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Capítulo
XVII

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 espués de esto sujetó a aquellos
de los pisidas que le hicieron oposición, puso bajo su obediencia la
Frigia, y tomando la ciudad de Gordio, que se dice haber sido corte del
antiguo Midas, vió aquel celebrado carro atado con corteza de serbal y oyó
la relación allí creída por aquellos bárbaros, según la cual el hado
ofrecía al que desatase aquel nudo el ser rey de toda la tierra.
Los más
refieren que este nudo tenía ciegos los cabos, enredados unos con otros
con muchas vueltas, y que, desesperado Alejandro de
desatarlo, lo cortó con la espada por medio, apareciendo muchos cabos
después de cortado; peor Aristóbulo dice que le fué muy
fácil desatarlo, porque del timón la clavija que une con éste el yugo y
después fácilmente quitó el yugo mismo.
Desde allí pasó a atraer a su
dominación a los paflagonios y capadocios, y habiendo tenido noticias de
la muerte de Memnón, que , siendo el jefe más acreditado de
la armada naval de Darío, había dado mucho en qué entender y
puesto en repetidos apuros al mismo Alejandro, se animó
mucho más a llevar sus armas a las provincias superiores de Persia.
n esto, ya Darío
bajaba de Susa muy engreído con la muchedumbre de sus tropas, pues que
traía seiscientos mil hombres, y confiado en un sueño que los magos
explicaban más bien según lo que aquél deseaba que según lo que él
indicaba en realidad. Porque le pareció que discurría gran resplandor por
la falande de los macedonios, que le servía Alejandro,
adornado con la estola que llevaba el mismo Darío cuando era
astanda (15) del rey, y que después, habiendo
entrado Alejandro al bosque del templo de Belo, desapareció,
en lo cual, a lo que parece, significaba el dios que brillarían y
resplandecerían las empresas de los macedonios y que
Alejandro dominaría en el Asia como había dominado
Darío, habiendo pasado de intendente a rey, pero que en
breve tendrían término su gloria y su
vida.
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(15)
Nombre entre los persas del cargo de intendente de
encargado de los asuntos particulares y de las órdenes
secretas del rey. |
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Capítulo XVIII

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 ióle todavía a
Darío más confianza el graduar de tímido a
Alejandro al ver que se detenía mucho tiempo en la Cilicia;
pero su detención provenía de enfermedad, que unos decían había contraído
con las grandes fatigas, y otros, que por haberse bañado en las aguas
heladas del Cidno. De todos los demás médicos, ninguno confiaba en que
podría curarse, sino que, reputando el mal por superior a todo remedio,
temían que, errada la cura, habían de ser calumniados por los macedonios;
pero Filipo de Acarnania, aunque se hizo cargo de lo penosa
que era aquella situación, llevado, sin embargo, de la amistad y teniendo
a afrenta el no peligrar con el que estaba en peligro, asistiéndole y
cuidándole hasta no dejar nada por probar, se determinó a emplear las
medicinas y le persuadió al mismo Alejandro que tuviera
sufrimiento y las tomara, procurando ponerse bueno para la guerra.
n esto,
Parmenión le escribió desde el ejército previniéndole que se
guardara de Filipo, porque había sido seducido por
Dario con grandes dones y el matrimonio de su hija para
quitarle la vida. Leyó Alejandro la carta, y sin mostrarla a
ninguno de los amigos la puso bajo la almohada. Llegada la hora, entró
Filipo con los amigos, trayendo la medicina en una taza.
Dióle Alejandro la carta, y al mismo tiempo tomó la medicina
con grande ánimo y sin que mostrase ninguna sospecha; de manera que era un
espectáculo verdaderamente teatral el ver al uno Ieer y al otro beber, y
que después se miraron uno a otro, aunque de muy diferente manera, porque
Alejandro miraba a Filipo con semblante alegre
y sereno, en el que estaban pintadas la benevolencia y la confianza, y
éste, sorprendido con la calumnia, unas veces ponía por testigos a los
dioses y levantaba las manos al cielo y otras se reclinaba sobre el lecho,
exhortando a Alejandro a que estuviera tranquilo y confiara
en él. Porque el remedio, al principio, parecía haber cortado el cuerpo,
postrando y abatiendo las fuerzas hasta hacerle perder el habla y quedar
muy apocados todos los sentidos, sobreviniéndole Iuego una congoja; pero
Filipo logró volverle pronto, y restituyéndole las fuerzas,
hizo que se mostrase a los macedonios, que se mantuvieron siempre muy
desconfiados e inquietos mientras que no vieron a Alejandro.
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| ISLA
TERNURA |
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