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| Una temprana guía gay: Granada (Guía emocional),
de Gregorio Martínez Sierra (1911)
Por Daniel Eisenberg |
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Mi Granada no es la de hoy: es la que pudiera y debiera ser. Ángel Ganivet, "Granada la bella", 5ª ed., Beltrán, Madrid, s.f., p. 9
Granada ha sido, al menos para cierta gente y en ciertas épocas, un símbolo de libertad, belleza, poesía, placer, tolerancia y gozoso amor homosexual: en suma, una cifra de la España mora. Es difícil saber en qué grado este simbolismo corresponde a la realidad. No sobreviven, o no han sido descubiertas, las fuentes necesarias para conocer la vida cotidiana de la Granada nazarí. La gran hoguera de sus manuscritos hecha por el Cardenal Cisneros logró en gran parte su intento de evitar que la conozcamos(1). Lo poco que sabemos se deriva principalmente de historiadores cristianos hostiles. La destrucción de su arquitectura ha continuado casi hasta la actualidad, como han denunciado varios escritores granadinos(2). Sin embargo, queda lo suficiente para afirmar que la Granada que creó la Alhambra actual corresponde, al menos hasta cierto punto, al estereotipo de ella. El período anterior al nazarí, mejor documentado que éste, sugiere lo que sería lógico que fuera influyente después. Por la poesía hebrea-granadina del siglo XI, y por la buena suerte que nos conservó las memorias del último rey zirí, es forzoso concluir que la homosexualidad y pederastia eran no sólo frecuentes sino hasta normales entre la aristocracia granadina, tanto mora como hebrea(3). La frecuencia del amor homosexual en la Andalucía del califato y de los reinos de taifas, y las prácticas homosexuales entre los moriscos refugiados en el norte de África, son otra prueba(4). También nos queda la Alhambra misma como símbolo de vida muelle: no es una obra de fuerza, tamaño o grandeza, sino un palacio con jardines delicados, diminutos y sensuales. En la Granada moderna, se suele negar el pasado homosexual de la ciudad y del reino. En toda Andalucía, pero más en Granada, la homosexualidad es objeto de repugnancia y represión, y es, por ello, la región española en la cual el movimiento gay está actualmente menos desarrollado(5). Si resucitara el homosexual García Lorca, entusiasta del pasado moro de su Granada por más señas, "sigue habiendo gente en Granada capaz de volverle a matar"(6). Pero hubo un período breve en que floreció, al principio de este siglo, una conciencia y una cultura gay en Granada(7). El pasado moro fue conocido al menos por los arabistas. El estudio de la lengua árabe dio acceso a muchos misterios que suponemos se comentaron entre los arabistas, de maestro a discípulo. De los especialistas pasaron en parte a los universitarios de Granada y a los intelectuales del país. Para ellos, al menos hasta fechas muy recientes, eran motivo de vergüenza o de secreto interés. Algunos de estos universitarios e intelectuales han sido llevados, por caminos sinuosos e indirectos, al arabismo. Nos hemos detenido en una secreta imagen de la Granada mora, la ciudad española en la cual el placer homosexual era más estimado. Dicho fondo ayuda a entender el sentido de una guía, llena de consejos prácticos y sentimentales, un libro que comenta el alma de Granada y sus emociones, dirigida a homosexuales. Se trata de Granada (Guía emocional), de Gregorio Martínez Sierra. No tenemos noticia de ninguna guía anterior dirigida a viajeros gay. El libro de Martínez Sierra se publicó en París, refugio de españoles disidentes, en 1911(8). Declara ser una guía para mujeres, dirigiéndose a la "lectora" en la segunda frase del prólogo y más adelante a "vosotras, mujeres", "dulcísimas" y otras expresiones parecidas(9). No se trata sino de una estratagema para permitir la publicación de un libro que difícilmente pudiera haber aparecido de otra forma. En el prólogo se menciona el "involuntario artificio de mi maraña" por la cual los lectores masculinos quedarían "engañados" (p. 13). A estas palabras se suma la absoluta inviabilidad editorial de una guía para mujeres españolas, en una época en que raramente hacían turismo y casi nunca separadas de sus maridos, padres, o profesores. Un libro dirigido a mujeres se supone que daría atención especial a las iglesias de Granada y a la tumba de Isabel la Católica, pues estos monumentos serían, según la demografía religiosa española, de interés para la mujer típica. Pero el narrador, quien se declara no practicante, los deja para el final(10). A quienes podría interesar esta guía emocional de Granada eran los homófilos, quienes en su argot a menudo se aprovechan del género femenino ("hermanas", "nosotras", "Srta.", etc.). Dato de peso es el "Garzón" a quien se atribuyen las fotos que acompañaron a la edición parisina. Garzón era el término castellano para el efebo, el muchacho amado por un hombre, según encontramos en la "Historia del cautivo" de Cervantes. Ya que María Martínez Sierra usó el nombre de su marido como seudónimo(11), y los dos colaboraron en varias obras, surge inmediatamente el problema de la autoría. Ian Gibson ha notado que el libro es insólito, calificándolo de "una obra muy 'femenina'", y lo supone "con toda seguridad" obra de María(12). Sin embargo, el libro no corresponde ni con sus intereses ni con su estilo(13). La feminista María jamás hubiera escrito que le gustaban las mujeres "argüidoras y un poco sofistas...si además son bonitas" (p. 110). María jamás usa el plural de primera persona femenino, que aparece en el libro (pp. 79-80)(14). No, Granada (Guía emocional) es de Gregorio, y el pronombre "nosotras" es suyo. Hemos de suponer, por tanto, que escribiera una obra homófila y que fuera un bisexual. Espero que en 1993 tal sugerencia no escandalice. Los datos de apoyo son numerosos. Gregorio fue protegido por Benavente, con quien intimó al conocerle(15). Fue después editor suyo y de Antonio de Hoyos y Pedro de Répide, y traductor de Oscar Wilde (Salomé, según Palau). Facilitó la carrera de García Lorca con la puesta en escena de su primer drama, El maleficio de la mariposa. Era amigo y colaborador de Falla, quien viajó con el matrimonio casi todo un año(16). Tuvo casa de veraneo en Marruecos(17), que junto con Argel era frecuente lugar de vacaciones y aventuras homoeróticas(18). Entre las obras de Gregorio—sea cuál de los dos haya sido el verdadero autor—figura Sortilegio, una tragedia inédita hasta la fecha, que protagoniza un homosexual casado(19). Granada (Guía emocional) debe haber sido escrita con el conocimiento y consentimiento de María. En Gregorio y yo María comenta poco la intimidad de la pareja, pero consta que fue todo menos convencional. Después de la boda se felicitaron mutuamente, no porque pudieran vivir juntos, amarse sin preocupaciones y tener hijos (no los tuvieron), sino porque ya "nadie nos puede decir qué hacer"(20). Enfermo Gregorio, un médico le aconseja un viaje a un clima más caluroso que el madrileño, pero van a París (O'Connor, p. 25). Se separaban bastante y viajaban cada uno por su lado. María, por primera vez en España que sepamos, llama al matrimonio una institución esclavista (Blanco, p. 19). Es también quien estrena en las letras españolas el derecho de las vírgenes a elegir cómo y cuándo y con quién quieren perder su virginidad(21). Es muy posible que el matrimonio Martínez Estrada se pareciera al de Harold Nicolson y Vita Sackville-West, es decir que se tratara de una relación entre gay y lesbiana, o más precisamente entre bisexuales(22). María ha sido una de las feministas más revolucionarias que haya habido nunca, pues defendió la idea de que la mujer tiene un talento político natural y que el hombre está destinado a obedecerla(23). También admitía que el hombre es "incoerciblemente polígamo", y que la mujer, por su parte, también es proclive a la diversidad en el amor (Nuevas cartas, pp. 178-185). La personalidad poco "femenina" de María ha sido ya notada por los críticos, uno de los cuales llega a comentar sus consecuencias en el contexto de la intimidad del matrimonio(24). Si a esto se suma que María fue madrina de la lesbiana Elena Fortún, nos atrevemos a formar una opinión al respecto. Es de esperar que esta sugerencia tampoco escandalice al lector. El contacto con los agudos y apasionados ensayos de María Martínez Sierra, aún tan poco estudiados, en el proceso de la redacción de este artículo ha sido sumamente aleccionador(25). Granada (Guía emocional) incluye una guía práctica de los hospedajes, restaurantes, tranvías y bancos, además de los monumentos y otras "curiosidades" de Granada. Conforme con la maurofilia que penetra todo el libro, el capítulo final está dedicado a una visita a Córdoba, y cierra con unas meditaciones sobre el futuro de España(26). Pero el libro, cuyos capítulos llevan poéticos encabezamientos(27), es fundamentalmente una invitación a perder el tiempo en Granada: "el único tiempo verdaderamente ganado en la vida es el que se pierde" (p. 13). Ofrece al lector el consuelo de la irresponsabilidad, el placer soberano de vivir con locura (p. 15). Aconseja la estancia en Granada "a las personas que estén tocadas de melancolía, al parecer incurable, por abusos de autoanálisis y de prolijos exámenes de conciencia; a las que, por morbosa exaltación de orgullo, se hayan llegado a figurar que de que ellas cumplan o infrinjan una ley más o menos moral, depende el equilibrio del mundo; a las niñas que tienen la mala costumbre de soñar con novios militares más o menos pérfidos. Aquí adquirirán la excelente de reverenciar en grado sumo al Amor, con mayúscula y sin uniforme" (p. 236). La geografía es la infraestructura de esta experiencia: "[La vega de Granada] es uno de los más suaves, apacibles y románticos paisajes de España, y valdría la pena de venir, no a visitar, sino a morar largo tiempo en la ciudad morisca, aunque en ella no estuviese la Alhambra, sólo por el encanto risueño de esta planicie ondulada, frondosa, acariciadora por igual a los ojos y al corazón. Así como hay paisajes inquietantes, éste es aplacante y sugeridor de consoladores panteísmos.... Hay una gran paz y un amable silencio, que dejan al espíritu toda su libertad y la afirman en soberanía...aligerándole de toda carta, en el convencimiento de una indudable irresponsabilidad" (pp. 235-236). En Granada se vuelve a "los goces sencillos", que los hombres habían abandonado, buscando en cambio "ideales y deberes", haciendo "esa obra, no sé si decirte prodigiosa o monstruosa, que llamamos civilización" (p. 77). Las mujeres, siguiendo la misma fórmula que los hombres, han clamado "seamos hombres". Este proceder lleva o a la desesperación y al suicidio, o a pedir "al cielo para que se sirva crear un ser nuevo y suave, que no sea ni hombre ni mujer—ya que hombres y mujeres nos habremos destrozado la vida—, un ser espiritual, refrigerante, consolador, maternal, pueril, a quien podamos llevar como ofrenda el fruto material de nuestro trabajo, y que en cambio nos dé la caricia, y el ánimo, y el arrullo, y la tibieza, y el plácido ¡Amén! y el ilusionado ¡Aleluya!" (p. 79). "Así, nosotras— con la inmensa ventaja de saberlo—podemos ser emperatrices de espiritualidad y amor en la vida moderna, y en nosotras se salvará la intelectualidad, y en nuestros ocios sobrevivirá la especulación, y nuestro silencio será la garantía de la meditación, y la verdad, que no tiene tiempo de triunfar entre la agitación febril de los hombres, elegirá nuestra voz, suavemente imperiosa, para dejarse oír en la tierra" (p. 80)(28). La visita a Granada puede durar un día, o toda una vida. Pero para saborear, siquiera por encima, el encanto de esta "Jerusalén de Occidente", son del todo necesarias cuatro semanas. "La emoción serena, que ha de ser el fruto espiritual de esta aventura, pide para cristalizarse largas y lentas horas de contemplación, y sobre todo de soledad, en las cuales no apremie ningún apresuramiento de hora ni de guía, ni de preconcebida excursión; ...menester es lograr cierta fraternidad con las fuentes, y una complicidad sentimental y sensual con la geometría de cipreses y arrayanes; hay que saber precisamente en qué lugar del cielo ha de buscarse cada estrella; hay que haber oído, en muchas horas distintas, la charla apaciguante de la arboleda; ...el alma, llevada por los ojos, tiene que haber soñado muchas horas asomada a la reja del jardín de Lindaraja. El Generalife es como libro de meditaciones, que hay que leer página por página, atenta y curiosamente.... Y luego, muchos atardeceres os habréis de perder, camino arriba, entre los olivares, y habréis de dar en el camposanto, jardín fragante si los hay, lleno de cinamomos y celindas, de acacias y mundos en flor, donde con tanta paz por todo el buen olor y la frescura, habréis de resignaros a la cruel fatalidad de la muerte. Y si bajáis a la ciudad, es preciso también que sea en muchas y diversas mañanas, para evocar en el tráfago de las horas del mercado la visión de la Granada mora y próspera" (p. 260-261). No conocemos otro tal ejemplo de exaltación de una ciudad española. La recepción inicial del libro, calificado por un crítico como la mejor de sus obras (Goldsborough, p. 110), fue modesta. No fue reimpreso hasta incorporarse en las Obras completas del autor, publicadas por él mismo. En la lista de reseñas proporcionada por Entrambasaguas, evidentemente basada en el propio archivo de los Martínez Sierra, no figura ninguna mención de esta obra. Acaso haya contribuido a la indiferente recepción su lugar de edición (otro argumento a favor de no ser las mujeres su verdadero público). Sin embargo, llegó a gozar de cinco ediciones, bien separadas en el tiempo, siendo, por ello, una de sus obras de éxito más sostenido. Figura entre las pocas obras suyas reimpresas póstumamente. En cuanto a su influjo, suponemos que será coincidencia que en 1911, año de su publicación, se mudaran a Granada dos forasteros que tendrían mucho influjo en el próximo renacimiento de la cultura granadina: el político y educador Fernando de los Ríos y el profesor de arte y teoría literaria Martín Domínguez Berrueta. (Los dos fueron, entre otras cosas, protectores de García Lorca(29).) Pero sí hubo un lector clave, uno que sabría el secreto del libro: Manuel de Falla, amigo del autor. "Un día—me lo contó él mismo—pasó por la calle de Richelieu y vio en el escaparate de la Librería Española de París un libro: Granada (Guía emocional), de Martínez Sierra(30). Lo compró, gastándose los pocos francos que llevaba; se pasó la noche leyéndolo, y al día siguiente, en un borbotar milagroso de melodías—desusado en él, premioso y exigente, sobre todas las cosas—, llevó al pentagrama, casi en su totalidad, una de sus mejores obras: Noches en los jardines de España"(31). El encanto de Falla ante Granada le llevó a mudarse a ella en 1919. A partir de entonces visitan Granada figuras culturales de toda Europa(32). No es del todo azaroso, entonces, que Granada (Guía emocional) de Gregorio Martínez Sierra coincida con el inicio del período de mayor esplendor cultural de Granada desde el exterminio de su cultura mora en 1500. Por unos pocos años, debido en parte a la guía de Martínez Sierra, Granada era (en palabras de Falla) "como el centro del mundo, como un pequeño París"(33).
Referencias bibliográficas (1) Véase nuestro "El
Cardenal Cisneros y la quema de los manuscritos granadinos", Journal of
Hispanic Philology, 16 (1992 [1993]),
107-124.
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