| |
|

|
Capítulo
XIII

|
ongregados los
griegos en el istmo de Corinto, decretaron marchar con
Alejandro a la guerra contra Persia, nombrándole general; y
como fuesen muchos los hombres de estado y los filósofos que le visitaban
y le daban el parabién, esperaba que haría otro tanto
Diógenes el de Sinope, que residía en Corinto.
Mas éste
ninguna cuenta hizo de Alejandro, sino que pasaba
tranquilamente su vida en el barrio llamado Craneto; y así, hubo de pasar
Alejandro a verle. Hallábase casualmente tendido al sol, y
habiéndose incorporado un poco a la llegada de tantos personajes, fijó la
vista en Alejandro. Saludóle éste, y preguntándole en
seguida si se le ofrecía alguna cosa: "Muy poco -le respondió que te
quites del sol." Dícese que Alejandro, con aquella especie
de menosprecio, quedó tan admirado de semejante elevación y grandeza de
ánimo, que cuando retirados de allí empezaron los que le acompañaban a
reírse y burlarse, él les dijo: "Pues yo, a no ser
Alejandro, de buena gana fuera
Diógenes."
uiso prepararse para la
expedición con la aprobación de Apolo; y habiendo pasado a Delfos,
casualmente los días en que llegó eran nefastos, en los que no es
permitido dar respuestas. Con todo, lo primero que hizo fué llamar a la
sacerdotisa; pero negándose ésta y objetando la disposición de la ley,
subió donde se hallaba y por fuerza, la trajo al templo. Ella, entonces,
mirándose como vencida por aquella determinación: "Eres invencible,
"oh
joven", expresó; lo que oído por Alejandro, dijo que
ya no necesitaba otro vaticinio, pues había escuchado de su boca el
oráculo que apetecía. Cuando ya estaba en marcha para la expedición
aparecieron diferentes prodigios y señales, y entre ellos el de que la
estatua de Orfeo en Libetra, que era de ciprés, despidió copioso sudor por
aquellos días.
muchos les inspiraba miedo
este portento; pero Aristandro
los exhortó a la confianza: "Pues significa -dijo- que
Alejandro ejecutará hazañas dignas de ser cantadas y
aplaudidas, las que, por tanto, darán mucho que trabajar y que sudar a los
poetas y músicos que hayan de celebrarlas."
|
|
Capítulo
XIV

|

|
 omponíase su ejército, según
los que dicen menos, de treinta mil hombres de infantería y cinco mil de
caballería, y los que más le dan hasta treinta y cuatro mil infantes y
cuatro mil caballos; y para todo esto dice Aristóbulo que no
tenía más fondos que setenta talentos, y Duris, que sólo
contaba con víveres para treinta dias; mas Onesícrito
refiere que había tomado a crédito doscientos talentos. Pues con todo, de
haber empezado con tan pequeños y escasos medios, antes de embarcarse se
informó del estado que tenían las cosas de sus amigos, distribuyendo entre
ellos a uno un campo, a otro un terreno y a otro la renta de un caserío o
de un puerto. Cuando ya había gastado y aplicado se puede decir todos los
bienes y rentas de la corona, le preguntó Perdicas: "¿Y para
ti, oh Rey, qué es lo que dejas?" Como le contestase que las esperanzas:
"¿Pues no participaremos también de ellas -repuso- los que hemos de
acompañarte en la guerra?".
renunciando
Perdicas a la parte que le había asignado, algunos de los
demás amigos hicieron otro tanto; pero a los que tomaron las suyas o las
reclamaron se las entregó con largueza, y con este repartimiento
concluyó con casi todo lo que tenía en Macedonia. Dispuesto y prevenido
de esta manera, pasó el Helesponto, y bajando a tierra en Ilión hizo
sacrificio a
Minerva y libaciones a los héroes. Ungió largamente la
columna erigida a Aquiles, y corriendo desnudo con sus
amigos alrededor de ella, según es costumbre, la coronó, llamando a
éste bienaventurado porque en vida tuvo un amigo fiel y después de su
muerte un gran poeta. Cuando andaba recorriendo la ciudad y viendo lo que
había de notable en ella, le preguntó uno si quería ver la lira de
Paris, y él le respondió que éste nada le importaba y la
que buscaba era la de Aquiles, con la que cantaba este
héroe los grandes y gloriosos hechos de los varones esforzados.
|
|
 |
 |
 |
 |
| ISLA
TERNURA |
RINCONES
AMABLES |
AUTORES
ESCRITORES |
TEXTOS
CLÁSICOS |
|
|
|
|