Cuando menos lo
esperábamos, cuando menos nos dimos cuenta ocurrió: ser gay
está de moda. No me malinterprete la comunidad homosexual o
gente que pide respeto e igualdad hacia ellos. El comentario
surge debido a que de unos años a la fecha, los medios de
comunicación en el mundo han dado cabida a todo tipo de
personajes, propuestas y productos hecho para y por
homosexuales.
Como dijeran
ridículamente los medios para decirlo de un modo amable: el
ambiente se ha pintado de rosa y en México como en todo el
mundo hemos sido testigos de series de televisión en donde
uno o más personajes son gay o lesbianas, escandalosos
desfiles y matrimonios, lugares dedicados especialmente para
ellos y ellas, una película hardcore con dicha temática (Sexxxcuestro),
programas de sexualidad que les da mucha importancia y valor
hacia este sector y por supuesto muestras de vulgaridad y
mucha naquez de cultura chatarra como son los casos del show
de "dizque cabaret" del homosexual y ególatra
Horacio Villalobos, tipos que necesitan comer y se vuelven
trasvestis para hacer tremendos osos, tipos que aparecen en
reality shows que seguramente ni saben qué es ser homosexual
y que hablan de sus "experiencias" a la cámara,
sufriendo por el rechazo de la sociedad.
Y qué decir
de las revistas amarillistas que han usado el tema como el
gran gancho publicitario que necesitaban: ahora todos están
interesados en saber quien está in por salir del
closet o a quién sospechosamente se le vio con otra persona
de su mismo sexo en situaciones comprometedoras. Pero lo
cierto es que como sucede con la pobreza, drogadicción o
violencia, los medios la maquillan, la pintan muy bonito, como
diciendo "no importa que seas gay, que tengas Sida o
que te drogues, nosotros te aceptamos" Sí, cómo no.
Por ello sin
miedo a equivocarme afirmo que si alguien adora, respeta y
admira este circo de mal gusto o peor aun es de aquellas
personas "abiertas", "modernas",
"intelectuales", "transgresoras",
"tolerantes", o ya de plano "chistositas",
y ve esta cinta con kilométrico nombre y sin nada de
artificialidad, la reacción que tendrán será poco
satisfactoria y seguramente a más de uno le va a molestar.
Y es que la opera
prima de Julián Hernández se aleja de cualquier cliche
que al homosexual se le ha endilgado. Aquí no está el diseñador
de modas galán que se lleva bien con todas las mujeres y que
vive en un penthouse o una zona exclusiva, ni el estilista
amanerado, ni el grupo de amigos/amigas que se reúnen en una
cafetería para discutir temas banales como la moda, ni mucho
menos es un retrato como a Almodóvar le gusta presentar con
todo y sus excesos. Es más, ni siquiera se nos muestra como
patéticamente se hace en las telenovelas.
Aquí se
retrata a personas comunes y corrientes con problemáticas,
sentimientos, actitudes y comportamientos más humanos y
reales en un ambiente que para mucha gente será ajeno; no se
trata de la Condesa, Polanco, Santa Fe, Las Lomas o ya de
perdida Coyoacan, ni tampoco barrios dizque jodidones con
hartos disfraces, simplemente la ciudad que todos conocemos y
que afortunadamente el realizador quiere mostrar: el metro, el
mercado de pulgas, el billar, un condominio X, calles sin
adorno alguno, cantinas, y lotes baldíos. A esto agréguenle
que no hay música de moda, actorcillos de cuarta, fotografía
granulosa, ni escenas sexuales mojigatas. En pocas palabras,
una propuesta bastante arriesgada desde el nombre mismo y con
lo que Hernández se suma a este selecto grupo de directores
transformados en verdaderos kamikazes que buscan trascender
entrando en una ruta difícil como ha sido los casos de
Francisco Athié (Vera), Carlos Reygadas (Japón) o
Jorge Aguilera (Seres Humanos).
La
premisa es bastante simple, es más, se le puede calificar
como una mera anécdota: Gerardo (Juan Carlos Ortuño) es un
joven homosexual de 17 años que ha abandonado el seno
familiar y que muy de vez en cuando tiene contacto con su
hermano y madre. Trabaja en un viejo billar como el mil usos
del lugar y es ahí donde conoce a Bruno (Juan Carlos Torres),
un cliente de mayor edad con el que mantiene una fugaz pero
apasionada relación. Pero un día desconcertado, el chico
recibe una carta de Bruno donde le manifiesta que su relación
ya no puede continuar, situación que por supuesto él no
comprende.
A partir de
que recibe el mensaje Gerardo literalmente vaga por la ciudad
buscando una respuesta en cada hombre que conoce y con los que
mantiene otras fugaces relaciones (aunque sea prostituyéndose,
siendo golpeado o humillado), comprando discos que le traen a
la memoria su amor perdido, y con el corazón en la mano
decide encontrar a como dé lugar a esa persona que le ha
dejado una gran huella.
Es ahí donde
la cinta toma otros tintes ya que con una gran sobriedad se
muestra el drama de Gerardo y sin más nos identificamos con
él, ya que no se es necesario ser gay para adentrarse con la
historia. A todo el mundo, independientemente de sus
preferencias sexuales, le ha pasado lo que aquí se muestra:
querer a alguien y no ser correspondido, dejar todo a un lado
por ese ser especial. Todos hemos sufrido. Siempre queremos
compensar ese vacío con alguien o algo más a sabiendas que
no servirá de mucho, y es seguro que todos en algún momento
recibimos esa odiosa carta, que tiene el mismo efecto cuando
proviene de la niña más popular del colegio, cuando estamos
en secundaria, o de alguna otra persona ya bien entrada la
edad madura.
La cinta
muestra la buena mano que tiene Hernández para la narración
(es concreto, con elipsis donde debe haberlas, no dice mucho
de sus personajes ya que no quiere dar todo masticado y a la
boquita, no deja huecos que rellenar como es costumbre con la
mayoría, que siempre se hacen bolas a la hora de resolver
esto) y rápidamente le es captada la idea que quería
transmitir: una historia de amor, pasión, dolor, encuentros y
desencuentros, con personajes y ambientes cercanos. Además
tiene una estupenda fotografía y es aderezada con música
bastante popular y que seguramente a viejas generaciones les
traerán buenos recuerdos (bueno, eso espero).
Como en todos
los trabajos hechos por Hernández y la Cooperativa Cinematográfica
Morelos (como Hubo un Tiempo en que los Sueños Dieron Paso
a Largas Noches de Insomnio 1998, Rubato Lamentoso
2001 o Arrobo 2002, este último dirigido por Roberto
Fiesco), se le da una gran importancia a la carga y contenido
sexual (que afortunadamente carece de la torpeza a la que nos
tiene acostumbrados nuestro "Nuevo Cine Mexicano",
no hay escenas sugeridas, ni chuscas o exageradas, se nos
muestra una masturbación, el sexo oral o simplemente una
caricia con una normalidad que hasta sorprende). Simplemente
no encuentro nada que reprocharle a Hernández y a todo su
equipo.
Yo
sé que continuamente le estoy echando cacahuate a ese cine
nacional hecho por y para niños nice, y seguramente a
más de uno le choca lo que digo, pero veo en estas propuestas
0% comerciales y convencionales una sinceridad, maestría y
muchas ganas que ya quisieran Sariñana, Iñárritu o Cuarón.
Es cierto, la
película es poco accesible, no se digiere tan fácilmente y más
de uno pensará que en ella no pasa nada, pero lo que también
es cierto es que alguna distribuidora debería ya echarle el
ojo, bajar su mirada al fango y darles una oportunidad y todos
deberían de prestar a estas expresiones. Ya sé que suena
demasiado arriesgado pero en vista de los pocos y mediocres
resultados del cine mexicano en los últimos años, películas
como Mil Nubes de Paz... son el futuro, un boleto
emergente de la industria (adelante, línchenme, pero piénsenlo
antes).
Sólo me
resta decir que sería bueno seguirle la pista a Hernández.
Tengo entendido que su próximo proyecto seguirá con una
propuesta poco comercial y en donde revivirá a actores que
significaron la gloria al cine de los 70 y 80 pero que ahora
solo están siendo desperdiciados en las telenovelas más
piteras como son Lalo "El Mimo" y Leticia Perdigón.
El camino es demasiado largo, como los títulos de sus cintas,
pero creánme que si preguntan, mis apuestas van a Hernández.
*
* * * *
|