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Capítulo
V

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uvo que recibir y obsequiar,
hallándose ausente Filipo, a unos embajadores que vinieron
de parte del rey de Persia, y se les hizo tan amigo con su buen trato y
con no hacerles ninguna pregunta infantil o que pudiera parecer frívola,
sino sobre la distancia de unos lugares a otros, sobre el modo de viajar,
sobre el rey mismo y cuál era su disposición para con los enemigos y cuál
la fuerza y poder de los persas, que se quedaron admirados y no tuvieron
en nada la celebrada sagacidad de Filipo comparada con los
conatos y pensamientos elevados del hijo. Cuantas veces tenía noticia de
que Filipo había tomado alguna ciudad ilustre o había
vencido en alguna memorable batalla, no se mostraba alegre al oírla,
sino que solía decir a los de su edad: "¿Será posible, amigos, que mi
padre se anticipe a tomarlo todo y no nos deje a nosotros nada
brillante y glorioso en 'que podamos acreditarnos?"
ues que no codiciando
placeres ni riquezas, sino sólo merito y gloria, le parecía que cuanto más
le dejara ganado el padre, menos le quedaría a él que vencer; y creyendo
por lo mismo que en cuanto se aumentaba el estado, en otro tanto decrecían
sus futuras hazañas, lo que deseaba era no riquezas, ni regalos, ni
placeres, sino un imperio que le ofreciera combates, guerras y
acrecentamientos de gloria. Eran muchos, como se deja conocer, los
destinados a su asistencia, con los nombres de nutricios, ayos y
matreros, a todos los cuales presidía Leónidas, varón
austero en sus costumbres y pariente de Olimpia; pero como
no gustase de la denominación de ayo, sin embargo de significar una
ocupación honesta y recomendable, era llamado por todos los demás, a causa
de su dignidad y parentesco, nutricio y director de
Alejandro; y el que tenía todo el aire y aparato de ayo era
Lisímaco, natural de Acarnania, el cual, a
pesar de que consistía toda su crianza en darse a sí mismo el nombre de
Fénix, a Alejandro el de Aquiles y a
Filipo el de Peleo, agradaba mucho con esta simpleza y tenía
el segundo lugar.
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Capítulo
VI

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bservando que
era de carácter poco flexible y de los que no pueden ser llevados por la
fuerza, pero que con la razón y el discurso se le conducía fácilmente a lo
que era decoroso y justo, por sí mismo procuró más bien persuadirleque
mandarle; y no teniendo bastante confianza en los maestros de música y de
las demás habilidades comunes para que pudieran instruirle y formarle, por
exigir esto mayor inteligencia y ser, según aquella expresión de
Sófocles, Obra de mucho freno y de mucha maña, envió a
llamar al filósofo de más fama y más extensos conocimientos, que era
Aristóteles, al que dió un honroso y conveniente premio de
su enseñanza, porque reedificó de nuevo la ciudad de Estagira, de donde
era natural Aristóteles, que el mismo Filipo
había asolado, y restituyó a ella a los antiguos ciudadanos, fugitivos o
esclavos. Concedióles para escuela y para sus ejercicios el bosque
inmediato a Mieza, donde aún ahora muestran los asientos de piedra de
Aristóteles y sus paseos defendidos del
sol.
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l capítulo sexto comienza
haciendo referencia sobre la venta del caballo Bucéfalo en trece
talentos por parte de Filipo por ser fiero e indócil según
éste. Sobre este capítulo ya hemos hablado en particular por tratarse del
famoso Bucéfalo, el fiel caballo que acompañó a
Alejandro a lo largo de todas sus campañas |
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 arece que Alejandro
no sólo aprendió la ética y la política, sino que tomó también
conocimiento de aquellas enseñanzas graves reservadas, a las que los
filósofos llaman, con nombres técnicos,
acroamáticas y epópticas (4) y que no comunican a la muchedumbre. Porque habiendo entendido después de
haber pasado ya el Asia que
Aristóteles había publicado en sus libros algunas de
estas doctrinas, le escribió, hablándole con desenfado sobre la materia,
una carta de que es copia la siguiente: "Alejandro a
Aristóteles, felicidad. No has hecho bien en publicar las
doctrinas acroamáticas; porque ¿en qué nos diferenciamos de los demás, si
las ciencias en que nos has instruído han de ser comunes a todos? Pues yo más quiero sobresalir en
los conocimientos útiles y honestos que en el poder. Dios te guarde."
Aristóteles, para acallar esta noble ambición, se defendió
acerca de estas doctrinas diciendo que no debía tenerlas por divulgadas,
aunque las había publicado, pues en realidad su Tratado de metafísica no
era útil para aprender e instruirse, por haberlo escrito desde luego
para servir como de índice o recuerdo a los ya adoctrinados.
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(4) Se
designaban con estos dos términos las ciencias más difíciles y
elevadas. |
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