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Cuando se
presentó en el Festival Internacional de Nuevo Cine
Latinoamericano de La Habana, en 2002, Madame Satâ no pudo
contra "Ciudad de Dios", la película sobre los veinte años de
la favela carioca Cidade de Deus de Fernando Meirelles, que se
llevó los grandes premios, y finalmente terminó compitiendo
en la última edición de los Oscar. Pero el jurado no pudo
evitar el reconocimiento y le otorgó el premio especial para
primer largometraje al director Karim Aïnouz.
Así viene
sucediendo con la película que por fin tendrá estreno
comercial: como está situada en los '30, su relato de la
exclusión parece lejano, cuando en realidad es tan relevante
como cualquier mirada más "actual".
A través de
un artista marginal, negro, pobre, homosexual, crimimal que se
reinventó en la Madame Satâ del título, reina-rey del
Carnaval de Río, mito brasileño, Aïnouz reflexiona sobre
las formas de resistencia en un país en un continente donde
la exclusión es la regla. Y la reacción a esa exclusión,
Joao Francisco dos Santos, la Señora Satanás, tuvo
diferentes formas. "Fue un luchador", dice Aïnouz.
"Reaccionó
con rabia, creatividad, violencia y dulzura. Nunca se
desanimó."
Joao
Francisco dos Santos nació en la violenta Pernambuco, hijo de
esclavos, y su madre lo vendió a los siete años. No se sabe
cómo llegó a Lapa, en Río de Janeiro; un barrio de
burdeles, hombres duros, alcohol, miseria, festejo que
pisoteaba la desdicha. Un mundo de sobrevivientes, donde la
violencia y la creatividad eran elementos imprescindibles para
pasar la noche.
Allí Joao
formó su propia familia ?llegó a tener hasta siete hijos
adoptivos, niños recogidos de la calle? y convivió con una
prostituta, Laurita, y un amigo gay que se paseaba con
vestidos y en ocasiones atraía a hombres hasta la casa
familiar para robarles. Ése es el
momento de Joao que rescata Madame Satâ: al director no le
interesa tanto el mito como su construcción, sobre todo después
de descubrir que Joao era un mitómano, un hombre que se hizo
a sí mismo, que renegaba de todos los estereotipos: si le decían
gay, conjuraba el terror de su masculininidad y su negritud
(medía 1,82 y pesaba 90 kilos; pocos manejaban las navajas
como él), y les recordaba su pobreza feroz; pero cuando le
decían negro, recurría a su fascinación por Scherezade y
Josephine Baker, sacudía sus camisas de seda y se pavoneaba
embutido en pantalones ajustados. La fuerza de Joao en la película
radica en su única exigencia: la de respeto.
Hay una
escena especialmente estremecedora, cuando con su familia
(Laurita y Taboo) quiere entrar a un burdel frecuentado por
los ricos de Río; la ira con que reacciona cuando los echan
es justificada y lo convierte en una causa de un solo hombre;
por pura intuición, por necesidad, Dos Santos era un pionero,
un hombre que entendía y luchaba contra su época. Una época
que, después de todo, no ha cambiado tanto.
Desgraciadamente,
muchos de los problemas de los años ?30 todavía existen, y
una manera de hablar del presente es mirando la historia
pasada?, dice Aïnouz.
La sociedad
brasileña carece de permeabilidad e incluso donde parece
haber integración entre los diferentes sectores, el abismo
social sigue creciendo. Pero no soy pesimista. Creo que Madame
Satâ es una película optimista y redentora. Después de todo
Joao Francisco nunca se consideró a sí mismo una víctima.
Joao
Francisco también era un criminal. Aïnouz lo define como
?una mezcla de Josephine Baker, Jean Genet y un Robin Hood
Tropical?. De sus 76 años, 27 los pasó en la cárcel por
cargos tan diversos como indecencia, robo y prostitución; mató
a un hombre y se le atribuyó también el crimen del
compositor Geraldo Pereire acusación dudosa, porque el
artista de marras tenía tres certificados de defunción
diferentes.
Pero en 1942,
después de diez años de prisión, ganó el concurso de
trajes de Carnaval de Deer Hunters y se transformó en una
estrella que reinventaba su pasado cuando hacía falta.
Pero a pesar
de tener como tema un personaje tan fascinante, Madame Satâ
no sería la enorme película que es sin la personalidad
avasallante del actor debutante Lázaro Ramos. "Para mí
el paisaje de esta película es su cuerpo", dice Aïnouz.
"Objetivamente es lo único que posee. Parte del cuerpo
para exhibirse y para esconderse. Sólo el cuerpo quedó de la
cultura negra después de la diáspora. El cuerpo utilizado en
la música, el baile, la ropa, el placer sexual."
El cuerpo de
Lázaro Ramos, de una virilidad arrolladora,de un erotismo
palpable, está tan cómodo amenazando a su gran amor, un
delincuente buscado por policías y ladrones al que Joao llama
príncipe oriental por la paradójica delicadeza de sus
hermosos rasgos, como acariciado por sedas, vestidos y
maquillaje azul sobre los ojos. Joao Francisco creaba sus
propios personajes ("La Negra de Bulacoche", "Jamacy",
"La Reina del Bosque", "Santa Rita del Cocotero")
y también se inspiraba en la mitología china, los personajes
de Cecil B. De Mille y el candomblé. Mestizaje, collage
cultural, su voz estaba en transformación constante, como el
mundo que lo rodeaba.
Madame Satâ
tiene algo de onírico, y de químico. Película de resaca y
amaneceres penosos, de perfume barato y rudo olor a sexo,
parece impulsada por un fervor que recuerda a la urgencia de
la cocaína, a las noches blancas de parloteo insomne. Lázaro
Ramos aporta esa energía loca, que pasa de la dulzura, la
confesión, el arropar a los bebés al golpe, el insulto, la
degradación, el mordisco, el encuentro sexual brutal y
apasionado seguido de la nostalgia de un tango que se escucha
desde la ventana de su casa miserable.
Se enfrenta a
la policía, al estigma; se enfrenta a sus propias
limitaciones y a la insoportable certeza de saberse un gran
artista que quizá nunca pueda ser conocido, no ya reconocido.
Nunca se queda en el conflicto de su homosexualidad: para él
era algo dado. "Lo que más me interesaba", explica
el director, "era tratar las razones que lo llevaron a
retar cualquier intento de aislar, segmentar o atomizar su
identidad. Sería una pena si el personaje fuera percibido a
través de segmentos sociales porque sería todo lo contrario
a su experiencia. Los temas raciales, sexuales o sociales no
son nunca el punto de interés de la película".
Aïnouz tiene
razón. Madame Satâ no es una película gay, ni acerca de la
negritud, o la pobreza. Así como Joao Francisco no dejaba que
lo definieran, Madame Satâ elude los rótulos. No es tampoco
una operación de rescate, a pesar de que durante muchos años
?Madame Satâ? fue apenas el nombre de un boliche de San
Pablo, y que la única biografía del personaje era un humilde
libro del periodista brasileño Rogerio Durst.
Es quizás
una síntesis de esa dualidad que encarna el nombre que Joao
Francisco eligió para sí mismo: una sofisticada francesa y
el demonio, temible y destructivo. Una cruza de violencia y
deseo, miseria y elegancia, celebración y muerte que captura
el vértigo de Brasil. El de entonces y el de ahora.
- Es
la ópera prima del brasileño Karim Ainouz (1966), autor
de los premiados cortos Paixao Nacional (1994) y O
preso (1992), así como del documental Seams.
- Se
inspira en las leyendas y los mitos que crecieron en torno
a la vida real de Joao Francisco dos Santos (1900-1976),
conocido como Madame Sata, nombre que adquirió de un
personaje de la película de Cecil B. De Mille, Madame
Satán (1930).
- Está
protagonizada por Lázaro Ramos, en su primer papel
protagonista, actor proveniente del teatro, al que en cine
se le ha podido ver en Carandiru.
- Le
acompañan en el reparto Marcélia Cartaxo, ganadora del
Oso de Plata a la Mejor actriz en el Festival de Cine de
Berlín 1986 por Hour of the star.
- Está
producida, al igual de Ciudad de Dios, por el
cineasta Walter Salles (Estación Central de Brasil).
- El
director de fotografía es Walter Carvalho (Estación
Central de Brasil).
- Se
presentó en el Festival de Cine de Cannes 2002, dentro de
la sección Una cierta mirada, y en el Festival de
Cine de Sundance 2003.
- Ganó
el premio a la mejor película y al mejor actor (Lázaro
Ramos) en el Festival de Cine Iberoamericano de Huelva.
- Se
rodó en exteriores del distrito de Lapa y las
proximidades de Río de Janeiro en marzo de 2001.
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