|
Un joven, llamado Badr, había
mantenido en su juventud amistad con otras notorias bellezas de Basora,
entre los que había incluso alcahueteado en ocasiones.
Abu-Nuwas había
sido uno de sus amantes, bajo el manto discreto de que les proveía la
amistad que les unía. Luego se separaron, pasó mucho tiempo y no volvieron
a verse.
Muchos años después, contó esta historia:
Un día,
estaba en Bagdad con mis hijos cuando me tropecé con Abu Nuwas, que
cabalgaba una mula gris y quien, obviamente, me había reconocido. A mí me
resultaba familiar pero no caía en su nombre ni por equivocación. Me
saludó y, como estaba quieto y mirándole con asombro, me dijo "Maldito
seas, oh Badr ¿No me reconoces?" Y ante mi negativa, dijo "Soy Abu
Nuwas".
Empecé a preguntarle qué tal le había ido pero él sólo
quería saber una cosa: ¿Quiénes son esos muchachos que te acompañan". "Son
mis hijos" respondí. "Bendito sea Alá, nuestro Señor misericordioso",
exclamó. "Y pensar que hubo un tiempo en el que podrías haberme hecho un
hijo, lo que con seguridad, lo que habrías conseguido de haberte quedado
algún tiempo más y haber tenido fruto nuestra unión".
"Piérdete, y
que Alá te maldiga, feo". Le contesté y diciendo que Alá maldijese todos
sus actos. "No obstante, lo que yo cuento es verdad" contestó
conteniéndose, y se marchó cabalgando, riendo sin parar.

Reescrito según la versión
francesa de Ahmed al-Tifashi The delights of Hearts, traducida por Rene
Khawam. |