Capítulo IX 

 

ucedió a poco que Pexodoro, sátrapa de Caria, con la mira de ganarse la alianza de Filipo contrayendo deudo con él, pensó dar en matrimonio su hija mayor a Arrideo, hijo de Filipo, para lo que envió a Aristócrito a Macedonia; con este motivo intervinieron nuevas hablillas y nuevas calumnias de los amigos y de la madre con Alejandro, achacando a Filipo que con estos brillantes enlaces y estos apoyos trataba de preparar para el trono a Arrideo.

Incomodado Alejandro, envía a Caria por su parte a Tésalo, actor de tragedias, con el encargo de proponer a Pexodoro que, dejando a un Iado el de bastardo y no muy avisado, traslade el enlace al mismo Alejandro, lo que acomodó mucho más a Pexodoro que el primer proyecto; pero habiéndoIo entendido Filipo, se fué a la habitación de Alejandro, y haciendo convocar a Filotas, hijo de Parmenión, uno de sus más íntimos amigos a presencia de éste le increpó violentamente y le reconvino con aspereza sobre que se mostraba hombre ruin e indigno de los bienes que su condición le ofrecía si tenía por conveniencia ser yerno de un hombre de Caria, que, en suma, era un esclavo. 

Escribió, además, a los corintios para que a Tésalo se le remitiesen con grillones, y de los demás amigos de Alejandro desterró de Macedonia a Harpalo y a Nearco, a Frigio y a Tolomeo, a los cuales restituyó después Alejandro y los tuvo en el mayor honor y aprecio. Luego, cuando Pausanias, afrentado por disposición de Atalo y Cleopatra, no pudo obtener justicia, y con este motivo dió muerte a Filipo, la culpa se cargó principalmente a Olimpia, atribuyéndole que había incitado y acalorado a aquel joven herido de su ofensa, y aun alcanzó algo de esta acusación a Alejandro, pues se dice que encontrándole, Pausanias después de la injuria y lamentándose de ella, le recitó aquel yambo de la Medea (8): Al que la dió, al novio y a la novia.

on todo, persiguiendo y buscando diligentemente a todos los socios de aquel crimen, los castigó, y porque Olimpia, en ausencia suya, trató cruelmente a Cleopatra, se mostró ofendido y lo llevó muy a mal.  

 
(8) La Medea, de Eurípides.

 

 

 

 Capítulo  X

enía veinte años cuando se encargó del reino, combatido por todas partes de la envidia y de terribles odios y peligros, porque los bárbaros de las naciones vecinas no podían sufrir la esclavitud y suspiraban por sus antiguos reyes; y en cuanto a Grecia, aunque Filipo la había sojuzgado por las armas, apenas había tenido tiempo para domarla y amansarla; pues no habiendo hecho más que variar y alterar sus cosas, las había dejado en gran inquietud y desorden por la novedad y falta de costumbre. Temían los macedonios este estado de los negocios y eran de opinión de que respecto de Grecia debía levantarse enteramente la mano, sin tomar el menor empeño, y de que a los bárbaros que se habían rebelado se les atrajese con blandura, aplicando remedio a los principios de aquel trastorno; pero Alejandro, pensando de un modo enteramente opuesto, se decidió a adquirir la seguridad y la salud con la osadía y la entereza, pues que si se viese que decaía de ánimo en lo más leve todos vendrían a cargar sobre él. 

or tanto, a las rebeliones y guerras de los bárbaros les puso prontamente término, corriendo con su ejército hasta el Istro, y en una gran batalla venció a Sirmo, rey  de los tribalos. Como hubiese sabido que se habían sublevado los tebanos y que estaban de acuerdo con los atenienses, queriendo acreditarse de hombre, al punto marchó con sus fuerzas por las Termópilas, diciendo que pues Demóstenes le había llamado niño mientras estuvo entre los ilirios y tribalos y muchacho después en Tesalia, quería hacerle ver ante los muros de Atenas que ya era hombre. 

ituado, pues, delante de Tebas, dándoles tiempo para arrepentirse de lo pasado, reclamó a Fénix y Protites y mandó echar pregón ofreciendo impunidad a los que mudaran de propósito; pero reclamando de él a su vez los tebanos a Filotas y Antípatro y echando al pregón de que los que quisieran la libertad de Grecia se unieran con ellos, dispuso sus macedonios a la guerra. Pelearon los tebanos con un valor y un arrojo superiores a sus fuerzas, Pues venían a ser uno para muchos enemigos; pero habiendo desamparado la ciudad llamada Cadmea las tropas macedonias que las guarnecían, cayeron sobre ellos por la espalda; y, envueltos, perecieron los más en este último punto de la batalla.

omó la ciudad, la entregó al saqueo y la asoló, principalmente por esperar que, asombrados e intimidados los griegos con semejante calamidad, no volvieran a rebullirse; pero también quiso dar a entender que en esto se había prestado a las quejas de los aliados, porque es verdad que los focenses y plateenses se quejaban grandemente de los tebanos. Hizo, pues, salir a los sacerdotes, a todos los huéspedes de los macedonios, a los descendientes de Píndaro y a los que se habían opuesto a los que decretaron la sublevación; a todos los demás los puso en venta, que fueron como unos treinta mil hombres, siendo más de seis mil los que murieron en el combate.

 

 

 
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