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Érase
una vez un tipo llamado Song, un funcionario de bajo rango de la oficina
de distrito, al que llamaban "El jefe canalla del distrito Este", que se
enamoró como un colegial del hijo de su vecino.
Con tretas
sin cuento sedujo al muchacho hasta que hicieron el amor. Pero cuando el
padre lo descubrió, hizo que el hijo se ahorcase. Estos hechos, nadie
los supo.
Una noche, Song soñó que lo arrestaban y lo llevaban a
la
comisaría de Policía de los infiernos, donde le dijeron que el muchacho
lo había denunciado.
Song se defendió
diciendo:
"Yo amaba en verdad a ese muchacho; jamás pretendí hacerle daño. Si murió,
es por culpa de su padre; yo no podía imaginarme lo que iba a ocurrir".
Y respondió el muchacho: "Si no me hubieses seducido,
¿cómo si no me habrían
deshonrado? Y si no llega a ser por eso ¿por qué he muerto? Ateniéndonos a
las causas de mi desgracia, si no eres culpable ¿quién tiene la
culpa?".
Song, que seguía intentando explicarse, dijo: "Si yo te he
seducido, ¿acaso no has consentido? ¿Quién si no fue quien se giró a
mirarme, y me sonrió y me hizo el amor? ¿No fuiste tú, acaso? Jamás te forcé, así que
¿por qué me culpas?".
El policía de los infiernos,
estallando de ira, gritó: "¡El muchacho no tenía conocimiento y cayó en tu
trampa! ¡Pescaste a un pez y lo cocinaste! ¿Y cómo te atreves a decir
ahora que la culpa es del pez?" Y pegó un puñetazo en la mesa. Song se
despertó de un salto, temblando de miedo.
Poco después,
denunciaron y despidieron por corrupción a otro funcionario. Song fue
llamado también en calidad de imputado. Antes incluso de que hubiese
sentencia, Song estaba seguro de que todo lo que le ocurría no era sino el
pago que recibía de los dioses por sus pecados. Incluso les contó su sueño
a algunos amigos. Pero el veredicto le condenó únicamente a tres años de
trabajos forzados; se dijo a sí mismo que uno no puede fiarse del mundo de
los sueños.
Tres años después, Song recuperó la libertad y volvió a
su pueblo. Pero durante ese tiempo, el padre, aún colérico por la deshonra
de su hijo y aprovechando que la mujer de Song se había quedado sola, la
sedujo con ricos presentes y ya se sabe que no hay quien no ceda ante el
dinero. Song, preocupado por lo que pensarían los vecinos, se suicidó,
avergonzado.
De hecho, si al principio había conseguido zafarse de las
consecuencias de su crimen, sólo fue hasta que surgiese una ocasión mejor
de demostrar que entre lo que se hace y lo que recibe hay la misma relación que entre un cuerpo y la sombra que lo sigue
¿o no es, acaso,
verdad?

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