Ami había sido
derrotada, y estuvo preparado para escapar. Pero Ami envió mensajeros
con la consigna de que podía regresar con total seguridad, dado que había
derrotado a Arderay, y por tanto le había vengado, habiéndose casado con
la hija del Rey por poderes.
Así
que Amile reparó en su nuevo lugar, y vivió con su dama en la ciudad que
era su herencia.
Ahora
Ami moraba actualmente con su esposa, pero con el permiso de Dios se
enfermó de lepra, y su enfermedad era tan pesada que no podía abandonar
el lecho, por lo que Dios le había enviado un gran aflicción. Su esposa
- llamada Obias - por esta causa lo odiaba y pidió su muerte mas de una
vez de una forma desvergonzada. Cuando Ami percibió su malicia llamó a
dos compañeros de armas, Azonem y Horatus, y les dijo: "Apártenme
de las manos de esta mujer perversa, quiero partir en secreto hacia
la torre de Bericain, llevándome mi copa conmigo".
Cuando
ya tenían el castillo en la distancia, vinieron hombres y les preguntaron
a quien llevaban y que enfermedad tenia. Entonces ellos respondieron que
era Ami, su señor, que era leproso, por lo que les pidieron que
mostrasen un poco de compasión. Pero de una forma despiadada golpearon a
los acompañantes, y arrojaron a Ami de la litera en la cual estaba
tendido, gritando: "Huyan rápidamente si en algo aprecian su
vidas".
Entonces
Ami se lamentó llorando: "Oh, Dios, ten piedad y compasión, garantízame
la muerte, o apóyame o ayúdame en este momento extremo".
Una
vez en pasado esto, les dijo a sus compañeros de armas: "Llevadme
ahora a la iglesia del Papa de Roma; quizás Dios en su adorada
generosidad le dará allí consuelo al mendigo".
Cuando
llegaron a Roma, el Apóstol Constantino, lleno de piedad y santidad,
junto con muchos de los caballeros que querían ayudar a Ami, solventaron
las necesidades de Ami y sus sirvientes.
Pero
después de tres años una gran hambruna se abatió sobre la ciudad. Una
hambruna tan lamentable que obligó a los padres a abandonar a sus vástagos
a las puertas.
Entonces
Azonem y Horatus le dijeron a Ami: "Justo Señor, bien conoce como
le hemos servido fielmente desde la muerte de su padre, incluso hasta hoy.
Pero ahora nos atrevemos a no permanecer con usted, dado que no tenemos corazón
como para morir de hambre. Por esto le suplicamos que nos releve de sus
servicio, para que podamos evitar esta peste mortal".
Entonces
Ami les respondió con lágrimas:"Oh, mis queridos caballeros, que habéis
sido como hijos, mi único apoyo en estas horas, os ruego por amor de Dios
que no me abandonéis aquí, sino que me dejéis en la ciudad de mi
compañero, el Conde Amile".
Y
ellos, obedeciendo su solicitud, le trasladaron hasta la ciudad donde
estaba Amile. Ahora, cuando llegaron a la corte de la casa de Amile, ellos
comenzaron a sonar los cencerros, como era obligatorio que hiciesen los
leprosos; así que cuando Amile escuchó es e sonido envió a un criado con
pan y carne para socorrer al enfermo, y la copa que le habían dado en
Roma llena de exquisito vino. Cuando los compañeros de armas le habían
dado los alimentos enviados por su señor, regresaron junto a él y
dijeron: "Señor, por nuestra fe que si no sujetase la copa entre mis
manos, creería que la copa del enfermo es la misma, porque ambas están a
igual nivel de peso y hechura".
Y
Amile les dijo: "Id rápidamente y traed al enfermo junto a mi".
Cuando
el leproso fue conducido a presencia del Conde, Amile le pregunto quien
era y como había llegado a su poder esa copa.
"Soy del Castillo Bericain - respondió - y la copa me fue dada
por el Apóstol de Roma, que me bautizó".
Cuando
Amile escuchó estas palabras supo en su interior que era Ami, su
compañero, el que le había salvado de la muerte, y le había dado como
esposa a la hija del Rey de Francia. Así que inmediatamente cayo sobre su
cuello, y comenzó a llorar deplorando la lamentable situación, besando y
abrazando a su amigo. Cuando su esposa escuchó todas estas cosas,
apareció con sus cabellos caídos, llorando y mostrando gran dolor, porque
tenia en su mente que era él quien había hecho el juramento cuando
Arderay. De inmediato le colocó en un lecho muy cómodo y le dijo: "Compadécete
con nosotros, justo señor, hasta que el testamento de Dios sea hecho, por
que todo lo que tenemos es de tu propiedad"
Por
lo que Ami y sus dos compañeros de armas, vivieron en igualdad con la
familia del Conde.
Una
noche, cuando Ami y Amile yacían juntos en una habitación, uno en la
compañía del otro, Dios envió a su ángel Rafael a Ami, que le hablo
así: "Ami, estas durmiendo"
Ami,
pensando que Amile le había llamado, dijo:"No duermo, mi querido
compañero"
Y
el ángel le dijo: "Tu has hablado bien, por el arte y los compañía
de los ciudadanos del Cielo, tal como Job y Tobit sufrieron las
calamidades piadosa y pacientemente. Yo soy Rafael, un ángel de nuestro
Señor, que ha venido a mostrarte la medicina para tu curación, pues Dios
ha escuchado tus plegarias. Debes decirle a Amile, tu compañero, que mate
a sus dos hijos con la espada, y luego te lave con esa sangre, lo que hará
que tu cuerpo sea limpio"
Entonces Ami replicó: "Esto está lejos para mi, que mi
compañero sea culpable de sangre por mi salud".
Pero
el ángel dijo:"Esto es lo que él debe de hacer"
Con
esas palabras el ángel partió de su lado.
Amile,
que también en su sueño había escuchado esas palabras, se despertó y
dijo: "Compañero, que es lo que te han dicho?"
Y
Ami le contestó que ningún hombre la había hablado. "Pero
supliqué a nuestro Señor, como es mi costumbre"
Pero
Amile dijo: "No es eso, pero alguien ha estado hablando contigo"
Entonces
abandono el lecho, y yendo hacia la puerta de la habitación, encontrándola
rápidamente, dijo: " Dime, querido hermano, quien te ha dicho esas
palabras ocultas"
Entonces Ami comenzó a llorar, y no negó que había sido Rafael,
el ángel del Señor, que le había dicho "Ami, nuestro señor te envía
la palabra de que Amile ha de matar a sus dos hijos con su espada, y
cuando te laves con su sangre, eso te limpiara de la lepra"
Amile
se angustió al escuchar esas palabras, y dijo: "Ami, gustosamente
te he dado servicio y atenciones y todas las riquezas que tenia, y en
fraude me dices que un ángel ha pedido que mate a mis dos pequeños con la
espada"
Entonces
Ami, volviendo a llorar, dijo:"Se que es un asunto lamentable, pero
no es por mi propia voluntad; yo suplico tu piedad y que no me eches de tu
casa"
Y
Amile le respondió que por la promesa que había hecho no iba a dejarle
partir hasta la hora de la muerte. "Pero abjuro por la fe entre
nosotros y por nuestra amistad, y por el bautismo que recibimos
conjuntamente en Roma, de que me digas realmente si fue un hombre o un ángel
el que hablo contigo sobre este asunto"
Y
Ami replicó: "Tan cierto como conversó el ángel conmigo esta
noche, Dios me dejará limpio de mi enfermedad"
Entonces
Amile comenzó a llorar en privado y a consultar dentro de su corazón.
"Si
este hombre se ofreció a morir en mi lugar ante el Rey, porque entonces
no he de sacrificarme por él. El ha mantenido su fe en mi hasta la
muerte; ¿no he de guardar yo fe en él entonces?. Abraham fue salvado por
la fe, y por la fe los santos han sido mas poderosos que los reyes. Dios
lo dice en el Evangelio, sea lo que los hombres deben hacer, como ellos lo
hacen"
Entonces
Amile no se demoró mas, y fue a la habitación de su esposa, y le pidió
que asistiese al Oficio Divino, como era su costumbre; y cuando la Condesa
fue a la iglesia, como le había pedido que hiciese, el Conde tomó su
espada y fue a la cama donde yacían los niños que estaban dormidos. E inclinándose
sobre ellos lloró dolorosamente , y dijo: "No conozco ningún hombre
que haya escuchado de tal padre que debía matar a su niño. Que
desgracia, que desgracia, mis niños, soy su padre y su asesino
cruel"
Los
niños se despertaron por las lagrimas de su padre que caían sobre ellos,
y mirando su rostro comenzaron a reír. Al pequeño de tres años le dijo:
"Tu sonrisa puede cambiarse en lagrimas, pero ahora tu sangre
inocente debe ser derramada"
El
le habló, y cortó sus cabezas, y colocando rectos sus miembros sobre la
cama, puso sus cabezas sobre sus cuerpos, y cubrió todo con las colchas,
como si durmieran. Así que lavó a su compañero con la sangre del
asesinato, y dijo: "Señor Dios, Jesucristo, que habéis pedido que
los hombres guarden la fe sobre la tierra, limpia la lepra de mi
compañero, por el amor que le tengo yo he derramado la sangre de mis
hijos"
Rectamente
fue Ami limpiado de su lepra, y dieron gracias a nuestro Señor con gran
alegría, diciendo: "Bendito sea Dios, el padre de nuestro Señor
Jesucristo, que salva a quienes ponen su fe en él".
Y
Amile vistió a su compañero, con sus ropas de su propio vestuario
y fueron a la Iglesia para dar gracias allí, y las campanas tañeron,
como era la voluntad de Dios.
Cuando
las gentes de la ciudad escucharon lo sucedido se apresuraron a contemplar
el prodigio. Entonces, la esposa del Conde, cuando les vio caminar juntos,
se preguntaba cual era su esposo, y dijo: "Yo conozco las prendas que
te visten, pero no se cual es Amile". Y el Conde dijo: "Yo soy
Amile, y este mi compañero, que ha sido sanado"
Entonces
la Condesa se maravilló y dijo: "Es fácil ver que se ha curado,
pero tengo mucha ansia en conocer cómo ha sucedido esta curación"
"Demos
gracias a nuestro Señor - respondió el Conde - no mostremos curiosidad
por la forma en que ha sucedido"
La
hora tercia llegó y ninguno de los padres había entrado en la habitación
donde yacían los niños, pero el padre conocía las razones de su muerte.
La Condesa preguntó por sus hijos para que ellos fueran participes de la alegría,
pero el Conde dijo: "No les molestes, mi Dama. Déjales dormir"
Entonces
entro a solas en la cámara para lamentarse por sus hijos, pero los
encontró jugando en la cama, y en sus cuellos, en lugar de una herida
mortal, solo se mostraba un hilo carmesí. Así que los tomó en brazos, y
llevándolos hasta su madre, dijo: "Mi señora, regocíjate
enormemente, porque estos son los hijos a quienes había matado con mi
espada, respondiendo al ángel, para limpiar a Ami con su sangre y
curarlo. Y están vivos"
Cuando
la Condesa escuchó esto, dijo: "¿Conde, si se trataba de recoger la
sangre de mis niños, yo también podía haber lavado a Ami, tu
compañero y mi señor?
Y
el Conde respondió: "Mi dama, dejemos estas palabras: mejor
dediquemos la palabra a alabar a nuestro Señor que ha forjado tales
prodigios en nuestra casa.
Así
que desde ese día, hasta sus muertes, vivieron juntos en castidad
perfecta, y por espacio de diez días todas las personas de esa ciudad
festejaron por lo alto lo sucedido. Y en el mismo día en que Ami fue
limpiado de su enfermedad, el demonio hecho mano de su esposa, y rompiéndole
el cuello, se llevó su alma al infierno.
Después
de estos sucesos Ami cabalgó hacia el castillo de Bericain, sitiándolo,
y tras un largo tiempo lograron que el castillo cayese en sus manos. Allí
se estableció amablemente, olvidando las afrentas de quienes se habían
opuesto contra él y perdonando el daño que le habían hecho, viviendo
desde entonces en paz, junto al hijo mayor del Conde Amile, que sirvió a
su Señor con todo su corazón.
Ahora
Adriano, que era en ese momento Papa de Roma, envió cartas a Charles, Rey
de Francia, pidiéndole ayuda contra Didier, Rey de los Lombardos, que
estaba conspirando contra él y contra la Iglesia. El Rey Charles
estaba en el pueblo de Thionville, y a ese lugar se dirigió Peter, el
enviado del Papa, con los mensajes donde el Papa le suplicaba la urgencia
en el socorro a la Santa Iglesia. Por ese motivo Charles envió cartas
donde conminaba a Didier requiriendo que rindiese al Santo Padre las
ciudades y todas las cosas que injustamente había cogido, prometiendo que
si hacia esto el Rey Charles le enviaría la suma de cuarenta mil piezas
de oro y plata a cambio. Pero que si no lo hacia en derecho, no tendría
ni oraciones ni regalos.
Entonces
el resuelto Rey Charles convocó a todos sus hombres, obispos, abades,
duques, príncipes, marqueses, y otros caballeros dispuestos a ayudarle.
Muchos de ellos fueron enviados a Cluses para guardar el paso, y uno de
esos era Albin, el obispo de Angers, un hombre de gran santidad.
El
Rey Charles mismo, con una gran compañía de lanceros, se desplazó a
Cluses por el camino del Monte Cenist, y allí se unió a Bernard, su tío,
con otros caballeros, que llegó por el camino del Monte Saint
Bernard. La vanguardia del anfitrión dijo que Didier, con todas sus
fuerzas, estaba instalado en Cluses, y se había hecho fuerte en la ciudad
con grandes cadenas de hierro y elementos de piedras.
Mientras
el Rey Charles se acercaba a Cluses envió mensajeros a Didier, requiriéndole
que se rindiese al Santo Padre las ciudades que había tomado, pero este
no hizo caso de su demanda. Nuevamente Charles envió otras cartas
demandando tres niños hijos de los jueves de Lombardía como rehenes,
durante el tiempo que tardase en devolver las ciudades de la Iglesia
tomadas, y en tal caso, por su parte, regresaría a Francia con sus
lanzas, sin lucha y sin malicia. Pero nada de esto fue respondido.
Cuando
Dios el Todopoderoso contempló el duro corazón y la malicia de Didier y
encontró que los franceses deseaban mucho el regresar, envió unos
terribles temblores en el corazón de los lombardos que emprendieron el
vuelo, aunque no había nadie que les persiguiese, abandonando súbitamente
sus tiendas y sus armas que quedaron atrás. Entonces Charles y sus
huestes les siguieron, y los franceses, alemanes, ingleses y gentes de
otros pueblos entraron después en Lombardía.
Ami
y Amile estaban en las huestes, y muy cercanos a la persona del Rey.
Siempre lucharon siguiendo a su Señor en las buenas obras, y eran
constantes en la vigilia, en dar limosnas, en socorrer a viudas y huérfanos,
en calmar a menudo la ira del Rey, en la paciencia por el sufrimiento de
los hombres malvados, y en los asuntos lamentables relativos a las cosas
romanas.
Pero
aunque Charles tenia un gran ejercito establecido en Lombardía, el Rey
Didier tenia miedo de llegar a su lado por ser un enemigo pequeño, pues allí
donde Didier tenia un sacerdote, Charles tenia un obispo; donde uno tenia
un monje, otro tenía un abad; donde uno tenia un caballero, otro tenia un
príncipe; si Didier tenia un guerrero, Charles tenia un duque o un Conde.
Que le puedo decir; por un simple caballero de un lado, Charles tenia
treinta nobles. Y los dos anfitriones cayeron uno contra el otro en un
tumulto de gritos de batalla, con estandartes enfilados, y las piedras y
flechas volaban de un lado a otro, mientras los caballeros estaban
enzarzados en fiero combate.
Por
espacio de tres días los lombardos lucharon con valentía y mataron a una
gran cantidad de hombres de Charles. Pero al tercer día Charles
reconociendo la dureza y bravura de su enemigo le dijo: "Vete ahora,
y da por ganada esta batalla, o no regresarás jamás.
Pero
Didier junto con los rehenes de los lombardos huyó hacia la plaza llamada
Mortara, que era conocida como "Belle Foret", porque el país
era acogedor y refrescante para gentes y sus caballos. En la mañana del día
siguiente el Rey Charles con su ejercito se estableció cerca del pueblo,
y se enfrentó con los lombardos para la batalla. Tan fiero fue el combate
que murieron gran cantidad de hombres, tanto de una parte como de la otra,
y por eso el lugar del combate se llamó Mortara
En
ese
campo, murieron Ami y Amile, que por deseo de Dios había hecho sus vidas
amadas y placenteras juntos, por lo que sus muertes no fueron separadas. También
muchos otros valientes caballeros fueron matados con espada. Pero Didier,
junto con sus jueves, y una multitud de lombardos huyó hacia Pavía: el
Rey Charles le siguió a poca distancia, después le encontró y le
venció antes de entrar en la ciudad, enviando a Francia a por la Reina y
sus hijos. San Albin, el obispo de Angers y otros obispos y abades,
aconsejaron al Rey y a la Reina que era mejor enterrar a los que habían caído
en combate, y construyeran una iglesia en el lugar. Este consejo complació
gratamente al Rey así que sobre ese campo se edificaron dos iglesias, una
dedicada por Charles en honor de San Eusebio de Verceil, y otra por la Reina
en honor de San Pedro.
Además el Rey pidió traer dos ataúdes de piedra para enterrar a Ami
y Amile, siendo llevado Amile a la iglesia de San Pedro y Ami a la
iglesia de San Eusebius. Pero a la mañana el cuerpo de Amile fue
encontrado en la iglesia de San Eusebius cerca del ataúd de su compañero
Ami. ¿Usted ha escuchado esas asociaciones maravillosas que no pueden
ser disueltas, incluso después de la muerte?. Este milagro hizo Dios con
sus siervos - ese Dios que dio poder a sus discípulos que con su fuerza podían
mover montañas. Dada esa maravilla el Rey y la Reina permanecieron allí
durante treinta días, dando entierro a los cuerpos de los caídos, y
honrando ese ministerio con muchos regalos.
Pero
en todo ese tiempo el Rey Charles se afanó con todas sus fuerzas para
tomar la ciudad que estaba sitiando. Nuestro señor también atormentaba a
los de dentro de las murallas de manera que por debilidad o muerte no podían
llevar sus armas ni sus arneses. Al final de diez meses Charles tomo al
Rey Didier, y a todos los que estaban con él, y tomó toda la ciudad y
las armas que allí había. Así que Didier y su esposa fueron llevados
como cautivos a Francia.
San
Albin, que en su día dio vida a los muertos y luz a los ciegos, ordenó a
clérigos, sacerdotes y diáconos en la mencionada iglesia de San Eusebio,
para que mantuvieran para siempre juntos a los dos compañeros, Ami y
Amile, que sufrieron la muerte bajo Didier, el Rey de Lombarda el 12
de febrero, y están ahora con nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina
con el Padre y el Espíritu Santo, hasta el fin del mundo. Amén.
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