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Julian Hernández
debutó en el largometraje con un filme misterioso, pequeño
pero fascinante, rodado en blanco y negro y con el
interminable título de
Mil nubes de paz cercan al cielo, amor, jamás acabarás de ser
amor.
En esta ocasión
realizador mexicano ha logrado saltar a las pantallas
internacionales con un filme menos logrado pero más ambicioso:
“El cielo dividido”. Estamos ante una peculiar historia de
amor a tres bandas, narrada de forma original pero también
con cierta tentación por las imágenes cercanas a la postal y
la estampita. “El cielo dividido” es la historia del encuentro
entre Gerardo
(Miguel
Ángel Hoppe)
y Jonás (Fernando
Arroyo), dos
estudiantes que se unen y separan de continúo en diferentes
lugares de la Ciudad de México como el Centro Histórico, la
Ciudad Universitaria, la Zona
Rosa y la Avenida de la Reforma, retratados a través
de elegantes y suntuosos movimientos de cámara circulares,
acompañados de una música evocadora y algo celestial.
El filme de Hernández no aporta demasiado en cuanto a su
planteamiento narrativo ya que se trata de una historia de
amor y sexo en la que un tercer elemento, un misterioso joven
llamado Sergio (Alejandro Rojo) se introduce repentinamente
en una relación aparentemente idílica, sembrando una pasajera
confusión entre la pareja protagonista y su ensoñación de
felicidad.
“El cielo
dividido”
es un canto a la juventud masculina, al homoerotismo, a la
corporalidad y a la búsqueda de libertad, pero es también
un algo afectado filme sobre el amor homosexual en un lugar en
el que todavía no es visto con verdadera naturalidad.
Estrenada con misterioso retraso en su país, la película
apenas contiene diálogos -solo los comentarios de una
extraña voz en off que apuntalan y, en ocasiones,
entorpecen la trama- y es en su peculiar y a la vez
elegante factura visual donde mejor juega sus cartas. No
obstante, ni los dos protagonistas, ni los actores que los
interpretan, ni los comentarios y motivos musicales
románticos que acompañan al relato están a la altura de sus
elevadas pretensiones. Con ecos de la “nouvelle vague”
francesa y su interés por plasmar el amor, la incertidumbre y
la inmediatez en las calles el film e
de Hernández es una propuesta formalmente hermosa aunque algo
cansina por la forma en que Hernández repite una y otra vez
motivos estéticos y audiovisuales algo facilones como las
miradas furtivas en la biblioteca, los encuentros fortuitos,
los arrumacos en las salas de fiesta, las rupturas repentinas,
intentando plasmar el miedo a la separación y la búsqueda de
la felicidad a través del cuerpo y el alma de la pareja
protagonista, a la vez entregada y confusa.
Como he
comentado, la piel morena de los actores, sus cuerpos desnudos
o semidesnudos, sus palabras de amor susurradas en
habitaciones de hotel y un enorme silencio en una algo
fantasmal Ciudad de México -filmada a través de inabarcables
panorámicas- son los únicos motivos argumentales de un filme
previsible y algo plano, pero en el que podemos apreciar la
intención de Hernández de contar una historia de amor cortés
“a la antigua” con personajes modernos y desinhibidos, sin
apenas diálogos ni situaciones variadas. Es en su misterioso
transcurso temporal y en su desconcertante lentitud donde el
filme de Hernández logra trascender lo que podría haber sido
un homoerotismo de postal o una reivindicación del amor entre
dos jóvenes en un lugar peculiar, recubierto de una hermética
capa de silencio, recelo y dolor soterrado. “El cielo divido”
nos enseña que la juventud mexicana vive la homosexualidad con
naturalidad aunque esa extraña parsimonia a que envuelve al
filme nos indica también que su situación puede ser “una
burbuja” o el resultado de “una fantasía” del realizador
sobre lo que deseamos que sea el amor con mayúsculas y que
siempre se materializa de un modo desconcertante.
“El cielo
dividido” contiene algunos tópicos argumentales y ciertos
apuntes cinematográficos atrevidos o innovadores, con
elegantes composiciones plásticas y originales desplazamientos
de los cuerpos de los personajes en interiores y exteriores,
pero deja nuestro paladar insatisfecho porque se apoya en un
motivo argumental repetido y endeble y en unos actores no
sabemos si deliberadamente inexpresivos y tímidos, a pesar de
la franqueza con la que se filman sus encuentros sexuales y
amorosos. Con todo, estamos ante una apuesta valiente dentro
del cine mexicano actual, siempre que no sea tomada por más de
lo que es: un “cuento de hadas urbano” contado con intención
poética pero siempre a punto de rozar lo cursi y lo
inverosímil.
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