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“Porque sueño yo no lo estoy” decía el niño protagonista de “Leolo”
la hermosa, dura y aplaudida película del canadiense Jean-Claude
Lauzon. “Porque rezo y sueño yo no
lo soy” (gay) podría
ser la frase que resumiera la igualmente atormentada
personalidad del joven protagonista de “CRAZY”,
la agradable sorpresa de otro director de Canadá, Jean- Marc
Vallé. Basada libremente en la infancia y adolescencia de
François Boulay, uno
de los guionistas del filme, se trata de una obra familiar, de
sabor casero pero que a la vez plantea conflictos universales:
la dificultad de aceptarse diferente, las relaciones entre
hermanos y padres e hijos, la homofobia del entorno, la
estrecha unión con su madre
(Danielle Proulx) y la tensa relación con su ególatra
padre, la huida a través de la ensoñación , el peso
de una educación católica, la autodestrucción y la
autoredención…
El original -en algunos
momentos, los peores y más retóricos, cercano al videoclip
musical- tratamiento visual y la insólita mezcla de comedia y
melodrama logran ponerlo por encima de otras historias
bastante similares
sobre el “coming out” o salida del armario adolescente que nos ha
ofrecido el cine reciente (“Fucking
Amal”, “Get Real”…).
El filme, en algunos momentos
está cerca de otra “rara
avis” del
cine canadiense “El
jardín colgante” de Tom Fitzgerald, por su inventiva
visual, sus toques surrealistas y la obsesión
religiosa que caracteriza, sobre todo, a los personajes de las
mujeres mayores, más abiertas y tolerantes hacia las
conductas humanas, pero aferradas a creencias y cultos que
rozan la superstición.
El filme no puede clasificarse
como cine gay al uso pues carece de secuencias de sexo explícito
entre varones aunque el homoerotismo está presente en todo el
filme, desde las obsesiones íntimas de Zach (Alex Gravel), el
joven, contradictorio y hermoso protagonista de la cinta hasta
sus fornidos hermanos, los
sexys novios de su prima y sin olvidar el
culto a Jesucristo en la cruz y a los cantantes de rock de
aspecto andrógino de los setenta, como ese David Bowie
adorado e imitado por nuestro antihéroe.
Aparte de los padres de Zach
cobra relevancia el personaje de su agresivo hermano
mayor Raymond (Jean-Luc Brillant), destruido por la adicción
a las drogas. El filme desconcierta porque en algunos momentos
parece un filme religioso, hasta católico, o cuando menos
moralizante, a
pesar de la paródica y mordaz visión de la práctica de la
religión que aparece en todo el filme. La ordalía personal
de Zach, su empeño por ser heterosexual, es
una especie de “vía crucis” en un entorno que no lo acepta y al que él en
ocasiones abraza y en otras rechaza o trata de enfrentar, con
catastróficos resultados.
El filme transcurre entre la década
de los sesenta a los ochenta, bellamente retratadas y salpicadas
con música de Pink Floyd, Rolling Stone y Charles Aznavour;
este último cantado en todas las fiestas navideñas o
conyugales por Gervais Beaulieu (una extraordinaria
caracterización de Michel Côte), el,
para mí, insoportable
padre de la numerosa familia, cuyo machismo amarga la juventud
del protagonista.
El filme se resuelve con un
tibio y conciliador
optimismo y aunque nos hace reír también nos
estremece por la honda dimensión psicológica con la que
logra dotar a los personajes, extraordinariamente creíbles.
Sin duda hoy “C.R.A.Z.Y”
es, además de un
filme necesario, una imperfecta pero hermosa película que
viene de una cinematografía, la canadiense, que no suele
aparecer demasiado en las carteleras del cine comercial.
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