El cielo dividido

por Eduardo Nabal Aragón

 

 

Julian Hernández debutó en el largometraje con un filme misterioso, pequeño  pero  fascinante, rodado en blanco y negro y  con el interminable título de Mil nubes de paz cercan al cielo, amor, jamás acabarás de ser amor.

En esta ocasión realizador mexicano ha logrado saltar a las pantallas internacionales con un filme menos logrado pero más ambicioso: “El cielo dividido”. Estamos ante  una peculiar historia de amor  a tres bandas, narrada de forma original pero también con cierta tentación  por  las imágenes cercanas a la postal y la estampita. “El cielo dividido” es la historia del encuentro entre Gerardo  (Miguel Ángel Hoppe)  y Jonás (Fernando Arroyo),  dos estudiantes  que se unen y  separan de continúo en diferentes lugares de la Ciudad de México como el Centro Histórico, la Ciudad Universitaria, la Zona Rosa y la Avenida de la  Reforma, retratados a través de elegantes y  suntuosos movimientos de cámara circulares, acompañados de una música evocadora y algo celestial.

     El filme de Hernández no aporta demasiado en cuanto a su planteamiento narrativo ya que se trata de una historia de amor y sexo en la que un tercer elemento, un misterioso joven llamado Sergio (Alejandro Rojo) se introduce repentinamente  en una relación aparentemente idílica, sembrando una pasajera confusión entre la pareja protagonista  y su ensoñación de felicidad.

“El cielo dividido” es un canto a  la juventud masculina, al homoerotismo, a la corporalidad  y a la búsqueda de  libertad, pero es  también un algo afectado filme sobre el amor homosexual en un lugar en el que todavía no es visto  con verdadera  naturalidad. Estrenada con misterioso retraso en su país, la película apenas contiene diálogos -solo los comentarios de una  extraña voz en off que apuntalan y, en ocasiones, entorpecen  la trama-   y es  en su peculiar y a la vez elegante factura visual  donde  mejor juega  sus cartas.  No obstante, ni los dos protagonistas, ni los actores que los interpretan, ni los comentarios y motivos  musicales románticos que acompañan al relato están a la altura de sus elevadas pretensiones. Con ecos de la “nouvelle vague” francesa  y su interés por plasmar el amor, la incertidumbre y la inmediatez en las calles el filme de Hernández es una propuesta formalmente hermosa aunque algo cansina por la forma en que  Hernández repite una y otra vez motivos estéticos y audiovisuales algo facilones como las miradas furtivas en la biblioteca, los encuentros fortuitos, los arrumacos en las salas de fiesta, las rupturas repentinas, intentando plasmar el miedo a la separación y la búsqueda de la felicidad a través del cuerpo y el alma de la pareja protagonista, a la vez entregada y confusa.          

Como he comentado, la piel morena de los actores, sus cuerpos desnudos o semidesnudos, sus palabras de amor susurradas en habitaciones de hotel  y un enorme silencio en una algo fantasmal Ciudad de México -filmada a través de inabarcables panorámicas- son los únicos motivos argumentales de un filme previsible y algo plano, pero  en el que podemos apreciar la intención de Hernández de contar una historia  de amor cortés “a la antigua” con personajes modernos y desinhibidos, sin apenas diálogos ni situaciones variadas. Es en su misterioso transcurso temporal  y en su desconcertante lentitud donde el filme de Hernández logra trascender lo que podría haber sido un homoerotismo de postal o una reivindicación del amor entre dos jóvenes en un lugar peculiar, recubierto de una  hermética capa de silencio, recelo  y dolor soterrado. “El cielo divido” nos enseña que la juventud mexicana vive la homosexualidad con naturalidad aunque esa extraña parsimonia a que envuelve al filme nos indica también que su situación puede ser “una burbuja” o el resultado de “una fantasía” del realizador  sobre lo que deseamos que sea el amor con mayúsculas y que siempre se materializa de un modo desconcertante. 

“El cielo dividido”  contiene  algunos tópicos argumentales  y  ciertos  apuntes cinematográficos   atrevidos o innovadores, con elegantes composiciones plásticas y originales desplazamientos de los cuerpos de los personajes en interiores y exteriores, pero deja nuestro paladar insatisfecho porque se apoya en un motivo argumental  repetido y endeble y en unos actores no sabemos si deliberadamente inexpresivos y tímidos, a pesar de la franqueza  con la que se filman sus encuentros sexuales y amorosos. Con todo, estamos ante  una apuesta valiente dentro del cine mexicano actual, siempre que no sea tomada por más de lo que es: un “cuento de hadas urbano” contado con intención poética pero  siempre a punto de rozar lo  cursi y lo inverosímil. 

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Entrada a FILMOGRAFÍA 

ISLA TERNURA RINCONES PLAYA

 

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