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Ya no seré feliz. Tal vez no
importa. Hay tantas otras cosas en el mundo; Un instante cualquiera es
más profundo Y diverso que el mar. La vida es corta Y aunque las horas
son tan largas, una Oscura maravilla nos acecha, La muerte, ese otro
mar, esa otra flecha Que nos libra del sol y de la luna Y del amor. La
dicha que me diste Y me quitaste debe ser borrada; Lo que era
todo tiene que ser nada.
Sólo me queda el goce de estar
triste, Esa vana costumbre que me inclina Al Sur, a cierta puerta, a
cierta esquina
JORGE LUIS
BORGES
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Tal vez una de las escenas más impresionantes y
conmovedoras de la historia del cine es la del final de Muerte en
Venecia, la película de Lucino Visconti: mientras comienza a escucharse el
fragmento musical que retorna una y otra vez a lo largo de la trama, el
adagieto de la 5ta. Sinfonía de Mahler, el músico Gustav von
Aschenbach, en el instante postrero y definitivo de su existencia, a orillas
del mar, estira la mano vanamente para intentar alcanzar lo que se ha
constituído en el objeto de su anhelo, el adolescente Tadzio; el maquillaje de
su rostro con el que buscaba recuperar de una manera ilusoria y patética la
juventud y la belleza que Tadzio le evoca se ha ido deshaciendo para
convertirse en una máscara horrenda y grotesca, una verdadera máscara
mortuoria. Así, ante el gesto impotente del músico, Tadzio se va alejando mar
adentro hacia la inmensidad sin límites, señalando con el brazo extendido un
horizonte inaccesible; quizá su ademán indique que de ese mismo mar surgió,
como Venus de la espuma marina, a modo de fugaz encarnación de un fundamento
imposible de revelársenos, enigma de la belleza que hace vivir y crear pero
que también arrastra a la muerte cuando no podemos evitar insistir en el vano
intento de penetrar en su misterio.
Tres nombres esenciales se reunieron para la
realización, en 1971, de esta película extraordinaria: el escritor alemán
Thomas Mann -nacido en 1875 y Premio Nobel de Literatura en 1929- que en 1912
escribió su novela "Muerte en Venecia"; el músico Gustav Mahler, cuya vida y
muerte son evocadas en alguna medida por la novela y la película; finalmente
el realizador italiano nacido en 1906, Lucino Visconti, quien no solamente
toma algunos fragmentos musicales del compositor austríaco sino que presta al
personaje de su película algunos rasgos físicos y el nombre mismo de Mahler:
Gustav.
Son muchos los aspectos de la película que llevan a
pensar en la referencia a Mahler, no tanto biográfica –en el sentido de
aludirse a algún episodio "real" de su vida- sino inventada. Pero de todos
modos es una referencia ligada a la vida y obra del músico nacido en Viena en
1860 y fallecido en 1911. De hecho Visconti afirma que Thomas Mann veía en
Mahler al hombre "en que se encarna la voluntad artística más sagrada y más
severa de nuestro tiempo", lo que explica el motivo de la modificación más
importante que él realiza en su cinta con relación a la novela de Thomas Mann:
la transformación del escritor von Aschenbach en un músico.
Sin embargo, si nos guiamos por sus propios
comentarios, es conocido el hecho de que Thomas Mann se inspiró para su novela
en un hecho realmente acaecido a Mahler en Venecia. También se puede agregar a
esto que Gustav Mahler muere en 1911, a los 51 años, a raíz de una serie de
complicaciones que sobrevienen de un cuadro no demasiado grave: una "angina a
estreptococos", es decir, la inflamación purulenta de las amígalas. Una muerte
que puede parecer inexplicable, como la del protagonista de la película.
Muerte inexplicable que nos lleva a pensar en lo inexplicable de la
muerte.
Se sabe que los periódicos de la época de la
enfermedad de Mahler, que leía Thomas Mann, informaban día por día de la
agonía del compositor, y que este hecho no le era indiferente; más aún si se
toma en cuenta otro acontecimiento crucial en la vida del escritor: el
suicidio de una de sus hijas, Carla. Quiere decir que una fuente de
inspiración para Thomas Mann fue él mismo pues con su novela trata de exponer
sus propios conflictos, como artista y creador que bordea con su escritura el
abismo de lo indecible, de la muerte.
La transformación por parte de Visconti del
personaje de la novela en músico determina que éste quede más íntimamente
ligado a otros personajes de Mann, particularmente a Adrian Leverkühnn, el
músico de Doktor Faustus. Así es como, inspirándose en el escritor,
Visconti quiere tratar tanto la relación del artista con la belleza, como con
el público, el mundo y él mismo. Pero la base de todo esto es el vínculo de la
belleza con su fundamento, la muerte. De ahí que la película sea recorrida
enteramente por el conflicto que opone a un artista cuyas aspiraciones
estéticas lo inclinan a la búsqueda de la armonía, la pureza, el equilibrio,
con aquello que simplemente podría denominarse la vida. Vida que se impone
como exigencia de entrega a las seducciones que embriagan los sentidos, ante
las cuales la huida se revela imposible.
Muerte en Venecia es –en la novela y la
película- el relato de una crisis y un conflicto donde la fuerza de algo que
rebasa todo intento de mantenerse dentro de los marcos del bienestar, la
estabilidad o el equilibrio termina por imponerse con todo su poderío creador
y destructor. Relato también de un apasionamiento efímero y devastador que,
aunque raya con la locura y la muerte, permite que el personaje finalmente
viva; viva con toda la intensidad que el apartamiento en su "tranquilizadora"
y –muy bien retratada por Visconti- falaz estabilidad "burguesa" se lo impiden
en la medida en que no permite que nada suceda. Paradójicamente, el personaje
comienza a vivir en el momento en que va a emprender ese viaje que él no sabe
que lo llevará finalmente a la muerte por el camino de la belleza.
Por esto se puede decir que la película presenta la
historia de un renacer: nacer de nuevo a la vida para encontrar en ese
renacimiento la muerte. Es también la historia de un intento desesperado por
recuperar, a la manera proustiana, un tiempo perdido. Tiempo de una juventud
ya pasada que Gustav von Aschenbach quiere reencontrar con su intento patético
de rejuvenecer su aspecto para aferrarse a un trozo de vida que se le escapa.
Paradójicamente, este intento lo lleva a parecerse al grotesco personaje
maquillado del comienzo de la película que se aparece como una premonición de
lo que va a suceder. Es como si el protagonista fuera el destinatario de las
palabras que él mismo profiere –que son recordadas en uno de los varios
flash backs- cuando tiene una crisis cardíaca y contempla el reloj de
arena: "descubrimos que el tiempo existe cuando ya pasó, y entonces ya es
tarde para vivir".
El relato literario y la película nos muestran, de
diferentes maneras, a un hombre que avanza hacia su destino sin poder
resistirse a ello, como si los signos premonitorios y ominosos de los que
Venecia está cargada tuvieran un poder fascinante, quizá por lo horroroso que
exhiben. La escasa resistencia de von Aschenbach se va debilitando poco a
poco, como si supiera de algún modo cuál es el destino que le aguarda y con
este saber se entregara abiertamente a él. Así se presentan las cosas desde el
comienzo mismo cuando sostiene una discusión aparentemente intrascendente con
un gondolero porque se niega a que éste último lo conduzca a su hotel. Hay
allí una especie de intuición de la verdad que los espectadores todavía no
podemos captar: cual Caronte –el hijo de Erebo y Noche, barquero de los
infiernos, encargado de transportar a "sombras" o almas de difuntos por la
laguna Estigia, previo pago del óbolo- este gondolero será el encargado de
llevarlo hacia su propio Hades de dónde no hay retorno posible.
Es cierto que algunos días después, ante la
presencia de la peste, von Aschenbach intenta la huida. Pero un incidente que
parece trivial lo induce a volver sobre sus pasos: una confusión respecto al
destino –de su equipaje, en este caso- lo vuelve a encauzar hacia su destino
inexorable que está en esa Venecia brumosa y fétida de la laguna y del puerto,
de las plazoletas sombrías, de las antiguas prisiones, de las casuchas roídas,
de las calles apestadas donde arden como siniestros braseros los montones de
basura.
Pero antes de esto, al llegar al cuarto del hotel
en el que va a hospedarse, Aschenbach comienza por colocar allí los retratos
de su mujer (¿se trata de Alma, esposa de Mahler?) y su hija, que luego
sabremos que ha muerto. Parece que con esto trata de reconstruir el marco de
su vida normal, familiar, protegida. Visconti recrea de este modo todo el
encanto del orden familiar tradicional, dando vida a sus propios recuerdos de
infancia, a sus estadías en los palacios de Venecia y París, en los grandes
hoteles de principio de siglo que se parecen un poco al de Balbec que Proust
describe en su novela monumental: "En busca del tiempo perdido". Pero todo
este esfuerzo del director solamente va encaminado a mostrar muy sutilmente
hasta que punto este orden y serenidad "burguesas" son enteramente endebles:
la tormenta de la guerra – la primera guerra mundial que estalla en 1914-
barrerá, muy poco después de esos serenos días de la infancia de Visconti que
coinciden con los días en que transcurre la película, ese orden aparentemente
tan firme.
En medio de esa presunta calma la peste comienza a
azotar a Venecia. Esta peste que es una metáfora brutal del caos que despunta
bajo un orden que apenas lo puede disimular; de un orden que el conjunto de
aristócratas y burgueses que pasan su verano ahí parecen disfrutar. Hay una
anticipación como verdadero signo premonitorio del caos que se aproxima en la
secuencia en que, bajo la elegante terraza del "Hotel de Bains", un
guitarrista desdentado y burlón se exhibe junto con sus comparsas. Luego sube
la escalera y se acerca a Aschenbach y a la madre de Tadzio que–interpretada
magistralmente por Silvana Magnano- luce una soberana elegancia que es tal vez
para Visconti la recreación de la majestad lejana de su propia madre. Obligado
a retirarse por el gerente del hotel, el personaje siniestro reaparece
cantando una canción napolitana, "La rissata", cuya ejecución va a concluir
con el tradicional y provocador gesto de la mossa. Así se burla
obscenamente de la aristocrática solemnidad de los huéspedes para desaparecer
finalmente sacando la lengua a todo ese bello mundo, que aunque en un primer
momento parece divertido con esa farsa no podrá disimular finalmente su
molestia. Este cantante, grotescamente maquillado, es otra aparición macabra y
burlona, otro signo ominoso que anuncia el desenlace trágico que se
acerca.
En el desarrollo de la trama, Visconti muestra en
todo momento que orden y serenidad son frágiles e ilusorios. El protagonista
ha creído vivirlos hasta entrado en su edad madura. Como otro importante
personaje manniano a quien podríamos llamar su "gemelo literario", Adrian
Leverkuhnn del Dr. Faustus, von Aschenbach es el hombre de la repulsa,
de la "decencia absoluta", el que en sus discusiones con su amigo Alfred
propone como divisa "que nada me toque". Estas discusiones son presentadas en
la película con la suficiente ambigüedad, sin que el espectador pueda
determinar si ocurrieron realmente o sólo en la imaginación de Aschenbach,
como parte del conflicto interior en que se debate. También hay quienes
quieren ver en Alfred cierta alusión a Arnold Schönberg, amigo y discípulo de
Mahler con quien éste sostuvo de hecho agrias polémicas.
Entrado en su quinta década de vida, y después de
algunos dolorosos fracasos, el protagonista experimente un extraño –y a la vez
probablemente muy propio- impulso que lo empuja hacia la ciudad de la
sensualidad y la muerte, hacia una Venecia ya marcada –como lo será también él
mismo- por signos de una irremediable decadencia e incluso degradación. Esa
Venecia le reabre la herida de los fracasos del pasado, de los escándalos que
su música ha provocado, y lo confronta con el descubrimiento de su
envejecimiento, tanto más terrible a la luz de la juventud y lozanía de
Tadzio, el adolescente del que quedará prendado. La austeridad y el rigor de
su puritanismo, así como su moralismo protestante y burgués, hacen aún más
fuerte la tentación de ceder a la atracción de ese mundo peligroso y precioso
que es el erotismo, representado por el joven.
La belleza angelical de Tadzio devendrá entonces
para Aschenbach lo que para Leverkühnn –o también para Nietzsche- fueron el
lazo sensual, voluptuoso y contaminante con una prostituta que en el Doktor
Faustus se llama Esmeralda, nombre dos veces aludido en la película: el
barco que conduce al músico a Venecia lleva este nombre, del mismo modo que la
joven prostituta con quien años atrás intentó una relación que resultó
fallida. Aquí es posible destacar el modo genial con que Viscontti enlaza -por
el camino de la música, de la sonata Para Elisa de Beethoven tocada en
el piano de manera algo torpe Tadzio y con mayor maestría la muchacha- lo puro
y lo impuro, el amor espiritual de Aschenbach por Tadzio en el que en ningún
momento se intercambia una palabra pues todo se reduce al cruce de miradas y
el amor sensual en el que lo esencial es el goce de los cuerpos.
Von Aschenbach se entrega a esa seducción de la
apariencia de la forma, que hace posible la belleza. Belleza que Tadzio
representa y que puede ponerse en paralelo con las obras del músico. Ambas
llevarán a la oscuridad del origen. Es sugestivo el hecho de que nunca llegue
a tocar al niño que lo fascina, ni siquiera a intercambiar alguna palabra con
él. ¿Por qué nunca lo aborda? ¿Es por su timidez, sus prejuicios, su moral
demasiado rigurosa? No, en lo fundamental no es nada de esto sino algo más
esencial: el cruce de miradas entre los dos evoca un encuentro total,
absoluto, que preserva la ilusión de una plenitud que el contacto por medio de
la palabra, e incluso la relación física, llevarían a romper. Es esto el
impedimento principal para que haya cualquier aproximación que no sea la de la
ilusión sostenida por esas miradas. Así es como von Aschenbach pretende
penetrar, a través de la belleza de Tadzio, en el misterio de la belleza que
lo atormenta desde sus propias obras.
Tadzio -el efebo, el niño angelical, el andrógino
que, curiosamente, está ligado al recuerdo de la prostituta- encarna un polo
de la vida de Aschenbach que es precisamente el que representa la vida, la
vida como antítesis y también alternativa del universo rígidamente intelectual
donde se ha encerrado. Tadzio viene a evocar la vida en su expresión más
intensa que es erotismo, sensualidad, ruptura. En este sentido no puede dejar
de significar una aproximación a la muerte porque su presencia trae consigo la
posibilidad de perderse al abandonar esas amarras convencionales que sostienen
en un mundo "estable".
Lo que von Aschenbach va a encontrar en el
seguimiento y la entrega contemplativa a la belleza de Tadzio será la muerte.
Esta muerte es un fin y también una realización simbólica, porque al mismo
tiempo que la belleza y que la vida se alejan con un vago gesto de llamado
representado como un último adiós por el ademán del muchacho en la última
escena, el artista se adentra en la oscuridad ya irremediable dejando al
espectador el sentimiento de que ha entrado a un nuevo y misterioso espacio
lleno de verdad pero enigmático.
Esta fascinación que en la trama es la que Tadzio
provoca en el protagonista, fue tratada por el poeta alemán Karl August Von
Platen en quien Visconti se inspiró. Von Platen fue a morir a Siracusa en 1835
a la edad de 39 años, después de haber dicho: "Quien ha contemplado con sus oj
os la belleza está consagrado ya a la muerte". Y en efecto, el deslumbramiento
causado por la belleza lleva al personaje a experimentar la decadencia, la
pérdida, la muerte; pero antes podrá aproximarse estrechamente a la vivencia
de lo sublime a la que esa belleza lo transporta, logrando un contacto que se
traducirá en creación.
Así, después de su intento de huida, von Aschenbach
da marcha atrás para entregarse resueltamente a la aventura que lo llevará a
la muerte, el trasfondo inevitable del acto creador. Precisamente el momento
sublime va a ser ese momento de frenética composición junto al mar que
acontece después del regreso del músico a Venecia para el reencuentro con
Tadzio. Después de reinstalarse en el hotel y ya sentado en la playa observará
como la institutriz envuelve al muchacho en una toalla y lo seca. Observará
entonces a Tadzio cubierto con esa toalla parecida a una toga romana, de pie
junto al mar. En ese momento, en la pista musical se comienza a ejecutar el
cuarto movimiento de la tercera sinfonía de Mahler mientras la imagen muestra
a von Aschenbach absorto en la contemplación del adolescente. De pronto, presa
de una súbita determinación, el músico se levanta y se dirige a una pequeña
mesa para comenzar a escribir ahí, a componer una partitura. El fondo musical
se intensifica; pero no se trata simplemente de un "fondo musical" porque la
música coincide aquí con la acción del protagonista de tal modo que la
secuencia sugiere que el artista está en pleno proceso de componer en ese
momento el lied que es cantado en ese momento por la contralto Lucrecia
West. Se puede apreciar entonces como en esta película la música tiene una
función eminentemente narrativa, más que la de "fondo" que acompaña los
acontecimientos que se van sucediendo. El lied que forma parte de esta
sinfonía lleva como letra un poema de Así habló Zaratustra de Nietzche
titulado Was mir die Nacht erzählt? ("¿Qué te dice la noche?"). Un
poema que habla precisamente del proceso de creación y sus relaciones con el
dolor, el deseo y la muerte:
"Oh! hombre, ¡presta atención! ¿qué dice la
profunda medianoche?
Yo dormía, yo dormía De un profundo soñar me he
despertado El mundo es profundo Más profundo de lo que el día ha
pensado Profundo es su dolor El deseo es más profundo que el dolor El
dolor dice: ¡aléjate! Mas todo deseo quiere eternidad Quiere profunda,
profunda eternidad" (1)
Pero lo que von Aschenbach encontrará en el
seguimiento y la entrega contemplativa a la belleza de Tadzio es la muerte. Al
momento sublime tendrá que seguirle inevitablemente la caída. La preocupación
aparente por la peste que azota a Venecia, frente a la cual no tomará ninguna
medida, es la fachada que oculta otra inquietud: la de la peste que lo ha
invadido a él: un amor apasionado y devastador del que no podrá -¿no querrá?-
huir. Un amor cuya imposibilidad sólo tiene dos salidas: creación y
decadencia.
Von Aschenbach será arrastrado por esta última
pendiente en su afán de dar alcance a Tadzio. Es el momento en que comienza a
seguirlo por las calles fétidas de Venencia. Más que nunca parece buscar la
mirada del muchacho. Busca la mirada buscándose en ella: quiere saber quien es
él en la mirada de Tadzio, pregunta cuya respuesta no puede encontrar y que lo
lleva, poco a poco, a la perdición.
Es esto último lo que lo lleva a seguir
obsesivamente al efebo para encontrarse, una y otra vez, con su propia
impotencia, la de no llegar nunca a poseer esa belleza que dolorosamente lo
fascina. Es en estas circunstancias que asistiremos a la progresiva
transformación física del personaje de von Aschenbach, quien va a maquillarse
como el bufón de la primera escena para desplomarse al pie de un pozo pútrido
antes de morir. La peste que asola la ciudad es así la metáfora de esa otra
enfermedad –al amor enloquecido- que se ha apoderado de él.
De este modo, la película es la crónica de una
decadencia, tanto más patética en la medida en que von Aschenbach es
consciente de ella: cuando se desploma junto al pozo en su última errancia
detrás de Tadzio por callejones que hieden no puede reprimir una risa que lo
desborda; risa incontrolada de la que Visconti afirma: "es una risa amarga e
irónica sobre él mismo. Esta risa no estaba prevista y fue inventada en el
momento del rodaje. Me di cuenta que Aschenbach no solamente podía llorar y
mostrar el dolor, sino que debía tomarse con piedad aquí porque tenía
conciencia de su situación".
La pasión de Von Aschenbach viene a confirmar la
aseveración de Nietzche: "El grado y el género de la sexualidad de un ser
humano tienen repercusiones hasta las cimas de su espiritualidad". Esto es
esencial para entender al artista y su creación: la cercanía en que se
encuentra con lo que para el común de los mortales es lo abyecto y repudiable
lo ubica en oposición con el mundo, con la medianía de la vida, lo arranca de
la esfera de lo convencional y lo lleva incluso hasta esa decadencia
atormentada y a la vez extática que es la de este músico que en muchos
aspectos evoca a Mahler. Lo que él vive le revela los estrechos lazos que
existen entre el arte y el infierno y lo vuelve más lúcido para advertir las
fuentes tortuosas de toda sublimación.
La trama presenta esa progresiva desintegración del
yo que quiere penetrar hasta los últimos secretos del goce estético,
entregándose así a la oscuridad final a la que éste conduce. El personaje
quiere regresar hasta los orígenes enigmáticos y se consagra, contra toda
consideración "sensata", a un amor que lo devasta. Esta aparente entrega a la
vida solo puede culminar en la realización de la muerte; porque si tratamos de
llegar al ser, si buscamos el origen en el erotismo, en la belleza, en el Eros
de la belleza o en la belleza del Eros, lo que vamos a encontrar es lo
otro, la textura intangible del vacío, de la nada, la verdad de la
muerte.
Tanto la novela de Thommas Mann como esta película
enseñan algo esencial: el arte es simultáneamente ruptura y lazo con el mundo;
abyección y búsqueda de lo sublime; posibilidad de redención y amenaza de
perdición. Como Alfred le dice en algún momento a von Aschenbach, el arte es
por naturaleza ambiguo, equívoco. Ambigüedad y equívoco que Visconti quiso
pintar en su realización, con la que nos proyecta una luz que no tendría un
brillo tan intenso sin la presencia de esas tinieblas donde todo artista
abreva.
Hacía falta a toda costa conservar la ambigüedad
que ya se encuentra en el relato de Thommas Mann. Visconti lo logra de un modo
paradójico: con un cuidado obsesivo de cada detalle de la filmación. Ejemplo
claro de esto es el hecho de que durante meses haya viajado sin descanso por
diversas ciudades de Europa central y del norte en la búsqueda de un joven que
interpretara el papel de Tadzio. Pudo observar a decenas de muchachos hasta
que, en Estocolmo, se encontró con este jovencito llamado Björn Anderssen de
quien no pudo menos que quedar prendado. Fascinación que el protagonista de la
película –interpretado por el excelente actor Dirk Bogarde-
refleja.
Tadzio es la ambigüedad encarnada: la belleza
fascinante y mortífera a la vez, el ángel de la mañana y también de la muerte.
Tenía que conservar durante toda la película esa sonrisa enigmática,
acariciadora y muda como la de algunos ángeles de Leonardo Da Vinci y, desde
luego, de la Gioconda. Esta dimensión angelical de Tadzio nos remite a otra
presencia en el filme, la del extraordinario poeta nacido en 1875 –el mismo
año en que Thommas Mann nació en Lübek- en Praga: Rainer María Rilke. En 1912,
el año en que Mann publica Muerte en Venecia, muy cerca de Venecia, en
Trieste, Rilke escribe la Primera Elegía de Duino. Allí presenta al ángel como
la figura colocada en la cúspide del mundo, como expresión de lo inaccesible
por excelencia, de eso que aún cuando pudiera ser lo más inmensamente
anhelado, debe permanecer inalcanzable porque tenerlo eliminaría toda razón
para desear. Como se ve, algo estrechamente ligado con la trama de la
película. Por esto Rilke comienza su elegía diciendo:
"¿Quién si yo gritara me oiría desde los
coros de los ángeles? y aun suponiendo que me apretara uno de ellos
repentinamente contra mi corazón; me extinguiría a causa de su más
poderosa existencia. Pues lo bello no es nada más que el
comienzo de lo terrible, que apenas conseguimos soportar, y lo
admiramos tanto porque, serenamente, desdeña destruirnos" (2).
Lo bello es pues, en palabras de Rilke, "el
comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar". La belleza siempre es
límite; límite que es el de la experiencia de lo placentero que acerca siempre
a un más allá: la muerte, la aniquilación, el goce del hundimiento en el fondo
oscuro de donde toda vida puede surgir.
Por esto, Rilke agrega inmediatamente:
"Todo ángel es terrible"
En efecto, todo ángel es terrible porque desde su
belleza irresistible nos aproxima, como Tadzio a von Aschenbach, a ese espacio
último, el fundamento de todo, la muerte. Paradigma de lo bello, el ángel es
el límite, lo que siempre gozaremos más o menos dolorosamente porque nunca
podremos penetrar en su secreto. Nunca sabremos sobre ese más allá, ese
horizonte infinito que el brazo extendido de Tadzio señala. La muerte hace
caer el velo de la belleza y muestra que la esencia y el fundamento mismo de
todas las cosas, el objeto último de todo anhelo y pasión no puede ser otro
que ella misma
El arte intenta sin embargo recrear, inventar ese
mundo irremediablemente perdido. Es, como Mann y Visconti lo presentan, esa
búsqueda de conciliación entre muerte y vida; muerte que se hace vida para
mostrarnos así que ésta –la vida- no tiene otra condición y límite que
aquélla. Lo bello es entonces la zona que se ubica en el límite, el velo
último, el borde que rodea la verdad última que es la muerte. Esto es
precisamente lo que la tragedia de von Aschenbach nos revela: la belleza es un
velo. Un velo que oculta a la vez que evoca. Evoca lo otro de ella: el vacío,
la nada, la muerte.
Muerte en Venecia nos muestra que el arte es
la posibilidad de acercarse hasta el borde mismo de eso otro, de esa presencia
que sólo se infiere por su ausencia. A lo inasible de ella se le puede dar
materialidad por medio de la forma estética. Así es como el artista busca
tocar lo intangible, dar forma a lo imposible. Ahora bien, hay una condición
básica para que este propósito pueda cumplirse: la necesidad de la vida. La
creación artística no puede ser sino afirmación de Eros, de la vida, gracias y
a pesar de la muerte.
(*) Psicoanalista y docente de la U.N.A.M, el
Centro de Investigaciones y Estudios Psicoanalíticos y el Círculo
Psicoanalítico Mexicano.
REFERENCIAS:
F. Niezstche: Así habló Zaratustra. Madrid,
Alianza Editorial, 1972, p. 429
R.M.Rilke: Antología. México, Letras Vivas,
1997, p. 113.
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