CHINA Y EL CINE GAY

por Santi Cerdá

 

 


Por lo general, Hollywood y vanguardia son palabras irreconciliables. Las últimas producciones aparentemente independientes de Hollywood van a la zaga del movimiento Dogma, o de otros movimientos aparecidos fuera de sus fronteras.

Esa no era la situación a principios de los noventa, cuando estrenos tan estimulantes como My own private Idaho, The living end o Poison aparecen ahora como un espejismo de creatividad que se desvaneció con rapidez.

A partir de entonces, Hollywood observa, y al cabo del tiempo copia, como pasó con el movimiento Dogma. Pero el movimiento Dogma no es muy pródigo en tocar el tema gay, cuando las producciones americanas que hemos nombrado sí lo hacían, con lo cual los gays nos habríamos quedado en la retaguardia del cine. 

Sin embargo hay otro movimiento a tener en cuenta, de mucha calidad, que sí trata el tema gay, que está en la vanguardia, y que nos ha salvado de los escollos de una muy deseada normalización que tenía una especie de efecto contraproducente: un bombardeo de comedias ligeras, para televisión, poco ambiciosas, aburridas, y a veces hasta cursis.

Ese halo de aire fresco que nos ha obligado a pensar y a sentir, es el cine asiático. ¿Quiere decir eso que la homosexualidad es un hecho cultural en Asia? De entrada no lo sabemos, así que lo mejor, antes de sacar conclusiones precipitadas, será analizar esas películas o, de alguna manera, compendiarlas. La mayoría de ese cine, es de un país adormecido que está despertando y se está redescubriendo a sí mismo. Hablamos de China.

Aunque no sabemos exactamente cuándo empezó el proceso de globalización en el que estamos inmersos, la televisión pública no se enteró y sigue ofreciéndonos infamias racistas del tipo 55 días en Pekín, con lo cual no está en la cola de la vanguardia, sino más bien en el limbo. Ello nos predispone más a ir al cine y a los festivales con más frecuencia de lo que estábamos acostumbrados, y ahí es donde descubrimos que la historia del cine también se está escribiendo en caracteres chinos, que hay una globalización cultural, si es que no la hubo ya durante el boom del cine japonés. Pero, ¿cómo empezó todo? ¿Cómo empezamos a descubrir que había cámaras en la china post-comunista?

Aunque el cine chino tiene una historia de cien años, que repasaremos muy vagamente, las primeras producciones que denotaban señales de cambio en Asia fueron, a grandes rasgos, Ciudad de tristeza, del director Hou hsiao-hsien (Beijing Chensi, 1989; se llevó el León de Oro de Venecia), imprescindible para conocer lo que representó la matanza de Tiananmen para una sociedad que despertaba de la pesadilla maoísta; Sorgo rojo, que ganó el Oso de oro en el festival de Berlín en el 88 ; una película vietnamita, la estremecedora y fascinante Cyclo, que en 1995 logró el León de Venecia, tras casi una década de preponderancia del cine chino; y para el público gay, Happy together, premiada en Cannes en 1997. Sin ninguna duda, el interés y apoyo de los grandes festivales, ha sido decisivo.

Aunque creo que Happy together es "la" película de tema gay asiática, no es ni mucho menos la única.

A primera vista parece que la especialidad del cine asiático sea el cine de género, desde el terror hasta las artes marciales; pero tras una mirada, por distraída que sea, descubrimos que ciertos directores tienden a describir la realidad que les rodea, a veces incluso con frialdad, sin artificios ni ninguna clase de concesiones, como las escenas secas de violencia de Cyclo, que, todo hay que decirlo, no es de tema gay. ¿Estamos ante un movimiento parecido al neo-realismo italiano? 

Hay ciertas coincidencias. El cine asiático, como el chino continental, el vietnamita, el japonés, o el de Hong Kong y Taiwan surge muchas veces de una situación de crisis económica y política como lo fue la postguerra europea; en algunos casos en países que tienen una tradición cinematográfica y de grandes estudios tan grandilocuente como la Italia Fascista; y muchas veces sufren dificultades en el campo de la censura. Por ejemplo, parece que en la china continental se hace cine a pesar del la Oficina de cinematografía, cuyo papel es parecido al que hacía el Ministerio de Información y Turismo en el régimen de Franco. 

Por otra parte, el cine asiático bebe de fuentes europeas con mucha frecuencia. Pero, ¿no será ello pura cultura cinematográfica, que muchas veces se limita a aspectos anecdóticos de una producción? Ninguna de todas las "coincidencias" nombradas no prueba que no estemos ante un movimiento distinto, que bebe de unas referencias culturales propias, y que nos obliga a ampliar nuestro criterio crítico y buscar "fuentes" en una tradición artística y vital diferente. Y además, el cine asiático, con frecuencia, es más bien onírico y sofisticado.

En todo caso estas apreciaciones son muy generales, y para no perdernos en el complejo mundo de los directores de cine asiático, nos limitaremos a los que tratan el tema gay.

Mencionemos tres clásicos del cine chino que contengan un deseo homoerótico: La carretera, del director Sun Yu (Da Lu , ya del 1934); Dos hermanas sobre el escenario, de Xie Jin (Wutai Jiemei, 1965); y uno mucho más cercano: Adiós a mi concubina, de Chen Kaige (Bawang Beiji, 1992), que compartió la palma de Oro con la desconcertante El piano en el 93.

Chen Kaige es el director de películas tan importantes como Tierra amarilla, El gran desfile, El rey de los niños, Luna tentadora o su último film, El emperador y el asesino

Adiós a mi concubina, basada en una novela biográfica de Lilian Lee, se desarrolla en nuestro siglo. Es la vida de dos cantantes de la ópera de Pekín desde una niñez republicana hasta la era Deng Xiaoping. Explica su proceso educativo y deshumanizador, su posterior triunfo, su caída durante la postguerra (acusados de colaboracionismo), y su arrastre por el fango durante la revolución cultural. Pero la película no sólo es un cuadro histórico sobre los dramas de la china de este siglo, plantea una relación amoroso-profesional triangular entre el cantante-rey Xiaolou (Zhang Fengyi), el cantante-concubina Dieyi (Leslie Cheung, atención al nombre), y una prostituta (Gong Lee), que como Gilda, se mete donde no la llaman y acaba casándose con el primero. Hasta aquí todo podría ser muy inocente, si no fuera porque Diyu mantiene una relación real y completa (aunque implícita), con uno de sus admiradores. 

De repente, y a pesar de que Bertolucci no osó retratar a Pu Yi, el último emperador, como el homosexual que era, había, y había existido, homosexualidad en China.

Que esas tres películas sean un referente, y también lo sean las historias de Zhang Che o John Woo, basadas en la vinculación afectiva entre héroes masculinos, y las fantasías sobre transformaciones sexuales de uno de los directores más importantes de la "nueva ola" de cine de Hong Kong, Tsui Hark, lo expone Stanley Kwan en su capítulo de la serie Un siglo de cine, titulado Yang+Yin : el género en el cine chino.

En él, quizá homenajeando a Fassbinder, habla con su madre de ópera cantonesa. En la ópera cantonesa, al contrario de lo que pasa en la ópera de Pekín, en la que el personaje principal femenino es interpretado por un varón; la mujer interpreta papeles masculinos, convirtiéndose así en objeto de deseo de otras mujeres. Pero Stanley Kwan no es sólo el realizador de un capítulo de una serie de televisión. 

De hecho, es el realizador de cine asiático de "tema gay" más importante. Su obra es tan personal, como desconocida en nuestro país. Y la importancia de su obra viene dada, no sólo por su activismo, o por haber tenido la valentía de salir del armario. Además, es uno de los autores más interesantes y destacados de Hong Kong.

Stanley Kwan (Kwan Kumpang), nació en Hong Kong, en 1957. Pertenece a la llamada "Segunda Ola" del cine hongkonés, como Wong Kar-wai y trabajó como ayudante de dirección hasta que en 1984 una productora independiente apostó por su primer film: Mujeres (Nürenxin), en la que ya aborda el tema gay de uno forma novedosa, natural y creíble.

Aunque en sus siguientes películas Stanley Kwang se centre en el tema de la mujer, debemos entenderlo como una metáfora del problema de su yo homosexual, dentro del Hong Kong post-colonial. Son: Amor malgastado (Dixia Qing, 1986), Carmín (Yanzhi Kou, 1987, con Leslie Cheung; su aire nostálgico influyó en Wong Kar-wei), Ruan Lingyu (1991)...

En Luna llena en Nueva York (Ren Zai Niu Yue, 1989), una película sobre tres emigrantes chinas en Nueva York, Maggie Cheung hace de ejecutiva lesbiana y Siqin Gaowa, de su novia del Continente. Las tres protagonistas del film hablan abiertamente de homosexualidad y se cuestionan si es algo chino o no. 

Creo que vale la pena nombrar Rosa roja, rosa blanca (Hong Meigui Bai Meigui, 1994), una película sobre el Shanghai de los años 30, en este artículo, porque es uno de sus films más emblemáticos. Su atmósfera sensual y sofisticada también influiría en Wong Kar-wai. 

Stanley Kwan, en cambio, abandonó ese estilo tan personal para explorar campos mucho más realistas. Después viene el ya nombrado Yang+Yin: el género en el cine chino, donde como hemos dicho, sale del armario y ya no deja de hablar de su propio yo sin metáforas. Le siguen la autobiográfica Memoria personal de Hong Kong: pese a todo, aún te quiero (Nian Ni Hao Xi, 1997), Agárrate fuerte (Yue Yue kuaile, Duoluo, 1997), donde Eric Tsang interpreta un agente inmobiliario gay de mediana edad que frecuenta los baños para ligar, y que entablará una relación muy íntima con el protagonista, Fing Wai (Sunny chan); y los Cuentos de la isla (You Shi Tiaowu, 1999), película afectada ya por la crisis asiática, que obliga a los directores de Hong Kong a exiliarse tras perder el mercado y las infrestructuras locales (está producida por una empresa japonesa). En esa diáspora, tanto Stanley Kwan como Wong Kar-wai parecen, por su modernidad, más capaces de conectar con un público internacional que otros directores más comerciales, en un mundo en el que millones de chinos viven fuera de su país.

En los Cuentos de la isla, Bo (Gordon Liu), es un personaje gay que una vez se mudó a la isla de la que habla el título para abrir un hotel con su amante, que acabó abandonándolo.

La última película de Stanley Kwan, Lan Yu (2001), es casi el motivo principal de toda esta perorata. Película íntegramente de tema homosexual supone una normalización en lo que respecta a la forma de abordar el tema gay dentro del cine de Hong Kong. O sea que es algo más que una película de Stanley Kwan, y sin embargo, tuvimos que verla como pudimos en medio del caos del Festival de Cine Fantástico de Sitges; este año, por desgracia, más "fantástico" que nunca, aunque contaba con una amplia oferta de cine asiático. 

Ya que en el Festival de Cine Gai y Lésbico de Barcelona se olvidaron de ella, parece que habrá pocas posibilidades de verla estrenada en Barcelona, y mucho menos en un cine comercial, a no ser que Vértigo, la única distribuidora que se interesa por el cine asiático, obre el milagro. Recemos para que al menos podamos verla en Mayo, durante la próxima Muestra de Cine Asiático de Barcelona, aunque sea en la incomodidad de las sillas de madera del "cine" Apolo, y aunque el año pasado no programó películas de tema gay.

No sabemos si Lan Yu es la segunda parte de la trilogía de los Cuentos del milenio, iniciada por la película Cuentos de la isla. Pero da igual, tiene sentido por sí misma. De nuevo, Stanley Kwan impone un sello más bien realista, aunque está llena de elipses. Sigue el hilo de una narración a tener en cuenta: una novela anónima escrita por un tal Camarada Pekín (Beijinj Tongzhe), publicada en internet y situada en plena época de la masacre en la plaza de Tiananmen (en 1989). Tampoco hay indicios de que alguien tenga la intención de traducir esta maravilla al español. 

Lan Yu, la película, es una apología del amor. Lan Yu (Liu Ye), el personaje, es un chico de campo que llega a Pekín para estudiar y conoce a Chen Handong (Hu Jan), un generoso funcionario-empresario de la nueva china, en un bar gay. Entre los dos se inicia una historia de amor a la que Chen Handong le da más importancia que a otras; lo deducimos porque al chico le compra una casa. Pero Handong no cree que ésta sea "la" historia de su vida amorosa, y tras un pasar una noche con un atleta le abandona y se casa, lo que son las convenciones, con una chica, de la que se acabará divorciando. Al final, Lan Yu le demostrará a Chen Handong que el amor y los sentimientos están por encima de los convencionalismos sociales y sexuales. 

La película es espléndida tanto por su sencillez como por su honestidad. Debería tener ya un sitio de honor en la cinematografía de tema gay. Es justa en todas sus medidas tanto en lo formal como en la narración, y su situación durante los hechos de Tiananmen abren al director, más que nunca, a una nueva dimensión lanzándolo de lleno al complicado ruedo de la nueva realidad china.

El otro director que se ha ganado un puesto de honor en el cine de tema gay, parece que no es gay. Sin embargo es de obligada mención. Se trata del autor de películas de Hong Kong. Hablamos de Wong Kar-wai, el responsable de Happy together (Chun guang zha xie, 1997). 

El director no es gay, la película no aporta nada a la normalización... Y sin embargo: ¿qué tiene Happy together que no tendrán las demás? ¿Qué es lo que tiene Wong Kar-wai?

Wong Kar-wai nació en Shanghai, pero fue a Hong Kong de pequeño. Sus recuerdos de infancia son tan urbanos como sus películas, están hechos de suburbios, de neón, de máquinas de CDs. Los pisos son demasiado pequeños, las ciudades demasiado abarrotadas, el tráfico muy intenso, y los bares tienen un aire triste y acogedor a la vez... 

Desde su segunda película, Días salvajes (A Fei Zhengzhuan, 1991), cuenta con dos colaboradores que contribuyen al carácter que imprime en sus films: Chris Doyle, el director de fotografía, y William Chang, el director artístico. 

Por cierto, la amistad que se inicia al final de Días salvajes entre Leslie Cheung (de nuevo) y Tony Leung, que aquí hace de marinero, es de lo más ambigua. Se podría decir que Happy together parte de ahí. Wong Kar-wai es como una caja de sorpresas, rueda sin guión previo, así que la película se desarrolla mientras se construyen los decorados. Tenemos que pensar que la producción en Buenos Aires, y la sola disponibilidad de estos dos atractivos actores, influyó en que el resultado fuera una película de tema gay. Y hay otra cosa: Leslie Cheung es gay.

Happy together aparte de proporcionar a su director la palma del festival de Cannes al mejor director, es una obra muy significativa dentro de la filmografía de Wong Kar-wai. Es una historia tan tierna como angustiosa. Se trata de dos gays que no pueden vivir separados, y mucho menos juntos, como los amantes de los cuadros de Bacon. De hecho, es la película más carnívora de Wong Kar-wai, la presencia de la carne de los dos amantes es constante. También son personajes marginales, como aquellos en los que conscientemente no queremos sentirnos identificados: La Yufai (Tony Leung), es como un fugitivo. Le robó a su jefe, un amigo de su padre y huyó de Hong Kong (las antípodas). Tiene que trabajar duramente para sobrevivir: de portero, en una cocina, en un matadero. Su amigo Ho Powing (Leslie Cheung), en cambio, no: es un vividor gay que se dedica... no sabemos bien si a chanchullear o a la prostitución masculina, pero lo que sí sabemos es que es adicto al sexo. 

Cuando empieza la película con las palabras de Ho Powing: "¿Empezamos otra vez?"... ya sabemos que la relación nunca ha funcionado. Después viene la primera y única escena de sexo: fría, veloz. Ya no volverán a hacer el amor, y sin embargo, hay una convivencia obligada durante un tiempo, debida a las heridas que alguien le ha causado a Ho Powing durante una reyerta. Convivencia que se convierte en descarnada, con todos los defectos de la cotidianeidad, y en la que sin embargo descubrimos que hay algo entre ellos, un cierto deseo. Los dos se tocan, se acarician, y se rehuyen, se destruyen a la vez. Pocas películas transmiten con tanta facilidad las distintas experiencias de la convivencia. No hay nada más doloroso que la separación, y es el reencuentro. Y de nuevo la cámara se para a regocijarse en las lágrimas de sus ojos, en sus sufrimientos, sus gritos ahogados por la impotencia, a veces con planos detalle tan hermosos como los de Cyclo

Happy together acaba como empezó, con el fracaso de la relación. La Yufai vuelve a Hong Kong depués de visitar las cataratas del Iguazu, y suponemos que Ho Powing también vuelve porque al final consigue que le sea devuelto su pasaporte (La Yufai se lo quita para que se hunda con él en la miseria de Buenos Aires). Hay un tercer personaje, el nombrado fregaplatos. Entra en medio del drama como un metomentodo, un curioso, un extraño encantador, tan bello y tan consciente de su belleza como los dos protagonistas. Su descaro, no consigue enfurecernos. Y él, cómo no, también quiere irse lejos, lo más lejos posible (acaba en tierra de fuego).

Cosas que queríamos olvidar aparecen fotografiadas con tanta maestría que deseamos recurrir a ellas: el cine x, los lavabos públicos. Todo es bello, la sangre del matadero es bella (también como la de Cyclo, en un mutuo enriquecimiento), y los muelles, los autocares de turistas, las cocinas compartidas, los colchones repletos de pulgas. Aun así, el medio es hostil: Argentina, un país donde hasta el idioma resulta incomprensible. 

Dentro del star system hongkonés, Tony Leung (Leung Chiu-wai en cantonés y Liang Zhaowei en mandarín), es un actor a tener en cuenta, y no sólo por su innata sensualidad, o por ser un actor-fetiche de Wang Kar-wai. El último festival de cine de Hong Kong le dedicó una retrospectiva en su última edición. Sin hablar mucho, tiene múltiples registros: es el misterioso chuloputas del Cyclo de Tran Anh Hung, su  papel más intrigante; el playboy de Love unto waste, de Stanley Kwan, y el putero de Flowers of Shanghai (premiada en Cannes en el 98), de Hou Hsiao-hsien, el director de Ciudad de tristeza. Tiene además esa rara habilidad, de la que gozan pocos actores, de estar donde hay que estar y en el momento preciso.

Leslie Cheung (Zhang Guorong) es otro cantar, y un famoso cantante de música pop, faceta desconocida en nuestro país (aunque Tony Leung también canta, pero en su caso primero es el actor; todos los actores chinos cantan, es un factor cultural). Hay que reivindicarlo, porque a pesar de ser un ídolo de adolescentes, ha salido del armario. Publica y defiende su homosexualidad en Hong Kong (y vive en pareja). 

Artísticamente, es la concubina de Adiós a mi concubina, y el encantador recaudador de impuestos de Una historia china de fantasmas, de Tsui Hark (por cierto, otro vietnamita). Su actitud, tan valiente como la del propio Wong Kang-wai, merecen un premio rosa. Quizá algún día, Wong Kar Wai se vuelva a quedar sin actrices, y vuelva alegrarnos la vista con otra obra de arte gay.

Al cine taiwanés no le sobran las películas de tema gay, pero hay una que vale por todas: El banquete de boda (The wedding banquet, 1992, premiada con el Oso de Oro en el Festival de Berlín), del director afincado en Nueva York Ang Lee, y con un guión de James Schamus, no tiene desperdicio. Narra la boda que simula un emigrante asiático en Nueva York para esconder su verdadera relación con un chico blanco a los ojos de su padre, un héroe del Kuomintang. 

Destacamos dos películas de la china continental: Palacio de Oriente, Palacio de Occidente, de Zhang Yuan, cuenta la relación sadomasoquista entre un joven escritor homosexual, y el policía que lo detiene. Y también Hombres y mujeres (Nana Nan Nü Nü, 1999), dirigida por Liu Bingjian. 

En el guión colaboró el escritor gay Cui Zi´es, que interpreta en el film un presentador de radio; y nos ofrece un singular y sincero cuadro de la vida gay en china. Y una película de Hong Kong que queremos ver: The map of love and facts (2001), de Evans Chan, presentada en el último festival de cine de esa cuidad. La primera de las tres historias que narra (Rubber band), es gay.

No puedo terminar este artículo sobre cine chino de tema gay sin mencionar alguna película no china, pero sí filipina; y no porque uno de los directores de ese país, Gil Portes, sea un activista y lo refleje en sus películas: Miguel/Michelle (1998), y Markova: Comfort gay, si no porque seria injusto olvidar de Mel Chionglo, otro director, que con su Midnight dancers. Sibak, del 1994 rompió moldes. Las tres han estado en la Muestra de Barcelona, puede que porque el imperio español estuvo jodiendo la marrana allá por esas tierras. 

Sibak, rodada con muy pocos medios, refleja con realismo la vida de unos chicos que hacen de gogós en un bar de ambiente y, posteriormente, venden su cuerpo. La película es muy atrevida por el tema, por los problemas que atraviesa el país, porque denuncia la corrupción policial y porque no tiene tapujos y sí mucho calor y mucho erotismo. Sin duda, Mel Chionglo era el mejor director de cine de Filipinas de los noventa, por no decir de todos los tiempos; rodó con muy pocos medios, y mucho talento. Murió de SIDA, un tema olvidado sólo porque no nos place, privándonos de su estimulante manera de hacer. Es una pérdida irreparable. Ojalá el cine Tailandés, que está emergiendo con fuerza, fuera tan sincero.

Estamos, por lo tanto, ante un movimiento coherente, original, de buenos equipos. Creo que es más potente que el famoso Dogma y sus cámaras al hombro, primero porque es su precursor. El vídeo empezó en el tercer mundo. Segundo porque hay una preferencia por la imagen cuando aquí estamos rodando películas muy teatrales, con un exceso de diálogo; y tercero porque gusta de los artificios formales, porque agota todas las posibilidades técnicas y porque su sofisticación estética alcanza lo sublime. 

Por último porque es un movimiento que se acuerda mucho más de nosotros, quizá porque la homosexualidad sí forme parte de China. China es el futuro, ya nos lo dicen los políticos, y sus anhelos expresivos están estallando ante nuestros ojos. Directores como Wong Kar-wai son tan influyentes ahora como lo era Fellini en su época, ya no se puede ver una película sin pensar que algo está copiado de Wong Kar-wai, les ha pasado la mano por la cara a aquellos que, como Tarantino, intentaron revolucionar el pantanoso mundo de Hollywood con un atisbo de vulgaridad. 

Detrás de ellos vemos la existencia de otras culturas que no son la nuestra, siempre tan egocéntrica; y también, en menor escala, referentes siempre exquisitos: Resnais, Bergman, Antonioni,, Godard, Lean... creadores de cine europeo relegados al olvido porque la Turner o la Warner no tiene sus derechos de distribución. Ya no se puede hacer cine sin ver lo que pasa en Asia y unos pocos directores lo entienden así, como Peter Greenaway, en España Agustí Villaronga, y Julian Schnabel el autor de una hermosa e incomprendida biografía cinematográfica sobre Reinaldo Arenas 

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