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Capítulo
XIX

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allábase en el
ejército de Darío un fugitivo de Macedonia y natural de
ella, llamado Amintas, el que no dejaba de tener
conocimiento del carácter de Alejandro. Éste, viendo que
Darío iba a encerrarse entre desfiladeros en busca de
Alejandro, le proponía que permaneciese donde se encontraba,
en lugares llanos y abiertos, habiendo de pelear contra pocos con tan
inmenso número de tropas; y como le despondiese Darío que
tenía no se anticiparan a huir los enemigos y se le escapara
Alejandro: Por eso, oh rey -le repuso-, no paséis pena,
porque él vendrá contra vos, o quizá viene ya a estas horas." Mas no cedió
por esto Darío, sino que, levantando el campo, marchó para
la Cilicia, y al mismo tiempo Alejandro marchaba contra él a
la Siria; pero habiendo en la noche apartándose por yerro unos de otros,
retrocedieron. 
Alejandro, contento con que así le
favoreciese la suerte para salirle aquel al encuentro entre montañas, y
Darío, para ver si podría recobrar su antiguo campamento y
poner sus tropas fuera de las gargantas. Porque ya entonces reconoció que,
contra lo que le convenía, se había metido en lugares que por el mar, por
las montañas y por el río Pinaro, que corre en medio, eran poco a
propósito para la caballería y que le obligaban a tener divididas sus
fuerzas; estando, por tanto, aquella posición muy en favor de los
enemigos, que eran en tan corto número. La fortuna, pués, le preparó este
lugar a Alejandro; pero él, por su parte, procuró también
ayudar a la fortuna, disponiendo las cosas del modo mejor posible para el
vencimiento, pues siendo muy inferior a tanto número de bárbaros, no sólo
no se dejó envolver sino que, extendiendo su ala derecha sobre la
izquierda de aquellos, llegó a formar semicírculo y obligó a la fuga a los
que tenía al frente, peleando entre los primeros; tanto, que fué herido de
una cuchillada en un musIo, según dice Cares
(16), por Darío, habiendo venido ambos
a las manos; pero el mismo Alejandro, escribiendo a
Antípatro acerca de esta batalla, no dijo quién hubiese sido
el que le hirió, sino que había acuchillada en un muslo.
abiendo conseguido
una señalada victoria, con muerte de más de ciento diez mil hombres, no
acabó con Darío, que se le había adelantado en la fuga
cuatro o cinco estadios; por lo cual, habiendo tomado su carro y su arco,
se volvió y halló a los macedonios cargados de inmensa riqueza y botín que
se llevaban del campo de los bárbaros, sin embargo de que éstos se habían
aligerado para la batalla y habían dejado en Damasco la mayor parte del
bagaje, Habían reservado para el mismo Alejandro el pabellón
de Darío, lleno de muchedumbre de sirvientes, de ricos
enseres y de copia de oro y plata. Desnudándose, pués, de las armas, al
punto se dirigió sin dilación al baño, dicien- do: "Vamos a lavarnos el sudor de la batalla en el baño de
Darío"; sobre lo que uno de sus amigos repuso: "No, a fe mía, sino de
Alejandro,
porque las cosas del vencido son y deben llamarse del
vencedor." Cuando vió las cajas, los jarros, los enjugadores
y los alabastros, todo guarnecido de oro y trabajado con primor, percibió
al mismo tiempo el olor fragante que de la mirra y los aromas despedía la
casa; y habiendo pasado desde allí a la tienda, que en su altura y
capacidad y en todo el adorno de alfombras, de mesas y de aparadores era
ciertamente digna de admiración, vuelto a los amigos: "En esto consistía
-les dijo-, según parece, el reinar."
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(16) Historiador de Mitilene, contemporáneo,
según parece, de Alejandro.
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Capítulo
XX

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l tiempo de ir a la
cena se le anunció que entre los cautivos habían sido conducidas la madre
y la mujer de Darío y dos hijas doncellas, las cuales,
habiendo visto el carro y el arco de éste, habían empezado a herirse el
rostro y a llorar teniéndole por muerto. Paróse por bastante rato
Alejandro, y mereciéndole más cuidado los afectos de estas
desgraciadas que los propios, envió a Leonato con orden de
decirles que no había muerto Darío ni debían temer de
Alejandro, porque con Darío estaba en guerra
por el imperio, pero a ellas nada les faltaría de lo que reinando aquél se
entendía corresponderles.
Si este lenguaje pareció afable y honesto a
aquellas mujeres, todavía en las obras se acreditó más de humano con unas
cautivas, porque les concedió dar sepultara a cuantos persas quisieron,
tomando las ropas y todo lo demás necesario para el ornato de los despojos
de guerra; y de la asistencia y honores que disfrutaban nada se les
disminuyó, y aun percibieron mayores rentas que antes; pero el obsequio
más loable y más regio que de él recibieron unas mujeres ingenuas y
honestas reducidas a la esclavitud fué el no oír ni sospechar ni temer
nada indecoroso, sino que les fué lícito llevar una vida apartada de todo
trato y de la vista de los demás, como si estuvieran no en un campamento
de enemigos, sino guardadas en templos y relícarios de vírgenes; y eso que
se dice que la mujer de Darío era la más bien parecida de
toda la familia real, así como el mismo Darío era el más
bello y gallardo de los hombres y que las hijas se parecían a los padres.
Pero Alejandro, teniendo, según parece, por más digno de un
rey el dominarse a sí mismo que vencer a los enemigos, ni tocó a éstas ni
antes de casarse conoció a ninguna otra mujer, fuera de
Barsene, la cual, habiendo quedado viuda por la muerte de
Memnón, había sido hecha cautiva en Damasco. Había recibido
una educación griega, y siendo de índole suave e hija de
Artabazo, tenida en hija del rey, fué conocida por
Alejandro a instigación, según dice
Aristóbulo, de Parmenión, que le propuso se
acercase a una mujer bella y que unía a la belleza el ser de esclarecido
linaje. Al ver Alejandro a las demás cautivas, que todas
eran aventajadas en hermosura y gallardía, dijo por chiste: "¡Gran dolor
de ojos son estas persas!"
Con todo, oponiendo a la belleza de estas
mujeres la honestidad de su moderación y continencia, pasaba por delante
de ellas como por delante de imágenes sin alma de unas
estatuas.
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