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"Redada
de violetas: la represión de los homosexuales durante el franquismo"
La policía y la
prensa los llamaba despectivamente «violetas». Eran condenados a varios años de
prisión, recluidos aparte y torturados solo por ser homosexuales. Un inquietante
libro recoge ahora el testimonio de los gays en la dictadura.
Se pasaba tanta hambre que Manuel S. H. , «que
Dios lo tenga en su Gloria», se comía hasta las cagarrutas de las cabras y Juan
Curbelo Oramas devoraba la comida podrida de los paquetes que le enviaba su
madre y que los guardianes retenían hasta que despedían un olor nauseabundo. El
hambre era una presencia constante, obsesiva, demoledora, pero no era la única
pesadilla. Estaban también los palos, que caían como un diluvio. Por equivocarse
al marcar el paso, por responder, por rezongar, por quedarse rezagado al
amanecer, por dormirse en la imaginaria, por nada, por todo. Tantos palos eran y
tan frecuentes que incluso uno de los guardianes se compadecía y cuando el
director no lo veía, hacía como que pegaba mientras el preso fingía, con grandes
ayes, que recibía los golpes. Manuel S. H. se lo agradecía tanto cada vez que no
le molía las costillas, que se arrodillaba ante él y le cubría las manos de
besos.
La imagen no es de un campo de concentración alemán en Europa del
Este durante la Segunda Guerra Mundial, es de la Colonia Agrícola Penitenciaria
de Tefía, Fuerteventura, en 1955, y el director no era un kapo nazi con
monóculo, fusta y botas de montar, sino un sacerdote castrense de Vitoria, que
vestía de verde olivo y dictaba cuántos palos, a quién se habían de dar y por
qué agravio, del que él era el único árbitro. Un sacerdote que escondía las
cartas de los familiares y determinaba, con sus informes a los juzgados, si los
condenados debían permanecer en Tefía el año mínimo o los tres máximos que daban
de margen las ambiguas condenas a vagos y maleantes. En el caso de Juan Curbelo
fue el máximo. Tres años pasó picando piedra en la colonia inhóspita, olvidada y
reseca que en 1954 empezó a recibir homosexuales para quitarles el vicio a base
de hambre y palos.
Ley de vagos y
maleantes
Hasta 1954, la represión de la
homosexualidad no había estado entre los objetivos del régimen de Franco, más
ocupado en la persecución y eliminación de la disidencia política. El primer
paso en esta dirección fue la modificación de la Ley de Vagos y Maleantes de
1954.
Curbelo nació en 1939, en una modesta familia numerosa de Las
Palmas. Comenzó a trabajar de niño y a los 16 se empleaba en la cocina de la
pensión Los Catalanes, en la calle de La Granadina. Después del trabajo, salía a
ligar con frecuencia por los alrededores de la zona, que cumplía las funciones
de barrio chino de Las Palmas: las calles de Canalejas, Molino de Viento,
Pamochamoso. . . Era detenido con frecuencia en las redadas que efectuaba la
policía y su madre se pasaba la vida yendo y viniendo de casa a sacarlo de la
comisaría de la Plaza de la Feria o a la cárcel de Barranco Seco. En 1955, el
escarmiento fue más serio. Tras un mes en Barranco Seco, le condenaron por
homosexual a una pena de entre uno y tres años de prisión en Tefía.
Juan
Curbelo pertenece a la primera generación de gays presos por su orientación
sexual y su pertinacia en sostenerla y no enmendarla. Con la cabeza rapada, le
embarcaron rumbo a Fuerteventura, la isla más seca del archipiélago, un lugar
que hasta la explosión del turismo era sinónimo de alejamiento y desolación,
donde los sucesivos gobiernos que vivió España en el siglo confinaban a sus
enemigos.
Tefía fue un infierno de palizas, trabajo hasta el
agotamiento, privación, calor insufrible de día y noches frías. Y Juan, al que
con 16 años se le salía la vida a chorros, fue incapaz de doblegarse, de callar
y aguantar: por rebelde y por insumiso, su estancia era una sucesión de palizas
y su condena se alargó hasta apurar el máximo en aquella cárcel cuartel. Tres
años estuvo siguiendo la misma rutina: al amanecer, instrucción y doctrina.
Todos los presos cantaban «España, patria querida / Somos tus hijos. . . » antes
de desayunar gofio con café de cebada. De ahí partían a picar piedra para la
construcción o a cavar zanjas bajo la mirada de los guardias, siempre con la
garrota en la mano. Paraban para comer un pan de tres días y fideos con carne de
cabra, dormían un rato de siesta y de nuevo salían a picar bajo un sol
inclemente hasta la caída de la tarde. Antes de cenar guisantes con batata, un
poco de instrucción en la escuela: primeras letras, historia sagrada y el rezo
del rosario.
Barracones separados
El maestro era
Antonio Hernández García, nombre supuesto de un empleado de comercio, nacido en
1931, a quien se confió que enseñara a los presos a rezar el rosario. A Antonio
también lo llevó a Tefía su orientación sexual. Hernández García tenía atrofia
muscular de ambos brazos y no podía asir con firmeza un pico y una pala y menos
machacar piedra, pero sí sabía latines porque había estudiado en un convento. El
cura que dirigía cárcel le empleó como maestro del centenar escaso de presos que
había en la colonia, de los que unos veinte o más eran homosexuales. Cada tarde,
enseñaba a leer y escribir a los agotados internos, que tras pasar la jornada a
la intemperie rezaban el rosario al unísono formados en la explanada. Después,
se sentaban en bancos corridos a comer, apartando con la mano los gorgojos que
flotaban entre los guisantes de la cena.
Juan Curbelo y Antonio
Hernández calculan que durante su estancia habría una media de unos ochenta
presos, de los que un tercio eran homosexuales. Los barracones de los
delincuentes comunes y de los homosexuales estaban separados desde que se
descubrió a dos presos haciendo el amor. A los sorprendidos les cayó encima una
paliza que los dejó casi irreconocibles y el capellán castrense se encargó de
que su pena se alargara al máximo. No debía haber sexo en Tefía, aunque
extremando las precauciones siempre se podía burlar brevemente la prohibición.
A Juan, la educación religiosa en ese contexto, con un cura tan ajeno a
las nociones de perdón y de compasión, le parecía un sarcasmo que le causaba
«asombro». Por las noches dormía sobre un petate en el suelo, cubierto con una
manta, si no le tocaba imaginaria o si no le retiraban el petate y había de
dormir sobre el suelo además de que le quitaran la siesta como castigo. «Era
tiempo de amargura, de desespero, terminabas molido», recuerda Antonio, a quien
una vez, por quedarse levemente amodorrado durante una de las imaginarias de
cuatro horas que debían hacer por turno, le castigaron a repetirlas quince días
seguidos, aunque al final se lo levantaron por lástima y por su «buen
comportamiento».
El único día de la semana que podían lavarse era el
sábado. Tenían un tiempo récord para entrar en un cercado y sacar agua de un
pozo para ducharse. Fuera, un guardián con un pito marcaba el momento exacto en
que se terminaba el baño y si estaban aún enjabonados así debían abandonar el
recinto so pena de más palos, más castigos. El médico sólo se acercaba a la
colonia una vez por semana y el único lujo ocasional era algún cigarrillo,
comprado en el economato con el dinero que enviaban los familiares, y un paseo
el domingo al pueblo a oír misa por la mañana.
La buena disposición de
Antonio para enseñar latines permitió que saliera al año. A Juan Curbelo, al
igual que a La Castañuela, La Burra o La Viuda, «que Dios los tenga en su
Gloria», todos detenidos en redadas en zonas de ligue de Las Palmas, les tocó
estar tres años «por contestones, por bravos». La condena de cárcel de Juan
Curbelo terminó finalmente en 1958. La colonia cerró a mediados de los sesenta,
pero las autoridades españolas siguieron enviando a los homosexuales a la
cárcel, habitualmente a las llamadas galerías de invertidos, gracias a la Ley de
Vagos y Maleantes hasta 1970, cuando esta norma fue sustituida por la de
Peligrosidad Social.
Fiestas privadas
La nueva ley,
que al castigo unía la filosofía de la «defensa social» y la «curación» del
presunto delincuente, añadió la novedad de especializar dos cárceles ya
existentes, la de Badajoz y Huelva, en la custodia de detenidos homosexuales,
una práctica que la oposición política a la Dictadura no se cuestionó
tajantemente hasta 1978, coincidiendo con la aprobación de la Constitución. Así
se dio la paradoja de que mientras España caminaba hacia la democracia, varias
decenas de presos seguían pudriéndose en la cárcel por su mera orientación
sexual y aún hoy siguen esperando una reparación moral y económica similar a la
que han recibido las víctimas políticas de la dictadura de Franco.
«Violetas» era uno de los términos despectivos con los que la prensa
reaccionaria y la policía española de los años cincuenta y sesenta
descalificaban a los homosexuales. Ahora el libro Redada de violetas rescata las
historias y los testimonios de algunos de estos presos. Pero también aborda el
estudio de las estrategias de la minoría homosexual para burlar la prohibición y
crear espacios de encuentro y socialización.
Una de las más habituales
eran las fiestas privadas, en las que los invitados sobornaban con generosidad
al sereno para que hiciera la vista gorda ante la concentración sospechosa de
hombres a altas horas de la noche en un mismo piso. O las que daban celebridades
del mundo del espectáculo, como una del famoso figurinista Vitín Cortezo en su
casa del barrio de Alfonso XII de Madrid, a principios de los años sesenta, en
la que todos los invitados ligaron y acabaron enrollándose por las habitaciones,
menos el anfitrión, que en un ataque de despecho rompió un jarrón e hizo una
llamada telefónica decisiva: «¿Policía? ¡Tengo la casa llena de
maricones!».
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Extracto del libro "LA
HOMOSEXUALIDAD EN EL FRANQUISMO. Cuando el vicio se quitaba con hambre y
palos" de Arturo Arnalte
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