Capítulo XV 

 

n esto, los generales de Darío habían reunido muchas fuerzas, y como las tuviesen ordenadas para impedir el paso del Gránico, debía tenerse por indispensable el dar una batalla para abrirse la puerta del Asia si se había de entrar y dominar en ella; pero los más temían la profundidad del río y la desigualdad y aspereza de la orilla opuesta, a la que se había de subir peleando, y algunos les detenía también cierta superstición relativa al mes. Por cuanto en el Daisio (11) era costumbre de los reyes de Macedonia no operar con el ejército; pero esto lo remedió Alejandro mandando que se contara otra vez el Artemisio (12). Oponíase, de otro lado, Parmenión, a que se trabara combate por estar ya adelantada la tarde; pero diciendo Alejandro que se avergonzaría el Helesponto si habiéndole pasado temieran al Gránico, se arrojó al agua con trece hileras de caballería, y marchando contra los dardos enemigos y contra sitios escarpados, defendidos con gente armada y con caballería, arrebatado y cubierto en cierta manera de la corriente, parecía, que más era aquello arrojo de furor v locura que resolución de un buen caudillo.

as él seguía empeñado en el paso, y llegando a hacer pie con trabajo y dificultad en lugares húmedos y resbaladizos por el barro, le fue preciso pelear al punto en desorden v cada uno separado contra los que les cargaban antes que pudieran tomar formación los que iban pasando, porque les acometían con grande algazara, oponiendo caballos a caballos y empleando las lanzas; y, cuando éstas se rompían, las espadas. Dirigiéndose muchos contra él mismo, porque se hacía notar por el escudo y el penacho del morrión, que caía por uno y otro lado, formando como dos alas maravillosas en su blancura y en su magnitud; y habiéndole arrojado un dardo que le acertó en el remate de la coraza, no quedó herido. Sobrevinieron a un tiempo los generales Resaces y Espitrídates, y hurtando el cuerpo a éste, a Resaces, armado de coraza, le tiró un bote de lanza, y rota ésta, metió mano a la espada. Batiéndose los dos, acercó por el flanco su caballo Espitrídates, y poniéndose a punto, le alcanzó con la azcona de que usaban aquellos bárbaros, con la cual destrozó a Alejandro el penacho, llevándose una de las alas: el morrión resistió con dificultad al golpe, tanto, que aún penetró la punta y llegó a tocarle en el cabello.

isponíase Espitrídates a repetir el golpe, pero lo previno Clito el negro, pasándole de medio a medio con la lanza; y al mismo tiempo cayó muerto Resaces, herido de Alejandro. En este conflicto y en lo más recio del combate de la caballería, pasó la falange de los macedonios y vinieron a las manos una y otra infantería; pero los enemigos no se sostuvieron con valor ni largo rato. sino que se dispersaron y huyeron, a excepción de los griegos estipendiarios los cuales, retirados a un collado, imploraban la fe de Alejandro; pero éste, acometiéndolos el primero, llevado más de la cólera que gobernado por razón, perdió el caballo, pasado de una estocada por los ijares (no montaba esta vez el Bucéfalo), y allí cayeron también la mayor parte de los que perecieron en aquella batalla, peleando con hombres desesperados y aguerridos. Dícese que murieron de los bárbaros veinte mil hombres de infantería y dos mil de caballería. Por parte de Alejandro dice Aristóbulo que los muertos no fueron entre todo, más que treinta y cuatro; de ellos, nueve infantes. A éstos mandó que se les erigiesen estatuas de bronce, las que trabajó Lisipo. Dió parte a los griegos de esta victoria, enviando en particular a los atenienses trescientos escudos de los que cogieron, y haciendo un cúmulo de los demás despojos, hizo poner sobre él esta ambiciosa inscripción: "Alejandro, hijo de Filipo, y los griegos, a excepción de los lacedemonios, han cobrado estos despojos de los bárbaros que habitan el Asia." De los vasos preciosos, de las ropas de púrpura y de cuantas preseas ricas tomó de las de Persia, fuera de muy poco, todo lo demás lo remitió a la madre

 
(11) Mayo.
(12) Abril.

 

 

 

 Capítulo  XVI

rodujo este combate tan gran mudanza en los negocios, favorables a Alejandro, que con la ciudad de Sardis se le entregó en cierta manera el imperio marítimo de los bárbaros, poniéndose a su disposición los demás pueblos. Sólo le hicieron resistencia Halicarnaso y Mileto, las tomó por asalto; y sujetando todo el país vecino a una y otra, quedó perplejo en su ánimo sobre lo que después emprendería. Pensaba unas veces que sería mejor ir desde luego en busca de Darío y ponerlo todo a la suerte en una batalla, y otras, que sería más conveniente dar su atención a los negocios e intereses del mar, como para ejercitarse y cobrar fuerzas y de este modo marchar contra aquél. Hay en la Licia, cerca de la ciudad de Janto, una fuente de la que se dice que entonces mudó su curso y salió de sus márgenes, arrojando, sin causa conocida, de su fondo una plancha de bronce, sobre la cual estaba grabado en caracteres antiguos que cesaría el imperio de los persas destruído por los griegos.Alentando con este prodigio, se apresuró a poner de su parte todo el país marítimo hasta la Fenicia y la Cilicia. Su incursión en la Panfilia sirvió a muchos historiadores de materia pintoresca para excitar la admiración y el asombro, diciendo que como por una disposición divina aquel mar había tomado el partido de Alejandro, cuando solía ser inquieto y borrascoso y rara vez dejaba al descubierto los escondidos y resonantes escollos situados al pie de sus escarpadas y peligrosas orillas, a lo que alude Menandro celebrando cómicamente lo extraordinario del mismo suceso:

Esto va a lo Alejandro, dicho y hecho:

Si a alguien busco, comparece luego sin que nadie le llame;
si es preciso dirigirme por mar a cierto punto, el mar allana y facilita el paso
(13).

as el mismo Alejandro, en sus cartas, sin tener nada de esto a portento, dice, sencillamente, que anduvo a pie la montaña llamada Clímax, que la atravesó partiendo de la ciudad de fasilis, en la cual se detuvo varios días, y que en ellos, habiendo visto en la plaza la estatua de Teodecto (14), que era natural de la misma ciudad y había muerto poco antes, fué a festejarla, bien bebido, después de la cena, y derramó sobre ella muchas coronas, tributando como por juego esta grata memoria al trato que con él había tenido a causa de Aristóteles y de la filosofía.

 
(13) Versos de una comedia perdida.
(14) Auto
r de varias tragedias, de un Tratado de retórica y varias oraciones.
Era, al parecer, hombre de una extraordinaria belleza.

 

 
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