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LOS
TESTIGOS de André Téchiné
“Los
testigos”
es la última apuesta de uno de los grandes autores del cine francés
contemporáneo. El otrora epígono de la nouvelle
vague, recuperado para el público y la crítica gracias al éxito
internacional filmes como “Los
juncos salvajes” “Ma saison preferèe”
o “Les voleurs”, se atreve con un tema difícil: la aparición de
la pandemia del SIDA en la Francia de los
primeros años ochenta.
Dividida
en tres episodios y estaciones
del año: Verano (Inocencia), Invierno (Guerra) Verano (Regreso de
la Paz), “Les témoins” está caracterizada por el firme pulso narrativo
de Téchiné, su utilización
del movimiento y
la humanidad de la
que dota a sus siempre desconcertantes, desconcertados y
contradictorios personajes.
Emmanuel
Beart, Michel Blanc nombres consolidados del cine francés del
momento y nuevas caras se dan cita en una historia coral
en tres actos en la
que los protagonistas se enfrentan a dos pérdidas: la de Manu (Johan
Libéreau) un joven gay -caído por la enfermedad- y la de su
propia inocencia. A
partir de ahí ya no
pueden limitarse a ser espectadores de lo que está sucediendo, el
drama íntimo se convierte en una explosión de rabia colectiva.
De nuevo el racismo, el mestizaje cultural, la juventud, la
sexualidad como fuerza vital y la naturaleza se dan cita en “Les
témoins” como ya lo hicieron en sus recientes “Alice et Martin” o incluso en la menos lograda “Otros tiempos”.
Téchiné
conserva su juventud y soltura
narrativa y sus constantes visuales: los cuerpos, el agua,
la tensión de los espacios horizontales, el dolor de la pérdida,
el descubrimiento del otro y
el ímpetu música ( de su indispensable Phillipe Sarde)
como un elocuente
contrapunto al silencio. El propio realizador ha señalado
que en su
historia no existen el bien o el mal absolutos, pero era necesario
incluir en el relato la presencia de dos fuerzas ominosas que se
han impuesto recientemente en nuestras sociedades ante realidades
como el SIDA, el paro o la inmigración: “la medicina” y
“los dispositivos policiales”. Así, el tono luminoso y el
hedonismo de su primera parte contrastan con la invasión de la
crispación, el silencio o la violencia hasta un final luminoso
con el que el director nos abre, de nuevo, un camino a la
esperanza.
“Les
témoins” es la prueba de la vitalidad de un realizador que
se ha adentrado con brío en las tripas de la sociedad francesa
moderna antes que otros nombres tan importantes como
Patrice Chereau y François Ozon, con los que guarda algunos
paralelismos pero también importantes diferencias. Conecta con la
herencia literaria y el legado teatral y operístico del primero
y con algunas de las claves de la juventud insolente y
rompedora de esquemas del segundo.
“Les
témoins” es, finalmente, un
filme inabarcable, discutible, tal vez imperfecto pero
lleno de intensidad, y es difícil no sentir el dolor y el
desgarro, la herida y la cura,
al tiempo que nos dejamos
encandilar tanto por
la calidad de algunos instantes
como por la aspereza de otros. Téchiné ama a sus
criaturas, sin dejar de detestarlas en algunas de sus acciones.
De
nuevo los personajes
hablan de sí mismos y de sus circunstancias en un universo en el
que es todavía difícil
mostrarse con autenticidad y donde las barreras sociales, sexuales
y raciales siguen vigentes. “Los testigos” es un filme a la vez terrible y luminoso, sensual
y sangrante, vital y dolorido, una invitación a la reflexión íntima
desde unas vidas que no se
detienen. Como esa novela inacabada que escribe Sarah (Emmanuel
Beart) intentando dar sentido a las vidas de
seres que no pueden explicarse a sí mismos en el mundo
cambiante del que quieren y no quieren
formar parte.
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