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Acaba,
por fin, de salir en castellano el DVD de “Mysterious skin”
(titulada en castellano “Oscura
inocencia”). 
El
último y para mí el mejor
trabajo del realizador independiente estadounidense Gregg Araki
(uno de los abanderados del new
queer cinema) no llegó finalmente a ser estrenado
comercialmente en las salas españolas a pesar de sus premios en
el Festival de Gijón y en varios festivales de cine gay-lésbico
de todo el mundo.
La
película es una dura pero también poética y fascinante reflexión
sobre la infancia y la herida.
Las
heridas que dejan en dos chavales
los abusos sexuales que sufren de pequeños por parte de un
entrenador deportivo.
Pero
además de este tema, tratado con sinceridad y sin
sensacionalismos, aborda otra cuestión aún
mucho más tabú. La homosexualidad infantil y adolescente.
Para
la psicología oficial, tradicional o no, la elección o la
orientación sexual “definitivas” se adquieren en la
adolescencia o incluso después pero somos muchos los que hemos
sentido siempre nuestro deseo o la elección de nuestro deseo como
algo que se ha manifestado mucho antes, incluso antes de lo que
podemos recordar. Y
sin necesidad de que nos lo definan o “diagnostiquen”.
Si esto es o no oscuro o es
más o menos inocente
entra en categorías de juicio que no vienen al caso.
La
invisibilización de la homosexualidad infantil y adolescente
tiene negativas consecuencias y lleva a, entre otras muchas cosas,
a que no se contemple la homofobia y
la violencia sexista cuando se habla (y se hace cada vez más)
del famoso “bullyng” o “acoso escolar” en las aulas. Lleva
también a un mayor índice de suicidios entre los adolescentes
gays o lesbianas que entre los heterosexuales o a una temprana
psiquiatrización de algunos de ellos y ellas.
En
el filme de Araki vemos que, a sus ocho años, el
chaval también siente el deseo por el cuerpo del entrenador, se
siente querido por él, aunque
efectivamente se pone en evidencia la irresponsabilidad de éste por
su forma de manipularlo y se nos muestra
los catastróficos resultados emocionales del abuso.
Pero
como todos los filmes de Araki va más allá de lo que
aparentemente plantea. Además de reconstruir ese mundo a la vez
triste y ligeramente cómico, poético (con toques mágicos) y
desgarrado (no exento de crudeza) de la prosa de Scott Heim (“El
corazón más oscuro de la tierra”)
nos muestra la
dificultad de dos adolescentes, nacidos en los EEUU profundos, de
desarrollar sus sentimientos y curar sus heridas en un entorno
degradado, homofóbico, hipócrita y violento, donde carecen de
referentes y modelos, donde la soledad se une al peso de un pasado
que les ha marcado.
Uno
se entrega, desde la amnesia provocada por el trauma a la fantasía,
las pesadillas y la autoreclusión emocional (algo muy característico
de la narrativa de Heim) y el otro a la prostitución y a
una vida acelerada y algo autodestructiva.
Crecen
en familias desestructuradas o marcadas por la opacidad y la
ignorancia hacia lo que les ha pasado y su posibilidad
de encuentro con iguales es muy limitada.
Aunque
cuando aparece está marcada por la ternura del encuentro y el
reencuentro. Cómo Scott, el increíblemente
divertido y conmovedor amigo de Neill. Han
nacido en pequeñas localidades donde la diferencia erótica o
racial es fácilmente
señalada, cuando no perseguida. Sus expectativas de futuro son o
trabajos basura o estudios en Universidades donde se reproduce
muchas veces la misma estupidez de la que huyen.
La
narrativa de Araki es como en todos sus filmes a la vez delicada y
agresiva, con un espléndido montaje, un hipnótico uso del sonido
y la iluminación y una reinvención del hecho fílmico desde la
mirada homoerótica que ya vimos en “The living end” (sobre
una pareja de seropositivos) o
en “Maldita generación” sobre el triángulo amoroso poco
convencional formado por dos chicos y una chica muy jóvenes y algo
desorientados.
La
soledad y el agujero negro de una imposible transición hacia una
vida mejor ancla a los personajes del que ha sido uno
de los mejores retratistas
de los adolescentes queers
de su contradictorio y poderoso país.
Araki
se supera a sí mismo con este filme complicado y arriesgado, que
ya parte de una novela densa y a ratos inquietante.
Realizado
con algo más de presupuesto que sus anteriores filmes
“Mysterious skin” confirma a Gregg Araki como un “autor”
en toda regla con una
marcada personalidad artística y el mismo espíritu
independiente, iconoclasta y
reivindicativo de siempre.
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